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lunes, 21 de noviembre de 2016

Tres Mundos



















Desde hace muchos años, el gran Escher ha ejercido un gran efecto hipnótico en mí. Aunque no soy nada original, lo sé. Sus obras son muy conocidas y han mantenido absortos a muchos ojos y mentes curiosas durante décadas.
Escher es un gran tramposo. Mucho de su éxito y posterior inmortalidad de su obra es debido a que logra confundir tus ojos cada vez que te asomas a él. Escher, además, es un mago genial con el que a pesar de saberte engañado, siempre disfrutas con que te haga el truco una y otra vez.
Hoy he vuelto a encontrarme con Maurits Cornelis Escher, pero esta vez casi de casualidad, cuando iba buscando en la web una imagen que ilustrase este post. Mi búsqueda se basaba en el título de este post, cuando sorpresivamente surgió ese Tres Mundos de Escher. Aunque tenga una idea de lo que voy a escribir, siempre actúo de la misma manera. Busco la imagen, la pego y bajo ella, comienzo a escribir. Nunca imagino sin una imagen, ni escribo ningún escrito sin tener una ilustración que me inspire. Y como decía, buscando, apareció los Tres Mundos de Escher, me cautivó, me dejé engañar de nuevo y su cuadro me pareció que encajaba muy bien en la historia que quería contar hoy.

Vivimos en un mundo, en el primero, o al menos creemos que lo hacemos, y que no hay ningún otro en donde estamos, pero en realidad existen muchos otros mundos más, coexistiendo con el nuestro. Y no siempre los demás mundos son necesariamente mejores que el que conocemos, ni tenemos que desplazarnos muchos kilómetros para encontrarnos con ellos. De eso sé mucho gracias a mi trabajo. Hay gente que vive muy bien, gente que sobrevive y otros que al verlos no sabes siquiera cómo es posible que vivan.

Cada vez que entras de guardia es una auténtica lotería. O como diría aquel gran filósofo del siglo XX llamado Forrest Gump: "(...)Es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar..."  Y como suele ser habitual, depende en gran medida de los compañeros temerosos de la Central, que son los que harán que tu guardia se convierta en un trayecto de placer o en un infierno de cansancio, sueño y destrozo mental, que acabas arrastrando varios días.

Hoy estoy de nuevo guardia y esto me hace recordar lo que me sucedió hace unos meses, tal día como hoy. Aquel día la tranquilidad de una jornada sin sobresaltos se vio interrumpida a esas horas en las que el cuerpo te pide descansar y dormir un poco: de madrugada.
Me enviaban para que trasladase a un paciente de 13 años, de nombre y apellidos impronunciables, que tenía una pericarditis aguda. Estaba en un pequeño hospital y había que trasladarlo a otro mayor y por lógica, más preparado. Hasta ahí bien. Sin embargo, tengo que apuntar que una pericarditis no necesita un hospital de primer orden, porque el tratamiento de la pericarditis es a base de antiinflamatorios tipo aspirina y reposo. Nada más. Por tanto, ese traslado urgente con esos medios, como es una UCI móvil, a esa hora, no tenía a mi modo de ver ningún sentido urgente.
Infructuosamente intenté hacerle ver a nuestra central de coordinación todo esto, pero fue imposible. Y a pesar de mis explicaciones médicas, casi siempre el temor o el por si acaso, se impone al razonamiento lógico o científico. Tenía difícil el convencerlos con mis argumentos, y tal y como suelen acabar estas cosas, su criterio jerárquico se impuso al mío y me vi obligado a aceptar lo que ordena el que siempre tiene la última palabra. 

El consuelo del que en estas discusiones siempre tiene las de perder, es que al menos, pensé, sería un traslado fácil, que no traería ninguna complicación. Así que mi particular acto de rebeldía fue coger mi Ipad y llevármelo conmigo, para a falta de ejercer como médico de emergencias, entretener mi viaje con algún tipo de lectura. Si se iba a tratar de un viaje de acompañamiento, no de una asistencia a un paciente crítico, al menos aprovecharía el tiempo para leer algún libro. Así que para allá que nos fuimos, muy a mi pesar, a hacer 45 Km de ida y otros tantos de vuelta, a las dos de la mañana.

Llegamos a nuestro hospital de origen. Tras las habituales presentaciones, nos encontramos con la típica acogida feliz del personal. No es para menos. Gracias a la diligencia del sistema de emergencias, se han librado de un paciente al que hubieran tenido que estar atendiendo durante toda la noche. Ya no queda margen de acción. Por desgracia, por el paso de los años, parece que nos hemos convertido en meros transportistas y nuestra opinión acerca de la conveniencia del traslado o no de nuestros pacientes, ha quedado enterrada en la noche de los tiempos y oculta en la oscuridad de la gruta de los absurdos protocolos.

Así que cuando estás en esa situación, lo mejor es no discutir, no intentar hacer razonar a nadie y no perder más el tiempo. El tiempo corre en nuestra contra. Cuanto antes acabes, antes podrás irte a la cama. Lo importante es mañana. Poder estar fresco y no estar dando cabezadas por todas partes. Así de sencillo.
Entramos en el cubículo de urgencias y allí estaba nuestro paciente. Era nuestro niño de 13 años, de piel de un color ébano intenso, que nos miraba con ojos bien abiertos, probablemente asustado por ver lo que se había organizado por culpa suya.
Mi enfado nunca lo traslado a mis pacientes. Al fin y al cabo ellos no tiene la culpa de nada. Les trato con cariño, con respeto y procuro darles lo mejor de mí. Al fin y al cabo suelen ser unos privilegiados. Tienen una UCI móvil cuando con una ambulancia normal hubiera sido hasta un exceso.

Le explico a la familia de nuestro pequeño paciente que vamos a Barcelona y cómo llegar a nuestro destino. Que no nos sigan, que nosotros podemos saltarnos semáforos, pero ellos no, etc, etc. 
Mi pequeño paciente se despide de todos aquellos familiares, y tras los besos, empujamos nuestra camilla y nos vamos camino a Barcelona.

Voy hablando con él y noto en su voz temblorosa un niño con miedo, que no sabe a dónde vamos y qué va a ser de él.
-No me va a pasar nada, ¿verdad?- me pregunta.
-No, vamos a Barcelona a hacerte unas pruebas que aquí en este hospital no se pueden hacer- le miento, sobretodo por no tener que explicarle que a veces la Sanidad es un continuo balones fuera donde nadie se atreve a decidir y espera que sean otros quienes lo hagan.

Veo que con esto no le doy ninguna tranquilidad. Él me mira con sus profundos ojos oscuros y sigue transmitiéndome miedo por lo desconocido.
De repente me acuerdo de mi Ipad, de mi hijo Guille y de cuánto le gusta pasar sus dedos por la pantalla y le pregunto:

-¿Quieres jugar un poco?
Él se queda sorprendido. Le doy al botoncito y su iluminación le hace abrir aún más sus ojos y además su boca.
-Mira, te voy a poner un juego que le me encanta a mi hijo.
Él coge el Ipad y enseguida se hace con el juego. Su cara cambia y sonríe. 
-Gracias- me dice, y me hace sentir que he acertado y que tendrá un viaje tranquilo y distraído. 

En seguida pilla el truco del juego, va haciendo una y otra partida y aquel rostro de preocupación ha desaparecido por completo.

Casi estábamos en Barcelona, cuando se dirigió de nuevo a mí:
-Señor, ¿le importa que le devuelva su Ipad?
-No, ¿por qué?
-Me duelen un poco los brazos. Estoy cansado. Muchas gracias.
-No te preocupes. Tienes razón. Después de un rato pesa un poco y estás un poco débil.
Le retiré el Ipad y pocos minutos después, estaríamos llegando a nuestro destino.
Entramos en el hospital sin ninguna incidencia.
Al cabo de un rato volvíamos a nuestra base.
Estábamos callados. Casi siempre así a esa hora. Nos puede el cansancio y estamos deseando poder llegar a la base y descansar algo, que la guardia acabe cuanto antes y marcharnos de una vez a casa.
Yo aprovecho ese viaje de vuelta para pensar.

Tenemos la suerte de tener una Medicina de primer orden mundial. Somos unos privilegiados sin saberlo. Esto nos distingue de muchos otros países como los de este pobrecito niño africano que me tocó trasladar aquella noche. Nuestra Sanidad es mejor, pero la base, el sustrato a quien tratamos es exactamente la misma.
Los pacientes, sus enfermedades, sus sufrimientos, sus miedos, son absolutamente universales. Los niños son niños y son exactamente iguales en todas partes, vengan de donde vengan, da igual su raza, su país o el caprichoso destino, que les ha hecho vivir en cualquiera de los Tres Mundos. 


viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

martes, 12 de marzo de 2013

Marcos

 
Llegamos desde el cielo como siempre. Aquella vez a un pequeño pueblo del Maresme. Teníamos la esperanza de no llegar. Pero no me entiendas mal. Es que a los que nos dedicamos a las Emergencias, no nos gustan los niños y los bebés, mucho menos.
 
En aquel ambulatorio ya te conocían bastante bien. Eres uno más de la familia. Por desgracia y por tus dolencias que te has traído hasta este mundo, es rara la semana que no les visitas. Hoy te has puesto un poco peor. Por eso se han alarmado y nos han llamado.
 
Tu médico me va contando cómo te encuentras y el atenderla me hace perder mi atención en ti. El enfermero, en cambio, te ha visto, se ha dado cuenta de todo y por eso pregunta:
- Es Down, ¿verdad?
Contestaron todos afirmativamente con gran rapidez y cuando te miro, no me cuesta nada reconocer tus rasgos,  que se aprecian a pesar de tus escasos ocho meses.
Me dicen que ya no lloras con los pinchazos y que eres todo un valiente y sabiendo esto, continuamos con el tratamiento que ya había comenzado.
Parece que la cosa no es tan grave como pintaba en un principio, pero aún así, optamos por llevarte en helicóptero hacia ese gran hospital de Barcelona que tanto conoces.
 
Te cojo en brazos y te deposito con sumo cuidado en nuestra camilla. Tus labios ya están sonrosados y la tos, esa tos que siempre ha estado contigo, parecía remitir un poco.
Tu madre se despide de ti. Te da muchos besos y se marcha pronto, seguro que para que no la veas llorar.
Nos vamos de allí rápidamente. Me voy colocando en mi asiento y voy leyendo tu historia en los informes médicos. De cómo burlaste triples screenings y ecografías y apareciste de sorpresa, con tu enfermedad, en el momento del parto.
 
Nos acomodamos. Nos atamos el cinturón y antes de que el ruido dentro de la máquina se haga ensordecedor, te digo:
- Marcos, ¿alguna vez has volado en helicóptero?
 
No me contestas, pero en cambio me miras fijamente, mientras te acaricio la cabecita con delicadeza.
Acerco mi dedo índice a tu manita y rápidamente me lo agarras con fuerza.
Mientras, con mi pulgar, voy rozando la piel de tu mano y puedo sentir su suavidad. La suavidad de la piel de un bebé.
Tú no me sueltas en todo el viaje. Siento como si tú fueses quien me acompañase todo el camino, como si me ayudases a cruzar la calle.
 
No paras de mirarme con esos ojos rasgados. Continúo acariciándote y eso te hace entreabrir los párpados. No lo puedo asegurar, pero a través del plástico de la mascarilla de oxígeno que cubre casi toda tu cara, me ha parecido ver que sonreías...

viernes, 19 de octubre de 2012

Los héroes del cielo










Hace unos días que un tal Félix Baumgartner decidió entrar en la Historia con un salto increíble. Casi donde el cielo deja de ser cielo, para convertirse en espacio, abandonó su globo y cayó alrededor de cinco minutos, hasta tocar suavemente el suelo. Dicen que bajó más rápido que la velocidad del sonido, desde lo más alto, donde nadie antes se había atrevido a hacerlo. Su hazaña me recordó esta historia de héroes y del cielo.
 
Hay quien dice que el tal Baumgartner es un loco y otros, en cambio, que es un héroe. Es lo que siempre se ha dicho de todos aquellos valientes o temerarios, pioneros o descerebrados, que quieren no sólo llegar donde nadie lo había hecho antes, abrir el camino para que su gesta no sólo sea repetida hasta la saciedad por otros muchos, sino que se convierta su aventura en una situación cotidiana. 
Así fue el famoso viaje de Charles Lindberghcuando cruzó el Atlántico en 1927 con el Spirit of St. Louis. Muy moderno para la época, pero que actualmente nadie se atrevería a volar en esa lata y mucho menos cruzar desde Nueva York hasta París, solo, sin escalas, durante 33 horas y media.
 
A Charles Lindbergh le estoy muy agradecido por haberme prestado su legendaria aeronave para ilustrar el encabezado de este blog. Un día hablaré de él, de su increíble vida, en la que lo menos importante que hizo fue cruzar  el Atlántico y cómo no, de su avión, que me produjo el síndrome de Stendhal cuando lo vi con mis propios ojos.
 
Hay muchos otros héroes que vienen del cielo, como fue Neil Armstrong, el primer hombre que cumplió el sueño de poder llegar a la Luna. Siempre dijo que en absoluto era un héroe, sólo alguien que cumplió con su deber, e hizo bien su trabajo. Este verano volvió arriba, pero esta vez para quedarse para siempre, junto a las estrellas.
 
Pero del cielo no sólo vienen héroes, también traen nuestros sueños y nuestras esperanzas. Por eso cuando necesitamos ayuda desesperada o sentimos una inmensa alegría, instintivamente echamos la cabeza hacia atrás y miramos el lugar donde se ubica el firmamento.
Hace unas semanas aterricé en un hospital de Barcelona, como tantas otras veces, para llevar a un paciente. Lo descargamos del helicóptero y lo acercamos a Urgencias con una ambulancia, que nos esperaba a pie del aparato.
Cuando volvíamos de vacío, charlando tranquilamente con mi compañero, el enfermero, vimos que había alguien hablando con el piloto, que habitualmente se queda custodiando la nave. Nuestro visitante era un chico en silla de ruedas, de unos treinta años, al que había acercado su novia, que se apoyaba ligeramente en las manillas de su silla.
 
Llegué hasta él y me incorporé a mitad de su conversación. Contaba que llevaba allí dos meses, desde el día que tuvo el accidente con su parapente y unos compañeros nuestros, en helicóptero, lo trajeron hasta el hospital.
Tenía una mirada triste, pero aún así, su brillo transmitía esperanza. Creo que aún no había acabado de aceptar que no volvería a caminar nunca más.
Nos iba hablando y viéndolo postrado en aquella silla, me imaginaba qué pensaría yo si estuviese en su situación. Mis pensamientos se interrumpieron con sus palabras, que a modo de despedida, al vernos recoger todo, nos dijo:
 
Cada vez que oigo el helicóptero le pido a ella que me acerque para veros y daros las gracias por haberme salvado la vida y por la labor que hacéis. Y cada vez que os veo llegar, pienso que hay alguien que sufre, alguien que ha tenido algo terrible. Tanto, que ha necesitado de un helicóptero que lo lleve corriendo al hospital.
Pero siempre acabo pensando que algún día no traeréis gente que sufre, sino que vendrá un remedio, no sé cuál, que podrá curar a gente que tiene lesiones medulares como yo. Y sé que no lo traerá nadie más que vosotros. Porque vosotros, que venís del cielo, sois los héroes de verdad...
 
 
 

viernes, 30 de septiembre de 2011

Historias de hospital (Parte 1)















Yo no trabajo en el hospital, aunque eso no quiere decir que me sea un medio extraño. Nos llaman Medicina extrahospitalaria, lo que viene a querer decir, que nuestra principal actividad está fuera de ellos, aunque esto no impide que los frecuentemos, tanto cuando dejamos nuestros pacientes allí, como cuando han de ser traslados a otro centro más adecuado.
Lo que sucede dentro de los hospitales, las historias que ocurren en ellos, nos las perdemos y soy testigo de pequeños relatos, de pequeños retazos de realidad, que capto casi de casualidad y de los que me impregno rápidamente, como las tiras pegajosas que cuelgan para atrapar moscas.

Soy consciente de que sólo oigo y vivo una pequeña parte, que las enfermeras, médicos y auxiliares de los hospitales, podrían contar cosas más interesantes que las mías, porque yo soy como esos arqueólogos que con el hallazgo de unos restos de un poblado, explican los usos y costumbres de sus moradores, o los palenteólogos, que con una sola vértebra de dinosaurio, reconstruyen un esqueleto entero. Aquí presento unas historias, tal y como las viví o como me imagino que sucedieron.

Cambio de destino

Don Manuel tiene cerca de 90 años. Las arrugas de su cara muestran sin pudor a todos, que su vida, sin ser fácil, se ha caracterizado por un trabajo duro, a la intemperie, con el sol atizando su rostro continuamente.
Su acento le delata. A pesar de llevar viviendo tantos años en Cornellá, no puede ocultar sus orígenes andaluces. Forma parte de aquellas huestes de jóvenes, que buscando trabajo y sustento, abandonaron los campos del sur, se embarcaron en aquel tren lento y oxidado, al que llamaban  El Sevillano y se establecieron en Cataluña. La construcción, el campo, la industria téxtil, o incluso los más afortunados, encontraron trabajo la cadena de montaje de la Seat, fabricando un icono de la España de entonces: el 600.

No sé qué condujo a Don Manuel a estar esa mañana en el pasillo de urgencias de aquel hospital comarcal. No sé si tenía algún tipo de enfermedad profesional, debido a la exposición durante largos años a materiales dañinos, como amianto, sílice, plomo, o que el motivo de encontrarse allí era por los achaques de la edad.

Para una persona de su edad, estar en una camilla, medio desnudo, en medio de un pasillo donde va pasando gente, camilleros, ambulancieros y familiares, debe ser una falta de intimidad que no debió resultarle nada reconfortante.

Don Manuel no estaba solo. Le acompañaba Doña María, su esposa. Su pareja de toda la vida. Se conocieron muy jóvenes en el pueblo y toda la aventura de la vida la han vivido juntos, los buenos y los no tan buenos momentos. La salud y la enfermedad, lo malo y lo bueno.
Don Manuel está hecho de aquella manera que les hace a los hombres de otros tiempos, no quejarse de nada, ni del dolor ni de las adversidades. Por eso en tono muy bajo, que sólo pudo oir un médico de ambulancia que pasó a su lado, llamó a Doña María para pedirle algo.
En el breve instante que hay entre su primera palabra y el fin de su frase, mi mente pensó en lo que querría decir a su mujer. Estando como se encontraba, en un pasillo de un hospital que llamamos de nivel dos, no me costó imaginar cuál sería su deseo.

- María, llévame a Bellvitge. Allí están los especialistas, porque aquí no me harán nada.
Y pisando mis pensamientos, mientras iba frenando la velocidad de mis pasos, para no perderme nada, la realidad de sus palabras, me descubría su preocupación de verdad:

- María, de aquí me llevas al crematorio. ¿Me oíste?
Doña María, vestida íntegramente de negro, habiendo visto marchar a tanta gente en su vida, cogió a su marido y como quien reprende a un hijo por una travesura, le dijo en tono airado:
- Manuel, cállate, mira que llegas a decir tonterías...

jueves, 5 de agosto de 2010

Médicos y pacientes

El médico de emergencias tiene como lugar de trabajo, el mundo. Un lugar pequeño, limitado por el alcance de su ambulancia o helicóptero, o tan inmenso, que le convierte en un ser tremendamente diminuto e insignificante.
A menudo menospreciado por sus compañeros de hospital, carece de segundas opiniones, pruebas complementarias (escáneres, resonancias, gasometrías, serologías...) y sólo se basa su actuación en su intuición, en su destreza, en el trabajo en equipo y en su experiencia.

El equipo de emergencias entra de sopetón en el peor momento de la vida de unos desconocidos, actúa con rapidez, con mayor o menor éxito y con la misma celeridad, casi sin que nadie se dé cuenta, desaparecemos.
Esto hace que la relación con nuestros pacientes sea efímera y carente de seguimiento por nuestra parte. Es rara la ocasión en que volvemos a saber de aquéllos a los que tratamos en un momento tan delicado y de lo que les ha deparado el destino.

Pero no siempre es así. A pesar de que los hospitales son en sí mismos ciudades, en las que se difuminan y disuelven nuestros pacientes cuando los dejamos allí, las casualidades o nuestra perseverancia, nos permiten a veces, rastrearlos y no perderles la pista.
Hace unos días recibí la agradable llamada de mi amigo Quico. Me cuenta que ha ido ya en varias ocasiones a ver a Laia, nuestra paciente del Tibidabo. La han operado dos veces con éxito y está muy feliz por haber podido conocer a su héroe.
Ha recuperado la felicidad y la sonrisa de sus catorce años y sueña con estudiar Medicina (locuras de juventud).
Estas pequeñas cosas son las que hacen que tu trabajo sea especial y que de tanto en tanto, recibas estos pequeños premios, que compensan con creces, los sinsabores de cada día.
Esto me trae el recuerdo de una de mis últimas guardias, antes de irme de vacaciones. Tuve que ir a un pueblecito llamado Torrelles, a atender a Antonio, un hombre de 60 años que había sufrido una parada cardio-respiratoria en la vía pública. Cuando aterrizamos a pocos metros del paciente, estaban reanimándolo, una pareja de policías locales y dos compañeros de la ambulancia. Continuamos con las maniobras, intubamos al paciente y al recobrar el pulso, decidimos trasladarlo al hospital.
Informo a la familia del estado delicado de la situación y que hemos conseguido estabilizarlo. A su mujer le comento que su marido ha tenido mucha suerte. Ella, sin que me dé tiempo para reaccionar, me agarra mis cachetes con sus dos manos y emocionada, me planta dos sonoros besos, dándome las gracias por salvarle la vida.

Al día siguiente, por esas cosas que tiene el pluriempleo y el poco nivel adquisitivo del médico actual, me toca trabajar en el Sistema de emergencias (061), vamos, en la ambulancia.
Para mi sorpresa, he de ir a recoger a mi paciente para trasladarlo a su hospital de referencia.
Él tiene muy buen color, su mujer le está dando de comer y parece increíble que 24 horas antes estuviese más muerto que vivo.
Me acerco a él y me presento: "Hola, soy el médico de la ambulancia que le va a llevar al hospital de Bellvitge. Yo le conozco, pero usted no sabe quién soy..."
El pobre, se encoge de hombros y su mujer también tiene cara de asombro. Me dirijo a ella y le digo: "Usted sí que me conoce..."
La cara de la mujer de Antonio parece decir: "Este joven nos ha confundido con alguien..."
- ¿No se acuerda de mí, verdad? - continué - ¡Qué pena...! Ayer nos besábamos en Torrelles y hoy ya se ha olvidado de mí...
- ¿Usted es...? - me preguntaba, mientras se le iluminaba la cara y con ella, toda la habitación de esa UVI.
- Sí, - le interrumpí - soy el médico del helicóptero de ayer.
Se acerca rápidamente y me abraza con fuerza. Emocionada, me transmite su emoción y las gracias por tener a su marido junto a ella. Me vuelve a besar, aún con más fuerza y más ruido, que el día anterior.
No sirve de nada el decirles que el trabajo lo hemos hecho entre todos y que realmente quienes le han salvado la vida a Antonio, fueron los que llegaron primero y empezaron con las maniobras. A mí sólo me tocó continuar con mi trabajo...
Las caras de ambos, casi sin hablar, reflejaban en su silencio mucho más que todas las frases hermosas que pudiese contener cualquier carta de agradecimiento. Y en esos pequeñitos momentos, siento que no hay otro trabajo mejor en el mundo.

Al contrario de lo que mucha gente piensa, es muy poco frecuente, por muchos factores que se tienen que dar al unísono, llamados Cadena de la vida, que los pacientes sobrevivan a una parada, primero y a una reanimación posterior. Lo que además no me había sucedido nunca, es que acabase pudiendo charlar con alguien que hubiese reanimado.
Somos profesionales, tenemos cada día, cada instante, la vida de otros en nuestras manos y nos parece natural, porque es nuestro trabajo, pero de vez en cuando el destino nos recuerda que además de carne y huesos, estamos recubiertos de una sustancia especial, algo que nos hace ser sensibles al sufrimiento ajeno, que nos recuerda lo frágiles que somos, que nos muestra las cosas que realmente son importantes y perecederas, algo que no sabría describir, pero que me atrevería a decir, que creo, que es el alma.

jueves, 22 de abril de 2010

Palau Palau

En octubre de 2009, Madrid volvió a perder otra oportunidad de ser una ciudad olímpica. A pesar de los esfuerzos del presidente de Honor Vitalicio del COI, Juan Antonio Samaranch, la capital de España se quedaba sin el ansiado premio. Sus palabras, emocionantes, en el discurso de defensa de la candidatura madrileña, fueron: "Estoy muy cerca del final de mi vida. Tengo 89 años y me gustaría pedirles que consideren darle a mi país el honor de organizar los juegos olímpicos de 2016".
Tanto esfuerzo en vano y una agenda apretada, hicieron que recayera días después en Mónaco, donde daba una conferencia. Para traerlo a España se fletó un avión ambulancia por parte del RACC y me pidieron que fuese yo el que lo repatriase a Barcelona.
Un distinguido paciente como aquél, me obligaría a hacer un esfuerzo para expresarme lo mejor posible en catalán.
En la habitación del Hospital Princess Grace me encontré con me aquel anciano menudo con aquella cara tan familiar.
Todo el viaje estaba muy taciturno, como contrariado, con ganas de volver a casa y abandonar de una vez a los médicos. Con él viajaba su secretaria, Annie, con quien fui hablando la mayor parte del tiempo que duró nuestro viaje y debo decir que era una mujer encantadora, que trataba a su jefe con una dulzura y un cariño que podía ser visto por todos los que lo rodeaban.
Samaranch de vez en cuando, salía como de su trance y me preguntó:
-¿Sabes hablar inglés?
Sí, - le respondí.
- Con el catalán no se llega a ninguna parte. En el mundo lo importante es saber hablar inglés.
Y volvió de nuevo a sus pensamientos, respirando entrecortadamente.
No quise importunarlo con preguntas tontas que seguro estaría harto de haber contestado a todo el mundo durante años. Sólo le hice alguna observación tipo: -Me imagino que está deseando estar ya en casa... - A lo que sólo tuve una media sonrisa como respuesta.
Continuó con sus pensamientos y al cabo de un rato, como surgiendo del oráculo, me mira de nuevo y me dice:
- He estado en todos los países del mundo. Y ¿sabe cuál es el más bonito de todos?
- No, - dije meneando la cabeza.
- Un país que no conoce nadie. Unas islas del Pacífico que se llaman Palau Palau. Es un país precioso.- Y se reunió de nuevo con sus pensamientos...
Nuestro avión aterrizó en Barcelona, nos dio las gracias por todo y se fue en su coche con su chófer y su secretaria a su casa. Antes, Annie nos regaló un recuerdo de parte del Sr. Samaranch: un llavero de plata del Comité Olímpico Internacional.
Ayer recibí la noticia de que mi paciente había fallecido, y recordé el viaje que habíamos hecho juntos y las sensaciones que experimenté al estar con un personaje de su talla. Él se ha vuelto a ir de viaje, esta vez para siempre. Estoy seguro de que se ha marchado a Palau Palau.

lunes, 19 de abril de 2010

Vamos de paseo

Cada diez semanas me toca una guardia de domingo en una cercana ciudad catalana con nombre de empate. Ayer fue uno de esos días que dedico al noble arte del pluriempleo. Es una simbiosis entre dos ministerios: la escasez de médicos en el ministerio de Sanidad y la escasez de ingresos en el de Hacienda, que se lleva buena parte de nuestras nóminas.
Por tanto, cada vez que voy a Igualada, el único que pierde soy yo.
Pero al menos las guardias son tranquilas y si apenas sales, te sientes como un cooperante que dona generosamente sus ingresos para el bienestar del país y de sus dirigentes.
Pero dejemos de lado asuntos pecuniarios y centrémonos en lo que me ha llevado a escribir estas líneas: mis paseos por Igualada.
No puedo decir que aquí tengamos una presión de trabajo como la que me toca sufrir los infernales miércoles, la verdad es que no y de tanto en tanto se sacan de paseo, para que la ciudadanía pueda ver en qué se gastan sus impuestos.
A pesar de lo que muchos creen, los médicos temerosos de la central, también tienen sus homólogos en la atención primaria. De hecho ayer me tocó visitar un ambulatorio, pues me alertaban de un niño de 12 años inconsciente. La historia en realidad tal y como me la contaron es que cuando el padre se levanta, va a ver a su hijo y éste le dice que está un poco mareado, pero que durante la noche, mientras dormía a las cuatro de la mañana, notó que se quedaba inconsciente... Y ahí que va la ambulancia Medicalizada Porsiacaso. Faltaría más...
Junto a mi facultad había una librería que se llamaba Pathos, nombre muy apropiado, pues proviene del término griego enfermedad, de ahí la Patología, y los procesos patológicos a los que les debemos el tener trabajo.
Por eso me pareció muy adecuado que en las proximidades del hospital de Empateville exista un bar que se llama Salus, término griego que sin duda es el origen de la palabra salud. No creo que exista un nombre más acertado para un local enfrente de un hospital.
He tardado varios meses en descubrir la verdad: Nada de griego ni referencias clásicas. El dueño del bar se llama Salustiano, para los amigos, Salus.
Es lo que tiene haber estudiado ciencias puras...

jueves, 15 de abril de 2010

Jeroglíficos

Jean-François de Champoillon fue un gran filólogo francés. A los nueve años comenzó a hablar latín, a los trece hebreo y a los catorce árabe. En el s.XIX sorprendió a la sociedad de su época con uno de los descubrimientos más fascinantes otorgados al mundo moderno: El conseguir abrir las puertas de par en par de una civilización misteriosa. Logró gracias a unos grabados hechos en la Piedra de Rosetta, descifrar la hasta entonces intraducible e intrigante escritura egipcia: los jeroglíficos.
En la época actual ya no existen Champoillons que iluminen nuestros caminos y a menudo nos encontramos que en la Medicina nuestras especiales piedras de Rosetta son los familiares de los pacientes que tenemos que explorar.
Con cierta frecuencia al abordar la anamnesis del paciente, nos encontramos escasa ayuda por su parte, voluntaria o inconscientemente, que nos pone la zancadilla a la hora de realizar nuestra investigación en pos del diagnóstico certero.
Por eso ante un paciente poco colaborador, es una bendición tener unos familiares que te aporten la pista clave para resolver el misterio.
Anoche fui a casa de Adolfo. Se trata de un señor de unos 80 años, que desde hacía una media hora tenía un comportamiento anormal, mantenía los ojos cerrados, sentado en su sofá y únicamente los abría cuando profería un grito espeluznante que desde lejos se asemejaba a la sirena de un camión de bomberos. Acompañando a estos estruendos, elevaba ambos brazos como si acabase de marcar un gol, volviendo automáticamente a encogerse de nuevo, hasta que volvía el nuevo ciclo, como una ola que golpea la roca de tanto en tanto.
El primer chillido, por inesperado me sobrecogió y me puso los pelos de punta. A partir del tercero, al saber la cadencia, casi lo esperaba...
Tras una primera exploración del curioso caso, al tratarse de un paciente diabético, se ha descartar una hipoglicemia, ya que la ausencia de glucosa en el cerebro, en ocasiones hace que reaccionen incluso violentamente. Para desgracia del médico, los valores estaban dentro de la normalidad. He ahí donde el detective empieza a dar palos de ciego. Las demás constantes y exploraciónes neurológicas, normales también. La cosa se complica. Se van cerrando las posibilidades. El misterio aumenta. Ya sólo queda nuestra piedra de Rosetta: los familiares.
Por suerte está presente su nieto, de unos 30 años, que por su aspecto y la forma de hablar, parece una persona formada, con estudios y capaz de poder explicarme más cosas. Le pregunto si esto le había sucedido alguna otra vez.
- Sí - me contesta - fue en verano y lo llevaron a L'Hospitalet Cedars Sinai Trauma Center. (Esto ya pinta bien, ya a alguien le tocó dar con el diagnóstico hace seis meses. Ya tengo medio trabajo hecho).
- Ahh (pongo cara seria e interesante, que eso impone respeto y admiración) - ¿Tiene algún informe por aquí? - pregunto a su nieto.
- No, - me contesta - están en casa de mis padres, pero le explico lo que nos dijeron los médicos...
- Sí, sí, cuénteme...
- Pues mire, mi abuelo según me dijeron, tiene las neuronas desgastadas, claro, esto hace como usted sabe, que se le bloquee el cerebro. Por eso es por lo que mi abuelo entra en trance.
Cuando termina de explicarme este curioso fenómeno neurológico-parapsicológico, se abre la puerta y aparece el padre del muchacho, el yerno del paciente.
- Es porque tiene las neuronas desgastadas y entra en trance - me repite el muchacho, por si no me había quedado claro.
- ...Y se le bloquea el cerebro... - le apunta mi enfermero.
Su padre mira la escena con reprobación, se dirige a mí y se acerca de tal manera que el aroma de sus whiskies y carajillos que trae puestos, los comparte generosamente con mi pituitaria.
- Mire doctor - interrumpe - lo que le pasa a mi suegro es que tiene las venas de la cabeza obturadas...
Adolfo se hace notar con un nuevo graznido que me hace arquear las cejas, pero esta vez, acompañando a sus brazos en señal de victoria, levanta las dos piernas del suelo y las estira, formando una V con sus extremidades superiores.
En ese momento veo la luz. Ya sé lo que pasa a Adolfo. En realidad está poseído...