jueves, 20 de noviembre de 2014

Sueños Cumplidos


No soy una persona obsesionada con la colecciomes. Nunca lo he sido. He conocido gente ya adulta y bien adulta, que son grandes y apasionados coleccionistas: de cromos de fútbol (de todos los años y todas las temporadas), coleccionistas de bolígrafos de propaganda de laboratorios médicos, sé de un coleccionista de chapas de corona de cervezas del mundo, de un coleccionista de relojes de pulsera y jarrones, o incluso, lo más original, conozco una curiosa coleccionista de guagüitas de barro hechas a mano, que expone orgullosa en una estantería de su casa.
 
De niño intenté apuntarme a alguna colección en la época del colegio. No era cuestión de ser un bicho raro, así que tal y como hacían los demás, comencé a coleccionar los cromos de Marco, Heidi, Ruy el Pequeño Cid, o cualquiera que te daban con los yogures Danone. En los recreos se producía un mercadeo importante y allí me llevaba mi tocho de cromos, que llamábamos estampas y una lista con números, donde iba tachando los que iba consiguiendo, llevando el control de los que aún me quedaban por completar. Con el tiempo llegó la época en la que te ibas haciendo mayor, confiaban en ti tus padres y así orgullosamente llevabas en tu bolsillo las llaves de casa. De la necesidad, surgió una nueva colección nada singular: ir acaparando llaveros, que al final acabaría regalando porque era una colección que no me aportaba nada especial, salvo el ir variando cada semana mi manojo de llaves, dándole un toque pintoresco y cambiante a mi bolsillo.
 
Un día empecé a ir guardando algo distinto. Supongo que así empiezan las colecciones. Cuando tienes tres o cuatro cosas iguales, es entonces cuando piensas: ¿Y si hago una colección? Y ya estás perdido. Empieza una carrera sin fin, cuya única salida es el abandono. Pues bien, mi colección original era a base de esos cartones plastificados de los aviones donde se reflejan las salidas de emergencia y se explica cómo colocarse las mascarillas en caso de despresurización de la cabina. Me encantaba ser distinto y único, hasta que un buen día descubrí que esa colección ya se le había ocurrido a mucha gente en el mundo, así que de original nada.
 
Aún conservo los cientos de tarjetas de seguridad con las que me he ido haciendo a lo largo de los años. Ya no es tan glamouroso como fue concebida en un principio, pero la colección continúa creciendo exponencialmente, hasta que llegue un día en el que como en los duelos del Oeste, me planteen que en nuestra casa sobramos uno de los dos.
 
Hace unos días he empezado una nueva colección. De la misma manera que siempre se empiezan las colecciones. Me encontré que tenía varias cosas iguales y me he animado a hacer la más bonita y original colección que nadie ha hecho jamás: coleccionar sueños imposibles que se han llegado a cumplir. Ésta es mi colección:
 
Mi primer objeto lo recogí en el año 2000. Era el primer día de clase de mi curso de controlador aéreo. Estaba en un aula donde no conocía absolutamente a nadie. Éramos todos gente de la misma edad, venidos de partes distintas de España, con estudios diferentes, pero con un fin común: llegar a ser controladores de tránsito aéreo.
Aquel día conocí a mi amigo Héctor. Era fácil de deducir su origen viendo la forma como vestía, con esa costumbre tan barcelonesa de llevar las camisas de manga larga, sueltas, por encima de los pantalones. Me hizo gracia su sonrisa de niño travieso acompañada de esa media melena. Con Héctor congenié enseguida y desde el primer momento, me cautivó su humor rápido, inteligente, con gran dominio de los juegos de palabras, que improvisaba a gran velocidad. Desde aquellos primeros días supe que íbamos a ser amigos. 
 
En algún momento de aquel curso, siempre acababa surgiendo la pregunta:
- ¿Cómo es que quieres ser controlador aéreo?
Sin rubores, muchos te confesaban que era porque querían ganar mucho dinero. Otros porque les encantaba la aviación, pero no hubo otra respuesta más curiosa que la que me dio Héctor y que se ajustaba mucho a su forma de ser, como he podido comprobar con el paso de los años:
- La verdad es que yo estoy aquí por casualidad. Estudié Ingeniería en Barcelona, pero en realidad todo esto lo he hecho porque lo que quiero llegar a ser algún día es músico.
 
Esta filosofía de vida probablemente le ha hecho a Héctor darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena para él, que no son otras más que sus sueños.
Casi diez años más tarde me llevé una gran sorpresa. En mi buzón apareció un regalo de Héctor: su primer CD.
Héctor es el fundador de un grupo que toma su nombre, como claro homenaje a su profesión de adopción: My Airport.
Desde entonces voy siguiendo su evolución y sus conciertos en Gran Canaria. Sé que aún tiene mucho recorrido musical por delante, pero lo más importante lo ha conseguido: Héctor ha cumplido su sueño.
 
En mi colección tengo otro objeto muy bonito. Este lo conseguí mucho antes. Me tengo que remontar al año 1991. En la Facultad de Medicina conocí a una persona muy especial. Se llamaba Ana. Tenía un magnetismo que lograba que muchos estuviésemos siempre a su alrededor. Era muy inteligente, divertida, guapa, sensible y alegre. Su vida iba más allá de lo que se supone que es un estudiante de Medicina, que sólo piensa, lee, disfruta y a veces se apasiona con la Medicina. Ana era otra cosa. La Medicina era importante para ella, pero escribir lo era aún más.
 
Un grupo de estudiantes con grandes inquietudes, decidió sacar adelante un periódico para la Facultad. Se llamaba La Fístula. Bajo ese terrible nombre que nunca me gustó, entre otros, estaba Ana como fundadora, redactora y alma máter del proyecto. Yo me dejé arrastrar por la idea, aunque en realidad era ella la que me arrastraba a estar allí. Mi colaboración con La Fístula no fue más allá que unos pequeños artículos sobre erratas en apuntes y poco más. Mi prosa no era ni mucho menos como la suya, siempre elegante en todas las ocasiones y cuando la realidad del momento lo pedía, mordaz e irónica, pero siempre con un fino humor que nunca ha abandonado.
 
Un día Ana me hizo un regalo precioso: me regaló un libro de poemas escrito con su puño y letra. Una carpeta con un montón de folios donde se agolpan versos y versos de una sensibilidad exquisita y una belleza que el tiempo no ha mellado ni un ápice ninguna de sus hermosas aristas.
En aquellos tiempos no dudaba que Ana sería una médico excelente, cariñosa con sus pacientes, preocupada por sus semejantes, estudiosa, responsable, entregada a su profesión... Por supuesto, mucho mejor médico que yo. Pero como lo fueron otros grandes Doctores de tiempo atrás, con una formación más humanista, los Cajal y Marañón que nos precedieron, tenía bien claro que Ana necesitaría algo más para tener todos sus sueños realizados: escribir algún libro.
 
Han pasado todos estos años y Ana es Médico de Familia, Anestesista, esposa, madre de dos niños preciosos y además, feliz, porque es escritora.
Ha sido autora de varios blogs, uno de los cuales ha sido de los más visitados en este país. Fue precisamente tras leer su blog, lo que me inspiró a comenzar éste. Ella me dio los primeros consejos y debo confesar que cuando lanzo un post al aire me da un poco de rubor saber que alguien tan bueno en esto como ella, va a acabar leyendo lo que escribo. 
Pero no todo ha quedado aquí. Seguro que me quedo corto, pero creo que Ana ya ha publicado cinco libros (¿O son seis, Ana?).
Me encanta leer lo que escribe, disfrutar con sus líneas y que me acompañe en el camino de la lectura. Me siento orgulloso de haberla conocido y cuando sea mucho más famosa, mucho más de lo que ya es, diré con gran soberbia y pomposidad, que yo ya sabía desde hace muchos años, que sus sueños de escritora algún día se harían realidad.
 
Hace unos días que he podido completar mi último objeto para mi colección. Para explicarlo me tengo que remontar hasta 1986, hasta mi época del Instituto.
En aquellos años de Secundaria, donde se van formando futuros adultos y vocaciones, volvimos a encontrarnos juntos David Cánovas y yo. Habíamos estado en el mismo colegio y posteriormente, al irnos al Instituto Poeta Viana, volvimos a encontrarnos.
Todos nosotros navegábamos sin rumbo fijo, en cuanto a que no sabíamos apenas a qué dedicaríamos el resto de nuestras vidas. David lo tenía muy claro: Quería ser director de cine.
En aquel tiempo de bachillerato hizo amistad con mi primo José Amaro, el otro gran escritor que he tenido la suerte de conocer en persona a lo largo de mi vida.
Y en aquel momento surgió una colaboración entre ambos, que ha perdurado. José Amaro escribía los guiones y David dirigía. Al principio fueron pequeñas películas caseras rodadas con una cámara de VHS, que poco a poco fueron avanzando en madurez y en recursos técnicos.
José Amaro tomó un camino paralelo, como profesor de Secundaria, porque la vida te lleva por donde quiere y aunque rememos, no dejamos de estar a merced de la corriente.
David insistía en lograr su sueño y tras estudiar en Madrid dirección, sus mayores metas alcanzadas, no eran más que ser realizador de algún programa de televisión de escaso éxito.
De vez en cuando se reunían y las líneas paralelas de los dos amigos, volvían a converger, contagiados de ilusión y tenacidad por lograr algún día ese sueño tan deseado. De su trabajo en común sacaban algún proyecto materializado en un cortometraje, que con suerte, cuando tras mucho esfuerzo era rodado, acababa siendo emitido en alguna sala de proyección de Tenerife.
 
Empezar en el cine es muy difícil; hacerlo en un lugar como Canarias es prácticamente imposible. ¿Cuántos directores de cine canarios somos capaces de recordar? De momento, ninguno. De aquí a unos años, la respuesta será David Cánovas.
 
Fruto de aquellos cortos, el tandem José amaro/David tocó el cielo con la yema de los dedos. En 2005 estuvieron nominados a los Goya por su corto El intruso, que es un soberbio homenaje al Film Noir, pero sobre todo, al propio cine.
Nunca había seguido tan en directo una ceremonia de entrega de premios cinematográficos como aquellos. Y jamás me había sabido tan amarga una derrota en los premios del cine, como aquella noche.
 
La vida no está hecha para los segundos. Nadie recuerda a los que casi ganan y David y José Amaro, no volvieron a alcanzar un éxito igual. Ese casi-casi, ha sido su techo.
Sé que desde al menos 1986 David quiere dedicarse al cine. Probablemente su vocación empezó antes, quizás mientras jugábamos en los patios del Colegio Hispano Inglés y cambiábamos nuestras estampas de Marco o Heidi.
Hace unas semanas obtuve este objeto para mi colección. David ha tenido su premio. Por fin, después de todos estos años, muchos, muchos, muchos, quizá demasiados, por fin, va a rodar su película. Estarán en ella Maribel Verdú, Carmelo Gómez, y con él, como ha sido siempre, su gran amigo, José Amaro, adaptando un guión, de lo que será el primero de muchos largometrajes más: La punta del iceberg.
 
El año que viene iré al cine, me sentaré junto a Lou y compartiremos un enorme cubo de cotufas y cuando se apaguen las luces y comiencen los títulos de crédito, le diré que aunque no se lo crea, yo sabía desde que era pequeño que eso iba a suceder, que el sueño se iba a cumplir...
 
Un buen coleccionista disfruta de sus posesiones, pero no lo hace del todo hasta que consigue atrapar a algún incauto que se acerca y le enseña orgulloso sus piezas. A mí también me sucede lo mismo con esta colección tan personal. Por eso he dejado para el final el mostrarles lo mejor de mi colección de sueños cumplidos. Esta pieza me ha costado mucho tiempo y esfuerzo conseguirla. Casi, diría, una vida entera.
Tengo mucha suerte. La vida me ha dado el mejor regalo que jamás había soñado conseguir:
No debía estar allí, pero la casualidad o el destino, hicieron que allí me encontrara, y que el lugar y el tiempo de ambos coincidiera totalmente. De Madrid no éramos ni ella, ni yo, pero algo o alguien quiso que conociéramos aquel día de diciembre.
Hablamos mucho, pero no me dijo lo que me tenía preparado para el resto de mi vida: la Princesa Marta la Meticulosa, Guille el Caballero Andante y nuestra querida Princesa Clara, cuyo sueño para el futuro es algún día casarse conmigo.
 
Lou es lo mejor de esta colección tan única y especial. Cuando ella decidió compartir su vida conmigo, descubrí que era mucho más de lo que jamás había soñado.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Tu voz


 
A veces sueñas dormido y otras lo haces despierto. Supongo que esto lo habrás pensado y también te habrá sucedido muchas veces. ¿Qué te voy a enseñar a estas alturas? ¡Tú, que has vivido tanto...! Pero déjame que te lo cuente.

Hace un par de días soñé, o mejor dicho, pensé, o mejor todavía, lo viví casi como algo real, que nuevamente marcaba tu teléfono, descolgabas y me contestabas.
 
- ¿Oigo? - me dijiste, tal y como solías hacer siempre, con esa voz un tanto ronca que cambiaba a dulce en cuanto reconocías que éramos nosotros quienes te llamábamos. Tu voz sonaba igual que cuando me enseñabas los barcos desde tu ventana con tus prismáticos alemanes, me hablabas de la mar y me prometiste subirme algún día a la Nina, tu falúa de práctico.

Tu voz resonaba en mi cabeza y casi de un sobresalto comprobé que aún la tengo dentro de mí, dando vueltas.  Y aunque no puedo demostrarlo, ya que no soy capaz de reproducirla, ni de grabarla, ni de mostrársela a nadie, te prometo que podría reconocerla en cualquier parte del mundo. ¡Qué ingratos son los recuerdos, que no pueden ser compartidos! Los recuerdos son como el dolor, como el placer, como los sueños, que pueden intentar explicarse pero jamás se pueden hacer revivir en nadie más.  

Recuerdo perfectamente tu voz, porque no he dejado de escucharla durante todo el día de hoy. Y aunque ya hace treinta años que no me contestas, te sigo escuchando y pensando en ti.

La próxima vez que nos veamos, nos embarcaremos en La Nina y nos iremos mar adentro, lejos de la costa y hablaremos mucho rato. Abuelo, tengo muchas cosas que contarte...


viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

lunes, 16 de junio de 2014

Clase de Anatomía

 
En mi casa, cuando era niño, lo llamábamos el lápiz, pero aquella tradición no se llegó a perpetuar con mis hijos, donde en cambio se ha instaurado oficielmente con el nombre de El Pito.
Aun a sabiendas de que a lo largo de los próximos años irá adquiriendo distintos nombres y usos, el pene, a edad infantil es un elemento más que importante, que te da supremacía y entretenimiento frente a tus amigos. Y que nadie piense ninguna cosa más allá que el sano divertimento que supone el combinar la vejiga llena con el estudio del tiro parabólico.
Todavía recuerdo las sanas competiciones de a ver quién lo hacía más alto (requería un muro oscuro que dejase nuestra marca) o la prueba más económica,  que no necesitaba tanta infraestructura (sólo un suelo de tierra), para consagrar al que lograba el campeonato de hacerlo más lejos.
Con el control preciso de únicamente dos dedos y con un poco de gracia y arte, se podía lograr alcanzar el Olimpo y la incondicional admiración de tus amigos.
 
Pero lo que me trae hoy hasta aquí no es una exposición de juegos infantiles peneanos más o menos trascendentes y divertidos (aunque los laureles del éxito hayan cambiado nuestra vida para siempre). En realidad han sido sus anexos,  en concreto los de mi hijo Guille, los que me han inspirado estas líneas de hoy.
 
Hace unos días tras acabar de duchar a Guille, que acaba de cumplir 6 años, íbamos hablando de cosas mundanas. Poco a poco le vamos dando cierta autonomía, pero hay que supervisar todavía que se afane con la esponja o que se seque bien. Por eso, cuando había acabado con la toalla, le dije:
 
- Guille: los huevillos no te los has secado bien.
- ¡Papi! - me dijo en un tono que sonaba casi a reprimenda - No se llaman huevillos, se llaman testículos.

Y para provocarlo un poco y ver cómo reaccionaba, le insistí en el término:
- Vale, vale... Pero sécate bien, que se te queda húmedo el forro de los huevillos...
- ¡Paaapá! ¡No digas eso! ¡Se llama el saco de los testículos...!
- Está bien - cedí - El saquito de los testículos...

Continuamos hablando de otras cosas, mientras él parecía pensativo. Arrugó la frente, de la forma que siempre hace cuando tiene una reflexión o una pregunta que hacerte y me dijo con su vocecita de dibujo animado:
- Papá: ¿Para qué sirven los testículos?
Me detuve un instante y pensé que debía ser sincero y explicarle que formaban parte del aparato sexual masculino, siendo encargados de la espermatogénesis, así que me agaché y le dije lentamente:
- Mira, Guille... - Hice una pausa: - Los testículos sirven.. pues eso... para hacer pis.
- Vale - me contesta con una sonrisa - Entonces, ¿Si tienes uno solo no puedes hacer pis?
- Puedes hacer sin problemas - contesté, mientras iba destrozando la Anatomía Humana que tanto me había costado aprobar...
- Claro, Papi, si hay uno, funciona por los dos...
- Eso es... - Y a medida que iba inventándome esta nueva función del testículo, sentía que de alguna manera estaba traicionando a la Medicina.
- Pero y si no tienes ningún testículo, ¿Qué pasa? ¿Te vas hinchando de pipí?
- No, no... sí, sí... Yo que sé Guille... - decía preso de la desesperación por una pregunta bien fácil de responder para un médico, pero terriblemente difícil de contestar para un padre de un niño de 6 años. Podía dar marcha atrás y explicarle para lo que sirven las gónadas masculinas, descubrirle los simpáticos espermatozoides con su flagelo y su función reproductora con el óvulo femenino, la erección, la eyaculación, la copulación, el orgasmo, el punto G, el ciclo ovárico, la mórula, la blástula, la gástrula... Así que abandoné estos pensamientos y volví a bajar la cabeza para mirarle de nuevo y decirle:
- No te preocupes, Guille, que con huevillos o sin ellos, el pis busca camino.

Y antes de verme obligado a pasar de la Medicina a la Física y tener que explicar la teoría de los vasos comunicantes, le terminé de ayudar a ponerse el pijama, le di una nalgada cariñosa en el culo y le orienté hacia la cocina, donde le esperaba su cena.

viernes, 13 de junio de 2014

El Médico de las Estrellas


Hace unos meses que voy una tarde a la semana a un Centro Médico privado a visitar pacientes de Urgencias. No son urgencias vitales, pero precisamente por eso me permiten estar en contacto con una Medicina (la de atención primaria), que para mí era una desconocida, acostumbrado como estaba a atender cosas supuestamente mucho más graves.
Esas cosas que cuando explicas a qué te dedicas a alguien a quien te presentan, siempre te dicen:
- ¡Qué valor! ¡Yo no podría...! Debes ver de todo, ¿verdad? ¡Venga! ¡Cuéntanos algo...!

En esos momentos no sé qué explicar y muchas veces estoy tentado de inventarme una historia inverosímil que deje a todos con la boca abierta. Un día lo haré.
Inspirado por momentos como esos y tal vez guiado por la necesidad de explicarlo, fue por lo que surgió de alguna manera este blog. Para no olvidar las cositas que me van pasando por mi vida... y por mi cabeza.
 
Hace un par de semanas apareció por la consulta un padre con su hija de 7 años.
- ¿Cómo se llama la princesa? - pregunté.
- Paula García - me contestó la niña.
- ¿Qué ha pasado?
- Que desde hace unos días está con esta tos y mocos - aclara su padre - debe haberse resfriado...
 
Termino de escribir en el ordenador sus datos y ausculto a la niña y le miro la garganta.
- Es un catarro pequeño, sin importancia - les digo.
Y me pongo a redactar el diagnóstico y el tratamiento.
Cuando estaba a punto de terminar, me dice la niña:
 
- ¿Alguna vez has curado a gente famosa?
- No sé... - contesto sorprendido por tan inesperada pregunta.
- Sí, claro - empiezo a decir, confabulando para atraer la atención de la niña - Claro que sí.
- ¿Como a los Reyes Magos? ¿Has curado a los Reyes Magos? - me pregunta rápidamente.
 
En aquel instante me acordé de mi padre, que siempre nos atemorizaba cada noche de Reyes, diciéndonos que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente probablemente no vendrían a casa porque no eran más que una partida de borrachines. Unos golfos que los habían visto ir de bar en bar y que no se sostenían de pie...
Yo sabía que eso no era cierto, no podía serlo y temía por mi padre, por si tal sarta de injurias iba a acabar llevándolo a la cárcel o lo que podía ser peor, dejarle sin ningún regalo... 
 
Así que a la pregunta de si había atendido a los Reyes Magos, le contesté:
- Claro, por aquí vino Melchor, que estaba con dolor de espalda por culpa de haber viajado en camello tantos kilómetros. ¡No veas lo malito que estaba...!
- ¡Aaah! - dijo mientras ponía cara de asombro.
- ¿Y a Papa Noel? ¿Has visto a Papa Noel? -
- Pues sí - le contesté - tenía una tos y mocos horrorosas - ¿Sabes por qué?
Paula sacudió la cabeza hacia ambos lados, mientras su padre sonriendo escuchaba mi explicación.
- Porque tiene la costumbre de no abrigarse bien, y entre que en el Polo hace mucho frío y el viento al volar en trineo, con las prisas por ir a repartir regalos, muchas veces se olvida de coger un abrigo gordo y taparse bien...
- ¿Ves, Paula? ¡Mira que siempre te lo digo! Hay que abrigarse bien cuando se sale a la calle...! - añadió su padre.
- ¿Y has visto a más famosos? - seguía insistiendo la niña.
- - le dije - A muchos, pero, ¿Sabes quién es la persona más importante que he visto?
Me miró fijamente y negó con la cabeza.
- Una persona que se llama Paula García que vino con mucha tos por no haberse abrigado bien.
- ¡Papa! ¡Si se llama como yo...!
- Sí, Paula, porque esa persona famosa eres tú - le interrumpí - Porque tú eres la persona más importante de todas las que he atendido....

Paula miró a su padre y sonrió. 
Y tras entregarles su informe, se marchó muy contenta, con una radiante cara de felicidad, de mano de su padre.

miércoles, 28 de mayo de 2014

De amanecida












Alguna vez que otra, me toca alguna guardia mala. Y ésa fue la del viernes pasado. Toda la noche dando vueltas, por obra y gracia de mis compañeros de la central de coordinación, esos seres temerosos, que ven más allá de la realidad, con esa ametropía que a los que estamos en la calle, tanto nos perjudica.
Así que, entre paseo y paseo, y en un pequeño receso en el que me pude por fin tumbar un rato, precisamente en ese momento en el que estaba en lo mejor del sueño, nos llaman por una emergencia, que a todas luces parecía ser el caso del año; digno de ser presentado en un congreso nacional de Emergencias: 

- Viernes noche, 05:45 de la mañana. Mujer de 25 años, inconsciente en una discoteca. Salimos con las sirenas a todo trapo, aunque yo ya sé que me dirijo con toda probabilidad a una intoxicación etílica. Los temerosos debe ser que no pinsan lo mismo y ven más allá...

En un momento llegamos a una de esas discotecas de polígono que por fuera, salvo los estridentes colores que anuncian lo que hay en su interior, están rodeadas por un muro sin ventanas, que sella herméticamente su interior.
Nos bajamos de la ambulancia y vienen a nuestro encuentro un par de croissanes, con camisa negra ceñida y con un pinganillo en el oído. 
Nos acompañan hasta el baño de las señoras, donde nos espera en el suelo nuestra paciente. Inconsciente, es verdad, pero también borracha, tal y como suponía. 
Con ella está otra mujer, de pie, en bastante mejor estado y que no hacía más que menear la cabeza y hablar con otro empleado de seguridad, con cara de circunstancias.

Examinamos rápidamente a la joven que está en el suelo, constatando lo que casi todos sabíamos de antemano: tiene un pedal como un piano.

- ¿Ha bebido mucho? - pregunto a la señora, dando por sentado que venía con ella, ya que ambas vestían con trajes parecidos del mismo color. Negro.
- ¡Qué va...! - contesta encogiendo los hombros - Un par de cervezas y dos chupitos...
Probablemente en aquel momento se me elvaría una ceja, en señal de incredulidad, pero antes de que continuara hablando, la señora seguía con su discurso:
- Lo que pasa es que está tan flaca, que con sólo dos cervezas y dos chupitos, mire cómo se ha puesto... - me decía señalándola con el brazo.

Mientras le íbamos tomando la tensión e intentábamos estimularla, la mujer nos contaba:
- ¡Es que no saben beber...! ¡No entiendo que si sabes que te sienta mal, ¿Por qué sigues bebiendo...? 
La mujer separó los brazos de su cuerpo y con ambas manos, como dando un sermón, decía:
- Es que hay que saber cuándo parar... Ahí la tienes... tirada en el suelo...
Yo la escucho, asintiéndo con la cabeza...
- ¡Qué vergüenza! Que la haya visto así todo el mundo. Una tiene que saber dónde está el límite de la compostura... Es que esta generación no sabe beber... Lo que yo digo siempre, puedes salir de marcha, pero tienes que saber dónde tienes que parar para no perder los papeles... Si eres mayor para beber, tienes que saber cuándo empiezas a hacer el ridículo...
- Bueno, señora - le interrumpo - ¿usted la conoce? ¿es amiga suya?
- Claro que la conozco - me dice con la lengua espesa, como de trapo - Es mi hija...

Nos quedamos un momento todos en silencio y le digo:
- Espere un momento fuera, mientras terminamos de verla y ahora la podrá acompañar al hospital...

Cuando salimos, todavía seguía la madre hablando con los dos croissanes:
- ¿Cuándo me has visto a mí que me haya tenido que recoger la ambulancia? Lo que más me duele es que nos ha visto todo el mundo... ¡Que a mí me conoce mucha gente...!

La paciente un poco más despejada, o sea, menos inconsciente, se fue al hospital con una ambulancia básica, mientras la madre aún seguía verborreica en la puerta de la discoteca.
Nos fuimos de allí y pensé:
Madre sólo hay una... y a ésta la encontré en la calle...

miércoles, 16 de abril de 2014

La Promesa














Quiero escribir este artículo, pero quiero hacerlo deprisa. Apenas tengo veinte minutos para poder terminarlo. Pido perdón por los errores de sintaxis que seguramente tiene, por las reiteraciones, por mis erratas, que apenas han tenido tiempo de ser corregidas. 
El motivo de mi prisa es mi hija Marta. De aquí a nada vuelve de su campamento Scout. Casi cuando esté acabando, empezará a descender de la escalera del autocar y vendrá a reunirse con su familia después de cinco días.
Seguro que volverá cansada, derrotada, más bien, pero sobre todo, feliz.
Pocas cosas le hace que esboce una mejor sonrisa que cuando está en los Scouts.

Aunque es su segundo año con ellos, debo confesar que todavía a estas alturas se me escapan muchos de los términos que emplean: Consejo de roca,  el tótem, el bordón, las insignias, el lema Scout, pero por encima de todas las demás, "la Promesa", que es algo que creo que sé lo que es, pero que no me atrevería a definir en su totalidad..

Confieso que desde niño quise ser Scout, pero debí insistir poco, porque nunca me llevaron a inscribirme. Mejor plantearlo así... Bueno, bueno, a estas alturas creo que ya no tocan los reproches y dado que no creo que me admitan ya en los Scouts, creo que mejor cerrar esa página inconclusa. En cambio, Lou, sí que fue Scout y la verdad es que aparte de amistades para toda la vida, ha llenado su existencia de jugosas anécdotas y de un cancionero extenso y completo, que se extiende desde la alegre "Lobato soy de profesión", pasando por el desgraciado "Bruno el payaso", la conmovedora canción de "el castor que ha crecido demasiado", que de haberla oído de niño me habría hecho llorar inconsolablemente a moco tendido. (Hoy me cuesta cierto esfuerzo no soltar una lagrimilla cuando la oigo), hasta tocar incluso temas descarnados, convulsos y terroríficos como "la carta ensangrentada, tralala laralá..."

Así que dados los antecedentes familiares no era de extrañar que cuando nuestra hija Marta tuviera la edad suficiente, acabaría irremediablemente en los Scouts.
Tan sólo bastó un día, el primero, para darme cuenta, a pesar de ser un profano en el movimiento Scout, que habíamos acertado por completo.
Cuando llegó a casa y le preguntamos qué tal lo había pasado, Marta nos dijo:

- Hoy he aprendido una cosa. Mejor dicho, he aprendido unas palabras prohibidas...
- ¿Caca, culo, pedo, pis? - pensé.
- Hay unas palabras que no se pueden decir nunca. Esas palabras son: 
"No puedo..."

Con eso bastó. Con eso y con ver lo contenta que va cada sábado con sus nuevos amigos.
Ahora está a punto de volver de su campamento. El año pasado se quedó a punto de conseguir su foulard y hacer su promesa. Una meta que se ha ido haciendo inalcanzable.
Pero hoy escribo estas líneas porque tengo una corazonada. Creo que lo habrá logrado y descenderá de ese autocar con su pañuelo (¡perdón, perdón!), con su foulard recién ganado alrededor del cuello, prueba de que por fin ha conseguido su Promesa, con una preciosa sonrisa, más grande incluso, si esto fuese posible, que ésas a los que siempre nos tiene acostumbrados.

Desde que pusimos a Marta en los Scouts he querido saber acerca de quién era su fundador, Baden-Powell y cuáles son los fundamentos de los Scouts.
Leí sobre su biografía, apasionante y entretenida. Y me quedé maravillado en lo que es su testamento, una carta encontrada entre sus objetos personales. 
Lo releí varias veces, y me sentí muy orgulloso de que algún día mi hija sea uno de ellos:

"Queridos scouts: Si habéis visto alguna vez la obra Peter Pan, recordaréis cómo el jefe de los piratas siempre estaba pronunciando su discurso de despedida por temor de que cuando le llegara su hora no tuviera ya tiempo de compartirlo. Algo así me sucede a mí, y, aún cuando no me estoy muriendo en este momento, lo haré uno de estos días y quiero mandaros un mensaje de despedida. Recordad, esto es lo último que oiréis de mí, por tanto meditadlo.
He tenido una vida muy dichosa, y quiero que cada uno de vosotros la tenga también.

Creo que Dios nos puso en este mundo maravilloso para que fuéramos felices y disfrutáramos de la vida. La felicidad no procede de ser rico, ni siquiera del éxito en la propia carrera, ni de concederse uno todos los gustos. Un paso hacia la felicidad es hacerse sano y fuerte cuando niño, para poder ser útil y así gozar de la vida cuando se es un hombre.

El estudio de la naturaleza os mostrará cómo Dios ha llenado el mundo de belleza y de cosas maravillosas para que las disfrutéis. Contentaos con lo que os haya tocado y sacad el mejor partido de ello. Mirad el lado alegre de las cosas en vez del lado triste.

Pero el camino verdadero para conseguir la felicidad pasa por hacer felices a los demás. Intentad dejar este mundo un poco mejor de como os lo encontrasteis y, cuando os llegue la hora de morir, podréis morir felices sintiendo que de ningún modo habréis perdido vuestro tiempo sino que habréis hecho todo lo posible. Así, estad "Siempre Listos" para vivir felices y morir felices: aferraos siempre a vuestra promesa Scout, aún cuando hayáis dejado de ser muchachos, y que Dios os ayude a hacerlo así."

miércoles, 9 de abril de 2014

Mis Malos favoritos
















El gran Hitchcock decía que la receta para que una película saliese redonda no estaba sólamente en saber elegir a unos buenos actores o tener un buen argumento. El secreto estaba en el malo. Cuanto más malévolo y perverso era el malo, más conseguido estaba el personaje y mejor era la película. Y probablemente no andaba desencaminado. ¿Acaso alguien se imagina lo aburridas que serían las historias de Supermán si no existiese la amenaza de un intrigante Lex Luthor? En cinco minutos estarían todos los bandidos del mundo en la cárcel y sanseacabó. ¡Chin-pum! 
¿O qué habría sido del bueno de Elliot Ness sin Al Capone? Nos habría quedado un Chicago lleno de aburridos abstemios... ¿Y los vaqueros sin los indios? Las películas del Oeste parecerían un documental de National Geographic sobre el ganado vacuno en las Grandes Praderas...
En fin, los malos nos dan salsa a nuestras vidas. Aunque cuando me he encontrado malos de verdad, el superarlos me ha supuesto sufrimiento, dolor y esfuerzo, pero al contrario de lo que le pasó a Supermán con la kriptonita, a mí la exposición a estos terribles villanos me ha hecho ser cada vez más fuerte. Por eso muy a su pesar, a esos indeseables les estoy muy agradecido. Mucho más que a todos aquellos que me han llenado de piropos y halagos.
Aquí cuento las pequeñas historias de unos malos con los que tuve que compartir algún momento de mi vida y que en un acto de extrema generosidad que por supuesto no se merecen, les doy unos momentitos de gloria en este mi querido blog.

No diré sus nombres, y no porque les tema, sino porque como villanos que son de su particular película de aventuras, viven por y para hacer sufrir. Éste es el único y último favor que les hago. Si les diera a conocer, descubriría a estos seres malvados y les privaría del sentido que tienen sus tristes vidas: Abusar de su poder y atormentar a todos aquéllos que están bajo su mando y a los que consideran seres inferiores.


La Dama de la Torre.

Hubo un tiempo en el que casi fui controlador aéreo. Y digo casi, porque tras más de un año en Madrid, tuve que hacer un examen a vida o muerte. Era un todo o nada en el que te me jugaba tener mi vida resuelta para siempre con un trabajo que era mi vocación, bien remunerado y que me apasionaba. Todo eso, que no es poco, se decidía en un día, en un instante.
Aquella harpía, tenía fama de ser implacable con todos los alumnos que pasaban por sus manos. Fue jefa de su departamento y la cesaron por la cantidad de alumnos que suspendía y que tuvieron consiguientemente que abandonar la escuela. No hay segundas oportunidades en la escuela de Control Aéreo. Si suspendes te vas a la calle. 
La Dama de la Torre era como un personaje de cuentos infantiles, que podía haber salido perfectamente del bosque más lúgubre y tenebroso. Siempre aparecía vestida de negro, con una sonrisa escondida y malévola, que sólo mostraba cuando se reía de alguien con desprecio.
Cuando nuestras vidas se cruzaron, no se imaginaba o tal ves sí, que tenía delante a alguien que se jugaba tanto, al cabo de unos días. Su lugar de trabajo habitual, cuando no daba clases era la torre de control del aeropuerto de Granada. A pesar de ser un aeropuerto pequeño, cuando la oías en sus clases, se comportaba como si fuese la reeencarnación de uno de los hermanos Wright, o la inventora del radar. 
Me la asignaron como tutora para prepararme el examen práctico de simulador. La idea de estas tutelas es que te ayuden, corrigiendo errores y te preparen para la prueba, pero la verdad es que en los días previos a la evaluación fue minando la confianza que tenía en mí mismo. Lejos de ayudarme, me obsequiaba con frases crueles del tipo: 

- No perdamos el tiempo. Tú y yo sabemos que para esto no sirves... ¡No vas a ser controlador en tu vida!
O la perla que me terminó de hundir, aquella que se guardó para el último ensayo el día antes, cuando le pedí que nos quedáramos un poco más a practicar, para preparar el examen:

- Mira: - dijo ajustándose las gafas a la nariz tal y como haría cualquier otra bruja de su especie. Se acompañó de esa media sonrisa, mezcla de odio y asco hacia alguien que despreciaba y encontraba que era inferior - Podemos estar practicando todas las veces que quieras, pero ya te digo que no va a servir para nada. Te lo voy a decir de esta manera para que lo entiendas: Para que tú apruebes mañana, tendría que aparecerse la Virgen.

Y como bruja que era y además pitonisa, acertó. La Virgen no aparecería por la escuela de controladores aéreos al día siguiente.

Unos años más tarde, cuando todo ya había quedado atrás, me encontré con la llamada de otro profesor de la escuela. Cogí el teléfono intrigado y después de los saludos de rigor, me dijo:
- Mel, no hagas caso de lo que te dijo esa mujer. Yo, que he sido profesor tuyo, puedo decirte que tú sirves para controlador aéreo. Eres un mejor que muchos de tus compañeros de clase que trabajan en las torres de control...

Me costó mucho tiempo superar aquella frustración, pero de todos los malos tragos y fracasos, se puede extraer como el zumo de un limón, algo positivo. Gracias a la Dama de la Torre, no soy el mismo que aquella mañana suspendió el examen, con la moral tocada. Desde aquel día no acepto que nadie me diga lo que puedo o no puedo llegar a conseguir. Por eso odio con todas mis fuerzas todos esos concursos con el formato Operación Triunfo, donde alguien que no te conoce, que no sabe lo que te ha costado llegar hasta allí, o cuáles son tus sueños, se atreve a intentar hundirte, diciéndote si vales mucho o vales poco.
Desde que pasé por todo  aquello, no dejo que nadie me imponga mis límites, ni que me hagan sentir que no puedo lograr lo que quiero llegar a ser. Gracias a la Dama de la Torre no me permito un "no puedo" o un "no soy capaz "  y no he vuelto a pensar nunca "yo no sirvo para esto. No lo voy a conseguir..." 


El Médico Desenfrenado.

Unos años más tarde de la historia anterior, ya había reconducido mi vida hacia el ejercicio de la Medicina y en concreto, hacia la Medicina de Emergencias. Hacía ya dos años que trabajaba en una ambulancia ubicada en un hospital a las afueras de Barcelona. Un lugar precioso, rodeado de praderas y con unos excelentes compañeros que me hacían sentirme feliz por ir a trabajar cada vez que tenía guardia. 
Mi trabajo se había convertido en una maravillosa rutina. Cada miércoles a las 8 le hacía el relevo al jefe de la base. Tras informarme de las novedades, colocaba mis cosas en la habitación del médico, limpiaba los frenazos del retrete que cada día me dejaba de regalo y a continuación nos íbamos a desayunar todo el equipo.
Este Médico Desenfrenado era quien me había contratado.  Era un tipo peculiar. Éstas y otras frivolidades, como que trabajase en chanclas con los dedos al aire, porque no le daba la gana de ponerse el calzado de seguridad reglamentario, o que te apareciera por sistema media hora tarde al relevo, porque como era el jefe, estaba por encima del bien, del mal y de los horarios, eran cuestiones hasta cierto punto incómodas, pero soportables, propias de un elemento que en aquellos momentos me parecía, cuando menos, atípico. A pesar de ello, mantenía una correcta relación con él, hasta el punto de que me propuso que fuese su ayudante para gestionar la base y sustituirle cuando estuviese fuera de vacaciones.
Desde que surgió aquella propuesta nestro idilio duraría unos pocos meses más. 

Ahora ya lo sé, pero en aquellos días no había descubierto que con personajes con esa mentalidad, para no tener problemas con ellos, tan sólo hace falta una cosa: no llevarles la contraria. Yo lo hice en una ocasión en la que me quiso obligar a hacer una guardia que como jefe le tocaba cubrir a él, y a partir de ahí fue mi debacle en aquel lugar, hasta entonces paradisiaco.

Cuando le comenté que no iba a hacerla, a pesar de justificarlo, me dijo:
- ¿Sabes lo que estás haciendo? Olvídate de ser mi ayudante - para continuar, esta vez chillando - ¡Prepárate!, ¡A mí nadie me dice que no; ni en la calle, ni en mi casa, ni en el trabajo...! ¡Me voy a convertir en tu peor enemigo...!

Y como buen malo de película, cumplió su palabra...
Comenzó a desprestigiarme como médico ante todo el mundo y miraba con lupa cada una de mis actuaciones. La última vez que hablé con él para intentar reconducir la situación (que adelanto que con estos personajes psiquiátricos es como detener un tren con las manos), me regaló generosamente las siguientes frases:
- ¿Sabes lo que voy a hacer contigo? Voy a hacer que no puedas volver a trabajar como médico en tu vida. Ya me encargaré de ir llamando a todas partes donde quieras ir a trabajar, para que sepan que eres un asesino...

Después de aquella conversación, me marché voluntariamente de aquella base. Y puedo decir que muy a su pesar, nunca me ha faltado trabajo. También debo decir, que con el Médico Desenfrenado fue la primera persona con quien celebré el día de San Martín, santo patrón de los malos jefes, de incompetentes elegidos a dedo y de otras especies de seres abyectos y despreciables que el destino bromea con nosotros, colocándolos en medio de nuestro camino.

No sé qué ha sido de la Dama de la Torre. No sé si su dorada jubilación la vive sola o acompañada. Si tiene amigos o no. Francamente me trae sin cuidado. Es tanto lo que he aprendido de mí gracias a ella, que hasta incluso le estoy agradecido. Me gustaría encontrármela algún día para decirle que gracias a ella se me apareció La Virgen. Mis éxitos posteriores y la seguridad en mí mismo, tienen mucho que ver con haber conocido a la Dama de la Torre.

El pobre Medico Desenfrenado ha quedado mucho peor parado con el paso del tiempo. Después de que me marché del hospital, siguió con su acoso a otros compañeros durante varios años, hasta que al final, a base de tensar la cuerda y pensar que era impune, acabó siendo despedido de forma fulminante con un expediente disciplinario, sin ningún derecho a indemnización. Su mujer se separó de él, su familia le ha dado la espalda y creo que tiene grandes dificultades para encontrar trabajo, pues las referencias que llegan de su carácter agresivo, de su poca seriedad y su comportamiento desordenado de muchos años atrás, no son garantías como para que lo contrate nadie.


El Pequeño Cacique

Este último villano de mis historias, es un personaje de poca entidad, de inferior categoría y daños causados al héroe principal. Tiene unos superpoderes muy limitados, pero lo traigo aquí porque es el más reciente y porque probablemente ha sido el que me ha inspirado este álbum de malos. También es conocido como el Capitán Liendre, que de todo sabe, pero nada entiende, pero en mi álbum he querido bautizarlo como el Pequeño Cacique.

El Pequeño Cacique es piloto, y como tal, un poco chulito, por decirlo de una forma cariñosa. Pero en su caso un poco más, porque tiene un carguillo en su empresa. Por eso deambula por todos lados hablando por teléfono, dando órdenes o siendo melifluosamente amable, dependiendo si su interlocutor es un trabajador o un cliente. Eso se ve enseguida y se oye...
Él no lo sabe, pero su comportamiento no es espontáneo, aunque crea que su cerebro y su cuerpo son libres. Cada uno de sus exabruptos y acciones están contenidos en algún capítulo de cualquier manual de Psiquiatría. No es casual oirle decir: Mi base, mi helicóptero, mi empresa, mis pilotos... como tampoco es casual que no permita que nadie a quien pueda considerar rival, se interponga delante. Es el jefe bulldózer que arrasa todo.

El Pequeño Cacique  necesita a todas horas hacer demostraciones de poder. En eso ha chocado conmigo. Yo soy más partidario del trabajo en equipo, llamado en Aviación el CRM, así que supongo que harto de que le llevara la contraria o que no demostrara una admiración desmedida hacia su excelsa magnificencia, decidió que nunca más me volvería a subir en su helicóptero. No sé exactamente cuál ha podido ser la razón. Puede que fuera porque no le he hecho suficiente la pelota (ya que a este tipo de jefes les encanta ser adulados y así sentirse importantes), o tal vez creo yo, que pudo ser porque me vio leyendo un libro que se titulaba: Cómo trabajar para un idiota y quizás se pudo sentir aludido. Podtía ser, pero sólo hay un pero: él no es mi jefe. Sólo es un piloto que me lleva a donde esté el paciente.

Y como yo trabajo para una empresa distinta de la suya, se embarcó en la caza del médico Melkarr. Le ha costado un poco, ya que ha tenido que mover unos cuantos hilos, hasta que por fin consiguió su propósito: Melkarr nunca más se volverá a subir en un helicóptero. El Pequeño Cacique por fin, se había salido con la suya.
Esto tuvo que hacer que el ego del Pequeño Cacique se llenara por completo. Me lo imagino sonriendo feliz, suspirando aliviado, como el que tiene la satisfacción del deber cumplido, viendo que aunque no es más que un piloto, ha logrado librarse de un médico que le molestaba. ¡Qué grande...!

Van pasando las semanas y mi enfado inicial se va diluyendo. Pienso a veces en el Pequeño Cacique y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Al fin y al cabo, un jefe bulldózer necesita siempre ir destrozando. Es su particular forma de sentirse realizado. Es tan patético que cree que así se gana el respeto de los demás, infundiendo miedo entre los que quedan en pie, cerca de él. De verdad que no le tengo rencor. Un ser así, lo que me da es pena.
Existe una regla no escrita. Una Ley Universal de la Entropía de los Malos que aparecen en nuestras vidas. El Universo tiende hacia el equilibrio. No hay que odiar a nadie, no hay que desearle el mal a quien disfruta intentando hacerte daño. El peor castigo que les podemos inflingir es el desprecio de la indiferencia. No merecen siquiera estar en nuestros pensamientos. Hay que olvidarse de ellos, ignorarlos y apartarlos incluso de nuestra mente y de nuestros recuerdos. Hay que continuar viviendo felices con nuestras vidas y ni siquiera esperar. No hay que desesperarse, no hay que perder la calma, porque no hay que hacer nada en absoluto. Un día, inesperadamente alguien se acordará de ti y te dará la gran noticia: Era cuestión de tiempo.
A cada cochino le llega su San Martín. 

martes, 18 de marzo de 2014

It's Raining Men




















Llevo varios meses con esta historia danzando sobre mi cabeza y sobre mi escritorio. Un relato de intriga policiaca, ideal para que lo resuelva alguien capaz de desentrañar intrigas insondables, desenmarañar intrincados misterios. Quién mejor que el siempre intrépido, perspicaz y tan sagaz protagonista de tantos relatos médicos. Nadie como nuestro querido amigo, El Médico-Detective, el Dr. Melkarr.

En esta ocasión, el caso que llega a sus pantallas y que pone a prueba las dotes deductivas del Dr. Melkarr podría llamarse: Aterrizaje Mortal o tal vez, más acorde quizás con los relatos de las novelas de género negro, este otro título: El Caso del Hombre caído del Cielo.


Para Lourdes,
por los malos ratos pasados
mientras yo surcaba los cielos 

Aquélla era una tarde gris de otoño, nada especial que le hiciera ser distinta de cualquier otra. Un poco de viento, algunas hojas por el suelo y unas pocas, en suave torbellino, girando caprichosamente por las aceras. 
El Dr. Melkarr se encontraba de guardia en el helicóptero medicalizado, en su base, esperando pacientemente a que surgiera la alerta y acudir con celeridad a atender la llamada del deber.
Era una guardia aparentemente tranquila y nada parecía perturbar el devenir de la tarde, aunque como bien sabía Melkarr, en cualquier momento, la inactividad más calmosa, podía tornarse en el infierno más caótico.
Caían los minutos y no pasaba nada. Y como siempre, sin aviso previo, se despertó la fiera de la emergencia, se subieron rápidamente a bordo del helicóptero y marcharon raudos a ayudar a un prójimo necesitado de atención médica, no muy lejos de allí, apenas a unos diez minutos de vuelo.

La salida, instantánea, como era habitual, sin apenas otros datos que no fuese nada más que la localización del incidente. Sin perder tiempo, el helicóptero se elevó, dejando  el estruendo repetitivo de sus palas girando en el aire. 
Melkarr a pesar de su formación aeronáutica, no podía evitar asombrarse cada vez que notaba la singular sensación de volar en aquel aparato. Se lo habían explicado mil veces, él lo había repetido a sus alumnos incluso dos mil más, pero era tal su pasión, que el conocimiento aeronáutico no era suficiente como para eclipsar la emoción y que su corazón se acelerase con cada despegue. Aún le parecía increíble vivir todo aquello.  La sensación era mágica. Sacada de la chistera más profunda.
Poco después, como parte de un guión preeestablecido que siempre se repite, sus pensamientos se detuvieron. Su cuerpo se separaba cada vez más del suelo, cuando desde la emisora sonó una voz que ofrecía la información médica:
Aquella tarde se dirigían a un polígono industrial a atender a un hombre de unos 40 años, precipitado desde el techo de una nave.

Un buen detective, desde que sale de su central de operaciones, se adelanta al trabajo y comienza a dar vueltas el caso en su cabeza, ganando tiempo, haciéndose un borrador mental  preliminar de lo que puede haber sucedido. Y el médico-detective, Melkarr no era una excepción a este proceder.
De esta manera, el primer pensamiento que le llegó a Melkarr, guiado por su experiencia clíinica, era que probablemente dada la altura que tienen las naves industriales, acabarían encontrándose con un cadáver. Y así fue. Melkarr no se había equivocado.

Aterrizaron en un aparcamiento próximo a la puerta principal de la nave industrial. Melkarr y Olga, su enfermera, se bajaron rápidamente de la máquina, que aún giraba sus palas vertiginosamente.
Unos policías estaban junto a un hombre, cabizbajo, sentado sobre un bloque de cemento, en la puerta.  Melkarr apenas se percató de él, ya que estaba más atento a las indicaciones de los agentes, que en cuanto los vieron llegar les señalaron el camino que debían seguir para llegar hasta el herido.
Una vez flanqueado el umbral, unos veinte metros más adelante, Melkarr pudo distinguir con claridad el cuerpo inerte de un hombre, de una cierta complexión gruesa, situado boca abajo, o como expresaría en su posterior informe, en decúbito prono.

- Está muerto - apuntó ese policía estándar que hay en cada pueblo y que bien podría llamarse agente Barrilete o sargento Romerales, mientras meneaba la cabeza a ambos lados con los ojos cerrados, en gesto claro de total dominio de una situación vivida mil veces.

Melkarr actuó como si no lo escuchara, se aproximó al desdichado, se flexionó y comprobó por sí mismo que efectivamente sus lesiones craneales eran mortales. Instintivamente miró hacia arriba, intentando recrear mentalmente lo sucedido y pudo apreciar claramente un hueco en el techo de Uralita que había cedido ante un individuo tan obeso.

- Mmm... - pensó el médico detective, encogiendo ligeramente sus párpados - Seguro que había entrado a robar y al buscar por dónde acceder al interior de la nave, se ha venido el techo abajo, incapaz de soportar su gran peso... ¡Pobre desgraciado!

Melkarr bajó la vista y como solía hacer siempre, echó un vistazo al escenario del crimen. Era una nave de mediano tamaño, que en su interior estaba prácticamente vacía. Seguramente acogió a alguna empresa de cierta importancia en otras épocas más prósperas. Ahora sólo parecía servir como aparcamiento y lavado de coches y no con mucho éxito, pues tan sólo había unos cuatro vehículos estacionados de forma dispersa a lo largo de toda la superficie del recinto.

- ¿Tenemos identificado a este hombre? - preguntó Melkarr a Romerales. Lo hizo así, sabedor de que ésa es siempre una buena manera de dirigirse a la autoridad local, más profesional que un ¿sabemos quién es?, o el socorrido ¿Lo conoce alguien?, porque además engloba cualquier hipótesis, incluida la del ladrón incauto/Spiderman que no teme al peligro ni a las alturas.

- Sí, aquí tiene, doctor - dijo Romerales, acercando al médico la tarjeta de residencia del fallecido.
- ¡Gracias! - contestó el siempre educado y exquisito Melkarr - ¿Sabemos qué hacía este hombre arriba? ¿Intentando robar?... - se apresuró a decir, haciendo conjeturas.
- No, no, ¡qué va...! Es un trabajador de aquí.

Tenían que arreglar no sé qué en la azotea - continuó el policía.
- ¡Qué mala suerte!
- Sí, el otro compañero está fuera, con una crisis de nervios. Cuando pueda ¿le importaría echarle un vistazo?

 - Ningún problema. En cuanto termine el papeleo, voy. Pobre hombre - comentaba Melkarr al agente Romerales -  Me lo imagino perfectamente. Debe haber escuchado un ruido, un golpe seco y cuando se ha acercado, se ha encontrado este espectáculo. Tiene que ser terrible que te pase esto, no debe ser plato de gusto encontrarte a un compañero muerto, cuando hasta hacía un rato estaba hablando contigo. Eso impresiona a cualquiera...

- No, doctor... creo que estaban los dos en la azotea...
- Pues ya es mala suerte - pensó Melkarr - que se rompa el suelo y que se caiga uno y se salve el otro...

Mientras Melkarr iba escribiendo, alguien tapó con una sábana el cadáver y poco a poco el interior de la nave se quedó sola, a excepción del médico detective, que iba rellenando de forma detallada su informe, sentado en un rincón, sobre los escalones que probablemente conducían hacia la terraza desde donde cayó el incauto trabajador.

Cuando Melkarr ya tenía prácticamente acabado el informe, se le acercó Albert, el piloto del helicóptero, que venía de la calle.

- ¿Ya te han explicado lo que ha pasado? - dijo con una cara de asombro que Melkarr no comprendió en aquel momento a qué podía deberse.
- Sí, más o menos... - Melkarr hizo una pausa, por si acaso se estaba perdiendo alguna información importante y le dejó hablar: - Pero bueno, cuéntame tú... ¿qué te han dicho? Yo es que me he quedado aquí escribiendo...
- Pues que estaban trabajando en la azotea, se rompió el techo y han acabado en el suelo, uno sobre otro...
- ¡Nooo! - dijo Melkarr sorprendido - ¡Increíble! ¿Y cómo está el otro?
- Está viéndolo Olga, la enfermera, pero parece que no tiene absolutamente nada...
- Vaya, pues tendré que rehacer el informe entero - replicó Melkarr.
- Yo me voy para afuera, por si Olga necesita alguna cosa.
- Muy bien - dijo Melkarr - ahora salgo.

Melkarr rompió el informe, cogió otra hoja y volvió a escribir de nuevo. Mientras iba redactando lo sucedido no pudo evitar pensar en las dos caras de la moneda que tiene la suerte:
"Dos compañeros caen de un tejado, al romperse el suelo que los separa del vacío, uno gordo y el otro no tanto como el primero. El gordo cae más deprisa y eso hace que el más delgado caiga sobre él, amortigüe la caída, terminándolo de reventar contra el suelo, salvándose el flaco..." - pensó Melkarr - "la de cosas que uno tiene que ver... Este trabajo nunca dejará de sorprenderme... A ver cómo escribo todo esto en el informe..."

Cuando ya tan sólo faltaba la firma, apareció de nuevo Olga:
- ¿Ya te han explicado lo que ha pasado? - le preguntó al médico.
- Sí, ya me lo contó Albert. La verdad es que ese pobre ha vuelto a nacer... ¿Cómo está?
- Con una crisis de nervios.
- Pues voy a verlo.

Melkarr se levantó, con su informe en la mano y se fue al exterior, mirando de reojo la sábana blanca que dejaba sin cubrir los zapatos de aquel desdichado.

Melkarr se encontró fuera de la nave a un hombre, sentado sobre un bloque de cemento de obra, con las rodillas flexionadas y sujetándose la cabeza con ambas manos, sollozando.

- ¿Qué tal?, ¿Cómo se encuentra? - se apresuró a preguntar el médico.
El hombre levantó la cabeza, buscando con sus ojos húmedos la mirada de Melkarr y cuando la halló, le dijo:
- Doctor, ¿está muerto, verdad?
- Sí, no se puede hacer ya nada por él.
Aquel hombre empezó a llorar de nuevo, se repuso un instante y volvió a mirar al médico-detective, como buscando su redención, diciendo:
- ¡Lo he matado! ¡Me lo he cargado!
- No, hombre, no... - dijo el médico intentado consolarlo - No es eso... Ha sido una cuestión de mala suerte. No se culpe...
- Ya, claro... Mala suerte... Me encantaría cambiarme por él y que hubiese sido él el que se hubiera caído...

Melkarr frunció las cejas. Miró extrañado a Olga. No entendía nada.
Se separó del paciente y agarrando a Olga del brazo, le dijo casi susurrando:
- ¿Pero no se han caído los dos?
- No, Melkarr... Por eso te pregunté si sabías lo que había pasado y me dijiste que Albert te lo había explicado... Pero veo que no...
Melkarr arqueó la ceja izquierda, tal y como hacía cuando oía algo con cierto escepticismo:
- ¿Me lo explicas? 
Y escuchó atento las palabras de Olga:

- Este señor que tienes delante con la crisis de ansiedad se subió al tejado a reparar una antena. Él solo. Cuando de repente, el suelo, es decir, el techo, se rompió, se precipitó al interior de la nave. Mira que es grande la nave, pero tuvo la mala suerte de que su compañero, justo en el momento de la caída, se encontraba en el peor lugar que podía estar: debajo del hombre que caía del cielo. El impacto tuvo que ser tremendo. Ya lo has visto. Está muerto. En cambio el hombre volador aterrizó en blando y como has podido comprobar, no tiene ni un solo arañazo...

- Me parece que voy a tener que escribir mi informe otra vez - contestó lacónicamente Melkarr en un tono de resignación.

Y una vez más, gracias a la sagaz inteligencia del médico-detective Melkarr, todos los misterios quedaron desvelados y un nuevo caso quedó resuelto.
El astuto detective, una vez terminado el informe por quincuagésima vez, en compañía de sus ayudantes, subió a su helicóptero y con la misma velocidad con la que habían aparecido en el lugar del crimen, despegaron y surcando los cielos, se fueron convirtiendo en un punto insignifante en el horizonte, hasta desaparecer por completo.