miércoles, 16 de abril de 2014

La Promesa














Quiero escribir este artículo, pero quiero hacerlo deprisa. Apenas tengo veinte minutos para poder terminarlo. Pido perdón por los errores de sintaxis que seguramente tiene, por las reiteraciones, por mis erratas, que apenas han tenido tiempo de ser corregidas. 
El motivo de mi prisa es mi hija Marta. De aquí a nada vuelve de su campamento Scout. Casi cuando esté acabando, empezará a descender de la escalera del autocar y vendrá a reunirse con su familia después de cinco días.
Seguro que volverá cansada, derrotada, más bien, pero sobre todo, feliz.
Pocas cosas le hace que esboce una mejor sonrisa que cuando está en los Scouts.

Aunque es su segundo año con ellos, debo confesar que todavía a estas alturas se me escapan muchos de los términos que emplean: Consejo de roca,  el tótem, el bordón, las insignias, el lema Scout, pero por encima de todas las demás, "la Promesa", que es algo que creo que sé lo que es, pero que no me atrevería a definir en su totalidad..

Confieso que desde niño quise ser Scout, pero debí insistir poco, porque nunca me llevaron a inscribirme. Mejor plantearlo así... Bueno, bueno, a estas alturas creo que ya no tocan los reproches y dado que no creo que me admitan ya en los Scouts, creo que mejor cerrar esa página inconclusa. En cambio, Lou, sí que fue Scout y la verdad es que aparte de amistades para toda la vida, ha llenado su existencia de jugosas anécdotas y de un cancionero extenso y completo, que se extiende desde la alegre "Lobato soy de profesión", pasando por el desgraciado "Bruno el payaso", la conmovedora canción de "el castor que ha crecido demasiado", que de haberla oído de niño me habría hecho llorar inconsolablemente a moco tendido. (Hoy me cuesta cierto esfuerzo no soltar una lagrimilla cuando la oigo), hasta tocar incluso temas descarnados, convulsos y terroríficos como "la carta ensangrentada, tralala laralá..."

Así que dados los antecedentes familiares no era de extrañar que cuando nuestra hija Marta tuviera la edad suficiente, acabaría irremediablemente en los Scouts.
Tan sólo bastó un día, el primero, para darme cuenta, a pesar de ser un profano en el movimiento Scout, que habíamos acertado por completo.
Cuando llegó a casa y le preguntamos qué tal lo había pasado, Marta nos dijo:

- Hoy he aprendido una cosa. Mejor dicho, he aprendido unas palabras prohibidas...
- ¿Caca, culo, pedo, pis? - pensé.
- Hay unas palabras que no se pueden decir nunca. Esas palabras son: 
"No puedo..."

Con eso bastó. Con eso y con ver lo contenta que va cada sábado con sus nuevos amigos.
Ahora está a punto de volver de su campamento. El año pasado se quedó a punto de conseguir su foulard y hacer su promesa. Una meta que se ha ido haciendo inalcanzable.
Pero hoy escribo estas líneas porque tengo una corazonada. Creo que lo habrá logrado y descenderá de ese autocar con su pañuelo (¡perdón, perdón!), con su foulard recién ganado alrededor del cuello, prueba de que por fin ha conseguido su Promesa, con una preciosa sonrisa, más grande incluso, si esto fuese posible, que ésas a los que siempre nos tiene acostumbrados.

Desde que pusimos a Marta en los Scouts he querido saber acerca de quién era su fundador, Baden-Powell y cuáles son los fundamentos de los Scouts.
Leí sobre su biografía, apasionante y entretenida. Y me quedé maravillado en lo que es su testamento, una carta encontrada entre sus objetos personales. 
Lo releí varias veces, y me sentí muy orgulloso de que algún día mi hija sea uno de ellos:

"Queridos scouts: Si habéis visto alguna vez la obra Peter Pan, recordaréis cómo el jefe de los piratas siempre estaba pronunciando su discurso de despedida por temor de que cuando le llegara su hora no tuviera ya tiempo de compartirlo. Algo así me sucede a mí, y, aún cuando no me estoy muriendo en este momento, lo haré uno de estos días y quiero mandaros un mensaje de despedida. Recordad, esto es lo último que oiréis de mí, por tanto meditadlo.
He tenido una vida muy dichosa, y quiero que cada uno de vosotros la tenga también.

Creo que Dios nos puso en este mundo maravilloso para que fuéramos felices y disfrutáramos de la vida. La felicidad no procede de ser rico, ni siquiera del éxito en la propia carrera, ni de concederse uno todos los gustos. Un paso hacia la felicidad es hacerse sano y fuerte cuando niño, para poder ser útil y así gozar de la vida cuando se es un hombre.

El estudio de la naturaleza os mostrará cómo Dios ha llenado el mundo de belleza y de cosas maravillosas para que las disfrutéis. Contentaos con lo que os haya tocado y sacad el mejor partido de ello. Mirad el lado alegre de las cosas en vez del lado triste.

Pero el camino verdadero para conseguir la felicidad pasa por hacer felices a los demás. Intentad dejar este mundo un poco mejor de como os lo encontrasteis y, cuando os llegue la hora de morir, podréis morir felices sintiendo que de ningún modo habréis perdido vuestro tiempo sino que habréis hecho todo lo posible. Así, estad "Siempre Listos" para vivir felices y morir felices: aferraos siempre a vuestra promesa Scout, aún cuando hayáis dejado de ser muchachos, y que Dios os ayude a hacerlo así."