sábado, 22 de diciembre de 2012

La visita














 
Dentro de unas horas vendrá a vernos. Llevamos esperando que lo hiciera, una semana y media, más o menos. Día arriba, día abajo, calculábamos que aparecería enseguida. Hasta el último momento no es sencillo decirlo con precisión, pero ha sido esta tarde, cuando por fin hemos confirmado que tendríamos la visita de este invitado tan ilustre.
 
Y como siempre que se le espera, acude, ya tenemos todo preparado para cuando llegue. Espero que le guste nuestra casa, ya que nunca había estado en ella, aunque a pesar de eso, desde siempre hemos sabido que más tarde o más temprano se dejaría caer por aquí.
Es lo que tienen las tradiciones.
 
Pero claro, si no conoce nuestro piso, cabe la posibilidad de que acabe dando vueltas durante toda la noche, sin dar con el sitio. Ésa era la preocupación de Marta, que no estaba muy convencida que ese pobre fuese capaz de orientarse, temiendo que acabase perdido, dando tumbos durante toda la noche.
Esto me ha recordado cuando tenía su edad y me vi envuelto en su misma razonamiento. Yo lo solucioné colocando pequeños carteles por todos los rincones, con flechas dibujadas, marcando la senda, para que le sirviesen de referencia y así no perderse.
Con aquel recuerdo presente y con la idea de no transmitirle mis desvelos infantiles a Marta y no nos engañemos, para no tener que ponerme a pintar letreritos, simplemente la convencí de que sus temores no tenían razón de ser. Nuestro amigo tiene un olfato muy bueno y seguro que sabrá llegar perfectamente a su destino. 
 
A ver si viene ya, que se va haciendo tarde, que tenemos toda la parafernalia montada. Aunque afortunadamente, nuestro pequeño invitado no es tan exigente como Sus Majestades de Oriente, que requieren de turrones, café, agua para los camellos, etc... Este pobre no come nada, ni tiene sed, ni pide nada a cambio. Bueno, una cosa sí. El diente de Marta, que le espera muy cerca de donde está durmiendo ella.
Mañana cuando nos levantemos, nos encontraremos con dos regalos del Ratoncito Pérez:
El que deja a los niños a cambio de su diente y lo que regala a sus padres: esa sonrisa preciosa, con un pequeño huequito en medio.
 

sábado, 1 de diciembre de 2012

Ojo al dato


Hace unos días aterricé con mi helicóptero en cualquier rincón de la geografía catalana. Nos alertaban de un camionero que sufría de un dolor torácico.
Tras un corto vuelo, tomamos en el terraplén que se extendía junto a un bar de carretera. Allí, junto al camión del paciente, estaba la ambulancia básica, que había llegado antes que nosotros.

Nos bajamos rápidamente y nos dirigimos a la ambulancia, donde se encontraba nuestro paciente, tal y como nos señalaban los policías que también estaban allí.
Me acerco a la puerta lateral de la ambulancia y toco con los nudillos en la superficie metálica. Inmediatamente se desplaza la puerta de corredera y tras ella, se me muestra el técnico que se encuentra en el interior.
Me sorprende el encontrarme con un muchacho joven, con tal grado de estrabismo, que aparentemente sería capaz de atender con la mirada, a ambos extremos del vehículo a la vez.
No le doy más importancia y entro a asistir al camionero, que afortunadamente no está tan grave como parecía ser la alerta. Intento concentrarme en él, pero mi atención se me escapa de nuevo hacia los ojos del técnico.

Cada uno tiene derecho a tener sus traumas infantiles. Uno de los míos más enconados, tal vez sean los globos, que soy incapaz ni de estallarlos, ni de tirarlos a la basura... Sólo de pensarlo, me dan ganas de llorar... 

Recuerdo que de pequeño me decían que si te ponías bizco y pasaba una mosca, te quedabas así para siempre, pero nunca he podido comprobar que eso fuese cierto. Y la verdad es que tampoco me he atrevido a preguntárselo a ninguno. Por eso, quizás, otra obsesión infantil, sea el vicio de analizar a los estrábicos.


Con ellos me sucede una cosa curiosa: siempre tengo la tentación de intentar averiguar cuál es el ojo bicácaro y cuál el que funciona. Y aquí se complica todo, porque obviamente, no es cosa de preguntar a un desconocido:

- Perdona, ¿Ahora me estás mirando a mí o estás pendiente de otra cosa? Es para saber cuál es tu ojo bueno...

Estas pesquisas intento siempre hacerlas de forma disimulada, pero sé que no lo consigo casi nunca, ya que tengo que poner mucho esfuerzo en la investigación y seguro que me acaban pillando. 
Pero es que es una muy difícil tarea. Porque aunque te miren, e incluso si están hablando contigo, puede ser que es verdad que te mira, o tal vez no, y las cosas no sean como te imaginas y que en realidad está distraido con cualquier otra detalle de alrededor, porque el ojo interesante es el que está por los cerros de Úbeda...
Por eso los miro y los miro, haciendo una especie de quiniela, marcando las victorias y los empates. Pensando: Ahora sí, ahora no...
Pero cuando creo que tengo el resultado, no atiendo nada de lo que me puede estar diciendo el pobre. Eso sí, disimulo a la perfección. Hasta pongo cara de interés, e incluso puede que mueva un poco la cabeza hacia arriba y hacia abajo, sin enterarme de nada de lo que cuenta, claro, porque estoy concentrado escuchando mis palabras en el interior de mi cabeza, que me dicen: Mel, el derecho, es el derecho...

Y ahí estaba yo, en aquella ambulancia, junto a aquel técnico, con su vista de gran angular, abarcando casi 180º. Cuando casi creía que tenía la respuesta al misterio de su ojo, me acercó la tarjeta sanitaria del paciente.
Agacho la cabeza y copio los datos. Para mi sorpresa, veo el apellido del paciente y leo: Vizcarro.
Siento un deseo irrefrenable de preguntarle al técnico:
- ¿Este señor es familia tuya?
Pero me reprimo, aguanto estoicamente las ganas de reirme, termino mi trabajo y me marcho de allí volando.



lunes, 5 de noviembre de 2012

El blog

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hace ya muchos años que me dedico al noble arte de intentar curar lo que se puede curar, de paliar lo que no se puede curar, o de acompañar a los que se van, porque lo suyo ni se cura, ni se palia.
Durante todo este tiempo me sucedían muchas cosas y pensaba:
"No debo olvidar esto, por si algún día me animo a escribir un libro". Y aunque ese día aún no ha llegado, me rebelé ante el posible olvido y desde aquel momento, empecé a escribir este blog.
Pero la historia tiene una estación intermedia. Y ese camino necesario, fue encontrarme de nuevo con la Dra. Jomeini.
 
A la Dra. Jomeini la conozco desde hace muchos años. Tantos, que ni era Doctora, ni muchísimo menos, ni había hecho méritos para ganarse ese apodo de ayatollah. Lo que sí hacía entonces, y muy bien, era escribir, escribir y escribir. Y tan bien lo hacía, que entonces pensaba que se equivocaba siendo médico, cuando debiera haber sido escritora. Puedo decir que en aquellos años surgió mi envidia por poder expresarme como ella.
 
La vida te lleva por distintos derroteros, como la corriente de muchos afluentes de un río, pero un buen día, navegando por estos inmensos mares cibernéticos, nos volvimos a encontrar. Y descubrí que seguía escribiendo y que compartía sus líneas en un blog.
"Eso es lo que quiero hacer yo" - pensé - Y se me encendió la luz. Y lo fácil, que es lo que te pide el cuerpo, hubiera sido imitar su blog y adaptarlo a mi propia vida. Pero debo decir que en su caso es un esfuerzo inútil. Su frescura, su humor y su ternura, traen tanta emoción junta, que desde el primer instante, me di cuenta que su estilo es absolutamente inimitable, único.
 
El redescubrirla dio comienzo a mi periplo por estas páginas, que tanta satisfacción me han dado. Empezó el día que descubrí El blog de la Dra. Jomeini. Así empecé a escribir el blog de Melkarr.
Recuerdo haberle consultado mis primeras dudas sobre cómo manejar esta plataforma y la paciencia y cariño con los que me dio sus consejos y ánimos para esta nueva y deliciosa etapa de mi vida. Incluso fue la primera en poner un comentario en mi recién estrenado blog.
 
El blog de la Doctora Jomeini se ha convertido en un clásico de la blogosfera. Es una referencia para todos los que de alguna manera hemos intentado seguir su estela de médico que escribe sus vivencias y persona que hay detrás del médico. A quien aún no la haya descubierto, le invito a sumergirse en sus posts, e ir descubriendo en cada uno de ellos, su maravilloso universo. En él, se han hecho famosos, junto a ella, esos personajes que forman parte de su micromundo: El Terro, Susanita, Su Santo y todo aquel incauto que sin saberlo trata con ella y acaba logrando el estrellato. Pero, ¿acaso hay alguien que escriba o lea blogs, que no sepa quién es la Dra. Jomeini?
"¿De verdad que conoces en persona a la Dra. Jomeini?" - me preguntaron no hace mucho. Y no sé si me creyeron, cuando les dije que sí. Al fin y al cabo, es la primera famosa de verdad, de la que puedo decir que es amiga mía.

Y precisamente por esa amistad, es lo que convierte el día de hoy en especial.
Hace unos meses, la Doctora me dio la noticia que hoy se ha hecho realidad. Hoy publican su primer libro, que sale a la venta después de una gestación tan larga y un parto más que distócico. Contiene una historia que no contaré, como tienen a gala los boletaires de mi tierra de adopción,  que no desvelan nunca el lugar donde recogen las setas, pero que seguro hará las delicias de todo buen Jomeinista, que los hay por miles, y de futuros conversos, que tras este libro, lo serán en un número mucho mayor.
 
Llegados a este punto, siguiendo de lejos su trayectoria, la Dra. Jomeini tan sólo me deja dos caminos: O bien seguir engordando la envidia que siento por ella, o mejor, seguir soñando cada vez que escribo, con llegar a ser como ella, el día que me haga mayor. 


jueves, 25 de octubre de 2012

El túnel

 
Esta mañana estuve en casa de Lucía. Lucía es una preciosa niña rubia de ojos celestes. Me avisaron porque había hecho unas convulsiones febriles. Como es habitual, una vez que llegas a la casa, las convulsiones han desaparecido.
 
Me recibe en la puerta su padre. Un fornido hombretón de cabellos largos, a modo de rockero, con fiero y serio aspecto, de unos cuarenta y cinco años.
Entramos rápidamente y atiendo a Lucía, que aún tiene fiebre. Unos 38,5º.
Voy escribiendo mi informe médico, para que una ambulancia convencional vaya a trasladar a la niña y mentras voy pensando en lo que escribir, veo la figura del padre, dando vueltas, buscando la tarjeta sanitaria, trayendo paños húmedos para refrescar a su hija, por el fondo de la habitación.
- Esa cara me suena de algo - pienso - Pero no le presto más importancia. Tal vez lo haya visto en algún concurso de la televisión. A lo mejor es un famosillo de poca monta... No sé, agacho la cabeza y continúo con mi informe, pensando que tal vez esté equivocado y lo he confundido con alguien.
 
Termino mi informe, el padre toma en brazos a Lucía y nos dirigimos a la ambulancia.
Entramos en el ascensor, Eva mi enfermera, Lucía, su padre y yo.
Él se gira rápidamente y me dice:
- Yo te conozco.
Pongo cara de incredulidad, probablemente levantando alguna ceja y le respondo:
- Sí, yo llevo un rato mirándote y pensando que tu cara me sonaba también, pero no sé de qué - le respondo.
De pronto abre sus ojos, como poseído, con esa cara que ponen los locos como cuando tienen un delirio y me dice:
- Yo vi la luz y luego vi tu cara.
Aquellos dos pisos se me hicieron interminables, mientras fingía atenderle con una sonrisa condescendiente, como entendiendo lo que me quería decir.
- Yo vi la luz y luego vi tu cara - repitió de nuevo - Fue en el Vinyet.

El ascensor llegó a su destino y salimos todos de él. Mi interlocutor siguió hablando, continuando con su misterioso discurso, sin abandonar aquella cara que daba temor:
- En el ambulatorio del Vinyet ¿No te acuerdas? Fue hace unos seis meses. Me pusieron penicilina y tuve una reacción alérgica que casi me mata.
A partir de aquí, di un paso atrás y empecé a recordar aquella cara.
- Vi el túnel, esa oscuridad y la luz al fondo. Y rápidamente salí de allí y vi tu cara, con esas gafas. Eras tú. El que me trajo de nuevo aquí.
- No fui yo, el tratamiento te lo pusieron en el ambulatorio - le respondí - Pero de todo eso que viviste, no me dijiste nada, ¿verdad?
- No. Se lo comenté a mi médico de cabecera unos días después. He ido también a un psiquiatra para hablarle de esa experiencia que viví. Era precioso.
- Siento haberte devuelto de nuevo, pero aquí tienes trabajo - le digo señalando con la cabeza hacia Lucía.
- Ya lo sé. Y tanto...
- Pero escucha: - le pregunto - ¿Cómo es ese túnel?
- Es una felicidad enorme. Si la muerte es así, no hay que tenerle miedo. Es algo muy dulce. Lo más dulce que he visto en mi vida. Y por vez primera le vi sonreir.
 
Seguimos hablando un poco más y me despedí de ellos, marchando rumbo al hospital para que estuviese Lucía en observación. Yo me quedé en aquella acera unos instantes, como hago cada vez que termino de atender a mis pacientes, reflexionado sobre la vida, las enfermedades y el cruce de caminos que me hace coincidir con ellos. Esta vez me quedé pensando en otra cosa. Pensando en aquel viaje de ida y vuelta. Pensando en ese túnel.

viernes, 19 de octubre de 2012

Los héroes del cielo










Hace unos días que un tal Félix Baumgartner decidió entrar en la Historia con un salto increíble. Casi donde el cielo deja de ser cielo, para convertirse en espacio, abandonó su globo y cayó alrededor de cinco minutos, hasta tocar suavemente el suelo. Dicen que bajó más rápido que la velocidad del sonido, desde lo más alto, donde nadie antes se había atrevido a hacerlo. Su hazaña me recordó esta historia de héroes y del cielo.
 
Hay quien dice que el tal Baumgartner es un loco y otros, en cambio, que es un héroe. Es lo que siempre se ha dicho de todos aquellos valientes o temerarios, pioneros o descerebrados, que quieren no sólo llegar donde nadie lo había hecho antes, abrir el camino para que su gesta no sólo sea repetida hasta la saciedad por otros muchos, sino que se convierta su aventura en una situación cotidiana. 
Así fue el famoso viaje de Charles Lindberghcuando cruzó el Atlántico en 1927 con el Spirit of St. Louis. Muy moderno para la época, pero que actualmente nadie se atrevería a volar en esa lata y mucho menos cruzar desde Nueva York hasta París, solo, sin escalas, durante 33 horas y media.
 
A Charles Lindbergh le estoy muy agradecido por haberme prestado su legendaria aeronave para ilustrar el encabezado de este blog. Un día hablaré de él, de su increíble vida, en la que lo menos importante que hizo fue cruzar  el Atlántico y cómo no, de su avión, que me produjo el síndrome de Stendhal cuando lo vi con mis propios ojos.
 
Hay muchos otros héroes que vienen del cielo, como fue Neil Armstrong, el primer hombre que cumplió el sueño de poder llegar a la Luna. Siempre dijo que en absoluto era un héroe, sólo alguien que cumplió con su deber, e hizo bien su trabajo. Este verano volvió arriba, pero esta vez para quedarse para siempre, junto a las estrellas.
 
Pero del cielo no sólo vienen héroes, también traen nuestros sueños y nuestras esperanzas. Por eso cuando necesitamos ayuda desesperada o sentimos una inmensa alegría, instintivamente echamos la cabeza hacia atrás y miramos el lugar donde se ubica el firmamento.
Hace unas semanas aterricé en un hospital de Barcelona, como tantas otras veces, para llevar a un paciente. Lo descargamos del helicóptero y lo acercamos a Urgencias con una ambulancia, que nos esperaba a pie del aparato.
Cuando volvíamos de vacío, charlando tranquilamente con mi compañero, el enfermero, vimos que había alguien hablando con el piloto, que habitualmente se queda custodiando la nave. Nuestro visitante era un chico en silla de ruedas, de unos treinta años, al que había acercado su novia, que se apoyaba ligeramente en las manillas de su silla.
 
Llegué hasta él y me incorporé a mitad de su conversación. Contaba que llevaba allí dos meses, desde el día que tuvo el accidente con su parapente y unos compañeros nuestros, en helicóptero, lo trajeron hasta el hospital.
Tenía una mirada triste, pero aún así, su brillo transmitía esperanza. Creo que aún no había acabado de aceptar que no volvería a caminar nunca más.
Nos iba hablando y viéndolo postrado en aquella silla, me imaginaba qué pensaría yo si estuviese en su situación. Mis pensamientos se interrumpieron con sus palabras, que a modo de despedida, al vernos recoger todo, nos dijo:
 
Cada vez que oigo el helicóptero le pido a ella que me acerque para veros y daros las gracias por haberme salvado la vida y por la labor que hacéis. Y cada vez que os veo llegar, pienso que hay alguien que sufre, alguien que ha tenido algo terrible. Tanto, que ha necesitado de un helicóptero que lo lleve corriendo al hospital.
Pero siempre acabo pensando que algún día no traeréis gente que sufre, sino que vendrá un remedio, no sé cuál, que podrá curar a gente que tiene lesiones medulares como yo. Y sé que no lo traerá nadie más que vosotros. Porque vosotros, que venís del cielo, sois los héroes de verdad...
 
 
 

viernes, 28 de septiembre de 2012

El huevo y la gallina o la gallina y el huevo














Una noche de verano, de ese verano que ya nos queda atrás y que prácticamente nos queda en el rincón de la nostalgia, pero no en el olvido, nos fuimos a cenar toda la familia a un restaurante de Estepona. Era uno de esos locales que colocan en la calle peatonal las mesas, aprovechándose del buen tiempo estival.
 
Allí estábamos todos, disfrutando de la cena, cuando apareció un músico con su acordeón, amenizando la velada.
Guille se levanta rápidamente de su asiento y va hasta donde está sonando la música. Se queda de pie frente a él y empieza a bailar arrítmico, al son de las notas, asemejándose a la inseparable cabra trepadora que sube por la escalera o las entrenadas pulgas del circo en miniatura.
 
Cuando acaba la breve actuación, ya que la calle peatonal es muy larga y quedan muchos más restaurantes en los que actuar, Guille acaba premiando a su socio con unas monedas, que gentilmente agradece con una ligera reverencia.
 
- ¿Qué toca ese señor, Papi? - pregunta Guille.
- Es un acordeón.
- ¡Ahh! Y... ¿Por qué toca el acordeón?
- Sí, Guille - le contesto conmovido, viendo su interés por los demás - Necesita tocar para que la gente le dé dinero y así poder comprar comida, pagarse su casa, en fin, todas esas cosas...
- ¿Porque es pobre? - me pregunta.
- Sí, Guille. Es pobre y toca para vivir.
- Pero una cosa, Papi. Si es pobre y no tiene dinero, ¿Cómo pudo comprarse antes el acordeón?
- Pues no lo sé, Guille. Pues tienes razón.
 
Este dilema del huevo y la gallina, lo tenía medio escrito desde hace semanas, a la espera de acabarlo de perfilar, cuando una llamada hizo que volviera a mi memoria, tras una nueva conversación con el joven infante.
Uno de estos día, estando de guardia, me llama Lou y me comenta que al salir del colegio ha tenido una conversación complicada con este niño de cuatro años:
 
- Al final, he quedado con él en que cuando llegues a casa, se lo explicas tú. - me dice Lou - Llevamos un rato discutiendo el tema. Al salir de clase me ha preguntado muy intrigado que si la gallina sale de un huevo y el huevo lo pone una gallina, ¿qué fue antes?
- ¿El qué?
- Está contrariado porque no entiende cómo una gallina nace de un huevo y un huevo de la gallina. Y no entiende el principio. Me decía desesperado: ¡El primer huevo, Mami! ¿De dónde sale el primer huevo?
- No te preocupes, que ya se lo explicaré esta noche cuando llegue a casa.
 
Cuelgo y pienso que espero que todas las respuestas que tenga que dar a este hijo mío, sean por preguntas tan fáciles de responder como esta clásica cuestión. Mientras, me estoy preparando para cuando tenga cinco años y me interrogue por lo que había antes del Big Bang, el misterio de la Santísima Trinidad o cómo es posible que Belén Esteban sea más rica que su padre.
Hoy ha sido fácil. Todo el mundo sabe que la respuesta es... el huevo.
Al fin y al cabo, ya lo dice la sabia y elegante expresión: Todo eso me importa un huevo.

viernes, 6 de julio de 2012

Por la mañana


Suena ese arpa desde dentro del móvil, que me indica que el sueño ha terminado. Es la señal que me hace entender que el mundo de los sueños se desvanece. La apago rápido y pongo los pies en el suelo y el contraste del frío me ayuda a incorporarme.

Rodeo la cama tambaleándome, con el poco cuidado que me permite estar aún adormilado. Y aunque no quiero despertarla, no puedo evitar dejar de mirarla.
Está dormida, de lado, con su cara dirigida hacia donde me encontraba antes, como si aún creyese que estoy junto a ella.

En el pequeño espacio de cama que su espalda deja libre, me siento con cuidado.
Mi mano, sin poder evitarlo y sin querer dejar de hacerlo, se alarga y se une a su piel caliente y suave. Las puntas de mis dedos no encuentran resistencia y se deslizan suavemente en todas direcciones. Mientras, ella permanece inmóvil, sumergida en su delicioso sopor.
No me ve - pienso - y continúo con mis caricias.
Antes de tiempo, pero porque el tiempo lo puede todo, me inclino hasta rozar levemente su piel con mis labios e intento capturar su aroma. Quiero que su olor permanezca conmigo hasta mi vuelta, y cerrando mis ojos, la beso ligeramente.

Me incorporo y la dejo dormida, como si mi paso hubiese sido la brisa de la mañana que refresca la habitación.
Me voy, creyendo que no me ha oído, ni visto, ni sentido.
Salgo del cuarto rápidamente para no despertarla.
No estoy seguro del todo, pero antes de cerrar la puerta, me ha parecido verla sonreir.

miércoles, 20 de junio de 2012

El mito de Sísifo


Según la Mitología griega, hubo un personaje llamado Sísifo, fundador y rey de la antigua ciudad de Corinto.
Hijo de dos personajes, que hubiesen hecho las delicias de mi amigo Mario por su fonética, llamados Eolo y Enarete. (De verdad, lo juro...)

Sísifo ha pasado a la historia por haber intentado engañar a los Dioses. Y eso no se permite ni en Grecia, ni en Pekín, ni en Pokón.
Como castigo le tocó bregar con una piedra enorme, que tenía que sacar del fondo de un barranco, pero cuando llegaba al borde, la piedra volvía rodando al fondo del abismo y así tuvo que hacer por el resto de la eternidad.

Sísifo se ha convertido por obra y gracia de la Mitología, en el patrón de los esfuerzos y trabajos interminables.
Y como Sísifo, he estado empujando aquella roca gigante. He ahí el motivo de mi ausencia. Pero después de estas interminables semanas, puedo decir que por fin he vuelto. Acabo de dejar rodando la piedra para abajo, pero hasta que la vuelva a empujar, aquí estoy cogiendo aire.

Debo decir que este año ha sido muy duro. No he podido escribir tanto como me hubiese gustado. Y no por falta de inspiración, que alguna vez se ha ido por esos famosos cerros de Úbeda. Pero es que entre el trabajo y ese máster en el que me he embarcado, no he tenido casi tiempo de nada. Pero ahora, por fin, he encontrado mi remanso de paz, ahora que acabo de casi-terminar, entregando mi proyecto.
No, no hablaré del tema del proyecto, no quisiera ser como esas madres, enseñando el móvil con las fotitos de sus niños como fondo de pantalla, o los típicos novios recién casados con el álbum del viaje por Punta Cana, Vietnam, Birmania, La Polinesia, o dondeseaporquemeimportaungüevoadondetefuiste.
No tocaré el tema proyecto, ni siquiera mencionaré su título, porque ahora estoy de relax. Y aunque tan sólo me quede presentarlo y defenderlo públicamente (otro empujón a la roca), después de semanas de abandono de este blog, ausencia de conversación con mis semejantes y aislamientos varios, por fin vuelvo a ser un poco persona.

Hace unos días, como la ballena que sale a la superficie a llenar sus pulmones de oxígeno, abandoné por un momento mi análisis del mercado de las repatriaciones en avión sanitario, (¿dije que no lo nombraría?) y me senté a la mesa a comer con mis hijos.
Nada más sentarnos, recuerdo escuchar la conversación entre Guille y Marta:
- Papi tiene que estudiar mucho - decía Marta - porque los médicos tienen que trabajar mucho.
- ¿Ah, sí? - dijo casi sin levantar la mirada.
- Sí, Guille - continuó Marta, como muy orgullosa de su padre - y estudiar para ser médico es lo más difícil. ¿Verdad Papi? - preguntó, dirigiéndome su mirada.
Y su padre atento, no queriendo romper esa situación tan idílica, guardaba silencio.
Entonces, Guille frunció el ceño, empezó a sacudir su cabecita y le replicó:
- Eso no es verdad. Lo más difícil es levantar una bola grande de hierro...

Ante esa aseveración tan rotunda, le tuve que dar la razón.
Y cuando terminamos de cenar y de ir a la cama, y al vaso de agua y al cuéntame un cuento, y al pis, y al jesusitodemivida y la virgen de la cabecera, volví a por mi roca.
Y tal y como debe estar todavía haciendo ese tal Sísifo en algún lugar, me arremangué los brazos, me senté en el ordenador y continué empujando mi pesada roca cuesta arriba...


viernes, 4 de mayo de 2012

El Instituto


Sabes que te estás haciendo mayor porque tu mundo va cambiando. Cada vez todo se vuelve más pequeñito y poco a poco vas alcanzando con tus manos, lo que hasta hace poco era inalcanzable.
Pero también sabes que creces, cuando tu calle, tu barrio, tu ciudad, dejan de ser los mismos. Aquel muro de bordes jalonados de cristales, que sorteabas con habilidad donde los vidrios eran más romos, te permitían acceder a aquel solar, que ya hace tiempo que no existe. Ahora hay en su lugar un inmenso edificio, que ignora su pasado de juegos de aventuras de fin de semana, de fogatas de San Juan, de escondites perfectos, de guaridas de policías y ladrones, o de historias infantiles saturadas de inocente imaginación.
Duele darte cuenta que habrá lugares que ahora sólo quedarán en tu imaginación.

Hace unos días leí una triste noticia. Después de tantos y tantos años, cerraba mi Instituto.
Supe que aquellas paredes no volverían a acoger a sus alumnos de secundaria, que no eran más que hornadas de adolescentes en plena pubertad.
Ya nadie volverá a bajar aquellos escalones y traspasar sus puertas, a conocer las Ciencias y las Letras, o a celebrar el paso a la vida universitaria.

Pienso en el Instituto y pienso en que estuve por allí incluso el día antes de nacer, horas antes de decidir que quería ver este mundo por mí mismo. Mi vida en él trasciende más allá de los cuatro años del bachillerato. Algo tiene que ver el haber tenido una madre profesora.

Del Poeta Viana guardo muchos recuerdos. Uno de ellos, que ahora al pensarlo con mi madurez, me hace reirme de mí mismo, fue mi primer gran amor platónico, absolutamente no-correspondido; tal y como ha de ser un amor platónico que se precie. Ella era La Proto. Con ella bebí del éxtasis de volver a encontrarla tras cada verano sin verla, de mirarla a todas horas en clase y del inesperado y amargo trago de la decepción, de que me fuese arrebatada por aquel enano imberbe, de escasas proporciones y permanentemente poseído por un acné imperecedero.

Pero no todo serían decepciones. En mi instituto, una tarde de otoño, en plena oscuridad, descubrí un espectáculo mágico que los tiempos actuales han vuelto irrepetibles. Pocas cosas son tan misteriosas e indescriptibles, como la primera vez que entras en un laboratorio de fotografía y observas cómo de la cubeta del revelador va apareciendo poco a poco unos borrones grises, hasta que se transforman en tu foto. Esa sensación de sorpresa y maravilla, no se olvida nunca, como la primera ocasión en que descubres con un telescopio los cráteres de la Luna.

En todos los institutos hay un Fraga, un Discoteca, una Potajito, un Torero, un Adelto, un Menotti, una Borracha, una Ramona, una Pilartorres, El Perro, o La Cuervo, seguro, pero esta particular denominación de origen, es la nuestra. Ellos nos enseñaron lo que significan los logaritmos, la tectónica de placas, el ejercicio aeróbico, el movimiento uniformemente acelerado, las declinaciones, la boda de los Reyes Católicos Isabel y Fernando, la perspectiva caballera, la diferencia entre travelling y plano secuencia, el genitivo sajón o la espingarda. Pero no sólo fue esto; estos personajillos y tantos otros, por encima de todo, nos enseñaron a pensar.

La iniciativa de unos profesores en su tiempo libre, luchando contra permisos, presupuestos y guiados por su entusiasmo, nos permitió poder disfrutar de una de las más bonitas experiencias que he tenido en mi vida: la radio.
Cada viernes de 6 a 7 de la tarde, Radio Poeta ofrecía a toda la ciudad, Radiometraje, donde mi primo José Amaro nos emborrachaba a todos con su desparrame de conocimientos cinematográficos.

De mi primo, con el que compartí en aquel centro, no sólo clase, sino su amistad, aprendí además de cine, literatura, cultura futbolística, música clásica y sobre todo, a amar a los Beatles. En cambio, no consiguió, a pesar de su persistente discurso, que me encandilara ni por el Atlético de Madrid, ni por Bruce Springsteen.
Pero además, por si esto fuera poco, en el Poeta Viana conocí a mis grandes amigos Yofri y Mario, a los que considero como hermanos y de cuya amistad disfruto desde casi el primer día que pisé aquel centro. Sólo por eso, ya merece la pena que hubiese existido un instituto de secundaria como el Poeta Viana.

Todo esto se lo perderán las nuevas generaciones que no irán nunca más a mi Instituto. No sé qué alternativa tendrán. Tal vez su educación acabe siendo mejor que la nuestra. Es posible que las nuevas opciones superen en calidad a lo que nosotros tuvimos. Quisiera pensar que los recuerdos que tengan del paso por la secundaria, les dejará una impronta más duradera que la nuestra, pero soy pesimista. Cuando un centro educativo se cierra, desaparece todo lo que allí sucedió y las vidas de los que por allí pasaron, se esfuman como el vapor en el aire. Se truncarán nuevos momentos, nuevos amigos y futuras nuevas historias que nunca sucederán.  Parafraseando a Roy, aquel replicante que quería vivir al menos lo mismo que cualquier humano, me despido tal y como lo habría hecho José Amaro, cualquier viernes, en nuestro programa Radiometraje:

Adiós para siempre al Poeta Viana. Su recuerdo, que son nuestros momentos felices, se desvanecerán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.



lunes, 23 de abril de 2012

Un estudio científico


Introducción

La sensación de saciedad es una cualidad humana de gran relevancia, pero escasamente estudiada, sobre todo en los niños. A pesar de que los casos graves son poco frecuentes, este estudio pretende analizar por un lado y establecer por otro, los límites en los que un menor, ante un estímulo infantil atractivo. Con este trabajo se quiere determinar de forma estadística las fronteras en las que el niño sobrepasa la saciedad.

Material y métodos

Para evaluar numéricamente los límites de la saciedad infantil, se ha contado con un parque infantil estándar a la salida de un colegio. Dicho parque consta de distintos columpios, siendo objeto de este estudio, la actividad sobre un tobogán de 2,5m de longitud, una altura de 2m y un desnivel del 20% que genera una velocidad punta una vez llegado al suelo, de 2,3 km/h.
El objeto a analizar es una niña de 22 meses y 14 días, lo que viene a ser 1,84 años, que mide 84cm de altura y pesa 12kg. Para ello se dispone de un abnegado padre, que asiéndola por ambas axilas al unísono, la deposita en lo alto del tobogán. Este lugar lo denominaremos punto 1.  Una vez se ha deslizado por el desnivel del 20% de la rampa a 2,3 km/h, la niña llega a nivel horizontal. Este lugar es una superficie de arena, que misteriosamente se irá introduciendo entre los zapatos y los calcetines de la niña, para acabar siendo dispersada por toda la casa familiar. Pero la paradoja de "cómo es posible que tanta tierra en casa, no haya vaciado el parque por completo", será objeto de otro estudio.   El lugar de recogida horizontal, allí donde la velocidad de caída se convierte en 0 km/h en un instante, se denominará como punto 2.
A este punto 2, ha de acudir el padre con una velocidad ligeramente superior a la de caída de la niña, esto es, por encima de los 2,3 km/h, a fin de poder recogerla del punto 2, y atendiendo a la demanda de la niña, que adopta una estructura sencilla, a base de: "más, más...", volver a depositarla en el punto de origen. Aquél que llamamos punto 1.

A la función de carga/descarga del abnegado padre, se le debe añadir la de ir contabilizando cada una de las veces que la niña se desplaza del  punto 1 al punto 2. El padre no debe perder la cuenta de cada vez, y no presentar ninguna señal de fatiga ni de hartazgo, para no condicionar a la niña, que libremente debe decidir el momento en que traspasa el límite de saciedad, si es que éste existe.

Resultados

Tras 14 minutos de experimento, la niña de 1,84 años, requirió de su padre mediante su más, más... un total de 37 veces. El padre no presentó ningún tipo de lesión lumbar, ni en ambos brazos, ni trastorno mental alguno, como consecuencia de los movimientos repetidos de carga de la niña del punto 2 al punto 1.
De estas 37 veces que la niña pidió tirarse por el tobogán, en tan sólo 2 ocasiones logró ponerse de pie justo al alcanzar el punto 2. O dicho de otra manera, probablemente evitó llenarse los zapatos y los calcetines de arena. Esto hace un 5,4% de las veces que se tiró por el tobogán.
De todo esto se puede inferir que si una niña de casi dos años se tira en tobogán en un parque de tierra, con una probabilidad del 94,6% caerá de culo al suelo y se llenará de arena, que será transportada hasta su domicilio. Ante la demanda de esta misma niña de querer subir a un tobogán, no pasarán menos de 37 veces, en las que se sobrepase ese etéreo límite. Por fin se ha podido determinar el valor de lo que hasta ahora era un punto desconocido. Ese momento en el que los niños no dejan de pedirte más, más, más...

Este magnífico y elaborado estudio permite abrir otras vías de investigación hasta ahora inexploradas. Si alguien se anima, en casa tengo otros objetos de estudio. Cuento con niños de casi 4, casi 6 y 11 años, sobre los que propongo que se analicen otros temas, no por ello menos interesantes:

- Cuándo acaba un día de fiesta realmente para un niño.
- ¿Hay algún niño que no le gusten los dibujos animados?
- La paradoja del tiempo. ¿Porqué los niños tienen tanto sueño entre semana y en cambio los sábados se despiertan tan temprano?

Estudiar estos y otros temas es un reto para la ciencia. Pero será muy difícil llegar a un resultado objetivo. El problema ya no es ni los niños, ni el método que se emplee. Lo que sería imposible es encontrar a ese abnegado padre que no perdiera la paciencia.




lunes, 2 de abril de 2012

Inquietudes

Sin duda alguna, el lugar más importante de mi casa, es el cuarto de baño. Su posesión es un bien muy preciado y por tomarlo antes que nadie, se establecen disputas territoriales, que a veces sólo se acaban resolviendo por la vía de la urgencia.
Pero tal vez, al ser un lugar frecuente de encuentro familiar, se ha convertido, curiosamente, es un espacio de reflexión. Me atrevería a decir incluso, que hasta sagrado. 

Mis hijos Marta y Guille se van haciendo mayores a gran velocidad. Y eso no sólo se aprecia en la ropa, en los zapatos o en los calcetines, sino en el contenido de nuestras conversaciones que cada vez se van haciendo más y más profundas.
La otra noche mientras secaba a Marta, tras salir de la ducha, sin venir a cuento, me miró y arrugó su frente, signo evidente que precede a cualquier pregunta que le inquieta:
- Papi - me dijo - ¿Cuando la gente se muere, luego vuelven a nacer, convertidos en otros seres vivos?
- Mmm - contesté, dándome un poco de tiempo - pues verás, Marta. La verdad es que no lo sé. 

Sí, sí, ya sé que es una respuesta que un padre no debe dar. Y mucho menos, cuando falta tanto para que llegue la fatídica edad en la que se cae el mito de papá-lo-sabe-todo. Eso que sucede no mucho tiempo después, de aquella otra debacle: la inevitable caída del concepto papá-es-el-más-guapo-del-mundo.
El caso es que, falto de reflejos, no supe qué contestar, pero mi silencio duró poco y contraataqué como pude, para continuar dejándola impresionado con mis conocimientos:
- Eso que me cuentas, Marta, se llama reencarnación.
- ¿Reencarnación? - repitió ella, atenta a mis explicaciones.
- - le dije con tono de libro gordo de Petete, capaz de dejar con la boca abierta a una niña de casi séis años - hay muchas religiones que creen en la reencarnación.
Marta puso cara de circunstancias y mirándome a los ojos, me contestó:
- Papá: ¿qué son las religiones?
- Mañana te lo explico, Marta - le interrumpí, al sentirme sumergido en una espiral sin salida - Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

Pasaron los días y aquella charla teológica no volvió a tener lugar, pero una escena parecida, en el mismo cuarto de baño, volvió a repetirse. Pero en este caso, el protagonista fue Guille.
Parece que esa habitación inspira las inquietudes intelectuales de mis hijos, porque mientras se secaba, me dijo, casi riendo:
- Papi, ¿para qué es esta bolita? - me preguntaba, mientras se tocaba los huevillos.
- ¿¿Quée?? - le interrogo, intentando no reirme yo...
- Jajajaja, que para qué es esta bolita...
- Ahora no puedo decirte, Guille, porque es muy largo de contar, déjatela, déjatela, pero no te preocupes, que ya lo entenderás muy bien... Suelta eso, Guille... Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

La verdad es que es una lástima que para una inquietud que tiene alguno de mis hijos y que sé la respuesta, no se la pueda explicar. Me parece que al final, la caída del mito del mi-papá-lo-sabe-todo, va a ser mucho antes de lo que me pensaba. 

sábado, 24 de marzo de 2012

La Sanidad



















Ahora estoy de vuelta de mi tierra. Desde mi asiento puedo ver el atardecer que se asoma en la ventanilla de enfrente. Los rojizos, ocres y por encima de ellos, el inmenso azul de Canarias, que un día inmortalizó el modisto Leo Berhanyer en el más bonito uniforme de las azafatas de Iberia, se abren paso en la cabina de mi avión.
Ha sido una visita muy corta. Tan breve que no he dejado tiempo a que se instaure en mí la morriña, ni tampoco el deleite de los rincones y las gentes de la que era mi isla y que cada vez se va pareciendo menos a la que dejé, cuando marché de mis tierras.

Vuelvo a casa, a Barcelona, a continuar con mi vida de médico, a mi dulce rutina. A mis guardias, a mis clases de máster de gestión sanitaria los martes, a aprender de índices de salud, de capacidad de liderazgo, de sistemas de salud, de estrategia sanitaria, de estados financieros, de copagos, de avances sanitarios en la población, de sostenibilidad, de integración de servicios, de gestión de recursos humanos de los profesionales de la salud… Todos son aspectos apasionantes e indispensables en torno a la Sanidad, que este viaje relámpago e inesperado a Tenerife, me han hecho reflexionar…
 
He dejado tras de mí, a mi padre, que ha sufrido un problema cardiaco, felizmente resuelto por los avances de la Medicina moderna. Todo ha salido bien. Lo he dejado casi mejor que la última vez que lo vi, tal vez con el canguelo en el cuerpo, pero satisfecho y animado por haber superado el trance y ahora disponer de una nueva historia que añadir a su repertorio, para poder contar a ese público incondicional, que le acompaña siempre en reuniones familiares o de amigos.

Dentro de todo, ha sido afortunado por tener 69 años en 2012. Su padre no hubiese tenido la misma suerte. Ha tenido la suerte de ser atendido en un hospital moderno, vanguardista, con un helipuerto en la azotea y procedimientos médicos punteros. La Medicina actual le ha brindado la posibilidad de adelantarse a la enfermedad y mediante un catéter, partiendo de su antebrazo, alcanzar las arterias coronarias, detectar una estenosis incipiente en la luz del vaso, desobstruirla y en menos de media hora, resolver el problema. En tan sólo 24 horas ya estaba dando vueltas por casa. De aquí en adelante, con dieta y cuidados básicos, podrá continuar con una vida completamente normal. Además de esta técnica invasiva, se le ha pautado prasugrel, fármaco anti-agregante de ultimísima generación, por tanto, carísimo y se supone que de efectividad excepcional; lo último de la industria farmacéutica para el tratamiento de la cardiopatía isquémica. Todo a coste cero, como es preceptivo en un sistema sanitario como el nuestro, que se precia de ser universal y gratuito.

Pero a pesar de que se le ha brindado todo aquello que se le podía proporcionar en la actualidad, le ha faltado en 2012 algo que desde la Medicina de Hipócrates ya existía: el trato humano. Podría relatar aquí cómo fue abandonado desnudo en Urgencias. Cómo establecen una muralla entre aquel hombre, mi padre y sus familiares, a los que por cualquier motivada razón, no se les proporciona información, mientras angustiados esperan que les cuente alguien qué pasa… Parece que la fría burocracia y la dictadura de los protocolos se han apoderado del ser humano y del sentido común.

Esto me trae a la memoria a mi primo César, que esperaba de madrugada en otro hospital, esta vez en La Palma, haciendo guardia en aquellos gélidos pasillos, por fuera de la UCI, a que alguien le contase de su padre, mi tío Fico. Durante días mucha gente lo vio apostado allí fuera, pero tan sólo una enfermera, que se apenó de él, tras verlo allí, tantas horas, una noche salió y le ofreció una manta, para que se protegiera del húmedo frío del hospital de la Breña.
 
No creo que el trato humano tenga que ver con presión asistencial, ni con bajos sueldos, ni con recortes. No sé qué nos está pasando en nuestra profesión. ¿Qué ha sucedido para que nos olvidemos de nuestros enfermitos? ¿Es que acaso, con tanta angioplastia percutánea, tomografía por emisión de positrones o reacción en cadena de la polimerasa, nos hemos olvidado de lo más importante, de nuestra razón de ser? Un gesto de cariño a alguien que llega asustado a Urgencias, aunque lo disimule con humor haciendo bromas, no cuesta esfuerzo. Una palabra amable, una ligera caricia, una sonrisa, una explicación de lo que pasa, de lo que va a suceder. Tan sólo interesarse por la persona que tenemos delante, que podría ser tú mismo…

Me da mucha pena, porque esto me pasó en el hospital donde estuve tantos años formándome. Un lugar que fue mi segunda casa y al que le tenía tanto cariño. Estar allí y ver cómo el paso del tiempo me ha convertido en un desconocido, me ha hecho sentir rabia y tristeza por dentro. Las paredes, el continente de mi hospital es el mismo, pero el anonimato que me ha supuesto mi ausencia de tantos años, me ha revelado algo que me cuesta creer. Quiero pensar que no es cierto, que ha sido un mal día. Que hemos coincidido con un turno de trabajo más estresado que el resto, que esos días iban saturados de trabajo, que estaban descontentos con las políticas sanitarias de la Consejería, de los recortes en Sanidad, de las condiciones laborales, del futuro. Quiero creer que todo esto que he vivido, no es verdad. Me gustaría pensar que la profesión más noble que existe, no se ha deshumanizado.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Desaparecidos


Hoy no tengo ninguna historia curiosa que contar. Ningún relato inventado, ni tampoco ninguna anécdota de mis niños.
Hoy quiero aprovechar este pequeño espacio que tengo en la red, esta pequeña ventana que se me abre al mundo, para ayudar a una amiga.
Hace una semana que sus padres salieron como cada mañana a pasear juntos, y de forma inexplicable aún no han vuelto. Sobran mis palabras. La imagen y el texto que lo acompaña lo dice todo.

Miriam, ojalá que pronto puedas ver en casa a tus padres y que todos estos días sólo sean un mal recuerdo. Espero verte pronto por Barcelona. Un beso.

viernes, 2 de marzo de 2012

El Pirata



















El sueño nos conducía plácidamente hacia el abrupto despertar de cada mañana. A la mitad de dicha travesía, o quizás no en medio, pero sí cuando nuestro descanso era más profundo, una pequeña figura se presentó en nuestro cuarto. Guille alargó su manita, acariciando la superficie del edredón y con voz temblorosa, nos dijo:
- No puedo dormir. Tengo pesadillas.
- No te preocupes, Guille - le contestó su madre cariñosamente, mientras su padre roncaba ajeno a todo esto - Vete a acostarte. Ya verás que ahora podrás dormir bien...
Él confió una vez más en su madre, se fue a su cuarto y el resto de la noche, tal y como ella le dijo, durmió plácidamente.

Al día siguiente, como cada mañana, camino del colegio, Guille, su hermana Marta y su madre, fueron charlando tranquilamente.
Guille no había olvidado su sueño y pronto comenzó a hablar:
- Anoche tuve una pesadilla con un pirata.
- ¿Qué pasó? Cuenta, Guille - le animó su madre.
- Estaba durmiendo en mi cuarto y a media noche me levanté al baño para hacer pis. Al salir de la cama vi a un pirata.
- ¿¿Un pirata?? - preguntó Marta asombrada.
- Sí, era un pirata que entró en el cuarto por la noche. Estaba de pie, al lado de mi cama - continuó Guille, hablando con los ojos casi cerrados, como recitando de memoria. Entonces abrió sus ojos y extendiendo los brazos, dijo con voz profunda:  Era muy grande y tenía unos pelos muy largos y cara de malo. Ese pirata quería asustarme, por eso me metí en la cama y me tapé hasta arriba.
- ¿Y se fue? - preguntó Marta intrigada.
- No, porque ese pirata era mágico... Tenía una llave mágica que me destapaba las sábanas. Yo tenía mucho miedo porque ese pirata quería asustarme.  Me puse a llamarte, Marta, pero el pirata no se iba. Así que llamé a Papá y a Mamá, pero no se marchaba.

Poco a poco, guiados por el relato de Guille, se iban acercando al colegio. Lou escuchaba con interés lo que contaba Guille. Iban caminando, esquivando árboles de la acera, siendo adelantados por todos aquéllos que iban a una velocidad más rápida. Lou empujó suavemente por la espalda a Guille, para que se apresurara, cuando se apercibió de un hombre desconocido, que caminaba próximo a ellos, adaptando su paso al de la lenta comitiva. Mientras sucedía esto, Guille continuaba relatando aquel cuento fantástico, ajeno a aquella extraña compañía.

- Me levanté de la cama, porque quería ir a hacer pis, pero el pirata mágico no me dejaba salir del cuarto. Entonces le empujé y le dije que se marchara...
- ¿Y qué paso? - preguntó su hermana Marta.
- Como era mágico, se fue como un murciélago por la ventana y no volvió más...
- Guille - le dijo Marta - otro día que vuelvas a tener una pesadilla con ese pirata, me despiertas y lo echamos entre los dos.
Guille oyendo esto, sonrió satisfecho mirando con orgullo a su hermana mayor.
Con el fin de la historia, llegaron por fin a la puerta del colegio. El hombre de avanzada edad que les seguía de cerca, continuaba junto a ellos. De repente, dio un paso más y se acercó a Lou:
- Disculpe, señora - dijo, abordando a Lou - pero, ¿qué edad tiene su hijo?
- Tres años - contestó Lou sorprendida.
- Le felicito. Tiene un hijo fantástico. Tiene una capacidad de expresarse asombrosa para su edad. Perdone que haya estado siguiéndolos, pero es que me estaba interesando tanto la historia, que no quería quedarme sin saber cómo terminaba.

Y diciendo esto, se despidió y se marchó.
Desde aquella noche, las cosas han cambiado en nuestra familia. A los Reyes Magos, Papa Nöel, el ratoncito Pérez, y al hombre del saco, ha venido a añadirse el Pirata Mágico.
Creo que este pirata ha sido un gran fichaje. A partir de ahora, cuando no se quieran tomar la comida o recoger el cuarto, les diremos que si no obedecen, vendrá el Pirata Mágico por la noche. Así que con este regalo inesperado, ¿Quién cree todavía que las pesadillas infantiles son malas?

viernes, 24 de febrero de 2012

El parque del barrio


Hace unos días que no hago otra cosa que pensar en ti.
Hasta hace poco no sabía ni que existías, pero mira por dónde, resulta que te has convertido en una celebridad en el barrio. Y por tan poco. Sólo ha hecho falta que se juntaran dos circunstancias: tu adicción a las drogas y que un niño se pinchara con una de esas de tus jeringas, unas que habías dejado abandonadas en aquel parque.
No me entiendas mal. No creas que te quiero hacer culpable de nada. Al fin y al cabo, al niño finalmente no le ha pasado nada. Tú eres una persona muy limpia y sana y seguro que no tienes ninguna enfermedad contagiosa. Sólo ha sido un susto para sus padres y la alarma que se ha creado en el barrio. Ya sabemos que la gente es muy exagerada.
No creas que quiero hacerte culpable de esto que ha sucedido. Ni muchísimo menos. Tengo bien claro que el único responsable es ese niño, por ponerse a tocar cosas de extraños, aunque estén cerca de la zona de juegos infantil. O mejor dicho, sus padres. Ellos sí que son los causantes de este injusto revuelo, por no haberle enseñado que las cosas del suelo y que no son suyas, no se cogen y además, por llevarlo a los columpios al salir del colegio. Ellos y no tú, son los que tienen la culpa de todo. Cuando se acaban las clases, se va a casa a estudiar. ¡Qué es eso de ir a jugar al parque...! Así pasa lo que pasa...

Por eso te escribo todo esto. Porque no hay derecho a que se te demonice por algo que en ningún caso es responsabilidad tuya. Al fin y al cabo, no eres más que un enfermo que necesita su dosis de heroína para ir tirando y ser una pieza fundamental en el entramado económico, laboral y social de esta ciudad. ¡Qué injusta es esta gente! ¡Qué sabrán ellos de problemas y enfermedades! Que levante la mano el que nunca se ha dejado olvidada una jeringa con su aguja puesta en cualquier sitio...
Yo sí que te comprendo, que seguro que tienes la cabeza ocupada con asuntos muy importantes y decisiones tan trascendentales y urgentes, que esas jeringas las dejaste en aquel parque, justo donde juegan los niños, producto de un descuido.
No te preocupes por nada, que después de la tormenta siempre viene la calma y no pasará mucho tiempo en el que las cosas vuelvan a su sitio y todos aquéllos que se preguntan quién puedes ser, se olvidarán de lo sucedido y de paso de ti. Pronto, antes de que te des cuenta, volverás a ser ese engendro egoísta, que no le importa a nadie. No temas, nada cambiará. Seguirás siendo ese malnacido, un desgraciado que arrastra sus adicciones y sus miserias, por los parques infantiles donde juegan los niños.


miércoles, 1 de febrero de 2012

Rugby












Cada uno tiene su San Benito. Hasta la ciudad de La Laguna tiene uno. El mío, hasta el día de ayer, era ser el hombre de los mil propósitos
Anoche, cuando llegué a casa, ya era el de los 999.
Desde hace tiempo había dicho que quería volver a jugar al rugby. Y claro, por tanto decirlo y no ir nunca, no se lo creía nadie. Hasta que uno de mis tantos propósitos se convirtió en realidad.

Hace muchos, muchos años que no tocaba un balón de rugby y como el típico padre frustrado que vuelca dichas insatisfacciones personales en su hijo, a pesar de tener sólo tres años y medio, este invierno había apuntado a mi hijo Guille en la escuela de rugby.
Tras ese primer día en que decides si te marchas o te quedas para siempre, con cierto temor le pregunté: Guille, ¿te ha gustado?
Me dijo que sí y añadió: ¿sabes una cosa, papi? El balón es como un melón.

No sé si continuará mucho más, lo dejará, o en cambio, poco a poco se irá impregnando del espíritu de equipo que inunda todo este deporte, y que se queda dentro de ti para siempre. 
Cada sábado por la mañana que lo llevaba hasta el campo de entrenamiento, sentía una gran envidia por ser él y tenía la tentación de agarrar de nuevo aquel melón y correr por el campo.
Así que como uno de los mil propósitos, prometí a Guille que yo también me apuntaría al rugby.
Y tachando un elemento más de mi lista particular de cosas por hacer, el otro día cogí mi camiseta de rugby, los pantalones, las medias y las botas, que llevaban esperando tiempos inmemoriales, como el arpa de Bécquer, dormidos en un ángulo oscuro, aguardando el día que decidiera volver.

Ha pasado mucho tiempo, pero tras dar varias carreras por el campo y hacer el calentamiento, en cuanto llegó el balón a mis manos, alargué instintivamente mis brazos y lo atrapé. El contacto con él y las sensaciones de correr aferrándolo a un costado, cerraron la brecha del tiempo que había transcurrido desde la última vez.

Ahora soy bastante mayor que aquel estudiante de Medicina que decidió apuntarse al equipo de la facultad, pero no por eso he olvidado los sentimientos que me recorrían por dentro, cuando jugué mi primer partido.
Allí estaba yo, con apenas unas semanas de aprendizaje, viendo frente a frente a aquellas enormes mulas que me podían destrozar. El enemigo era enorme. El del otro equipo que tenía enfrente me sacaba más de una cabeza por arriba y dos hombros por los lados.
Tragué saliva y pensé: ¿Quién me mandaría a hacer este deporte? Con lo tranquilo que es el tenis...
Mi compañero de equipo, testigo de mis pensamientos, me dijo:
- Son grandes, ¿verdad?
- - respondí con la cabeza ligeramente.
- Mejor - replicó él - así harán más ruido cuando caigan al suelo...

No pude por menos que sonreir. Y no volví a pasar más miedo nunca más.
Bueno, no es verdad del todo. Entonces y ahora, cuando llevo el melón en las manos y voy corriendo hacia la línea de marca y veo esos gordos inmensos que vienen a por mí, aprieto el ritmo, y pienso que para placarme van a tener que esforzarse mucho, porque yo corriendo, con miedo, no me atrapa nadie...

Y tras esta vuelta atrás, lleno de agujetas y un poco magullado, recibo la reparadora ducha de agua caliente sobre mi cuerpo.
Igual que sucedía entonces, mientras el calor me reconforta, cierro los ojos y sonrío feliz.
Ahora, en cambio, tras jugar al rugby, pienso en Guille. Estoy deseando que se haga mayor y poder acudir al campo a verlo jugar, pero sobre todo lo que sueño es con poder ser testigo de que es feliz y de que cuando juega al rugby, siente lo mismo que su padre.