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domingo, 26 de mayo de 2024

La Última

 

Siempre hay una última. Esa última copa que es la que más apetece, una última parte del partido donde están todas las esperanzas para remontar, la última cucharada del postre más rico, que se lo cedes a la persona que más quieres. Una última mirada que es la que se queda grabada en nuestra alma. Un último día de playa del verano, que te da fuerzas para que pase rápido el invierno, o ese último beso, que es el que más sabor tiene y que te hace amar y desear más.


Son tantas las veces en que la última no es la última, porque en el fondo sabemos que la vida nos volverá a otorgar una nueva oportunidad. La última película que fuimos a ver al cine, que será seguida por muchas otras, porque siempre esperaremos que sean mejores. Nos engañamos si pensamos que la última vez que salimos a cenar con aquellos amigos y que lo pasamos tan bien, no se va a repetir. O que ese último viaje, que fue tan inolvidable, que estemos deseando que pronto sea desbancado por otro mucho más maravilloso.


Pero hay otras tantas cosas, que aunque queramos con todas fuerzas que no lo sean, son últimas de verdad: el último suspiro, el último aliento, el último latido del corazón…


Escribo todo esto, porque me dirijo a una de esas últimas-últimas.


Llego a Tenerife, a encontrarme de nuevo con la casa que soñó mi padre. Esa casa que ideó, dibujando sus planos. Me acuerdo de tenerlo sentado junto a mí, explicándome cómo iba a quedar, entusiasmado por enseñarme las habitaciones y en especial, cómo iba a ser la mía. Incluso yo le sugerí cosas, que añadió. Cada fin de semana se levantaba muy temprano para llegar al terreno a amasar cemento e ir levantando tabiques, hasta construir todo lo que es hoy, con tanto amor, cariño e ilusión. 


Llego a la isla sabiendo que en unos pocos días vendrá alguien desconocido, a quien le hemos vendido la casa de mi padre. Esta casa que fue su sueño y que quiso tanto… Tanto, que sé sin dudarlo, que forma parte de él mismo. 


Esta nueva familia ocupará esos espacios que no hace mucho rellenaba mi padre y un poco más hacia atrás en el tiempo, yo mismo con él, hasta que inicié mi propia vida.

Estas personas llegarán con sus nuevos enseres, con sus vidas, sin imaginar todos los momentos que hemos vivido allí.

No podrán saber que cada rincón tiene un sentido y que mires donde mires, todo tiene un porqué. 

Nos iremos y ellos vendrán y solo quedarán los muros, que estaban antes plagados de cuadros, fotos y que ahora desnudos de cualquier recuerdo, como fieles testigos que tienen toda nuestra confianza, nunca contarán a nadie su historia, por muy bonita que fuera.


Recuerdo cuando mi tío Pepe vendió su casa del Médano hace muchos años a un inglés y le dejó sobre una repisa una nota a mano en su idioma. Le deseó que fuese tan feliz como él lo había sido allí con mi querida tía Piluca. Ahora ya entiendo todo lo que quería decir.


En mi casa de Guamasa viví una etapa importante de mi vida. Estudié mi carrera de Medicina, corrí mi primera carrera popular, o incluso aprendí a hacerme el nudo de la corbata, pensando que así ligaría más al salir los sábados por la noche. En esas habitaciones cambiamos los pañales de cada uno de mis hijos y les hemos visto crecer. Hasta a alguno se le cayó un diente y fueron visitados por el ratoncito Pérez. Pero este no fue el único visitante ilustre. También vinieron Papá Noel y hasta los Reyes Magos con sus regalos, dejándolos junto a la chimenea. Allí compartí mi vida con mi perro Phil, que se fue tan pronto y que tanto he echado de menos. Chicho, Bruno, y el bueno de Blas, hace mucho que también dejaron de corretear y ladrar por ese jardín y ese huerto, donde comí fresas, limones, naranjas, jugosos melocotones y esos deliciosos aguacates que recogíamos cada día y que me cuesta pensar que nunca más volveré a probar. En ese jardín planté mi primer árbol, del que colgué mi primera hamaca cuando esa palmera creció lo suficiente y que aún desafía al cielo con tocarlo algún día y encontrarse allí con mi padre.


Tal vez haga lo que hizo mi tío Pepe. Quizás les escriba algunas líneas a los nuevos dueños y se las deje a la vista, como hizo él. Y eso será lo último que haga en mi casa. Entonces me daré la vuelta y me iré, y sin mirar atrás para no llorar más, cerraré la puerta de mi casa… por última vez.


jueves, 30 de septiembre de 2010

Barcelona














Hace tiempo leí un artículo, cuyo autor no recuerdo, pero sí su curiosa reflexión, en la que creía firmemente que las ciudades tenían sexo, como sus habitantes. Según aquel anónimo escritor, hay por tanto ciudades hombres y ciudades mujeres. Aquella rápida lectura, a mis jóvenes e incautos ojos, le resultó muy reveladora. Desde entonces, cada vez que visito un lugar nuevo, pienso en ese texto y trato de identificar a la urbe, que se oculta bajo esa especie de máscara de carnaval, al desconocido que se acerca.
Nunca he tenido la duda de que Barcelona, es por supuesto, una mujer. Acogedora, cariñosa, generosa y amable. Tan hospitalaria, que te recibe por tierra, mar y aire, mostrándote en cada lugar un paisaje urbano rodeado por un cinturón de bosque verde, o las cálidas y mansas olas de color azul verdusco del Mediterráneo.

Barcelona y por extensión, Cataluña, es un lugar peculiar y de contrastes. No es de extrañar que un incauto como yo, al que aquí llaman cunill, se sorprendiera al tocar tierra catalana. No todo el mundo tiene la suerte de contar con una cicerone como Lou, es cierto y precisamante por eso, me siento obligado a ayudar a todos aquellos que se adentren en la aventura de venir a este lugar, bien de visita temporal, o como para establecerse de una manera definitiva. Para ellos aquí queda esta serie de recomendaciones, que bien podrían recopilarse en una especie de guía. Esa bitácora de viajes, se llamaría algo así como: Guía de Barcelona y alrededores, para el incauto viajero accidental, que viene de distantes territorios de ultramar.  

Y aunque en alguna ocasión he mencionado lo que se me pareció Barcelona a Santa Cruz de Tenerife cuando llegué aquí, Barcelona es en cambio, una mujer misteriosa, embebida en jeroglíficos lingüísticos y culturales, crisol de todos los que como yo, algún día llegamos a ella. Por eso, no quiero relatar lo que me recuerda a mi tierra, sino lo contrario. Aquello que llamó la atención de aquel pobre canario recién llegado. Debo hacerlo de forma urgente, pues corro el riesgo de que sea barcelonés del todo y esos contrastes desaparezcan. Quiero contarlo antes de que ya no sepa de dónde soy, ni de dónde vengo, debo darme prisa, antes de que sea demasiado tarde...








martes, 6 de abril de 2010

Vuelta a casa

Ya estamos todos en nuestro sitio. Todo ya está en su lugar. Ya hemos llegado a casa, los niños bañados, embutidos en su pijama, cenados y dormiditos en su cama. Mañana al cole, que ya toca y Papá a otro miércoles compartido con sus amigos los inconscientes. No olvidemos a los Doctores Temerosos, y a la ínclita Dra. Doubtfire, centinela de los miércoles, siempre dispuesta a hacerte recorrer mundo a las horas más intempestivas y por los motivos más injustificados.
Las vacaciones pequeñas como éstas, son una pequeña crueldad. Cuando empiezas a cogerle el tranquillo, vuelve nuestra vida cotidiana. Ahora es cuando pienso en estos pequeños ratos, que hemos pasado con nuestra familia de ultramar y con esos amigos que siempre quise tener y que un día los encontré.
En estos días de vacaciones Marta nos ha propuesto hacer un grupo musical. Dice que si los hermanos Jackson formaron los Jackson Five, ella y sus hermanos deberían llamarse Carrillo Free (Three). Creo que no le haremos mucho caso, porque a pesar de su voluntad y de su amplio repertorio lírico, tiene un oído musical de pena, pobrecita mía...
En cambio Guille, nos ha sorprendido con unas dotes musicales que ni imaginábamos a sus 22 meses de edad. Ha descubierto una armónica, que puesta en sus labios, nos deleita con el famoso Blues de la ambulancia, maravillosa tonada a dos notas, que recuerda la sirena de ese vehículo de emergencia, que tan buenos recuerdos me trae. Prudentemente le ocultamos la armónica en el avión, para evitar que los pasajeros escucharan su composición. Es obvio, si no, les saturamos y no comprarán el disco...