Mostrando entradas con la etiqueta barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barcelona. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de abril de 2015

Los Mejores Años de Nuestras Vidas















Una noche, cuando era pequeño, recuerdo estar frente a la televisión y ver que anunciaban una de esas películas antiguas. El título me resultó muy cautivador: Los Mejores Años de Nuestras Vidas.
Con semejante carta de presentación y un nombre tan rotundo, pensé que no debía perdérmela. Estaba convencido que tras los títulos de crédito debía esconderse una gran historia. Y así fue.
En Los Mejores Años de Nuestras Vidas se narran las dificultades de adaptación con las que se encontraban tres veteranos de guerra, que vuelven a casa. La historia comienza con los protagonistas, tres hombres que se conocen en el viaje de vuelta y allí traban amistad. Se desean suerte cuando llega el momento en que cada uno debe separarse y retomar sus vidas. Todos confían en que sus particulares mundos, es decir, sus amigos, su familia, sus trabajos y su país, van a encontrarse en el mismo lugar en el que lo dejaron cuando partieron.
Es de esas películas que no te dejan indiferente, que las verías una y otra vez. Te quedas con un bouquet en tu mente, un recuerdo tan grato, indeleble, que días más tarde, incluso semanas tras haberla visto, todavía continúa dando vueltas en tu cabeza.
La historia de unos pobres seres insignificantes, tal y como de alguna manera somos todos, y ese título, para mí han sido una referencia en mi vida.
Muchas veces he pensado cuáles serían los mejores años de mi vida, si pasaron de forma desapercibida o son estos mismos en los que estoy escribiendo ahora.
Pienso mucho en ello. Me resisto a disfrutar de los placeres en un segundo tiempo, cuando son un recuerdo. Querría ser capaz de reconocerlos inmediatamente, disfrutar de su aroma, de su calor, de su cariño.

Cuáles han sido los mejores años de nuestras vidas, se me antoja ahora una cuestión mal planteada. Los mejores años de mi vida no han sido. Siguen siendo desde hace ya unos años. Como los veteranos de la película que vuelven a casa después de la guerra, mI vida también es de película. Porque como decía Aute: "Toda la vida es cine y los sueños, cine son..."
Los mejores años de mi vida son los que he estado con ella, porque con Lou, mis sueños son verdad.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Sueños Cumplidos


No soy una persona obsesionada con la colecciomes. Nunca lo he sido. He conocido gente ya adulta y bien adulta, que son grandes y apasionados coleccionistas: de cromos de fútbol (de todos los años y todas las temporadas), coleccionistas de bolígrafos de propaganda de laboratorios médicos, sé de un coleccionista de chapas de corona de cervezas del mundo, de un coleccionista de relojes de pulsera y jarrones, o incluso, lo más original, conozco una curiosa coleccionista de guagüitas de barro hechas a mano, que expone orgullosa en una estantería de su casa.
 
De niño intenté apuntarme a alguna colección en la época del colegio. No era cuestión de ser un bicho raro, así que tal y como hacían los demás, comencé a coleccionar los cromos de Marco, Heidi, Ruy el Pequeño Cid, o cualquiera que te daban con los yogures Danone. En los recreos se producía un mercadeo importante y allí me llevaba mi tocho de cromos, que llamábamos estampas y una lista con números, donde iba tachando los que iba consiguiendo, llevando el control de los que aún me quedaban por completar. Con el tiempo llegó la época en la que te ibas haciendo mayor, confiaban en ti tus padres y así orgullosamente llevabas en tu bolsillo las llaves de casa. De la necesidad, surgió una nueva colección nada singular: ir acaparando llaveros, que al final acabaría regalando porque era una colección que no me aportaba nada especial, salvo el ir variando cada semana mi manojo de llaves, dándole un toque pintoresco y cambiante a mi bolsillo.
 
Un día empecé a ir guardando algo distinto. Supongo que así empiezan las colecciones. Cuando tienes tres o cuatro cosas iguales, es entonces cuando piensas: ¿Y si hago una colección? Y ya estás perdido. Empieza una carrera sin fin, cuya única salida es el abandono. Pues bien, mi colección original era a base de esos cartones plastificados de los aviones donde se reflejan las salidas de emergencia y se explica cómo colocarse las mascarillas en caso de despresurización de la cabina. Me encantaba ser distinto y único, hasta que un buen día descubrí que esa colección ya se le había ocurrido a mucha gente en el mundo, así que de original nada.
 
Aún conservo los cientos de tarjetas de seguridad con las que me he ido haciendo a lo largo de los años. Ya no es tan glamouroso como fue concebida en un principio, pero la colección continúa creciendo exponencialmente, hasta que llegue un día en el que como en los duelos del Oeste, me planteen que en nuestra casa sobramos uno de los dos.
 
Hace unos días he empezado una nueva colección. De la misma manera que siempre se empiezan las colecciones. Me encontré que tenía varias cosas iguales y me he animado a hacer la más bonita y original colección que nadie ha hecho jamás: coleccionar sueños imposibles que se han llegado a cumplir. Ésta es mi colección:
 
Mi primer objeto lo recogí en el año 2000. Era el primer día de clase de mi curso de controlador aéreo. Estaba en un aula donde no conocía absolutamente a nadie. Éramos todos gente de la misma edad, venidos de partes distintas de España, con estudios diferentes, pero con un fin común: llegar a ser controladores de tránsito aéreo.
Aquel día conocí a mi amigo Héctor. Era fácil de deducir su origen viendo la forma como vestía, con esa costumbre tan barcelonesa de llevar las camisas de manga larga, sueltas, por encima de los pantalones. Me hizo gracia su sonrisa de niño travieso acompañada de esa media melena. Con Héctor congenié enseguida y desde el primer momento, me cautivó su humor rápido, inteligente, con gran dominio de los juegos de palabras, que improvisaba a gran velocidad. Desde aquellos primeros días supe que íbamos a ser amigos. 
 
En algún momento de aquel curso, siempre acababa surgiendo la pregunta:
- ¿Cómo es que quieres ser controlador aéreo?
Sin rubores, muchos te confesaban que era porque querían ganar mucho dinero. Otros porque les encantaba la aviación, pero no hubo otra respuesta más curiosa que la que me dio Héctor y que se ajustaba mucho a su forma de ser, como he podido comprobar con el paso de los años:
- La verdad es que yo estoy aquí por casualidad. Estudié Ingeniería en Barcelona, pero en realidad todo esto lo he hecho porque lo que quiero llegar a ser algún día es músico.
 
Esta filosofía de vida probablemente le ha hecho a Héctor darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena para él, que no son otras más que sus sueños.
Casi diez años más tarde me llevé una gran sorpresa. En mi buzón apareció un regalo de Héctor: su primer CD.
Héctor es el fundador de un grupo que toma su nombre, como claro homenaje a su profesión de adopción: My Airport.
Desde entonces voy siguiendo su evolución y sus conciertos en Gran Canaria. Sé que aún tiene mucho recorrido musical por delante, pero lo más importante lo ha conseguido: Héctor ha cumplido su sueño.
 
En mi colección tengo otro objeto muy bonito. Este lo conseguí mucho antes. Me tengo que remontar al año 1991. En la Facultad de Medicina conocí a una persona muy especial. Se llamaba Ana. Tenía un magnetismo que lograba que muchos estuviésemos siempre a su alrededor. Era muy inteligente, divertida, guapa, sensible y alegre. Su vida iba más allá de lo que se supone que es un estudiante de Medicina, que sólo piensa, lee, disfruta y a veces se apasiona con la Medicina. Ana era otra cosa. La Medicina era importante para ella, pero escribir lo era aún más.
 
Un grupo de estudiantes con grandes inquietudes, decidió sacar adelante un periódico para la Facultad. Se llamaba La Fístula. Bajo ese terrible nombre que nunca me gustó, entre otros, estaba Ana como fundadora, redactora y alma máter del proyecto. Yo me dejé arrastrar por la idea, aunque en realidad era ella la que me arrastraba a estar allí. Mi colaboración con La Fístula no fue más allá que unos pequeños artículos sobre erratas en apuntes y poco más. Mi prosa no era ni mucho menos como la suya, siempre elegante en todas las ocasiones y cuando la realidad del momento lo pedía, mordaz e irónica, pero siempre con un fino humor que nunca ha abandonado.
 
Un día Ana me hizo un regalo precioso: me regaló un libro de poemas escrito con su puño y letra. Una carpeta con un montón de folios donde se agolpan versos y versos de una sensibilidad exquisita y una belleza que el tiempo no ha mellado ni un ápice ninguna de sus hermosas aristas.
En aquellos tiempos no dudaba que Ana sería una médico excelente, cariñosa con sus pacientes, preocupada por sus semejantes, estudiosa, responsable, entregada a su profesión... Por supuesto, mucho mejor médico que yo. Pero como lo fueron otros grandes Doctores de tiempo atrás, con una formación más humanista, los Cajal y Marañón que nos precedieron, tenía bien claro que Ana necesitaría algo más para tener todos sus sueños realizados: escribir algún libro.
 
Han pasado todos estos años y Ana es Médico de Familia, Anestesista, esposa, madre de dos niños preciosos y además, feliz, porque es escritora.
Ha sido autora de varios blogs, uno de los cuales ha sido de los más visitados en este país. Fue precisamente tras leer su blog, lo que me inspiró a comenzar éste. Ella me dio los primeros consejos y debo confesar que cuando lanzo un post al aire me da un poco de rubor saber que alguien tan bueno en esto como ella, va a acabar leyendo lo que escribo. 
Pero no todo ha quedado aquí. Seguro que me quedo corto, pero creo que Ana ya ha publicado cinco libros (¿O son seis, Ana?).
Me encanta leer lo que escribe, disfrutar con sus líneas y que me acompañe en el camino de la lectura. Me siento orgulloso de haberla conocido y cuando sea mucho más famosa, mucho más de lo que ya es, diré con gran soberbia y pomposidad, que yo ya sabía desde hace muchos años, que sus sueños de escritora algún día se harían realidad.
 
Hace unos días que he podido completar mi último objeto para mi colección. Para explicarlo me tengo que remontar hasta 1986, hasta mi época del Instituto.
En aquellos años de Secundaria, donde se van formando futuros adultos y vocaciones, volvimos a encontrarnos juntos David Cánovas y yo. Habíamos estado en el mismo colegio y posteriormente, al irnos al Instituto Poeta Viana, volvimos a encontrarnos.
Todos nosotros navegábamos sin rumbo fijo, en cuanto a que no sabíamos apenas a qué dedicaríamos el resto de nuestras vidas. David lo tenía muy claro: Quería ser director de cine.
En aquel tiempo de bachillerato hizo amistad con mi primo José Amaro, el otro gran escritor que he tenido la suerte de conocer en persona a lo largo de mi vida.
Y en aquel momento surgió una colaboración entre ambos, que ha perdurado. José Amaro escribía los guiones y David dirigía. Al principio fueron pequeñas películas caseras rodadas con una cámara de VHS, que poco a poco fueron avanzando en madurez y en recursos técnicos.
José Amaro tomó un camino paralelo, como profesor de Secundaria, porque la vida te lleva por donde quiere y aunque rememos, no dejamos de estar a merced de la corriente.
David insistía en lograr su sueño y tras estudiar en Madrid dirección, sus mayores metas alcanzadas, no eran más que ser realizador de algún programa de televisión de escaso éxito.
De vez en cuando se reunían y las líneas paralelas de los dos amigos, volvían a converger, contagiados de ilusión y tenacidad por lograr algún día ese sueño tan deseado. De su trabajo en común sacaban algún proyecto materializado en un cortometraje, que con suerte, cuando tras mucho esfuerzo era rodado, acababa siendo emitido en alguna sala de proyección de Tenerife.
 
Empezar en el cine es muy difícil; hacerlo en un lugar como Canarias es prácticamente imposible. ¿Cuántos directores de cine canarios somos capaces de recordar? De momento, ninguno. De aquí a unos años, la respuesta será David Cánovas.
 
Fruto de aquellos cortos, el tandem José amaro/David tocó el cielo con la yema de los dedos. En 2005 estuvieron nominados a los Goya por su corto El intruso, que es un soberbio homenaje al Film Noir, pero sobre todo, al propio cine.
Nunca había seguido tan en directo una ceremonia de entrega de premios cinematográficos como aquellos. Y jamás me había sabido tan amarga una derrota en los premios del cine, como aquella noche.
 
La vida no está hecha para los segundos. Nadie recuerda a los que casi ganan y David y José Amaro, no volvieron a alcanzar un éxito igual. Ese casi-casi, ha sido su techo.
Sé que desde al menos 1986 David quiere dedicarse al cine. Probablemente su vocación empezó antes, quizás mientras jugábamos en los patios del Colegio Hispano Inglés y cambiábamos nuestras estampas de Marco o Heidi.
Hace unas semanas obtuve este objeto para mi colección. David ha tenido su premio. Por fin, después de todos estos años, muchos, muchos, muchos, quizá demasiados, por fin, va a rodar su película. Estarán en ella Maribel Verdú, Carmelo Gómez, y con él, como ha sido siempre, su gran amigo, José Amaro, adaptando un guión, de lo que será el primero de muchos largometrajes más: La punta del iceberg.
 
El año que viene iré al cine, me sentaré junto a Lou y compartiremos un enorme cubo de cotufas y cuando se apaguen las luces y comiencen los títulos de crédito, le diré que aunque no se lo crea, yo sabía desde que era pequeño que eso iba a suceder, que el sueño se iba a cumplir...
 
Un buen coleccionista disfruta de sus posesiones, pero no lo hace del todo hasta que consigue atrapar a algún incauto que se acerca y le enseña orgulloso sus piezas. A mí también me sucede lo mismo con esta colección tan personal. Por eso he dejado para el final el mostrarles lo mejor de mi colección de sueños cumplidos. Esta pieza me ha costado mucho tiempo y esfuerzo conseguirla. Casi, diría, una vida entera.
Tengo mucha suerte. La vida me ha dado el mejor regalo que jamás había soñado conseguir:
No debía estar allí, pero la casualidad o el destino, hicieron que allí me encontrara, y que el lugar y el tiempo de ambos coincidiera totalmente. De Madrid no éramos ni ella, ni yo, pero algo o alguien quiso que conociéramos aquel día de diciembre.
Hablamos mucho, pero no me dijo lo que me tenía preparado para el resto de mi vida: la Princesa Marta la Meticulosa, Guille el Caballero Andante y nuestra querida Princesa Clara, cuyo sueño para el futuro es algún día casarse conmigo.
 
Lou es lo mejor de esta colección tan única y especial. Cuando ella decidió compartir su vida conmigo, descubrí que era mucho más de lo que jamás había soñado.

viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Carnavales


Hoy es lunes de carnaval. Y habrá una parte de los que se acercan a este rincón y me leen, que dirán: "Y a mí ¿qué?"
Y en cambio, otros que pensarán: "Pues claro que es lunes de carnaval... ¡Qué cosas tiene!"
Todo dependerá de qué orilla es el lector que me esté leyendo. Y es que soy alguien que viene de una tierra carnavalera, y a la vez casi un recién llegado a un lugar, donde los carnavales no son más que una anécdota exótica de otros enclaves lejanos.
Por eso desde que vivo en Barcelona, me cuesta entender que cuando llegan estas fechas de febrero, la calle no se llene de color, ruido, música, disfraces, confeti, serpentinas, murgas, antifaces, mascaritas, comparsas, cabalgatas...
Aquí en Barcelona, los carnavales son fundamentalmente una fiesta de disfraces para niños. Es muy raro encontrarse un adulto vestido de forma estrafalaria, con careta, o con la cara pintada. Es por tanto, una fiesta propia de guarderías, colegios y demás centros infantiles.

En Carnavales, en Tenerife, existe una regla no escrita en esta época del año. Si no te disfrazas, no salgas a la calle. Corres el riesgo de encontrarte fuera de lugar, como alguien vestido con bufanda y abrigo en una playa nudista.
Esta Ley del Carnaval, me ha perseguido toda la vida y originó mi primer trauma infantil. Guiados por esta máxima incuestionable, mis padres un aciago día de carnaval, me disfrazaron de Cantinflas contra mi voluntad, ya que yo prefería hacerlo de indio. Me pusieron muy mono, perfectamente caracterizado, con el pantalón allá abajo, como llevan ahora los jovencitos (yo era un adelantado en la moda), dos zapatos marca La Tórtola de diferente color (versión nacional de las Converse All-Star), una camisa blanca de botones que me dejaba el ombligo al aire, un gorrito de color rojo ladeado y un bigotillo pintado. Todo el conjunto habría emocionado al mismísimo Mario Moreno.
Aquel episodio fue uno de los más amargos de mi vida. Lloré desconsoladamente toda la tarde, hasta que volví a casa y me quitaron aquel atuendo ridículo. Ahí descubrí que los carnavales no tenían ningún encanto para mí.
Al año siguiente y al otro, todavía intentaron mis padres que participase en la fiesta nacional. Ultrajando mi amor propio, me incrustaron contra mi voluntad, sendos trajes de caniche y de pingüino, paseando nuestra ignominia por cabalgatas y todos los concursos de disfraces que se pudiesen celebrar por la capital tinerfeña.
Recuerdo con horror aquellas pinturas que te cubrían toda la cara, que te producían un prurito insaciable con el calor del sol. Encima, no te dejaban que te rascases, para evitar que se borrasen. La única medida de gracia era que te soplaban un poco, para aliviar el picor, lo que no lo lograba, convertiéndose todo en una tortura insufrible.
El año de pingüino fue el último. Mis padres claudicaron y yo a partir de entonces, tras prometerme no volver a disfrazarme nunca más, me aparté discretamente de la fiesta nacional canaria.

En mis años universitarios, en esa época de promoción personal, en la que has de hacer todo lo posible por ligar, para no quedarte fuera del mercado, me vi obligado a salir de carnavales más de una ocasión. Pero ¿cómo no incumplir mi promesa y a la vez no romper la Ley del Carnaval?
La inteligente solución fue salir a la calle vestido con una bata de médico. Lo que para mí no era un disfraz, de cara a los demás sí que lo era...
Así pude capear el temporal carnavalero, al borde mismo de la Ley, aunque este astuto plan eliminaba a mis compañeras de facultad como posibles conquistas, ya que al reconocerme, me miraban como si fuese un completo trastornado.

Pero desde hace unos años, vivo en Barcelona y aquí ya no tengo que preocuparme más de esa Ley del Carnaval, porque sólo se disfrazan los niños. No tengo que pensar nunca más cómo esquivar cada año el pintarme la cara, ponerme un traje absurdo y salir a la calle.
A cambio de esto, en mi trabajo se han preocupado de ponernos un uniforme muy elegante, consistente en una camisa con la textura y apariencia de una camiseta de equipo de fútbol, de color amarillo fluorescente con cuello y puños naranjas. A juego, contamos con un forro polar de la misma intensidad de amarillo azufre en la mitad superior, y la parte inferior de color naranja fosforito (como los rotuladores de marcar apuntes). El conjunto se remata con un pantalón gris con reflectantes y unas botas que podrían formar parte del atrezzo de los payasos de la tele.
Así que los carnavales en esta tierra mía de adopción, han pasado a tener otro sentido. Ahora, más allá de los días de febrero, es como si los hubiesen extendido a todo el año. Visto lo visto, la verdad es que casi prefiero el disfraz de Cantinflas.

viernes, 1 de octubre de 2010

Guía de Barcelona

Cuando el incauto visitante recala en la ciudad condal, es posible que necesite una pequeña ayuda exterior. Con esa finalidad y esa vocación de servicio, se ha escrito: Guía de Barcelona para canarios y otros animales de compañía.

Aunque muchos lugareños no lo perciben, en Barcelona y en toda Cataluña, coexisten no dos, sino tres idiomas simultáneamente. Éstos son: el castellano, el catalán y un tercer idioma misterioso, sin patria, que navega entre ambos. Se podría llamar catallano, castelán, en fin, dejo a los lectores la posibilidad de bautizar a esta pobre lengua, huérfana de nombre, de gramática y hasta hoy, del más mínimo comentario.
Este idioma híbrido, mezcla palabras, las "barrecha", surgiendo términos en el que el indígena catalán se mueve con soltura. Por ejemplo: Un lugareño te comenta que "tiene la casa llena de paletas". 
Esto no quiere decir ni que esté invadido por campesinas poco inteligentes, ni que coleccione incisivos.
Si además te dice que "el lampista ha traído las racholas", en ningún caso querrá decir que el de las lámparas se ha venido en alpargatas.

No se confunda usted y crea que el catalán es gran aficionado al bricolaje cuando le oiga decir con alegre alboroto, que ese fin de semana ha triunfado, porque ha echado un clavo.
Tampoco se ha de pensar que son muy seguidores de la papiroflexia, a pesar de poder escuchar con frecuencia "Estoy contento. Hoy plego antes..."

Por otro lado, la casa del catalán puede estar llena de trampas para el que desconoce esta lengua misteriosa. No es necesario preparar ningún aperitivo cuando te llaman por teléfono y te dicen: "Ya vengo. Picaré en tu casa".
Cualquier hogar que se precie, dispone de una "rentadora", que a pesar de su nombre, consume mucha agua y electricidad. Si le digo que además existe el "rentaplatos", quizás les aporto luz acerca de lo que son estos electrodomésticos.

Continuamos con nuestro buen amigo catalán, que te confiesa que su mujer "está empreñada por el coche, porque le cuesta enchegar..."
No vaya a creer usted, si traduce a la ligera, que en una noche de pasión, se quedó embarazada en el coche...
Si a este amigo "le viene de gusto" llevarte a un restaurante, porque tiene "gana", aconsejo pedir la carta en castellano, pues la que esté escrita en catalán, resultará un completo galimatías. Si no, aquí van unos ejemplos:
Amanida: ensalada
Xai: cordero
Vedella: ternera
Enciam: lechuga
Pastanaga: zanahoria
Peix: pescado

Además, a modo de curiosidad, puede que uno se encuentre en algún menú, un plato conocido como jamón canario, que tiene de canario lo que la ensaladilla rusa es al país de los zares.

Es posible que el visitante incluso, sea invitado a un acontecimiento gastronómico singular, llamado calçotada. Allí le colocarán un babero y procederá a comer una especie de cebollinos dulces hechos a fuego de leña, que se irán sumergiendo en una salsa de almendras, aceite y otros ingredientes, llamada salsa Romesco.
Tal vez de postre pueda tomarse un mel i mató, que como es obvio, no tiene nada que ver conmigo, o la conocida crema catalana, que en Cataluña se llama... crema catalana.  
Cuando haya terminado el ágape, no hay que sorprenderse si nuestro anfitrión nos dice: "¿Hacemos un pensamiento?"
No crea usted, joven recién llegado, que se trata de una invitación a la tertulia postprandial de sobremesa. En realidad, se refiere a una manera informal de decir: ¿Nos vamos?

No hago más que darle vueltas a la cabeza. Me encantaría poder añadir unas cuantas expresiones más, pero no recuerdo ninguna. Mucho me temo que ya las he asimilado. Creo que me he convertido. Ya debo ser uno de ellos.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Barcelona














Hace tiempo leí un artículo, cuyo autor no recuerdo, pero sí su curiosa reflexión, en la que creía firmemente que las ciudades tenían sexo, como sus habitantes. Según aquel anónimo escritor, hay por tanto ciudades hombres y ciudades mujeres. Aquella rápida lectura, a mis jóvenes e incautos ojos, le resultó muy reveladora. Desde entonces, cada vez que visito un lugar nuevo, pienso en ese texto y trato de identificar a la urbe, que se oculta bajo esa especie de máscara de carnaval, al desconocido que se acerca.
Nunca he tenido la duda de que Barcelona, es por supuesto, una mujer. Acogedora, cariñosa, generosa y amable. Tan hospitalaria, que te recibe por tierra, mar y aire, mostrándote en cada lugar un paisaje urbano rodeado por un cinturón de bosque verde, o las cálidas y mansas olas de color azul verdusco del Mediterráneo.

Barcelona y por extensión, Cataluña, es un lugar peculiar y de contrastes. No es de extrañar que un incauto como yo, al que aquí llaman cunill, se sorprendiera al tocar tierra catalana. No todo el mundo tiene la suerte de contar con una cicerone como Lou, es cierto y precisamante por eso, me siento obligado a ayudar a todos aquellos que se adentren en la aventura de venir a este lugar, bien de visita temporal, o como para establecerse de una manera definitiva. Para ellos aquí queda esta serie de recomendaciones, que bien podrían recopilarse en una especie de guía. Esa bitácora de viajes, se llamaría algo así como: Guía de Barcelona y alrededores, para el incauto viajero accidental, que viene de distantes territorios de ultramar.  

Y aunque en alguna ocasión he mencionado lo que se me pareció Barcelona a Santa Cruz de Tenerife cuando llegué aquí, Barcelona es en cambio, una mujer misteriosa, embebida en jeroglíficos lingüísticos y culturales, crisol de todos los que como yo, algún día llegamos a ella. Por eso, no quiero relatar lo que me recuerda a mi tierra, sino lo contrario. Aquello que llamó la atención de aquel pobre canario recién llegado. Debo hacerlo de forma urgente, pues corro el riesgo de que sea barcelonés del todo y esos contrastes desaparezcan. Quiero contarlo antes de que ya no sepa de dónde soy, ni de dónde vengo, debo darme prisa, antes de que sea demasiado tarde...








sábado, 29 de mayo de 2010

Un canario en la ciudad



Debo escribir todo esto antes de que sea demasiado tarde. Ya llevo mucho tiempo en Barcelona y todas aquellos contrastes tan distintos de mi tierra, están empezando a serme inadvertidos y a formar parte de mí. Por eso debo darme prisa, antes de que la rutina me convierta.

Salir de una isla siempre va a conseguir que tu destino te sorprenda y que a la vez empeñezca más tu origen. Como mecanismo mental defensivo, reconoces los rincones de tu ciudad, los distintos barrios y los extrapolas a la gran metrópoli, aunque a otra escala. Muchas veces digo que Barcelona es como Santa Cruz, pero en grande, pero casi nadie me toma en serio.
Mi amigo Mario durante unos años estuvo viviendo en Barcelona, y no era infrecuente que comentáramos cómo los barrios de Salamanca, Los Campitos, la cervecera de la Cruz del Señor y el Toscal entre otros, tenían su representación en la gran urbe condal.

A cambio del distinto paisaje visual que Barcelona y sus gentes me ofrecen, yo les obsequio con mi acento y mis expresiones, lo que algunas veces me ha abierto muchas puertas y otras, la verdad es que las menos, me he ganado alguna mirada de reprobación. Para el joven canario que decida venirse por estas tierras, quisiera advertirle, como se me hizo a mí, que si se me permite la expresión, el término cabrón tanto en su acepción masculina como femenina, no debe emplearse con la ligereza con lo que lo hacemos en las islas. Esto te coharta un tanto tu expresión verbal, cuando por añadidura, como por todos es sabido, la guagua por aquí no existe, el agua no se bebe a buches, nadie se enyuga al tragar y los niños, bien educados, no se alongan a la ventana.
Si a esto sumamos la gran pérdida que supone la inactivación del término machango con todas sus imprescindibles y utilísimas derivaciones, no es de extrañar que a los canarios se nos considere personas un tanto reservadas.
Puedo decir que en todo, pero en este aspecto lingüístico, soy muy afortunado, pues mi familia política, que son medio isleños, constituyen para mí un oasis de la expresión oral, en especial mi suegra, que en esas reuniones clandestinas que hacemos de vez en cuando en la cocina de su casa, nos recreamos con el léxico y la semántica canaria, a los que les damos rienda suelta.
En cuanto al trabajo, continúo usando de vez en cuando alguna de esas pequeñas palabras que me traje en el equipaje cuando llegué. Desde las primeras guardias les comenté a mis compañeros, que además de por mi nombre, se pueden dirigir a mí como el Dr. Lebrancho. Un día tonto de estos, les explico lo que significa.

sábado, 8 de mayo de 2010

Un día en las carreras

Siempre he creído que dentro de un gran acontecimiento tienen lugar pequeñas historias mucho más interesantes que el relato principal. Al fin y al cabo, la Historia con mayúsculas, se nutre de pequeñas historias minúsculas, que la alimentan y enriquecen.
Este fin de semana todos los ojos del mundo están puestos en Barcelona, donde se desarrolla el Gran Premio de Fórmula 1. Ésa es la gran noticia, que será tejida con los hilos de la victoria del campeón de la carrera, los posibles vuelcos en la clasificación del mundial de pilotos y de constructores, esos adelantamientos vertiginosos y las mejoras aerodinámicas de los ingenieros de los equipos. Pero, como decía en un principio, a la vez y de forma inadvertida, pasan cosas, que desde otra perspectiva, me resultan más interesantes. Se dice que siempre estoy en el aire, pero desde arriba aparto los primeros árboles que no me dejan ver el bosque y después de retirar esta primera envoltura, me emociono ante historias humanas, que están disueltas y perdidas dentro de la gran historia.
Estos días estoy en el circuito, trabajando como médico y aunque mi cometido es sólo el traslado en helicóptero de pilotos accidentados, echo una mano en la clínica del circuito atendiendo a algún que otro paciente que nos traen.
En las tandas de entrenamiento de ayer, un piloto debutante esta temporada, sufrió un accidente al chocar con una protección lateral y pronto se vio que no se había hecho nada, pero el reglamento obliga a trasladarlo a la clínica, para una exploración médica aún en contra de su voluntad, para descartar posibles lesiones. Tras traernos las asistencias al muchacho, de 22 años, fue respondiendo de mala gana cada una de las preguntas que le hacíamos con un seco No. Tras terminar de explorarlo, y sin haberse siquiera sentado, le digo amablemente que no tiene nada, que puede marcharse y me contesta con cara desafiante de niño malcriado: "Qué, ¿ya estáis contentos? Cogió su casco y se marchó. No sé qué será de él, y de los demás, si algún día llega a ser tercero del mundo...
El día se acaba y estamos prácticamente recogiendo, cuando aparece por la clínica un señor de unos 60 años, que se dirige a mí muy educadamente y me pide si lo puedo atender y tomarle la tensión. Me cuenta que tiene 65 años, es de Sao Paulo, mientras se retira la americana y se va aflojando el nudo de la corbata. Su voz es baja, amigable y las palabras van brotando de forma pausada. Le coloco el manguito para tomarle la presión y poco a poco me cuenta su historia...
- Verá, doctor - me dice - es que me he puesto nervioso. Me he emocionado.
En un primer momento pensé que sería uno de esos locos aficionados, que recorren el mundo para cumplir el sueño de ver una carrera de coches en directo. Una especie de síndrome de Stendhal deportivo.
- Doctor, ¿tiene usted hijos? - me preguntó en un tono cariñoso.
- Sí, tengo tres - le contesté.
- Entonces usted entenderá lo que me ha sucedido. Mire, doctor, mi hijo es piloto de fórmula 1. Han sido muchos años de sacrificio. Es un deporte muy difícil, muy caro y muy arriesgado. Verlo conducir un coche me ha emocionado mucho.
- ¿Cómo se llama su hijo? - le pregunté.
Tras decírmelo, recordé que era uno de esos pilotos que debutaban ese año.
- Perdone: ¿su hijo es feliz? - le pregunté.
- Mucho, ha llegado a un lugar que alcanzan muy pocos. Por eso me he emocionado - me contaba con sus ojos humedecidos.
- Para la gente de fuera - le dije - lo importante es que sea campeón del mundo. Para usted y para él, lo importante debería ser que ha cumplido un sueño.
- Muchas gracias, doctor - me dijo amablemente - Ya me encuentro mejor. ¿Cómo tengo la tensión?
- La tiene perfecta - le contesté.
Se despidió de mí educadamente y se marchó.
No conozco al hijo de este hombre tan amable, pero seguro que no tiene nada que ver con su compañero que vino a la clínica antes. Estoy convencido que alguien como su padre le habrá sabido transmitir los valores de respeto y humildad. Por eso, mañana todo el mundo estará mirando al ganador de la carrera, y la majestuosidad de un gran premio con toda su orquestada parafernalia, impedirán ver a un corredor de segunda fila, casi desconocido, que con el apoyo de su familia y la tenacidad, sacrificio y superación, ha conseguido alcanzar un sueño casi imposible.

jueves, 22 de abril de 2010

Palau Palau

En octubre de 2009, Madrid volvió a perder otra oportunidad de ser una ciudad olímpica. A pesar de los esfuerzos del presidente de Honor Vitalicio del COI, Juan Antonio Samaranch, la capital de España se quedaba sin el ansiado premio. Sus palabras, emocionantes, en el discurso de defensa de la candidatura madrileña, fueron: "Estoy muy cerca del final de mi vida. Tengo 89 años y me gustaría pedirles que consideren darle a mi país el honor de organizar los juegos olímpicos de 2016".
Tanto esfuerzo en vano y una agenda apretada, hicieron que recayera días después en Mónaco, donde daba una conferencia. Para traerlo a España se fletó un avión ambulancia por parte del RACC y me pidieron que fuese yo el que lo repatriase a Barcelona.
Un distinguido paciente como aquél, me obligaría a hacer un esfuerzo para expresarme lo mejor posible en catalán.
En la habitación del Hospital Princess Grace me encontré con me aquel anciano menudo con aquella cara tan familiar.
Todo el viaje estaba muy taciturno, como contrariado, con ganas de volver a casa y abandonar de una vez a los médicos. Con él viajaba su secretaria, Annie, con quien fui hablando la mayor parte del tiempo que duró nuestro viaje y debo decir que era una mujer encantadora, que trataba a su jefe con una dulzura y un cariño que podía ser visto por todos los que lo rodeaban.
Samaranch de vez en cuando, salía como de su trance y me preguntó:
-¿Sabes hablar inglés?
Sí, - le respondí.
- Con el catalán no se llega a ninguna parte. En el mundo lo importante es saber hablar inglés.
Y volvió de nuevo a sus pensamientos, respirando entrecortadamente.
No quise importunarlo con preguntas tontas que seguro estaría harto de haber contestado a todo el mundo durante años. Sólo le hice alguna observación tipo: -Me imagino que está deseando estar ya en casa... - A lo que sólo tuve una media sonrisa como respuesta.
Continuó con sus pensamientos y al cabo de un rato, como surgiendo del oráculo, me mira de nuevo y me dice:
- He estado en todos los países del mundo. Y ¿sabe cuál es el más bonito de todos?
- No, - dije meneando la cabeza.
- Un país que no conoce nadie. Unas islas del Pacífico que se llaman Palau Palau. Es un país precioso.- Y se reunió de nuevo con sus pensamientos...
Nuestro avión aterrizó en Barcelona, nos dio las gracias por todo y se fue en su coche con su chófer y su secretaria a su casa. Antes, Annie nos regaló un recuerdo de parte del Sr. Samaranch: un llavero de plata del Comité Olímpico Internacional.
Ayer recibí la noticia de que mi paciente había fallecido, y recordé el viaje que habíamos hecho juntos y las sensaciones que experimenté al estar con un personaje de su talla. Él se ha vuelto a ir de viaje, esta vez para siempre. Estoy seguro de que se ha marchado a Palau Palau.

lunes, 12 de abril de 2010

Mujeres

Creo que la última vez que me enfadé con el fútbol fue en aquel lejano Mundial de Naranjito de 1982. Me fui a acostar a la cama llorando porque España quedaba eliminada ante Alemania. Eso no significa que ahora ya no me guste ver un buen partido, al contrario, sólo que tras ese trauma infantil, ahora me lo tomo de otra manera más sensata y si además gana el Madrid, pues mejor. Viviendo como vivo en una ciudad que se llama como el FC Barcelona, es lógico pensar que esta urbe está llena de aficionados culés y que sus éxitos parece que me los restriegan delante de mis narices.
Después de la derrota del Madrid a manos (pies), del Barcelona, si hubiese desayunado con hombres, el tema de conversación no hubiese sido otro más que el deporte rey y en particular la humillación al club blanco.
Pero al final, el desayuno del lunes ha sido distinto. Lou me invitó a pasarme por la cafetería donde estaba con tres amigas, que acababan de dejar a las niñas en el cole y ahora estaban de tertulia. En aquella mesa había una media de 2,3333333 periodo, hijos por supermamá. En junio, con el parto de Lou, esta media aritmética ascenderá a 2,5 ésta vez sin periodo (como es obvio).
La verdad es que me encanta de tanto en tanto asistir a una de estas reuniones, aunque sea de forma breve, apenas el tiempo de tomar un café y un croisant (¿se escribe así?).
Hoy esta pequeña intromisión me sirvió para evitar los reiterativos comentarios jocosos de los culés y sobretodo, para ir conociendo un poco más el insondable misterio del cerebro femenino. En ese lapso de tiempo se habló de niños (no olviden el 2,333333 per cápita), de sus monerías, de su educación clásica/moderna, (hacerles razonar/látigos), de maridos (sólo un 75% de las asistentes se pronunció al respecto) y supongo que si se hubiese tocado algún tema más delicado, se obvió, debido a mi presencia.
Tras despedirme de todas, me marché aprovechando el día libre para hacer gestiones pendientes, ya que todavía el cuerpo no me pedía recuperar las horas de sueño de la guardia de ayer.
Al cabo de un rato, me cruzo por la Diagonal con un señor que arrastraba un carro de supermercado cargado de edredones en su funda, lo cual en un primer momento podía hacer pensar que era un vendedor ambulante, si no fuera porque iba revisando los contenedores de basura. De la parte delantera del carro colgaban dos carteles que decían:
SOLTERO SIN NOVIAS. Toda una declaración de intenciones y de esperanzas en conseguir más tarde o más temprano un harén...
Un segundo cartel rezaba:
ARSENALES DE "COÑOS" PARA ALGO. Aquí sí que me perdí. No entendía nada. ¿No está en contradicción con la búsqueda del primer cartel? ¿Es un tratante de blancas?
Estuve dándole vueltas a ver qué quería decir y no encontré una respuesta a este misterio. A lo mejor es que he pasado demasiado rato entre mujeres...
Creo que otro día que me lo encuentre, me lo llevo a desayunar con las supermamás, a lo mejor hasta incluso acabamos hablando los seis del Barça...

martes, 6 de abril de 2010

Vuelta a casa

Ya estamos todos en nuestro sitio. Todo ya está en su lugar. Ya hemos llegado a casa, los niños bañados, embutidos en su pijama, cenados y dormiditos en su cama. Mañana al cole, que ya toca y Papá a otro miércoles compartido con sus amigos los inconscientes. No olvidemos a los Doctores Temerosos, y a la ínclita Dra. Doubtfire, centinela de los miércoles, siempre dispuesta a hacerte recorrer mundo a las horas más intempestivas y por los motivos más injustificados.
Las vacaciones pequeñas como éstas, son una pequeña crueldad. Cuando empiezas a cogerle el tranquillo, vuelve nuestra vida cotidiana. Ahora es cuando pienso en estos pequeños ratos, que hemos pasado con nuestra familia de ultramar y con esos amigos que siempre quise tener y que un día los encontré.
En estos días de vacaciones Marta nos ha propuesto hacer un grupo musical. Dice que si los hermanos Jackson formaron los Jackson Five, ella y sus hermanos deberían llamarse Carrillo Free (Three). Creo que no le haremos mucho caso, porque a pesar de su voluntad y de su amplio repertorio lírico, tiene un oído musical de pena, pobrecita mía...
En cambio Guille, nos ha sorprendido con unas dotes musicales que ni imaginábamos a sus 22 meses de edad. Ha descubierto una armónica, que puesta en sus labios, nos deleita con el famoso Blues de la ambulancia, maravillosa tonada a dos notas, que recuerda la sirena de ese vehículo de emergencia, que tan buenos recuerdos me trae. Prudentemente le ocultamos la armónica en el avión, para evitar que los pasajeros escucharan su composición. Es obvio, si no, les saturamos y no comprarán el disco...