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jueves, 29 de agosto de 2024

La carrera


 







¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya!

Estas palabras resuenan en nuestras cabezas. No queremos dejar ni un milisegundo fuera, y salimos rápido en cuanto podemos arrancar tras ese ¡ya!, que es como un pistoletazo.

Cada instante es importante. Es una carrera donde hay un solo ganador y un perdedor: Guille y yo. Yo y Guille.

Despegamos los pies y la arena salta hacia atrás debido a nuestro impulso frenético hacia adelante. Pero esta carrera que hacemos ahora, empezó a celebrarse mucho tiempo atrás.

Esta es la foto de la que probablemente fue la primera edición de esta magnífica competición. Desde aquel momento hace unos doce años, repetimos esa carrera. Ya no lo hacemos en una pista de atletismo, como la primera vez, sino en la playa, cuando estamos de vacaciones.

Como los espetos, el chiringuito y las palas en la playa, no ha habido desde entonces, un solo verano en que no hayamos revivido este momento. Es una tradición más. Sin faltar un solo año.

Siempre el último día, de la última tarde, cuando los rayos de sol parecen languidecer más que todos los otros atardeceres del verano. La arena, la espuma del mar y las olas quieren despedirse de nosotros, sabiendo que no nos volverán a ver hasta el año siguiente.

Antes de recoger por última vez todo nuestro despliegue, cuando apenas queda nadie en la playa, Guille siempre me pide, una vez más, que hagamos nuestra carrera. Confiado, espera que este año sea el que consigue, por fin, ganar a su padre. Nunca pierde la esperanza. Sabe que algún día llegará. Yo me esfuerzo para que ese día sea dentro de mucho tiempo, o si es posible, ¿por qué no?, que no suceda nunca.

Pero una cosa es cierta: Pasa el tiempo y los años. Y con ellos va variando la distancia que nos separa en cada carrera y el esfuerzo que me cuesta para ganarle. Es decir, cada vez menos en lo primero y mucho más para lo segundo.

Hoy volvemos a tener nuestro duelo. Esperaba que se le olvidara, pero no. Nunca se le olvida. Se debe ver fuerte. A lo mejor piensa, el muy iluso, que su gran día ha llegado. 

El no lo sabe, pero el año pasado tuve que apretar a fondo para no verme superado, pero si me costó mucho o poco, solo lo sé yo. Aún tengo margen para aguantar el tirón unos años más. Sea lo que sea, solo hay una cosa importante; pasar por delante de él y que muerda el polvo (o la arena), una vez más.

Sé que este año ha crecido mucho; la adolescencia también tiene sus aspectos positivos... Pero por mucho que haya estirado, o que esté en forma gracias al rugby, aún tengo mucha confianza en mis posibilidades. A lo mejor es mi último año de victoria, aunque no tengo la más mínima duda de quién ganará otra vez. Tengo una edad, pero físicamente estoy bastante bien. 

Trazamos una línea en la arena. Unos cien metros más adelante otra, con Lou, Marta y Clara de jueces, por si hiciera falta la photo-finish. Lo dudo. Mi victoria será incuestionable.

Chillan a lo lejos la orden para comenzar y obedientes, sin perder ni un instante, salimos en tromba, intentando marcar distancia uno con otro.

A los diez metros ya necesito la respiración asistida. Y las gafas. Porque apenas puedo ver ya a Guille. Ha salido como un cohete. La distancia que me saca es enorme. E insultante.

Veo que llega a la meta cuando voy un poco más de la mitad del recorrido. Encima, afloja el ritmo, dejándose llevar, y se gira hacia atrás, como para regodearse en la victoria.

Eso no lo hice yo, ni cuando corrimos por primera vez cuando él tenía tres años.

¡De dónde habrá salido este niño! ¡Qué vergüenza!

Eso no se hace con un padre. No hay derecho.


sábado, 9 de marzo de 2019

La carrera más larga















Ya es de noche. Estoy en la cama esperando que llegue por fin la mañana. Esa mañana tan esperada desde hace casi un año. Estoy intranquilo, pensando en cómo va a ir todo.

Un día quise imitar a un amigo, a quien conocemos como Naiaro, que sin pretenderlo, se convirtió en gurú. Solo porque había decidido correr una maratón. Creo que él tiene la culpa de todo. Estoy convencido que cualquiera que escuche su historia, saldría rápidamente para ponerse a correr de inmediato. Nunca he corrido ni jamás me planteé semejante proeza. Nunca hasta ahora.
Han sido once meses de salir a correr cuando no te apetecía, mañanas de verano, noches de invierno y equinoccios que veían como kilómetro tras kilómetro, mis pies iban golpeteando el suelo de Barcelona, de Málaga, de Inglaterra o donde me pillara el entrenamiento. Mil veces salí y dos mil quise volver a casa, preguntándome qué estaba haciendo. 

Me da igual las modas. Eso de ser Runner, que es por lo que les da a la gente de mi edad, tal y como he escuchado desde que me metí en esto, me trae francamente sin cuidado. Lo hago no porque esté más cerca de los cincuenta que los cuarenta. No, en absoluto. Lo hago porque tengo envidia. Envidia de querer sentir lo que sintió Naiaro, cuando lleno de dolor aparecieron sus hijas que le acompañaron los últimos metros hasta la meta. Envidia porque sus ojos aún se humedecen un año más tarde si le pides que una vez más te cuente su historia.

Lou se ha quedado dormida junto a mí. Pero antes de caer rendida me ha preguntado qué pensaré en esos momento que traspase la meta. 
--¿Qué deseo pedirías? --me preguntó.
--Uno bien sencillo --contesté--. Que la vida que tengo ahora, hoy mismo, esta noche, no cambie nunca porque es perfecta.

Mañana voy a hacer algo que jamás había hecho antes. Me adentraré en una selva espesa, rompiendo la maleza con un machete de hoja roma, sin saber qué paisajes o qué secretos me voy a encontrar más allá.

Lo hago, como he dicho, por envidia, pero la verdad es que no solo por eso. Mi carrera de mañana, cada una de mis zancadas, de mis jadeos y de mis latidos durante 42 kilómetros y esos 195 interminables metros, serán como un mensaje en una botella lanzado al mar. Estará flotando años y años, hasta que un día inesperado, de repente unas manos que ya no serán las de un niño, la encontrarán, la abrirán y al darse cuenta de lo que pasó aquella mañana, se sentirán orgullosos de lo que hizo su padre y entonces comprenderán el mensaje.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Sueños Cumplidos


No soy una persona obsesionada con la colecciomes. Nunca lo he sido. He conocido gente ya adulta y bien adulta, que son grandes y apasionados coleccionistas: de cromos de fútbol (de todos los años y todas las temporadas), coleccionistas de bolígrafos de propaganda de laboratorios médicos, sé de un coleccionista de chapas de corona de cervezas del mundo, de un coleccionista de relojes de pulsera y jarrones, o incluso, lo más original, conozco una curiosa coleccionista de guagüitas de barro hechas a mano, que expone orgullosa en una estantería de su casa.
 
De niño intenté apuntarme a alguna colección en la época del colegio. No era cuestión de ser un bicho raro, así que tal y como hacían los demás, comencé a coleccionar los cromos de Marco, Heidi, Ruy el Pequeño Cid, o cualquiera que te daban con los yogures Danone. En los recreos se producía un mercadeo importante y allí me llevaba mi tocho de cromos, que llamábamos estampas y una lista con números, donde iba tachando los que iba consiguiendo, llevando el control de los que aún me quedaban por completar. Con el tiempo llegó la época en la que te ibas haciendo mayor, confiaban en ti tus padres y así orgullosamente llevabas en tu bolsillo las llaves de casa. De la necesidad, surgió una nueva colección nada singular: ir acaparando llaveros, que al final acabaría regalando porque era una colección que no me aportaba nada especial, salvo el ir variando cada semana mi manojo de llaves, dándole un toque pintoresco y cambiante a mi bolsillo.
 
Un día empecé a ir guardando algo distinto. Supongo que así empiezan las colecciones. Cuando tienes tres o cuatro cosas iguales, es entonces cuando piensas: ¿Y si hago una colección? Y ya estás perdido. Empieza una carrera sin fin, cuya única salida es el abandono. Pues bien, mi colección original era a base de esos cartones plastificados de los aviones donde se reflejan las salidas de emergencia y se explica cómo colocarse las mascarillas en caso de despresurización de la cabina. Me encantaba ser distinto y único, hasta que un buen día descubrí que esa colección ya se le había ocurrido a mucha gente en el mundo, así que de original nada.
 
Aún conservo los cientos de tarjetas de seguridad con las que me he ido haciendo a lo largo de los años. Ya no es tan glamouroso como fue concebida en un principio, pero la colección continúa creciendo exponencialmente, hasta que llegue un día en el que como en los duelos del Oeste, me planteen que en nuestra casa sobramos uno de los dos.
 
Hace unos días he empezado una nueva colección. De la misma manera que siempre se empiezan las colecciones. Me encontré que tenía varias cosas iguales y me he animado a hacer la más bonita y original colección que nadie ha hecho jamás: coleccionar sueños imposibles que se han llegado a cumplir. Ésta es mi colección:
 
Mi primer objeto lo recogí en el año 2000. Era el primer día de clase de mi curso de controlador aéreo. Estaba en un aula donde no conocía absolutamente a nadie. Éramos todos gente de la misma edad, venidos de partes distintas de España, con estudios diferentes, pero con un fin común: llegar a ser controladores de tránsito aéreo.
Aquel día conocí a mi amigo Héctor. Era fácil de deducir su origen viendo la forma como vestía, con esa costumbre tan barcelonesa de llevar las camisas de manga larga, sueltas, por encima de los pantalones. Me hizo gracia su sonrisa de niño travieso acompañada de esa media melena. Con Héctor congenié enseguida y desde el primer momento, me cautivó su humor rápido, inteligente, con gran dominio de los juegos de palabras, que improvisaba a gran velocidad. Desde aquellos primeros días supe que íbamos a ser amigos. 
 
En algún momento de aquel curso, siempre acababa surgiendo la pregunta:
- ¿Cómo es que quieres ser controlador aéreo?
Sin rubores, muchos te confesaban que era porque querían ganar mucho dinero. Otros porque les encantaba la aviación, pero no hubo otra respuesta más curiosa que la que me dio Héctor y que se ajustaba mucho a su forma de ser, como he podido comprobar con el paso de los años:
- La verdad es que yo estoy aquí por casualidad. Estudié Ingeniería en Barcelona, pero en realidad todo esto lo he hecho porque lo que quiero llegar a ser algún día es músico.
 
Esta filosofía de vida probablemente le ha hecho a Héctor darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena para él, que no son otras más que sus sueños.
Casi diez años más tarde me llevé una gran sorpresa. En mi buzón apareció un regalo de Héctor: su primer CD.
Héctor es el fundador de un grupo que toma su nombre, como claro homenaje a su profesión de adopción: My Airport.
Desde entonces voy siguiendo su evolución y sus conciertos en Gran Canaria. Sé que aún tiene mucho recorrido musical por delante, pero lo más importante lo ha conseguido: Héctor ha cumplido su sueño.
 
En mi colección tengo otro objeto muy bonito. Este lo conseguí mucho antes. Me tengo que remontar al año 1991. En la Facultad de Medicina conocí a una persona muy especial. Se llamaba Ana. Tenía un magnetismo que lograba que muchos estuviésemos siempre a su alrededor. Era muy inteligente, divertida, guapa, sensible y alegre. Su vida iba más allá de lo que se supone que es un estudiante de Medicina, que sólo piensa, lee, disfruta y a veces se apasiona con la Medicina. Ana era otra cosa. La Medicina era importante para ella, pero escribir lo era aún más.
 
Un grupo de estudiantes con grandes inquietudes, decidió sacar adelante un periódico para la Facultad. Se llamaba La Fístula. Bajo ese terrible nombre que nunca me gustó, entre otros, estaba Ana como fundadora, redactora y alma máter del proyecto. Yo me dejé arrastrar por la idea, aunque en realidad era ella la que me arrastraba a estar allí. Mi colaboración con La Fístula no fue más allá que unos pequeños artículos sobre erratas en apuntes y poco más. Mi prosa no era ni mucho menos como la suya, siempre elegante en todas las ocasiones y cuando la realidad del momento lo pedía, mordaz e irónica, pero siempre con un fino humor que nunca ha abandonado.
 
Un día Ana me hizo un regalo precioso: me regaló un libro de poemas escrito con su puño y letra. Una carpeta con un montón de folios donde se agolpan versos y versos de una sensibilidad exquisita y una belleza que el tiempo no ha mellado ni un ápice ninguna de sus hermosas aristas.
En aquellos tiempos no dudaba que Ana sería una médico excelente, cariñosa con sus pacientes, preocupada por sus semejantes, estudiosa, responsable, entregada a su profesión... Por supuesto, mucho mejor médico que yo. Pero como lo fueron otros grandes Doctores de tiempo atrás, con una formación más humanista, los Cajal y Marañón que nos precedieron, tenía bien claro que Ana necesitaría algo más para tener todos sus sueños realizados: escribir algún libro.
 
Han pasado todos estos años y Ana es Médico de Familia, Anestesista, esposa, madre de dos niños preciosos y además, feliz, porque es escritora.
Ha sido autora de varios blogs, uno de los cuales ha sido de los más visitados en este país. Fue precisamente tras leer su blog, lo que me inspiró a comenzar éste. Ella me dio los primeros consejos y debo confesar que cuando lanzo un post al aire me da un poco de rubor saber que alguien tan bueno en esto como ella, va a acabar leyendo lo que escribo. 
Pero no todo ha quedado aquí. Seguro que me quedo corto, pero creo que Ana ya ha publicado cinco libros (¿O son seis, Ana?).
Me encanta leer lo que escribe, disfrutar con sus líneas y que me acompañe en el camino de la lectura. Me siento orgulloso de haberla conocido y cuando sea mucho más famosa, mucho más de lo que ya es, diré con gran soberbia y pomposidad, que yo ya sabía desde hace muchos años, que sus sueños de escritora algún día se harían realidad.
 
Hace unos días que he podido completar mi último objeto para mi colección. Para explicarlo me tengo que remontar hasta 1986, hasta mi época del Instituto.
En aquellos años de Secundaria, donde se van formando futuros adultos y vocaciones, volvimos a encontrarnos juntos David Cánovas y yo. Habíamos estado en el mismo colegio y posteriormente, al irnos al Instituto Poeta Viana, volvimos a encontrarnos.
Todos nosotros navegábamos sin rumbo fijo, en cuanto a que no sabíamos apenas a qué dedicaríamos el resto de nuestras vidas. David lo tenía muy claro: Quería ser director de cine.
En aquel tiempo de bachillerato hizo amistad con mi primo José Amaro, el otro gran escritor que he tenido la suerte de conocer en persona a lo largo de mi vida.
Y en aquel momento surgió una colaboración entre ambos, que ha perdurado. José Amaro escribía los guiones y David dirigía. Al principio fueron pequeñas películas caseras rodadas con una cámara de VHS, que poco a poco fueron avanzando en madurez y en recursos técnicos.
José Amaro tomó un camino paralelo, como profesor de Secundaria, porque la vida te lleva por donde quiere y aunque rememos, no dejamos de estar a merced de la corriente.
David insistía en lograr su sueño y tras estudiar en Madrid dirección, sus mayores metas alcanzadas, no eran más que ser realizador de algún programa de televisión de escaso éxito.
De vez en cuando se reunían y las líneas paralelas de los dos amigos, volvían a converger, contagiados de ilusión y tenacidad por lograr algún día ese sueño tan deseado. De su trabajo en común sacaban algún proyecto materializado en un cortometraje, que con suerte, cuando tras mucho esfuerzo era rodado, acababa siendo emitido en alguna sala de proyección de Tenerife.
 
Empezar en el cine es muy difícil; hacerlo en un lugar como Canarias es prácticamente imposible. ¿Cuántos directores de cine canarios somos capaces de recordar? De momento, ninguno. De aquí a unos años, la respuesta será David Cánovas.
 
Fruto de aquellos cortos, el tandem José amaro/David tocó el cielo con la yema de los dedos. En 2005 estuvieron nominados a los Goya por su corto El intruso, que es un soberbio homenaje al Film Noir, pero sobre todo, al propio cine.
Nunca había seguido tan en directo una ceremonia de entrega de premios cinematográficos como aquellos. Y jamás me había sabido tan amarga una derrota en los premios del cine, como aquella noche.
 
La vida no está hecha para los segundos. Nadie recuerda a los que casi ganan y David y José Amaro, no volvieron a alcanzar un éxito igual. Ese casi-casi, ha sido su techo.
Sé que desde al menos 1986 David quiere dedicarse al cine. Probablemente su vocación empezó antes, quizás mientras jugábamos en los patios del Colegio Hispano Inglés y cambiábamos nuestras estampas de Marco o Heidi.
Hace unas semanas obtuve este objeto para mi colección. David ha tenido su premio. Por fin, después de todos estos años, muchos, muchos, muchos, quizá demasiados, por fin, va a rodar su película. Estarán en ella Maribel Verdú, Carmelo Gómez, y con él, como ha sido siempre, su gran amigo, José Amaro, adaptando un guión, de lo que será el primero de muchos largometrajes más: La punta del iceberg.
 
El año que viene iré al cine, me sentaré junto a Lou y compartiremos un enorme cubo de cotufas y cuando se apaguen las luces y comiencen los títulos de crédito, le diré que aunque no se lo crea, yo sabía desde que era pequeño que eso iba a suceder, que el sueño se iba a cumplir...
 
Un buen coleccionista disfruta de sus posesiones, pero no lo hace del todo hasta que consigue atrapar a algún incauto que se acerca y le enseña orgulloso sus piezas. A mí también me sucede lo mismo con esta colección tan personal. Por eso he dejado para el final el mostrarles lo mejor de mi colección de sueños cumplidos. Esta pieza me ha costado mucho tiempo y esfuerzo conseguirla. Casi, diría, una vida entera.
Tengo mucha suerte. La vida me ha dado el mejor regalo que jamás había soñado conseguir:
No debía estar allí, pero la casualidad o el destino, hicieron que allí me encontrara, y que el lugar y el tiempo de ambos coincidiera totalmente. De Madrid no éramos ni ella, ni yo, pero algo o alguien quiso que conociéramos aquel día de diciembre.
Hablamos mucho, pero no me dijo lo que me tenía preparado para el resto de mi vida: la Princesa Marta la Meticulosa, Guille el Caballero Andante y nuestra querida Princesa Clara, cuyo sueño para el futuro es algún día casarse conmigo.
 
Lou es lo mejor de esta colección tan única y especial. Cuando ella decidió compartir su vida conmigo, descubrí que era mucho más de lo que jamás había soñado.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La carrera


Las primeras elecciones que recuerdo son las municipales de 1979, donde mi padre se presentó por un partido independiente. No fue elegido concejal, pero lo que todos recordamos de aquella primera y última incursión familiar en la Política, fue cuando mi hermana llegó a casa llorando porque había había visto un cartel de mi padre, cerca del mercado, en el que le habían pintado con rotulador unos bigotes.

Debió ser entonces cuando empezó una pasión mía por las elecciones. Desde siempre me han gustado las campañas electorales, con esos mítines chuscos con promesas imposibles y frases de cara a la galería, los apasionantes debates que acaban siendo aburridos y donde no se saca a la palestra lo que todo el mundo espera que digan los candidatos, pero sobre todo lo que siempre me ha atraído es el día de las elecciones. Tiene una seducción sobre mi persona de la misma manera que lo hace el festival de Eurovisión. Si no fuera porque me avergüenzo de esta pasión inconfesable, me destaparía, saldría del armario festivalero y libreta en mano votaría cada una de las canciones que desfilaran delante de mi televisión de pantalla plana. Lo único que me retrae de hacerlo es mi sentimiento chauvinista y patriótico, que se sonroja ante la pésima calidad de las canciones que defienden nuestro sentir patrio cada año. Porque desde aquella inigualable Lady Lady de 1984, ninguna canción española ha conseguido volver a despertar mi aletargado interés festivalero.

Así que a falta de Eurovisión, el recuento con el que disfruto es el que me ofrecen las elecciones democráticas. Y no me puedo quejar, porque tenemos autonómicas, europeas, municipales y la gran estrella de las estrellas, las generales.

Robando tiempo al sueño, analizo el resultado de estas últimas consultas generales y tan abrumador resultado y la evolución de la política nacional estos últimos años, sin querer me transportan a cuando yo tenía cinco o seis años y las elecciones democráticas estaban aún por llegar.

No sé por qué, pero en el colegio había una fiesta con muchos juegos infantiles. Digo que no sé el motivo, porque aquel festejo no se volvió a repetir en más ocasiones.
La carrera electoral que han tenido los candidatos, me recordaron a mí, cuando en aquel festival escolar, participé en una carrera de sacos.
No era yo precisamente un niño atlético, pero tampoco era torpe. Podríamos decir que era más bien de la media. Casi sin darme cuenta, me agarró mi profesora, me metió dentro de un saco de arpillera y me situó en línea con otros nueve niños, al fondo de una pista de baloncesto. Tras un pistoletazo, salimos los diez niños, corriendo a base de saltos, agarrando con fuerza el saco. Era la primera vez que participaba en una carrera de este tipo y la verdad es que no he vuelto a repetir nunca más.
Tuve una buena salida y entre salto y salto, me situé en un aceptable tercer lugar. Cuando estaba llegando al centro del campo, vi cómo me iba aproximando al segundo, que por mirarme se tropezó y cayó al suelo.
Yo continuaba avanzando a paso no muy rápido, pero constante. Ahora me había situado en segundo lugar. A lo lejos veía al primero, que saltaba a gran velocidad y al que no soñaba con poder alcanzar, por lo que me conformaba con un más que meritorio subcampeonato.
Para mi sorpresa, el líder de la carrera a unos metros de alcanzar la meta dio con sus huesos en el suelo. Yo mantenía mi velocidad uniforme y casi sin esfuerzo, debido a la torpeza o a la excesiva ambición de mis rivales, crucé la meta en primer lugar.

Como premio por aquella proeza, me regalaron una bolsa de plástico negra, que tenía globos, una caja con sorpresas, con caramelos, chicles, una piruleta de colores, unos soldados verdes de plástico con una peana que les agarraba los pies y unos boliches (o canicas) preciosos.

Esta noche, sin querer, viendo la gesta del ganador de esta carrera electoral, me acordé de aquel niño que se alzó con la victoria en su primera carrera de sacos. Pero visto lo visto, me da la impresión que mis pequeños soldados verdes y mis boliches, fueron mucho mejor premio que lo que le van a dar al ganador de esta otra carrera.


sábado, 12 de marzo de 2011

Los colores de la Fórmula 1

De vez en cuando nos toca hacer guardia de noche en el circuito. Y aunque a esas horas, tras el crepúsculo, no hay nadie dando vueltas en la pista, nuestra asistencia se justifica por la actividad de los mecánicos de los equipos de fórmula 1, que no conocen de jornadas diurnas o nocturnas y han de poner a punto las máquinas que tienen que rugir al día siguiente.
Son guardias tranquilas, por lo que una visita a nuestra clínica es afortunadamente, algo bastante extraordinario. Por eso me sorprendió ver a través de la mampara de cristal, una sombra humana que con pasos tambaleantes, rondaba los alrededores de nuestro centro médico.
Ya eran bien cumplidas las diez de la noche y de forma decidida salí al exterior, a ver de quién se trataba y cuál eran sus intenciones.
Entre la penumbra, respondiendo a mi ¿hola! apareció poco a poco la figura de un chico de no más de veinticinco años, que se me acercaba ayudándose de un bastón.
En seguida reconocí a aquel muchacho ciego, que en alguna otra visita de la fórmula 1 lo había visto rondando el paddock, pidiendo autógrafos a los corredores.
Cuando estaba a mi altura, me preguntó que cómo podía hacer para llamar a un taxi que le llevase a su hotel.
Tan tarde como era ya, estaba el circuito cerrado y aparte de los mecánicos de fórmula 1, sólo quedaban los empleados de seguridad y nosotros, por lo que le dije que me acompañara dentro de la clínica, que allí le pediríamos su coche.
Accedió a cogerse a mi brazo y lo llevé hasta el despacho, invitándolo a sentarse en una silla.
De la empresa de taxis nos informaron que tardarían unos diez minutos, por lo que mi nuevo interlocutor y yo, tendríamos un rato para charlar.

A pesar de su ceguera, de sus destelleantes ojos desbordaba locura por un mundo, el de la fórmula 1, sus equipos, sus pilotos, sus carreras... que yo podía ver, pero que sólo él podía sentir y disfrutar con esa intensidad.
No sé de dónde era, pero encontrarlo solo, en medio de un circuito, que es un espacio abierto tan grande, a esa hora, aquella noche, me conmovió.
No sé si pensar que ese chico es un valiente o un inconsciente. Perdido, en un país ajeno al suyo, en un lugar desconocido, rebosaba felicidad por haberse encontrado de nuevo con su pasión.
Me cuesta entender qué puede atraer de las carreras de coches a un pobre chico ciego, que no puede disfrutar de las mismas, de las salidas vertiginosas, de los adelantamientos, del baile sincronizado de las paradas en el pit-lane, del ondear de la bandera a cuadros. Tan sólo ruido y el olor del combustible que sale de los motores. Ruido y olor. Y en cambio, me elogiaba a Nico Rosberg, su piloto favorito y lo comparaba con los demás, que al parecer conocía a la perfección. Era capaz de nombrarme todas las carreras que habían tenido lugar en Montmeló como si las hubiese visto y los accidentes o salidas de pista que se habían producido y que después habíamos atendido allí, en nuestra clínica.

Hablábamos y hablábamos y él sonreía. Con esa sonrisa de un niño feliz, que sin poder apreciar todo eso de lo que me cuenta, disfruta como he visto a pocos.
Y me hizo sentir bien. Porque esto me hace creer que las adversidades se pueden hacer pequeñas, con voluntad y tenacidad. Pero también me ha hecho sentirme culpable por poder ver todo lo que me rodea, apreciar los colores del mundo y no sentirme un afortunado por tenerlo todo y no darme cuenta.

sábado, 8 de mayo de 2010

Un día en las carreras

Siempre he creído que dentro de un gran acontecimiento tienen lugar pequeñas historias mucho más interesantes que el relato principal. Al fin y al cabo, la Historia con mayúsculas, se nutre de pequeñas historias minúsculas, que la alimentan y enriquecen.
Este fin de semana todos los ojos del mundo están puestos en Barcelona, donde se desarrolla el Gran Premio de Fórmula 1. Ésa es la gran noticia, que será tejida con los hilos de la victoria del campeón de la carrera, los posibles vuelcos en la clasificación del mundial de pilotos y de constructores, esos adelantamientos vertiginosos y las mejoras aerodinámicas de los ingenieros de los equipos. Pero, como decía en un principio, a la vez y de forma inadvertida, pasan cosas, que desde otra perspectiva, me resultan más interesantes. Se dice que siempre estoy en el aire, pero desde arriba aparto los primeros árboles que no me dejan ver el bosque y después de retirar esta primera envoltura, me emociono ante historias humanas, que están disueltas y perdidas dentro de la gran historia.
Estos días estoy en el circuito, trabajando como médico y aunque mi cometido es sólo el traslado en helicóptero de pilotos accidentados, echo una mano en la clínica del circuito atendiendo a algún que otro paciente que nos traen.
En las tandas de entrenamiento de ayer, un piloto debutante esta temporada, sufrió un accidente al chocar con una protección lateral y pronto se vio que no se había hecho nada, pero el reglamento obliga a trasladarlo a la clínica, para una exploración médica aún en contra de su voluntad, para descartar posibles lesiones. Tras traernos las asistencias al muchacho, de 22 años, fue respondiendo de mala gana cada una de las preguntas que le hacíamos con un seco No. Tras terminar de explorarlo, y sin haberse siquiera sentado, le digo amablemente que no tiene nada, que puede marcharse y me contesta con cara desafiante de niño malcriado: "Qué, ¿ya estáis contentos? Cogió su casco y se marchó. No sé qué será de él, y de los demás, si algún día llega a ser tercero del mundo...
El día se acaba y estamos prácticamente recogiendo, cuando aparece por la clínica un señor de unos 60 años, que se dirige a mí muy educadamente y me pide si lo puedo atender y tomarle la tensión. Me cuenta que tiene 65 años, es de Sao Paulo, mientras se retira la americana y se va aflojando el nudo de la corbata. Su voz es baja, amigable y las palabras van brotando de forma pausada. Le coloco el manguito para tomarle la presión y poco a poco me cuenta su historia...
- Verá, doctor - me dice - es que me he puesto nervioso. Me he emocionado.
En un primer momento pensé que sería uno de esos locos aficionados, que recorren el mundo para cumplir el sueño de ver una carrera de coches en directo. Una especie de síndrome de Stendhal deportivo.
- Doctor, ¿tiene usted hijos? - me preguntó en un tono cariñoso.
- Sí, tengo tres - le contesté.
- Entonces usted entenderá lo que me ha sucedido. Mire, doctor, mi hijo es piloto de fórmula 1. Han sido muchos años de sacrificio. Es un deporte muy difícil, muy caro y muy arriesgado. Verlo conducir un coche me ha emocionado mucho.
- ¿Cómo se llama su hijo? - le pregunté.
Tras decírmelo, recordé que era uno de esos pilotos que debutaban ese año.
- Perdone: ¿su hijo es feliz? - le pregunté.
- Mucho, ha llegado a un lugar que alcanzan muy pocos. Por eso me he emocionado - me contaba con sus ojos humedecidos.
- Para la gente de fuera - le dije - lo importante es que sea campeón del mundo. Para usted y para él, lo importante debería ser que ha cumplido un sueño.
- Muchas gracias, doctor - me dijo amablemente - Ya me encuentro mejor. ¿Cómo tengo la tensión?
- La tiene perfecta - le contesté.
Se despidió de mí educadamente y se marchó.
No conozco al hijo de este hombre tan amable, pero seguro que no tiene nada que ver con su compañero que vino a la clínica antes. Estoy convencido que alguien como su padre le habrá sabido transmitir los valores de respeto y humildad. Por eso, mañana todo el mundo estará mirando al ganador de la carrera, y la majestuosidad de un gran premio con toda su orquestada parafernalia, impedirán ver a un corredor de segunda fila, casi desconocido, que con el apoyo de su familia y la tenacidad, sacrificio y superación, ha conseguido alcanzar un sueño casi imposible.