lunes, 16 de junio de 2014

Clase de Anatomía

 
En mi casa, cuando era niño, lo llamábamos el lápiz, pero aquella tradición no se llegó a perpetuar con mis hijos, donde en cambio se ha instaurado oficielmente con el nombre de El Pito.
Aun a sabiendas de que a lo largo de los próximos años irá adquiriendo distintos nombres y usos, el pene, a edad infantil es un elemento más que importante, que te da supremacía y entretenimiento frente a tus amigos. Y que nadie piense ninguna cosa más allá que el sano divertimento que supone el combinar la vejiga llena con el estudio del tiro parabólico.
Todavía recuerdo las sanas competiciones de a ver quién lo hacía más alto (requería un muro oscuro que dejase nuestra marca) o la prueba más económica,  que no necesitaba tanta infraestructura (sólo un suelo de tierra), para consagrar al que lograba el campeonato de hacerlo más lejos.
Con el control preciso de únicamente dos dedos y con un poco de gracia y arte, se podía lograr alcanzar el Olimpo y la incondicional admiración de tus amigos.
 
Pero lo que me trae hoy hasta aquí no es una exposición de juegos infantiles peneanos más o menos trascendentes y divertidos (aunque los laureles del éxito hayan cambiado nuestra vida para siempre). En realidad han sido sus anexos,  en concreto los de mi hijo Guille, los que me han inspirado estas líneas de hoy.
 
Hace unos días tras acabar de duchar a Guille, que acaba de cumplir 6 años, íbamos hablando de cosas mundanas. Poco a poco le vamos dando cierta autonomía, pero hay que supervisar todavía que se afane con la esponja o que se seque bien. Por eso, cuando había acabado con la toalla, le dije:
 
- Guille: los huevillos no te los has secado bien.
- ¡Papi! - me dijo en un tono que sonaba casi a reprimenda - No se llaman huevillos, se llaman testículos.

Y para provocarlo un poco y ver cómo reaccionaba, le insistí en el término:
- Vale, vale... Pero sécate bien, que se te queda húmedo el forro de los huevillos...
- ¡Paaapá! ¡No digas eso! ¡Se llama el saco de los testículos...!
- Está bien - cedí - El saquito de los testículos...

Continuamos hablando de otras cosas, mientras él parecía pensativo. Arrugó la frente, de la forma que siempre hace cuando tiene una reflexión o una pregunta que hacerte y me dijo con su vocecita de dibujo animado:
- Papá: ¿Para qué sirven los testículos?
Me detuve un instante y pensé que debía ser sincero y explicarle que formaban parte del aparato sexual masculino, siendo encargados de la espermatogénesis, así que me agaché y le dije lentamente:
- Mira, Guille... - Hice una pausa: - Los testículos sirven.. pues eso... para hacer pis.
- Vale - me contesta con una sonrisa - Entonces, ¿Si tienes uno solo no puedes hacer pis?
- Puedes hacer sin problemas - contesté, mientras iba destrozando la Anatomía Humana que tanto me había costado aprobar...
- Claro, Papi, si hay uno, funciona por los dos...
- Eso es... - Y a medida que iba inventándome esta nueva función del testículo, sentía que de alguna manera estaba traicionando a la Medicina.
- Pero y si no tienes ningún testículo, ¿Qué pasa? ¿Te vas hinchando de pipí?
- No, no... sí, sí... Yo que sé Guille... - decía preso de la desesperación por una pregunta bien fácil de responder para un médico, pero terriblemente difícil de contestar para un padre de un niño de 6 años. Podía dar marcha atrás y explicarle para lo que sirven las gónadas masculinas, descubrirle los simpáticos espermatozoides con su flagelo y su función reproductora con el óvulo femenino, la erección, la eyaculación, la copulación, el orgasmo, el punto G, el ciclo ovárico, la mórula, la blástula, la gástrula... Así que abandoné estos pensamientos y volví a bajar la cabeza para mirarle de nuevo y decirle:
- No te preocupes, Guille, que con huevillos o sin ellos, el pis busca camino.

Y antes de verme obligado a pasar de la Medicina a la Física y tener que explicar la teoría de los vasos comunicantes, le terminé de ayudar a ponerse el pijama, le di una nalgada cariñosa en el culo y le orienté hacia la cocina, donde le esperaba su cena.