miércoles, 15 de octubre de 2014

Tu voz


 
A veces sueñas dormido y otras lo haces despierto. Supongo que esto lo habrás pensado y también te habrá sucedido muchas veces. ¿Qué te voy a enseñar a estas alturas? ¡Tú, que has vivido tanto...! Pero déjame que te lo cuente.

Hace un par de días soñé, o mejor dicho, pensé, o mejor todavía, lo viví casi como algo real, que nuevamente marcaba tu teléfono, descolgabas y me contestabas.
 
- ¿Oigo? - me dijiste, tal y como solías hacer siempre, con esa voz un tanto ronca que cambiaba a dulce en cuanto reconocías que éramos nosotros quienes te llamábamos. Tu voz sonaba igual que cuando me enseñabas los barcos desde tu ventana con tus prismáticos alemanes, me hablabas de la mar y me prometiste subirme algún día a la Nina, tu falúa de práctico.

Tu voz resonaba en mi cabeza y casi de un sobresalto comprobé que aún la tengo dentro de mí, dando vueltas.  Y aunque no puedo demostrarlo, ya que no soy capaz de reproducirla, ni de grabarla, ni de mostrársela a nadie, te prometo que podría reconocerla en cualquier parte del mundo. ¡Qué ingratos son los recuerdos, que no pueden ser compartidos! Los recuerdos son como el dolor, como el placer, como los sueños, que pueden intentar explicarse pero jamás se pueden hacer revivir en nadie más.  

Recuerdo perfectamente tu voz, porque no he dejado de escucharla durante todo el día de hoy. Y aunque ya hace treinta años que no me contestas, te sigo escuchando y pensando en ti.

La próxima vez que nos veamos, nos embarcaremos en La Nina y nos iremos mar adentro, lejos de la costa y hablaremos mucho rato. Abuelo, tengo muchas cosas que contarte...


viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo.