lunes, 7 de marzo de 2011

Carnavales


Hoy es lunes de carnaval. Y habrá una parte de los que se acercan a este rincón y me leen, que dirán: "Y a mí ¿qué?"
Y en cambio, otros que pensarán: "Pues claro que es lunes de carnaval... ¡Qué cosas tiene!"
Todo dependerá de qué orilla es el lector que me esté leyendo. Y es que soy alguien que viene de una tierra carnavalera, y a la vez casi un recién llegado a un lugar, donde los carnavales no son más que una anécdota exótica de otros enclaves lejanos.
Por eso desde que vivo en Barcelona, me cuesta entender que cuando llegan estas fechas de febrero, la calle no se llene de color, ruido, música, disfraces, confeti, serpentinas, murgas, antifaces, mascaritas, comparsas, cabalgatas...
Aquí en Barcelona, los carnavales son fundamentalmente una fiesta de disfraces para niños. Es muy raro encontrarse un adulto vestido de forma estrafalaria, con careta, o con la cara pintada. Es por tanto, una fiesta propia de guarderías, colegios y demás centros infantiles.

En Carnavales, en Tenerife, existe una regla no escrita en esta época del año. Si no te disfrazas, no salgas a la calle. Corres el riesgo de encontrarte fuera de lugar, como alguien vestido con bufanda y abrigo en una playa nudista.
Esta Ley del Carnaval, me ha perseguido toda la vida y originó mi primer trauma infantil. Guiados por esta máxima incuestionable, mis padres un aciago día de carnaval, me disfrazaron de Cantinflas contra mi voluntad, ya que yo prefería hacerlo de indio. Me pusieron muy mono, perfectamente caracterizado, con el pantalón allá abajo, como llevan ahora los jovencitos (yo era un adelantado en la moda), dos zapatos marca La Tórtola de diferente color (versión nacional de las Converse All-Star), una camisa blanca de botones que me dejaba el ombligo al aire, un gorrito de color rojo ladeado y un bigotillo pintado. Todo el conjunto habría emocionado al mismísimo Mario Moreno.
Aquel episodio fue uno de los más amargos de mi vida. Lloré desconsoladamente toda la tarde, hasta que volví a casa y me quitaron aquel atuendo ridículo. Ahí descubrí que los carnavales no tenían ningún encanto para mí.
Al año siguiente y al otro, todavía intentaron mis padres que participase en la fiesta nacional. Ultrajando mi amor propio, me incrustaron contra mi voluntad, sendos trajes de caniche y de pingüino, paseando nuestra ignominia por cabalgatas y todos los concursos de disfraces que se pudiesen celebrar por la capital tinerfeña.
Recuerdo con horror aquellas pinturas que te cubrían toda la cara, que te producían un prurito insaciable con el calor del sol. Encima, no te dejaban que te rascases, para evitar que se borrasen. La única medida de gracia era que te soplaban un poco, para aliviar el picor, lo que no lo lograba, convertiéndose todo en una tortura insufrible.
El año de pingüino fue el último. Mis padres claudicaron y yo a partir de entonces, tras prometerme no volver a disfrazarme nunca más, me aparté discretamente de la fiesta nacional canaria.

En mis años universitarios, en esa época de promoción personal, en la que has de hacer todo lo posible por ligar, para no quedarte fuera del mercado, me vi obligado a salir de carnavales más de una ocasión. Pero ¿cómo no incumplir mi promesa y a la vez no romper la Ley del Carnaval?
La inteligente solución fue salir a la calle vestido con una bata de médico. Lo que para mí no era un disfraz, de cara a los demás sí que lo era...
Así pude capear el temporal carnavalero, al borde mismo de la Ley, aunque este astuto plan eliminaba a mis compañeras de facultad como posibles conquistas, ya que al reconocerme, me miraban como si fuese un completo trastornado.

Pero desde hace unos años, vivo en Barcelona y aquí ya no tengo que preocuparme más de esa Ley del Carnaval, porque sólo se disfrazan los niños. No tengo que pensar nunca más cómo esquivar cada año el pintarme la cara, ponerme un traje absurdo y salir a la calle.
A cambio de esto, en mi trabajo se han preocupado de ponernos un uniforme muy elegante, consistente en una camisa con la textura y apariencia de una camiseta de equipo de fútbol, de color amarillo fluorescente con cuello y puños naranjas. A juego, contamos con un forro polar de la misma intensidad de amarillo azufre en la mitad superior, y la parte inferior de color naranja fosforito (como los rotuladores de marcar apuntes). El conjunto se remata con un pantalón gris con reflectantes y unas botas que podrían formar parte del atrezzo de los payasos de la tele.
Así que los carnavales en esta tierra mía de adopción, han pasado a tener otro sentido. Ahora, más allá de los días de febrero, es como si los hubiesen extendido a todo el año. Visto lo visto, la verdad es que casi prefiero el disfraz de Cantinflas.

6 comentarios:

Le gran bleu dijo...

Ese espíritu carnavalero chafado por cantinflas y rematado por el uniforme, ainss

academico dijo...

Como en algunas entradas anteriores tuyas, estás a tiempo de vengarte con tus hijos por las tropelías de tus padres! jaja.

Como la ansiada venganza a los futuros novios de tu hija, jaja.

José Amarov dijo...

Querido Mel:
Lástima que en la patria chica de Cambó y de Laporta, de Dalí y Pep Guardiola, no haya prendido la llama de la pasión carnavalera, ya que por ahí cuentan con inmejorables máscaras de verdad: Jordi Pujol, Carles Pujol, Josep Lluis Núñez, Joan Gaspar o Arancha Sánchez-Vicario.

Anónimo dijo...

Sí que recuerdo o me lo han contado, la ilusión que te hacía disfrazarte de indio y el disgusto que tenías al verte de Cantinflas, hecho que queda reflejado en las fotos que te hicieron nada más llegar al club náutico para el concurso. También me acuerdo de una anecdota: por más que le insistías a tu padre (tu madre tenía ya preparado y debidamente planchado el disfraz de "Sitting Bull") él, con su humor de siempre, decía que ya tendrías tiempo de hacer el indio en esta vida... así que improvisó el "cantinflas".

Aitana dijo...

Un blog me ha llevado a otro, y éste a otro y este otro me trajo a éste....y me ha encantado la entrada!
He recordado que, efectivamente, nuestros padres nos disfrazaban de personajes que a ellos les parecían "graciosos"...tal vez por eso, desde hace ya mucho tiempo, disfruto de esta fiesta desde la barrera. Saludos.

melkarr dijo...

Le gran bleu: Efectivamente, la vida es un continuo carnaval.

Académico: Sólo era cuestión de esperar... La próxima venganza será contra mis profesores de la facultad...

José Amarov: Tiene usted toda la razón, de aquí se pueden obtener grandes moldes para caretas. Aunque mi preferida es sin lugar a dudas la de Jerónimo Saavedra.

Anónimo: Debe ser que ese niño era muy sensible, debía tener un carácter muy traumatizable.

Aitana: Bienvenida a este blog. Siéntete como en casa. Aquí tienes tu rincón.