viernes, 31 de diciembre de 2010

La Puerta

La puerta tiene dos hojas, como la propia hoja del árbol tiene dos caras, un haz y un envés. Una que mira al sol, otra que lo hace a la tierra.
La puerta con sus dos lados, nos protege y nos separa a un tiempo. Nos recoge y mantiene unidos y nos aisla de amenazas del extrerior. Tiene esa dualidad tierna, familiar y la amenazante, agresiva, defensora, a la vez.

La puerta es como tantas cosas en la vida, las dos versiones de una misma historia, contadas al unísono. No hay puertas de una sola hoja, como no hay historias que no merezcan que su otro lado deba ser escuchado.
Esa dualidad de la puerta, se encuentra en muchas expresiones cotidianas. No es agradable que te den con la puerta en las narices, contrapunto  de cuando te reciben con las puertas abiertas.
Porque nuestra casa es la proyección a una mayor escala de nosotros mismos. La puerta es nuestro corazón que cerramos en banda o que abrimos de par en par como gesto de confianza y aprecio.

Hace tiempo que digo que la familia la constituyen todos aquellos que están dentro, cuando cierras la puerta por la noche. Sé que esta frase podría ser discutible, pero es que además en mi caso, como otra contradicción más en mi vida, siempre hay alguien que se queda permanentemente fuera.
Ahora, mientras escribo esto, la oigo respirar profundamente, como sólo te lo permite el profundo sueño. Ahora sí que de puertas adentro estamos todos, porque Tiri por fin está en casa.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El estreno


Sarah Bernhardt fue la mejor actriz de teatro francesa de su tiempo. Con un estilo innovador que rompía con los cánones clásicos de interpretación del teatro francés, su estilo estaba basado en la naturalidad, huyendo de la sobreactuación de la que abusaban los actores de la época. De su vasto repertorio, se da la curiosa circunstancia de haber sido la primera actriz en haber interpretado en la obra Hamlet, tanto el papel de Hamlet mismo, como el de Ofelia. Acabó consagrándose como una gran estrella, cuya fama trascendió fronteras, llegando incluso hasta el otro lado del Atlántico. En América se le proporcionó un tren propio con su nombre, con el que se desplazaba para realizar su gira, asombrando con su arte a miles de espectadores.

Katherine Hepburn nació en el seno de una familia muy liberal, lo que marcaría su fuerte carácter. Comienza estudios de Filosofía, que abandona para recibir clases de interpretación. Ahí comienza su fulgurante carrera como actriz de teatro y de cine, llegando a alcanzar 4 Oscars en su carrera, considerándosele según el American Film Institute, la mejor actriz de todos los tiempos. Todos recordamos títulos como Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña, La Reina de África o En el estanque dorado.

Marta Carrillo nació en Barcelona hace 4 años en una familia de intelectuales. De su brillante padre hereda ese sentido del humor característico, no siempre bien comprendido y de su hermosísima madre, un precioso cabello, así como una vivacidad y agilidad con la palabra, impropios de su juventud, lo que le permite defenderse con soltura ante momentos críticos en los que se ha de improvisar.
La madre de Marta era una actriz amateur que sólo mostraba su talento en foros familiares. Actriz frustrada, transformó su vocación artística, en el ejercicio de la abogacía, lo que le permitió una gran soltura en  las vistas judiciales. En esas representaciones, así como en los cuentos que su imaginativo y ocurrente padre le contaba por las noches, surge probablemente, esa faceta interpretativa, que desarrollaría con proverbial maestría Marta Carrillo.

Sus inmensos ojos azules y sus pecas, que iluminan la tarima de cualquier escenario, son el reflejo de una personalidad arrolladora, alegre, intuitiva y de una enorme bondad. Esa belleza es rápidamente desplazada a un segundo plano, siendo eclipsada por sus geniales dotes de interpretación, que logran cautivar a todo el público de inmediato.
Aunque había sido modelo fotográfica del pesado de su padre, esta vertiente la alternaba con pequeños papeles protagonistas en producciones caseras de corto metraje, que rodaba su progenitor de tanto en tanto.
Pero en realidad, sus inicios en la interpretación, se podría decir que se remontan a la inolvidable representación navideña de aquel lejano diciembre de 2010: La Navidad que robó el Grinch.
En ella desempeña con magistral profesionalidad, el papel de Mamá Noël.
Con ese adecuado registro de naturalidad que requería el personaje, hace creíble al espectador, tanto que Papá Noël tenía mujer, como que son capaces de volar juntos, en un trineo tirado por renos.

Su arte escénico, que inevitablemente ha sentado escuela, la consolidan desde entonces, como un punto de referencia en el mundo artístico de nuestro país.

El público afortunado que presenció aquel estreno, aún lo recuerda emocionado y es capaz todavía de recitar, a pesar del tiempo transcurrido, aquellas frases con las que debutó en diciembre de 2010, en el difícil arte de la interpretación:

- Me parece que ya sé quién ha sido...

- ¡Rudolph, ponte delante!

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cena de empresa












Si hay un mes cargado de tradiciones, ése es sin duda el mes de diciembre. Sin mencionar los festejos navideños, que conociendo al que escribe este blog, probablemente generará alguna que otra entrada en las próximas semanas, estas últimas del año, son prolíficas en cuanto a acontecimientos sociales.
A la vuelta de la esquina, está el prólogo de la Navidad: el sorteo de la lotería. Como mucha gente acostumbra a decir, las fiestas no empiezan hasta que no comienza el sorteo de la lotería. Francamente a mí me trae sin cuidado el sorteíto ese. Como tengo ese principio rebelde de ir contracorriente, nunca juego ni a éste ni a otros juegos de azar, ya que con la renta, el impuesto de circulación de vehículos, el céntimo sanitario, los peajes, las tasas de basuras, el iva, el ibi, y el itv, entre otros, creo que ya contribuyo bastante con las arcas del Estado. Además, me pasa que escuchar el soniquete de los niños repipis de San Ildefonso, me resulta hasta incluso desagradable.  ¡Qué le vamos a hacer! ¡Soy así...!
Estoy seguro que esos gorgojeos guturales de esos niñitos, sólo apasionan a ésos que siempre tienen la suerte de ser agraciados con el primer premio. Si no, atentos a las noticias del día 22 y esas originales entrevistas que se harán a esos nuevos albañiles millonarios, que contestan como siempre, que esa hartada de millones les servirán para tapar agujeros...

Diciembre también es mes de misterios. Y si no me creen, les recuerdo la aparición puntual, como cada año, de ese entrañable personaje que nos visita por estas fechas. No, no es Papa Noël. El personaje a quien me refiero, llegó a nuestras vidas mucho después que ese buen hombre del Polo Norte. Se trata ni más ni menos, que del misterioso y legendario amigo invisible. Se le llama invisible, creo, por dotarle de un cierto aura de intriga, aunque como todos sabemos, carece de sentido alguno calificarlo como tal, porque siempre acabamos sabiendo quién nos hace el regalo. Siempre. Y a veces, hasta incluso nos adelantamos y lo hemos desenmascarado antes de que nos lo den. Y es que en el fondo somos o bien unos románticos, o unos niños grandes. A estas alturas deberíamos saber ya, que como las brujas y el hombre del saco, el hombre invisible no existe.

Y no hay mes de diciembre que no traiga consigo esa tradicional cena de confraternización de empleados de una empresa.
En un lugar en el que trabajo, antes de la aparición de esa bendita crisis que ha abaratado el despido y ha recortado sueldos a ociosos pensionistas, funcionarios, trabajadores públicos y controladores, la cena de Navidad solía ser a cargo de la empresa, en un lugar de postín, un buen restaurante o en un hotel, donde hasta se sorteaban reproductores de DVD, viajes...
Había que acudir bajo estricta invitación. De hecho, cuando llevaba pocos meses y todavía mi relación contractual era discontínua, no fui invitado a mi primera RACCfest.
Pero, como contaba, ahora la crisis ha colocado las cosas en su sitio y eso ha obligado a que aquellas fiestas se hayan suspendido y que ahora nuestro encuentro de diciembre, sea por iniciativa de los trabajadores, es decir, gestionado y financiado con el bolsillo de cada uno.
La ventaja de esta modalidad con respecto a la anterior, es que los jefes no suelen acudir a reuniones de tropa y eso nos da la soltura de poder hacer balance de su gestión anual. Algo que se realiza en un instante, porque suele ser bastante paupérrima.
Estos encuentros con nuestros semejantes, nos brindan la maravillosa posibilidad de poderlos criticar abiertamente y contrastar nuestras miserias con las de los demás. Este intercambio de opiniones, considero que no es sólo sano, sino que es un ejercicio recomendable y que yo haría por incluirlo como norma en los programas de higiene y salud laboral de cualquier empresa. Poner a parir a nuestros responsables y enfrentarlos a sus incompetencias, es una gimnasia mental que además hace que sea una buena manera de acabar el año y comenzar el siguiente con la mente descargada y libre y con la esperanza e ilusión de que las cosas van a mejorar. Y si alguno de mis jefes lee esto y no quiere que en una cena de empresa de diciembre, le critique el año que viene, ya sabe. Lo tiene bien fácil. Sólo tiene que me subirme el sueldo, darme un despacho y hacerme jefe. Eso sí que supondría una mejora. Y como seremos uno más, hasta podríamos jugar al amigo invisible...

martes, 7 de diciembre de 2010

El Ente














Héctor siempre había tenido como vocación ser músico, pero por aquellas misteriosas razones que uno nunca sabe, tras salir del instituto, decidió estudiar Ingeniería. Tras licenciarse no tardó en encontrar trabajo en una pequeña empresa de su ciudad. A pesar de su juventud y de ser su primer empleo, no se consideraba mal pagado y de una manera o de otra, era feliz.

Un buen día, producto de la casualidad, vio un anuncio en la prensa que cambiaría su vida. Se abría la convocatoria para nuevas plazas de supervisores en una gran empresa multinacional llamada ILS.
ILS es un gigante que se erige como uno de los motores y generadores de riqueza del país en el tema de las comunicaciones. Se podría decir que prácticamente toda la nación depende de ILS. Los operadores privados nacionales y extranjeros necesitan de ILS para poder desarrollar su actividad. Es una empresa muy rentable, una de las que más lo es del país. Si bien el estado es el propietario de dicha macroempresa, la realidad es que se gestiona como si fuese privada. Los trabajadores de ILS hace tiempo que dejaron de ser funcionarios y desde entonces, los supervisores, gracias a su situación privilegiada y a un buen sindicato, tienen desde hace años, un convenio envidiable con unas condiciones de trabajo excelentes.

Acceder a ILS no es tarea fácil. Héctor, como todos los demás, tuvo que pasar un duro proceso de selección. Largos psicotécnicos, entrevistas con psicólogos y duras pruebas de inglés, le acompañaron durante casi seis meses. Pero además hubo de pasar casi dos años fuera de su ciudad, haciendo un curso selectivo de formación, en el que podía haber sido excluído de no superar todas las asignaturas, hasta que por fin obtuvo su destino.
Si bien ILS no es un coto cerrado y la selección está abierta a todos, en realidad es tan dura, que pocos alcanzan el éxito de poder pertenecer a la envidiada plantilla de supervisores de ILS.

Siempre se había considerado que los supervisores de ILS eran unos privilegiados. La realidad es que al ser una plantilla exigua, con una gran carga de trabajo, la empresa les exigía un sobreesfuerzo  y hacer muchas horas extras, para que los políticos, que son los directivos de ILS, no recibiesen críticas de los ciudadanos o de los medios de comunicación. Además, los supervisores como Héctor, tienen que hacer unos exhaustivos reconocimientos médicos anuales, que si no son superados, podrían apartarles de su trabajo.

Pero este status se acaba el día en que el gobierno, propietario de ILS, decide revocar aquel buen convenio, mediante un decreto emitido de la noche a la mañana, que implica reducir el sueldo a todo el colectivo de Héctor, en casi un 40% y aumentar las horas anuales de trabajo un 50% más.
Todos los partidos, los medios de comunicación y la población están completamente de acuerdo. No hay negociación con ellos. Ya nadie recuerda esfuerzos pasados, ni dedicación exclusiva, ni un trabajo bien hecho, sin ningún borrón ni accidente achacable a los supervisores. Han llegado tiempos de crisis.

Héctor y sus compañeros confían en que sus representantes sindicales, aquéllos que lograron hace casi 20 años unas buenas condiciones laborales, puedan hacer entrar en razón, vía negociación, a los directivos de ILS.
Pero los dueños de ILS son implacables. Son por una parte, jugadores de una partida y por otro lado, pueden ellos mismos ir cambiando las reglas del juego sobre la marcha. Es el gobierno y por tanto, los que hacen las leyes. Y así de esa manera, nunca se puede ganar. Ni siquiera firmar unas airosas tablas.

A los supervisores tan sólo les queda la huelga. Pero están amenazados con acabar siendo despedidos todos y sustituidos por militares. Al final, los directivos de ILS acceden a sentarse a negociar a cambio de que no se produzca el paro. Los supervisores acceden, confían en los directivos de ILS y deciden suspenderla.
Van pasando los meses y no se avanza en nada. Las nuevas condiciones impuestas vía decreto ya están en vigor y las aplican a rajatabla y sin excepciones.

Mientras se negocia con ILS, el gobierno sorprende a Héctor con un nuevo decreto. A partir de este momento no se cuentan las horas de baja, ni las horas de formación continuada, necesarias para estar al día, como horas de trabajo. Héctor se acuerda de Maite, una compañera suya, que este año ha estado de baja por maternidad. Como cualquier otra madre trabajadora, dispone de ese tiempo para criar a su hijo recién nacido. Con este nuevo decreto, cuando se incorpore al trabajo, deberá devolver ese tiempo que le ha robado a la empresa, por haber estado en casa con su hijo, en vez de acudir a su puesto de trabajo.

Héctor y el resto de supervisores deciden que ya no pueden más, se levantan de su puesto y deciden marcharse a casa. Casi el 100% de los supervisores secunda esta medida. Como se esperaba, el país se paraliza. Las pérdidas económicas son incontables. Ellos saben que moralmente lo que han hecho no está bien, pero les guía la desesperación de sentirse perseguidos, indefensos, solos y abandonados, además de ser atropellados en sus derechos, de forma continuada desde hace casi un año. El resultado es que se convierten en el principal enemigo público. Ahora sí que nadie los defenderá.

El gobierno como respuesta a esta osadía, instaura un estado de emergencia, ocupando militarmente todas las instalaciones de ILS y amenazando con prisión y embargo de todos sus bienes a Héctor y a sus compañeros. La población entera de un país, la prensa y todos los partidos políticos aplauden la medida. Esos privilegiados se lo tienen merecido. Han llegado demasiado lejos.

Héctor ve como ya todo está perdido. No queda más que plegarse ante aquéllos que te dieron tanto y que un día decidieron que ya no tenías derecho a nada. El futuro, por primera vez, se ha vuelto oscuro e incierto. Ahora sí que se siente solo.


Aquí acaba el relato. Pero recordando aquellas ecuaciones que hacíamos en el colegio, te invito a sustituir ILS por AENA y supervisor por controlador. Ya me diréis si la operación al repasarla, os da el mismo resultado.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El Regalou


Cuando el módulo de comando del Apollo XIII sufrió una explosión en el espacio, todos los ingenerios de vuelo de la NASA se reunieron urgentemente para buscar la manera más segura, si la había, de devolverlos a la Tierra.
El director de vuelo, Gene Kranz, sólo les puso una condición: Failure is not an option. El fracaso no es una opción.

Se me puede tachar de exagerado, pero cuando llega cada primer día de diciembre, es como si se me explotara una nave delante de mí.
Mi Apollo XIII es el cumpleaños de Lourdes.
Y aunque en cada ocasión me dice que he acertado con el regalo (cosa que no creo), voy acumulando una presión, unos nervios, una tensión, un estrés, porque cada vez me va quedando menos. De hecho, ya me siento como que estoy jugando el tiempo de prórroga. Tengo hasta esta tarde para encontrar algo original (es decir, no repetir), deslumbrante (que le haga abrir los ojos de asombro), que sea útil (que no acabe guardado en cualquier cajón) y lo más difícil (que sea inolvidable).

Son momentos en los que me encantaría ser como Blaise Pascal, que enunció en su principio: La presión ejercida en cualquier parte de un fluido incompresible y en equilibrio dentro en un recipiente de paredes indeformables, se transmite por igual en todas las direcciones en todo el fluido. Le envidio. Nadie como él fue capaz de manejar la presión.

Pero el tiempo avanza deprisa, o como siempre se dice, de forma inexorable. Y entonces es cuando me gustaría haber sido Don Santiago Ramón y Cajal, que obtuvo el Nobel de Medicina en 1906 por sus estudios y avances en el conocimiento del sistema nervioso. Nadie como él logró dominar los nervios.

Y continúo dándole vueltas a la cabeza, intentando encontrar el mejor regalo. Pero la mente la tengo en blanco. Pero no crean que es porque pienso en el actual ministro de Fomento, no. Es que no surge ninguna idea que me saque de este atolladero. Debe ser que en estas circunstancias, mi mente no es capaz de rendir. No trabaja bien cuando hay tensión. De otra forma me habría ido, si yo me hubiese llamado George Simon Ohm.
Otra de las formas de expresar la tensión entre dos puntos es en función de la intensidad de corriente y la resistencia existentes entre ellos; así se obtiene uno de los enunciados de la ley de Ohm, que dice: V=R.I 
Lo teorizó el físico alemán George Simon Ohm. Nadie como él trabajó con la tensión.

El conjunto de todo ello y el no hallar una salida airosa, me genera una cierta ansiedad, estrés, para entendernos. Si hubiese nacido mucho antes y lo hubiese descrito, habría sido yo y no un estudiante húngaro de Medicina, en los años 30, llamado Hans Selye, el primero en nombrar el estrés. Lo explicaba como un cansancio, ansiedad, pérdida de apetito, al que se refería como el síndrome de estar enfermo. No hay duda que nadie como Selye, trabajó con tanto estrés.

Y el tiempo se acaba y hay que dar una respuesta y milagrosamente, como siempre, ajustándose al sonido del gong que anuncia que se ha acabado el tiempo de juego, surge al unísono la idea que va a revolucionar los regalos precedentes, dejándolos bastante atrás. El año actual es mejor que el anterior y como el más difícil todavía, el listón que ha de sortear el pertiguista, cada vez se distancia un poquito más del suelo.

Y la solución aparece como el puntual correo Miguel Strogoff, el correo del zar. A pesar de todas las desventuras, y atravesar la dura estepa rusa, llega justo para entregar sus importantes documentos. Justo cuando ni yo mismo pensaba coronar con éxito esta cada vez más alta cima. No me había dado cuenta, pero lo tenía más cerca de lo que pensaba. 

Por eso doy un paso atrás en mis comentarios. Me retracto absolutamente de lo que he dicho. No quiero ser ni Kranz, ni Pascal, ni Ramón y Cajal, ni Ohm, ni Selye. Soy Mel Carrillo, y quiero seguir siendo la persona que más te conoce. Nadie como yo para saber cómo eres. Sólo he tenido que mirar dentro de ti y descubrir enseguida cómo acertar.
Déjate llevar. Ahora únicamente tienes que soplar las velas con fuerza, cerrar los ojos, pedir un deseo, tirar del lazo hasta deshacerlo, romper el papel que lo envuelve y disfrutar de tu regalo.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La Mar


El mar es dulce y hermoso. Pero puede ser cruel y se encoleriza tan súbitamente, y esos pájaros que vuelan, picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para la mar.
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aún un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.  
El viejo y el mar, Ernest Hemingway


Soy el único médico de una familia muy vinculada con el mar. Mi padre fue el hijo que no siguió la tradición familiar y realizó estudios técnicos, que nada tenían que ver con la profesión de su padre y sí más, con problemas de ingeniería, de tierra adentro. En eso puede que nos parezcamos: Rompemos sagas familiares e iniciamos otras. Yo sé que soy principio y fin de una nueva, de médicos, que no me importa que se extinga. En cambio, veo con tristeza cómo el profundo amor por la mar de mi abuelo, no se ha extendido a la generación de sus nietos. Esa vocación ha sido arrastrada irremediablemente por la marea.

Mi abuelo José Amaro fue práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. Eso le confería una cierta autoridad y consideración de personalidad en la ciudad. A pesar de esto, nunca tuvo ningún reconocimiento ni homenaje alguno. Si no naces en La Palma, nunca serás palmero. Así de ingrato se es en algunos lugares con los foráneos que vienen para quedarse. En cualquier caso, tal y como recuerdo como era, creo que se habría negado a recibir distinción alguna.
Era, como hombre de mar, una persona bastante introvertida. Al menos ése es el recuerdo que a mí me ha quedado. Creo que lo que más feliz le hacía era su familia y en especial sus nietos.

Tengo muy dentro la figura imborrable de mis abuelos y de aquella enorme casa en la que vivían, plagada de detalles marineros por todos lados. Jamás he vuelto a ver un piso de aquellas dimensiones, pero que a pesar de tener tal superficie, no tenía ningún rincón que no fuese entrañable y creo que la culpa la tenía mi abuela Chucha. Lograba que su casa fuese la mía y la de todo el mundo. No ha habido nadie más amable y acogedora.
Tras flanquear la puerta principal, te daba la bienvenida un enorme cuadro, una marina, una fragata que surcaba la mar, luchando contra el oleaje. A menudo me quedaba absorto mirando esa nave, imaginando la espuma salpicando sus cubiertas, mientras el olor a salitre impregnaba todo. El crujir de la madera se alternaba con el vaivén de la proa, que cabeceaba con las olas, penetrando en la mar y saliendo inmediatamente.
De la pared de aquella estancia, colgaban sextantes y en el centro del recibidor, sobre unas figuras de ébano talladas, pendía una enorme lámpara de madera cuyo armazón principal lo constituía la rueda del timón.
A la izquierda, en una habitación cuyo techo estaba poblado por una enredadera que venía de la terraza, que lo tapaba todo, se abría una gran ventana. Y desde la inmensa altura de ese piso, se distinguía toda la bahía.

Muchas veces al levantarme fui allí, y lo veía con sus prismáticos, adelantándose a su propia vista, anticipándose a la llegada de ese barco, que más tarde iría a atracar.
Me decían que era un hombre muy bajito, pero por mi corta edad nunca llegué a sobrepasarlo y darle la razón a todos aquellos que me lo contaron. Para mí, su silueta imponente se interponía en medio de aquel ventanal radiante de luz que lo rodeaba.
No era de explicar muchas cosas, pero sé que le gustaba que estuviese con él y disfrutaba cuando me dejaba mirar por aquellos prismáticos suyos, que no acababan de ajustarse a mis ojos, aún demasiado pequeños.

Un día, cuando ya casi tenía todas las preguntas para hacerle, se hizo a la mar y se perdió para siempre. Y aunque entreabrí mis ojos y fruncí el ceño para intentar verlo, no alcancé a distinguirlo. Fue la primera vez que descubrí que cuando alguien hace ese viaje, se marcha muy lejos. Tanto, que ni siquiera los mejores prismáticos ya sirven para nada.

Un viejo amigo

Mañana va a ser un día importante. Después de demasiado tiempo sin verlo, nos volveremos a encontrar. Por eso estoy un poco nervioso, no me puedo ir a acostar todavía y sigo en pie
He pensado que la mejor manera de diluir esta ansiedad es sentarme ante mi ordenador y aunque a veces escribo de esta forma, como si lo hiciera con los pies, en esta ocasión me esmeraré y trataré de expresar a pies juntillas todo aquello que pasa por mi cabeza.

Sé que a veces pienso demasiado, que no tengo los pies en el suelo, que tal vez estoy en el aire, a mil pies de altura, pero creo que poseo los suficientes motivos para estar inquieto. Llevo deseando este instante tanto tiempo....
Juntos hemos compartido una vida entera, plagada de mil aventuras que han dado pie a numerosísimas anécdotas. Historias de amores imposibles, otras que nos obligaron a poner los pies en polvorosa, pero siempre juntos, al pie del cañón. Sea como fuere, es normal mi intranquilidad, la misma que tendría cualquier ciudadano de a pie. Nunca habíamos estado tanto tiempo separados.

Sí, ya sé que peco de hacerme siempre demasiadas ilusiones, que debería andarme con pies de plomo, pero no lo puedo evitar. Mañana nos encontraremos de nuevo, a pie de obra, y allí nadie podrá pararme los pies y evitar que lo vea, aunque me tengan que sacar de allí con los pies por delante.
Tampoco quiero que se tome esto al pie de la letra, que no pasará nada si las cosas no salen como uno espera. Soy un caballero de los pies a la cabeza. No voy a montar ningún numerito, ni a sacar los pies del tiesto, que me obligue a decir eso de... ¡Pies para qué os quiero...!
No es cuestión de dramatizar. Soy una persona que se viste por los pies.

Toda esta historia me ha pillado con el pie cambiado, pero la ansiada espera tiene su recompensa. Si al final mañana no sale todo como esperaba, no pasa nada, porque el plan sigue en pie para el lunes. No he de pensar que me he levantado con el pie izquierdo y que me espera un día desastroso. Simplemente, por decirlo de alguna manera, como una nota a pie de página, lo que he de pensar es que sólo es un pequeño traspiés.

Por eso, pase lo que pase, lo importante es empezar este fin de semana con buen pie y si todo va bien como espero y me quitan la escayola,  por fin podré ver de nuevo a mi querido pie.






jueves, 18 de noviembre de 2010

Miedo escénico

Siempre que me sucede igual, me pasa lo mismo. Sí, sí, no estoy diciendo ninguna tontería. El día previo del estreno, siempre me pasan las mismas ideas por la cabeza, que aunque nunca lo reconozca en público, en este medio no puedo ocultarlo.

Desde pequeño tengo una gran paradoja en mi vida. De niño era extremadamente tímido, sonrojándome con mucha facilidad. En cambio, disfrutaba presentándome voluntario a cualquier evento que requiriera hablar en público, tipo teatro, presentación, o demás payasadas.
Cuando estaba en el escenario me transformaba, me subía en una nube y empezaba a flotar por encima de todos aquéllos que me estaban escuchando, o que al menos eran tan educados de poner cara de que me escuchaban.
Pero para llegar a ese estado de limbo, previamente hay que pasar por unas fases dolorosas. En eso, debo reconocer que soy igual que aquel niño, que fundó un grupo musical llamado Los Caníbales, que iba cantando su repertorio de clase en clase con nueve años.

Existe un primer momento de euforia, o más bien de intento de vencerte a ti mismo, en la que sin que nadie te lo pida, te ofreces a hablar en público.
A medida que se va acercando la fecha, vas odiándote profundamente y deseando no haber hecho caso a ese otro yo, ese chulito, sin miedo a nada.
No lo puedo evitar. Son incapaz de que esa frase deje de aparecérseme: ¿Pero quién me manda a mí meterme en esta historia? Que desde este momento hasta el de comenzar a hablar, sacudirá mi cabeza numerosas veces.
Pero esto no es la primera vez que me sucede y que me meto voluntariamente en estos berenjenales. Entre mis numerosas gestas, puedo destacar:

- Haber sido delegado de clase en el colegio varias veces. (Todas voluntarias).
- Cantante del grupo Los Caníbales.
- Dramaturgo, director y actor de obras de teatro.
- Presentador de la gala de fin de curso de COU.
- Haberme presentado voluntariamente a más de la mitad de las asignaturas de la carrera de forma oral (para asombro de muchos de mis profesores).
- Ponente de congresos de estudiantes en La Laguna y un año fui incluso a Berlín, por si fuera poco, a hacerlo en inglés.
- Orador del discurso de fin de carrera de mi promoción.
- Brindis y discurso el día de mi boda.
- Sesiones clínicas.
- Director y profesor de un curso de Medicina Aeronáutica.

Pero esa vena artística todavía perdura. Desde siempre me han hablado de miles de trucos. Eso de ir tocando un juguetito en el bolsillo, les aseguro que no sirve para nada. Sólo consigues que te suden más las manos y que se te acabe perdiendo en el bolsillo el juguete y tú la concentración.
Por más que lo he intentado, jamás he conseguido imaginarme al público o al tribunal desnudos. Y de verdad que lo he intentado, pero debo ser muy simple en cuanto a imaginación.
La única forma que tengo de combatir esto es ensayar y ensayar, pero no sé por qué oscura razón, siempre tengo la sensación de que en casa lo hago mejor que sobre la tarima, cuando llega el momento de la verdad.
Desde que la leí, no hago sino recordar aquella frase de Einstein que decía:
"Mi cerebro no para de dar vueltas y vueltas, hasta que me toca hablar en público"

Mañana, es decir, dentro de unas horas, me toca vivir de nuevo lo de toda la vida. Pasar por el trance de ver a más de cien personas esperando a que abra la boca y diga algo interesante. Lo primero es fácil, lo segundo no tanto.

Sé lo que va a pasar cuando comience la acción. Empezaré con la presentación mil veces ensayada y casi sin darme cuenta, surgirá ese calor a partir de la segunda frase y como otras veces, mi voz dejará de temblar. Esa adrenalina la haré mía y la repartiré adecuadamente a lo largo de toda la ponencia. Y me sentiré feliz con esos escasos veinte minutos, que serán sólo míos y me pondré de nuevo esa dosis de miedo escénico, disfrutando cada instante y como nunca tengo suficiente, este deleite me empujará a que lo vuelva a hacer una vez más y otra... y otra.. y otra...

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ecos


















Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me hicieron esa pregunta. Durante una época era casi cada día. Tenía que encontrarme con distintos interlocutores y darles una y otra vez la misma explicación.
"Si eres médico, ¿por qué quieres ser controlador aéreo?”
Ésa era la pregunta. Algunos incluso como subtítulo, añadían:
“Porque se supone que los médicos tenéis una vocación ¿no?”

Al principio me preocupaba por intentar hacer entender que para mí la Medicina no lo es todo y que a un médico bien puede gustarle, incluso apasionarle otras cosas, más incluso que su profesión. Pero no, creo que no llegué a convencer a nadie. Al final, opté por la respuesta más convincente, que no la más sincera: “Porque trabajaré menos y ganaré mucho más dinero”. Me resulta curioso que esto de la vocación, se aplique sólo a la clase médica. ¿No se imaginan un albañil exultante de felicidad, porque ha hecho una mezcla de cemento prodigiosa? ¿Qué llegue a casa contando atropelladamente, embargado por el éxtasis, cómo fue capaz de poner unos azulejos preciosos, perfectamente paralelos uno a otro? ¿O ese carpintero con los ojos empapados de lágrimas de emoción por haber hecho una mesa de noche preciosa? ¿Por qué la vocación es sólo médica? ¿No se puede ser un excelente profesional y no tener vocación? ¿Y tener vocación y no ser buen profesional?

Ese concepto arraigado en la sociedad de la vocación médica, creo que se ha convertido en un lastre en muchos momentos, incluso en un mito. Porque aunque estés motivado y disfrutes con lo que haces, de vocación no se puede vivir, ni pagar la hipoteca, ni compensar esas guardias terribles, en las que poder descansar unas horas es un lujo y comer de un tirón, desde el primer plato hasta el café, un imposible.

Esa maldita supuesta vocación es la que ha permitido que los recién licenciados, que en otras carreras ya serían honorables arquitectos, ingenieros, de estudios concluídos y remuneración adecuada, en el caso de los médicos, no contentos con seis años de carrera, tengan que plegarse ante un examen selectivo llamado MIR. Luego se convierten en residentes, para después tener un salario denigrante, con la promesa casi siempre incumplida, de tener algún día una plaza fija en el hospital en el que se han formado. Eso sí, lo hacen por vocación.

Pero mis motivos para haber querido ser controlador no se deben al resentimiento de creer que la profesión médica está mal valorada y por supuesto, pésimamente remunerada. Mis motivos se resumen todos en uno: La Pasión. Ver un avión surcar el cielo, desde siempre, hasta hoy mismo, me obliga a torcer el cuello y seguir su estela en todo su recorrido. Y sin querer, pienso que si va por ahí o más arriba, es porque se lo ha dicho un controlador.
Se dice que los controladores son pilotos frustrados. Tal vez haya algo de cierto en ello, pero en mi caso, cuando descubrí la profesión de controlador aéreo, el deseo de ser piloto quedó apartado inmediatamente.

Antes de entrar en la escuela de control se ha de pasar un reconocimiento médico en un lugar llamado CIMA. Recuerdo al médico que supervisó todas las pruebas. Viendo mi profesión, arrojó la cartulina sobre su mesa, donde iba anotando todos los resultados y le dijo a un compañero: "¡Qué mal está la Medicina, para que un médico se tenga que hacer controlador...

Hoy me han vuelto a hacer la misma pregunta. Hacía años que no me pasaba. Esta vez, en lugar de ir a las respuestas tipo, he meditado mi contestación.
No tiene ninguna importancia el hecho de ser médico, ni abogado, ni ingeniero, ni enfermero, ni nada. Cuando descubres algo que de verdad te apasiona, lo sabes. Sientes algo dentro, inexplicable, que sólo quien lo ha vivido, entenderá a qué me refiero. Me recuerda a una escena, que no sé si la vi en el cine, si la leí o simplemente me visitó una noche en mis sueños. En ella un hijo le pregunta a su padre:
- Papá, si algún día me enamoro, ¿cómo sabré si es de verdad?
- No te preocupes. Cuando llegue el momento, lo sabrás.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Etapas














A una mujer nunca se le debe preguntar la edad y a partir de una cantidad razonable de años vividos, a un hombre tampoco. Aunque desconozco el motivo, parece que es una necesidad humana el ubicar en tiempo y espacio a nuestros semejantes. Desde muy pequeños decimos:  Estudiamos en el mismo colegio pero él es un curso mayor que el mío, o también usamos otra expresión más ambigua como: Fulanito, tú eres de mi quinta, ¿verdad? o incluso de una forma más académica se podría decir: La doctora Jomeini es de mi promoción, por poner unos ejemplos.
Todos ellos describen esa fuerza interna incontrolada, que nos hace clasificar como un buen enólogo, a todo el mundo por añadas. Pero como no todos parecen tener la edad que tienen y no todos poseen la edad que refleja su rostro, el ser humano, hábil en encontrar atajos para todo, ha creado desde siempre, una especie de mojones de carretera, etapas en el camino, que sirven de testigo de paso por los años y de una forma un poco burda, pero eficaz, nos ubica a cada uno en su momento.

Desde que yo recuerdo (y ya adelanto para decir que esta primera etapa no cuenta para mí), la gente se clasificaba en aquéllos que vieron al hombre llegar a la luna y los que no estaban para verlo.
Y con la huella de Neil Armstrong, comenzamos este camino plagado de metas volantes.

1) La llegada del hombre a la Luna.

2) El siguiente paso son Los Payasos de la tele. Cuenta el haberlos visto los sábados por la tarde, en directo por la primera cadena, asisitiendo al estreno mundial de Susanita tiene un ratón, El auto de Papá, Hola Don Pepito, La Gallina Turuleca, Mi barba tiene tres pelos... Todavía esta etapa se puede acotar un poco más, acerca de quién se acuerda de cuándo se murió Fofó, o incluso el nombre de todos los payasos de carrerilla.

3) La fase anterior se mezcla con ésta, que es la que corresponde a Heidi y Marco. Aunque siempre se habla del uno cuando se hace mención al otro, hay que aclarar, que Marco es italiano (de los Apeninos a los Andes) y Heidi alemana (de las montañas de Frankfurt), y por tanto, no tienen ninguna relación entre ellos.

4) Estas referencias televisivas, objeto de la aparición de la televisión en color y en Canarias, de la deseada segunda cadena, nos traslada en volandas hacia el siguiente punto: ¿Quién vio la primera emisión de Verano Azul? La primera ¿eh? Con lo que surgen las preguntas inevitables: ¿Tuviste que preguntar en casa qué era eso de la regla cuando le vino a Bea? ¿Lloraste con la muerte de Chanquete?

5) Y acontecimiento mundial, nunca mejor dicho: el Mundial de España de 1982. Algunas escuelas se refieren a este punto cronológico, con la cuestión: ¿Te acuerdas de Naranjito? e incluso los más eruditos sabrían decir cómo se llamaba la serie de dibujos en la que salía (Fútbol en acción) y nombrar alguno de sus amigos (Citrón). Naranjito se ha constituído en una referencia clásica entre los clásicos, que a veces se toma incluso como año cero.

6) Y el fútbol continúa siendo nuestro hilo conductor. Este país escaso de gestas deportivas, no podía desaprovechar la goleada a Malta por 12-1, como marcador del tiempo. Para ellas, podríamos poner como listón los dibujos de Candy Candy, por ejemplo o La Bola de Cristal. Recuerde: no se ría de la Bruja Avería.

7) Y del resto de los 80 pasamos rápidamente, dejando para su análisis, posibles referentes, como el gol con el dedo de Dios de Maradona, la medalla de plata de baloncesto en Los Ángeles, los conciertos de los Hombres G, las faldas de Miguel Bosé o las tetas de Sabrina.

8) Esto nos lleva irremediablemente hacia los juegos olímpicos de Barcelona 92. Hasta ahora, los únicos celebrados en nuestro país. De ellos recordamos la designación por Samaranch, el arquero que encendió el pebetero y las lágrimas y los mocos incontenidos de la infanta Elena.

9) Llegados hasta aquí, obviamente las referencias son más amplias, sin poder dejar de lado el famoso año 2000. Aquel fin de año en el que el mundo entero creyó que cambiaba el siglo, cuando realmente sería el año siguiente. En realidad recordamos ese terrible 31 de diciembre de 1999, porque se cumplieron todos y cada uno de los vaticinios y se paró el planeta irremediablemente, por culpa del llamado efecto 2000. Tuvimos que tirar a la basura nuestras tarjetas de crédito, nuestros ordenadores, nuestros relojes... ¿Quién ha podido olvidar semejante catástrofe?

10) Y diez es un buen punto para terminar, como diez es el año en que nos encontramos. Creo que a nadie se le puede olvidar que éste fue el año en que lo conseguimos. Tras ser siempre favoritos, España logra ser campeona del mundo de fútbol. Pero no sólo de fútbol vive el hombre. 2010 será un referente que no podrá ser olvidado nunca. Constituirá un hito en la historia, y todas las miradas y recuerdos se centrarán en el mes de marzo. Aquel esperado y ansiado día en el que apareció por fin, este blog.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El Fonendo



















Un buen día de 1816, René Laennec, un médico francés, tenía frente a él a una mujer muy obesa. Desistió de auscultarla mediante el método tradicional de aplicar el oído directamente sobre el pecho de la enferma, porque su exuberante panículo adiposo, con toda seguridad, impediría oir ruido alguno. En un acceso de genialidad, enrolló un papel a modo de tubo y escuchó con asombro, que el sonido se amplificaba y mejoraba con creces la forma en la que desde los tiempos de Hipócrates, se venía explorando a los pacientes.
Este invento, más tarde mejorado, se asemeja con muy pocas modificaciones al fonendoscopio, o fonendo, como es conocido cariñosamente. El fonendo se ha vuelto imprescindible para la eficaz praxis de la propedéutica clínica. Es uno de los primeros regalos que recibe el joven estudiante de Medicina y constituye, sin duda, el símbolo que identifica al colectivo médico.

Es innegable el gran papel que representa el fonendo para la Medicina. Con él se llega a un diagnóstico más acertado y por tanto, al tratamiento más adecuado. Pero el también llamado estetoscopio, tiene una función mucho más importante. Viene a ser lo que la gorra de plato y la camisa con galones para el piloto de avión comercial. Todo facultativo que se precie, debe llevar colgado de su cuello, la mayor cantidad de tiempo posible, esta legendaria pieza de vestuario.

Hay una máxima al vestir esta prenda exclusiva, pret-a-porter. Hay que enseñarla a todas horas. Y aunque alguien pueda creer que es una guarrada que se deslice y accidentalmente caiga durante la comida, en el inmundo plato que te sirven en la cantina de tu hospital, nunca, repito, nunca, un médico elegante que se precie, debe jamás, retirárselo del cuello y colocarlo ni en la mesa, ni en la silla contigua.

Se puede llevar de varias maneras. Con la campana colgando a la derecha, o a la izquierda. Pero el doctor acierta siempre, cuando una de las partes no está más alta que la otra. Es un delicado equilibrio que cuesta mantener cuando se combina con el quehacer diario. Para eso hay que saber delegar y en la medida de lo posible, hacer lo mínimo, para evitar precisamente que se nos caiga de la nuca.
No tiene ninguna importancia que se sea dermatólogo, psiquiatra o médico de balneario. Hay que tener un fonendo alrededor de las yugulares, y pasearlo, que se nos vea; de igual modo como lo haría una señora de postín, mostrando para envidia de todos, esa bufanda de visón o de piel de zorro con su cabeza colgando.

Presuma usted de fonendo y de su clase, que es usted doctor, que lo sepa todo el mundo. No se prive de demostrar al mundo que forma parte de una casta superior. Y lleve orgulloso esa prenda que nos distingue del resto de los infortunados mortales.

Sé que estas recomendaciones son absolutamente supérfluas e inútiles. El vestir esta prenda y asumir el significado que tiene como elemento de distinción, está muy arraigado en la mente de cualquier galeno. Por eso ya no me sorprende ver por la mañana en el aparcamiento, a algún médico saliendo de su coche, con el cacharro ese ya dispuesto en su cogote, a modo de corbata. Y es entonces cuando la duda me embarga y me cuestiono el origen del universo. ¿Se lo llegó a poner esa mañana antes de salir de casa? ¿Se acostó anoche con él? ¿O tal vez no se lo ha quitado nunca, desde que se lo regalaron cuando estaba en primero de Medicina?

  

martes, 2 de noviembre de 2010

Segundas partes















Cuando era muy pequeño, tras ver alguna película que me hubiese encantado, me gustaba imaginar qué le sucedería a los personajes después de haber aparecido el famoso letrero The End. Tenía la certeza de que los vaqueros que quedaban vivos de los Siete Magníficos desde el día en que se acababa la película, se reunían cada año para celebrar que todavía eran amigos y homenajear a los que cayeron en aquel poblado mexicano. No dudaba que Ilsa, una vez acabada la guerra, se encontraría de nuevo con Rick, que la esperaría siempre.

Esta forma de pensar la mantuve mucho tiempo. Ya no tan niño, una tarde de verano, mi hermana María vio por primera vez Vacaciones en Roma. Le encantó. No le culpo por ello, Audrey Hepburn y Gregory Peck estaban magníficos.
Creo que le costó mucho esfuerzo aguantar las lágrimas cuando por fin llegó el final. Seguro que se sintió muy orgullosa por haber logrado frenar ese rebosamiento lacrimógeno. Viéndola así, recuerdo que le dije:
- María: Yo sé lo que les pasa después.
- ¿Qué les pasa? - me preguntó con una voz temblorosa, con la esperanza de un añorado final feliz.
- Que no se vuelven a ver nunca más. ¡Nunca! - le contesté enérgicamente, abriendo mis ojos todo lo que pude.
Ahí acabó derrumbándose, arrastró todas las lágrimas retenidas, diciéndome entre sollozos que no le contara nada más, mientras con una mano hacía gestos para que me largase...

Ya soy capaz de distinguir entre la ficción y la realidad, pero a menudo me quedo pensando qué será de esos personajes que un momento dado pasan por mi vida. O mejor dicho, que yo paso por las suyas.
Mucha gente me comenta que desde que leyeron El héroe del Péndulo, visitan de vez en cuando estas páginas, para leer qué nuevas cosas voy escribiendo. A los que han llegado así, a los que no y sobre todo por los protagonistas de la historia, puedo contar lo que ha pasado después de que salió el rótulo The End en aquella historia.

Laia a pesar de sus numerosas operaciones va evolucionando muy bien. Su vida, dentro de lo que cabe, vuelve a la normalidad. Hace unas semanas le encargaron en la escuela que hiciese un trabajo. Una entrevista a un personaje que admirase mucho. Aquí reproduzco parte de ella. El escogido, alguien digno de admiración, un héroe de verdad: mi amigo Quico.
Leyendo sus respuestas, no es difícil entender lo orgulloso que me siento por haber podido trabajar con él y por el privilegio de que me considere su amigo.

Desde pequeño ¿ya te querías dedicar a la enfermería?
La verdad es que quería ser médico (hice tres cursos incompletos), pero por cosas que pasan, no pude continuar. Aunque era auxiliar de clínica, me puse a trabajar de montador de maquinaria industrial, recorriendo toda España, hasta que me cansé. Por aquella época era voluntario de la Cruz Roja y conocía a muchos médicos, por lo que se me abrió la posibilidad de trabajar en los servicios médicos de las minas de Sallent y mientras, me puse a estudiar enfermería.

¿Tu trabajo hace que estés menos horas con tu familia? ¿Qué opinan de eso?
Sí, la verdad es que te quita muchas horas de estar con la familia. ¿Qué opinan? Pues están resignados y mentalizados. Tienen muy claro que es mi vida y se hacen cargo, aunque a veces les cueste bastante.

¿Este trabajo te ayuda como persona?
Mira, no me puedo imaginar ahora hacer otra cosa. Este trabajo te hace pensar muchas veces en lo afortunado que es uno, por estar como está. No te puedes llegar a imaginar muchas veces qué panoramas nos encontramos. La verdad es que te hace sentir útil y no sólo una pieza más de esta sociedad y eso me hace sentirme feliz.

De todas las emergencias que has tenido, ¿Podrías decirme un par que te hayan impactado?
(...) La emergencia tiene cuerpo y vida propia. Cada servicio es diferente a otro, aunque puedan parecer similares. Podría contarte muchos, desde servicios con personas desmembradas, quemados, en parada cardio-respiratoria, pero lo más impactante es cómo queda la situación de las personas después de la emergencia.

¿Qué fue lo que hizo que estuvieses junto a mí y qué dificultades tuviste?
Diría que fueron un cúmulo de circunstancias. El pensar que hacía unos momentos seguramente estabas alegre y contenta, el verte atrapada de aquella manera, el ver las lesiones que tenías y que te podían comportar en un futuro, el ver que estabas allí abajo sola, el ver que necesitabas ayuda desesperadamente, el ver que posiblemente te podría ayudar. No lo sé del todo, pero es una cosa que la volvería a repetir tantas veces como fuese necesario.

Por último ¿Podrías darme algún consejo que te haya servido?
Es difícil hoy en día dar buenos consejos, pero piensa que si de verdad quieres una cosa, lucha con todas tus fuerzas, sin hacer daño a nadie para conseguirlo y lo conseguirás. Cada día que pasa es un regalo que nos da la vida y te ha de servir para aprender de las cosas buenas y de las cosas malas.

sábado, 30 de octubre de 2010

Mala pata

Cuando el gran Hergé decidió dejarnos huérfanos. el periódico Libération, como merecido homenaje al creador de Tintín, al día siguiente de su fallecimiento, ilustró cada una de sus noticias con viñetas de sus álbumes. Estas imágenes dibujadas por él, encajaban a la perfección con la actualidad que se contaba en aquellos momentos. Por eso, cuando decidí fracturarme el pie, y digo decidí, porque estas cosas las hace uno a propósito, (no se puede ser tan torpe como para que suceda casualmente), me vino a mi voluble memoria aquellas escenas, en la que el inquieto Capitán Haddock, tras un desafortunado tropezón, tiene que permanecer esclavo a una cárcel de escayola, alojada en su pie.

Pues heme aquí, preso de esta bota calcárea, que en apenas unos pocos días, me ha hecho apreciar el mundo desde otro punto de vista. Y aunque lo fácil sería lamentarse de haber tenido tan mala pata, la verdad es que desde que estoy confinado de esta manera, no hago sino ver los aspectos positivos de tener una fractura en el pie.
Para empezar, voy viendo avances en el manejo de las muletas, cosa que de aquí a mi total convalescencia, dentro de un mes, dominaré por completo. Este ejercicio me dejará con unos brazos y unas espaldas, que jamás habría soñado. Es decir, gimnasio gratis. Ya lo decían mis amigos Yofri y Mario desde hace años: ¡Tú lo que tienes que hacer es ensanchar! Ahora, gracias a este afortunado percance, por fin lo lograré...

¿Quién ha dicho que nuestra casa es pequeña? El arrastrar esa pierna, ha conseguido que nuestro piso haya sufrido una transformación y las distancias se hayan alargado muchísimo. Ahora vivimos en un gran palacio con un enorme pasillo, que es interminable. No te lo terminas nunca.
Y el tiempo, también se ha elongado infinitamente. Caminas como a cámara lenta. Cada viaje por ese corredor de casa ha de ser optimizado. Si se te olvida algo por el camino y has de volver a recorrerlo, ese segundo pase lleva consigo un gran desgaste de fuerzas y de tiempo. Por eso, desde aquí aprovecho para pedir un poco de paciencia a todo el mundo. Que después de diez veces que suene el teléfono, que no cuelguen. Que no es que no esté, o que no quiera contestar. Probablemente voy de camino. Es que tengo una casa tan grande...

Mi vida ha cambiado positivamente. Creo que incluso soy una mejor persona. Estas cosas marcan. Ahora eres capaz de apreciar cosas que te eran inadvertidas, como una buena carrera, o la delicia que supone conducir tu propio coche. En estas circunstancias, algo tan básico como un ascensor, se convierte en un placer sublime. Descubres que es increíble que una pierna pueda pesar lo mismo que la otra o entender que las barandillas en las escaleras son imprescindibles y están puestas para algo.
Esto, que para otros sería un percance, en cambio a mí, debo decir que me rejuvenece. No sé ni cuántos años hacía que no daba tantos saltos seguidos a la pata coja... En cuanto me quiten la escayola, a la que le estoy cogiendo tanto cariño, estaré preparado para competir al más alto nivel a lo que en mi tierra llaman el tejo y en Cataluña, la charranca.

Ya lo he dicho, todo son ventajas. El único inconveniente es el peso de este yeso. No lo invento yo, ya lo decía aquella famosa copla: La escayola cuando pesa, es que pesa de verdad...

martes, 26 de octubre de 2010

El enfermero y yo

Aquella mañana el enfermero se presentó sin dudarlo, como un freaky. El enfermero, al que llamaremos JT, se declaraba ferviente seguidor de la lucha libre (aquel Pressing Catch de la tele), de la saga del Señor de los Anillos y amante de la ciencia ficción. Orgulloso de ser un personaje distinto, me vaticinó por conjunción planetaria entre su peculiar manera de ver la vida y por estar la luna con lleno absoluto, unas guardias de sábado y domingo, plagadas de personajes pintorescos y situaciones curiosas, que no me dejarían indiferente. No andaba desencaminado.
De todo lo hecho ese fin de semana, por tanto, de todo lo vivido, me quedo con tres capítulos, tres salidas con la ambulancia, tres pacientes que compartieron su particular forma de vida, con tres personas: el técnico, un médico y su enfermero.

Capítulo 1: Mierda al cubo
Como he relatado en alguna otra ocasión, el inconsciente nos persigue por todas partes. No hay alerta que se precie, que no venga con la etiqueta de que se trata de un inconsciente. Y este caso, no iba a ser menos.
El pobre paciente, que por supuesto no estaba inconsciente, tenía unos 70 años y vivía hacinado en un piso, plagado de inmundicias. El olor que se podía percibir desde el portal, debía habernos advertido de lo que nos esperaba en aquel inmueble nauseabundo.
Entramos en aquel habitáculo infecto. La puerta cerrada no fue ningún impedimento para que mi enfermero, en el más puro estilo Hulk Hogan, tirara abajo la cerradura de una contundente patada.
Ante nosotros yacía aquel hombre en el suelo, quejándose de un dolor en la cadera. Una contusión que se produjo al caerse del sofá. El aterrizaje fue suave, probablemente amortiguado por la inmensa cantidad de excrementos que cubría gran parte del suelo, a modo de moqueta. Dispersos por todos lados, algún cubo y alguna que otra palangana, repletos de contenido fecaloideo, que habían servido de alivio a aquel hombre, probablemente en esos momentos de apurados retortijones, en los que la distancia se vuelve insalvable y no te da tiempo de llegar al retrete.

Capítulo 2: El Samurai
La alerta en esta ocasión, era por un señor de 90 años, que estaba agresivo y había realizado un intento de autolisis, intentando cortarse las venas de la muñeca. Algo de cierto había.
En aquel domicilio se encontraba, efectivamente, un paciente de 90 años, desnudo, muy delgadito, con cara inocente. Sentado en la cama-nido de su dormitorio, se podría cortar y pegar y colocarlo en un banco, dando de comer a las palomas. Con un vendaje hecho con un pañuelo, atado en su muñeca izquierda, se evitaba la hemorragia de una importante herida abierta. El buen hombre estaba bastante tranquilo y me comentó que su único deseo era morirse de una vez. Mientras cambiábamos ese vendaje improvisado por uno que justificase nuestra presencia allí, iba escribiendo el informe. A poco de comenzar, me interrumpen para enseñarme el arma homicida, mejor dicho, el arma suicida. Era una navajilla de bolsillo, manchada de sangre, de esas que vienen con palillo, lima y cuchillo, perfectas para dar un repasito a las uñas negras, antes de entrar en una importante entrevista de trabajo, o escarbar los dientes en pos de ese trozo de comida rebelde, que se resiste a ser tragado.
Continúo con mi informe y dos palabras más tarde, me interrumpen de nuevo. - No, no, ésta sí que es el arma con la que se ha cortado... - me decían, mientras me enseñaban una navaja de unos 20cm, con su tremenda hoja ensangrentada, cuyas dimensiones ya eran palabras mayores y que de por sí, daba un poco de repelús.
Vuelvo al duro quehacer de dejar plasmado en papel lo que observo, cuando por tercera vez, me traen otra arma, con la que el buen señor, que ya deja de parecerme tan angelical, también ha intentado hacerse daño. Un hacha, o mejor dicho, una piqueta, también manchada de sangre, que venía a demostrar la tenacidad de ese individuo por dejar este mundo terrenal.
Escribo con mayor velocidad, entrego el informe a la policía y nos marchamos corriendo. Seguro que si nos quedamos remoloneando un rato más, aparece por allí un sable o una katana.

Capítulo 3: Tempus Fugit
Y por fin, el inconsciente de verdad. Un paciente varón de 60 años, que vivía solo y es encontrado por su familia que va a visitarlo. Al parecer ha sufrido una parada cardiaca en el salón de su casa. Tras estar haciendo las maniobras de reanimación, se acaban suspendiendo al no obtener respuesta alguna. Llega el momento de dar la noticia a la familia. Afuera, en el recibidor de la casa está su hermana y su cuñado, que reciben con lógica tristeza la noticia del fallecimiento. Les explico que tendremos que esperar a la policía, ya que se trata de un paciente joven y es el procedimiento habitual. Ellos me advierten de que su pareja está a punto de llegar, que es una persona muy nerviosa y que le atienda cuando llegue, porque seguro no encajará bien la inesperada noticia.
Me vuelvo al salón con mis compañeros y les comento lo que me han dicho.
Van pasando los minutos, mientras esperamos a los agentes y como se suele hacer en estos casos, me entretengo observando el entorno.
- Ya verás cuando llegue la mujer - me dice el enfermero - ésta nos monta un numerito.
Querrás decir, él - le corregí.
- ¿Por qué supones que es un hombre y no una mujer? - me preguntó.
- Elemental, querido diplomado - podría haber dicho. Pero en realidad le contesté: Mira a tu alrededor. El paciente vive solo. Ésta es su casa. Ahí hay dos figuras de Lladró. Y aquella otra es una reproducción del David de Miguel Ángel. Si esto no te parece suficiente, mira los DVD que están bajo la tele. Brokeback Mountain, Bollywood, y un episodio de la serie Queer as folk. No hay duda.

Oímos que abrían la puerta, pocos minutos más tarde. Una voz masculina que grita de forma desgarradora la incredulidad por la muerte de un ser querido, llega hasta nosotros. El cuñado asoma la cabeza por la puerta del salón, como justificándose o para requerir nuestra ayuda y nos dice con voz lacónica: Es su pareja...
Yo miro a JT con cara de suficiencia y satisfacción por haber ganado nuestro particular envite. Nunca se debe subestimar la capacidad del médico-detective, como he contado en otras ocasiones. Ese inteligente detective que es capaz de ver donde otros miran de pasada, captando detalles imperceptibles para la mayoría.
En ese momento, tras analizar mi comportamiento y el posterior razonamiento, pienso que estos días he sido injusto con JT. Tal vez yo, sin saberlo, sea incluso más freaky que él.

Cuando salíamos del salón, JT me detuvo y me señaló el reloj de madera que colgaba en la pared. En su esfera, rezaba una leyenda: Tempus Fugit. En el otro extremo de la habitación, en el suelo, yacía el pobre paciente, cubierto por una sábana. Él y su reloj, nos sacudían por los hombros, recordándonos a todos, por si lo habíamos olvidado, que El tiempo se escapa, el tiempo vuela...

lunes, 25 de octubre de 2010

El enfermero













Todas las guardias de la ambulancia, empiezan de la misma manera. Se trata de un patrón común, que parece obedecer a las partes de una liturgia secreta, no escrita, pero que está firmemente enraizada. Esto se exacerba aún más, cuando te encuentras con un equipo que no suele ser el habitual o que incluso conoces ese mismo día.
Tras los saludos iniciales y a veces no necesariamente en este orden, el enfermero, que suele ser (por no decir que siempre), más puntual que yo, tiene la costumbre de preguntarme mi talla de guantes, para tener una caja a mano, nunca mejor dicho.
- Grandes - les contesto y continúo siempre con la contra-pregunta: - ¿Has traído un fonendo? Porque yo no tengo ninguno... - lo cual los deja al principio bastante descolocados.

Tras la presentación de cada uno, como un post-it inherente a cada personaje, no me sorprendo ya, cuando el enfermero hace la inevitable descripción de sí mismo. Esto es algo que suelo ver más en ellos, que en sus colegas femeninas, que suelen ser más observadoras y menos supersticiosas.
Tras el apretón de manos y la cuestión de los guantes, espero ansioso ese auto-análisis  o comentario personal, del tipo: Hoy vamos a tener una guardia movida. Que sepas que soy un gafe...
Otras veces, escuchas el enfermero que se desmarca, no haciéndose responsable de la catástrofe que nos espera, diciendo con rotundidad: Prepárate, porque hoy hay luna llena...
Pero puede ocurrir que la culpa no sea ni de los cuerpos celestes, ni del propio enfermero, como cuando te advierten: Mis guardias suelen ser tranquilas (preludio de que la racha va a tocar a su fin), así que si no paramos en todo el día, es por culpa tuya...

Todos estos comentarios supersticiosos son tan propios del medio, como lo es la sirena y sus luces parpadeando. No es que me vaya haciendo mayor, EN ABSOLUTO, pero sí es verdad que cada vez me van sorprendiendo menos cosas. Este fin de semana, he hecho doblete de guardias con un enfermero, que me recibió con estas palabras: Hola, por si no lo sabes, soy un freaky y además hay luna llena. Así que no te sorprendas de los servicios tan raros que vayamos a hacer hoy... 
Cuando oí esto, aunque no soy en absoluto nada supersticioso, supe que me esperaban un sábado y un domingo muy interesantes...





lunes, 18 de octubre de 2010

El médico detective

No quiero ser pesado, ni reiterativo, aunque corra el riesgo de ser acusado de eso, precisamente, cuando nuevamente mencione la labor detectivesca que hacemos los médicos. Pero hoy no voy a hablar de Medicina, pues el que me conoce un poco, ya sabrá que es un tema que me resulta un poco aburrido. En esta ocasión me voy a centrar en la investigación paralela al diagnóstico médico. Porque la escena del crimen, es a veces mucho más interesante que el crimen mismo y que el propio criminal.

El médico de urgencias extrahospitalaria tiene la suerte y en alguna ocasión, el peligro, de entrar en determinados lugares, que si su profesión fuese trabajar en una oficina, no conocería nunca.
Hace unos días estuve en un salón de actos con motivo de unas jornadas médicas y me llamó la atención un letrero, junto al cuadro de luces, que decía así: "Cuando no quede ninguno, apague las luces". Pensé que eso era imposible. Si tú estabas allí, las luces se quedarán siempre encendidas y si te marchas, no habría nadie para apagarlas...

Pero el campo de batalla del emergenciólogo es la calle... y los domicilios de los pacientes que vamos a atender.
El amplio espectro de viviendas a las que acudimos, se corresponde con los distintos estratos de la sociedad. En alguna ocasión he ido a algún casoplón, donde he tenido que entrar por la puerta del servicio, aunque fuese el médico que iba a atender al señor de la casa. La mayoría de las veces, por los momentos en los que estamos y porque mi zona de influencia es el cinturón obrero de Barcelona, las mansiones ya no son lugar de visita, pero sí los pisos mohosos de protección oficial, invadidos de aluminosis y de pintura descascarillada, que dieron cobijo hace unas décadas, a tanta gente humilde que emigró a Cataluña en busca de trabajo, en pos de un futuro mejor.
Los domicilios son muy similares unos a otros, casi siempre plagados de retratos familiares. La foto de la boda o de la mili, incluso la primera comunión, me han dado mucho entretenimiento para ver el paso y el castigo del tiempo a mis pacientes. Mientras los demás van haciendo el trabajo que les he encomendado, tomando tensiones, haciendo electros, mirando la glucemia, con el rabillo del ojo voy comparando los rasgos que quedan del original, con el que está en el papel fotográfico, rodeado por un marco de alpaca.

El desplazar los muebles cuando es necesario abrirse espacio, puede deparar sorpresas no deseadas. Ayer me encontré una caja de zapatos llena de cintas de Arévalo y del Fary. Me puedo considerar afortunado. En una ocasión salió rodando un botellín de cristal de Fanta, con la etiqueta en la que salía Naranjito, lo que me distrajo durante unos instantes de atender a aquel pobre, ante tanta borrachera de nostalgia que me invadía. Uno no sabe de antemano lo que puede aparecer tras un sofá. Hay insectos que jamás había visto, ni en la calle, ni en  ningún libro de biología. Todo nadando en unas bolas de polvo, que sin querer, te transportan a esos poblados abandonados del lejano oeste, donde lo único que se mueve son esas bolas arrastradas caprichosamente por el viento.
Estos son datos clínicos fundamentales, que al buen detective no debe pasársele nunca por alto y que te ayudan en la valoración de todo el paciente en su conjunto.

Pero a la salida, antes de alcanzar la puerta de la calle, nos aguarda el epílogo de toda esta investigación antropológica: El portal del edificio, como rica fuente de información. Ahí, impertérrito, compartiendo espacio con los restos de cal, que amenazan con desprenderse, sujetos con el mejor invento que se le ha dado a este país, la cinta adhesiva, se encuentran esos maravillosos carteles de la comunidad, que marcan la ruta que han de seguir sus descarriados inquilinos.
He encontrado perlas de la literatura urbana, que merecen por derecho propio un lugar destacado, como aquel letrero que decía: "Por favor, a la persona que le dé por vomitar por la ventana del patio interior, le recordamos que abajo hay ropa tendida y que tiene baño en su casa. Gracias".
Otra joya que merece ser esculpida en letras de oro, es aquel cartel que rezaba así: "Se ruega a los vecinos que hacen ruido por la noche arrastrando muebles, caminando con tacones, etc, intenten no molestar a los vecinos, porque vivimos en comunidad no en el bosque. Si no se pone remedio, se recogerán firmas y se denunciará en los juzgados. El Presidente".

Y así transcurren las duras guardias, buscando distracciones de donde no las hay, husmeando y curioseando como porteras en casas ajenas.

Llegados a este punto de la historia, podemos dar por zanjado el asunto y finalizar la ya de por sí minuciosa y pormenorizada investigación del médico-detective.
Ante tanta rotundidad por parte de la autoridad vecinal, lo mejor es huir a la calle de forma inmediata, meternos rápidamente en la ambulancia y salir pitando, nunca mejor dicho, de ese lugar, no sea que al final se dé todo la vuelta y acabemos recibiendo nosotros.