sábado, 24 de diciembre de 2011

La tregua de Navidad


Tal día como hoy, hace 87 años, un grupo de hombres estaban en guerra. La Gran Guerra que se prolongaría hasta 1918. La guerra de las trincheras. La primera Guerra Mundial.
Aquel 24 de diciembre de 1914 sucedió algo extraordinario.

Tenemos constancia de que fue cierto, gracias a las cartas de los soldados que fueron testigos de aquello y de las pocas fotos que se conservaron de aquellos momentos, porque los jefes de aquellos hombres hicieron lo posible porque todo fuese olvidado.
Las tropas alemanas habían sido agasajadas con salchichas, tabaco e incluso con árboles y adornos navideños por parte del Káiser Guillermo II de Alemania, como remedio para elevar la moral de unos soldados condenados a estar confinados en trincheras a merced del fuego enemigo.
Para asombro de las tropas británicas, vieron cómo sus oponentes iban desplegando cada cinco metros árboles de Navidad. Los soldados no entendían nada. ¿Sería una manera de distraerlos para realizar un ataque sorpresa?
Aquella tarde, tras los árboles adornados, se empezó a escuchar el sonido de los soldados alemanes cantando Noche de Paz. Los soldados británicos les acompañaron con sus voces y poco a poco, fue saliendo todo el mundo de las trincheras, encontrándose los enemigos en la llamada Tierra de Nadie.

Aquella Nochebuena de 1914 cenaron todos juntos, cantando villancicos, compartiendo los regalos del Káiser a cambio de cigarrillos, intercambiando fotos, direcciones, e incluso jugando al fútbol con una pelota improvisada. Aunque se dice que comenzó en el frente belga de Ypres, más o menos a la vez ocurriría lo mismo en otros frentes.  
Pronto el Alto Mando se enteró de esta circunstancia y dio órdenes expresas de que la guerra debía continuar. Se castigaría duramente el confraternizar con el enemigo.
A estos días se le llamó La Tregua de Navidad.
Esta tregua duró en algunos frentes hasta el Año Nuevo. “Tuvimos que dejar que durara todo ese tiempo”, explicó un alemán, en una carta enviada a su casa. “Queríamos ver cómo salían las fotos que ellos nos hicieron”.

Un soldado inglés, llamado Walkinton de 17 años dijo: "Todo ocurrió espontáneamente, de forma muy misteriosa. Un espíritu más fuerte que el de la guerra prevaleció aquella noche".

Hace mucho tiempo vi un vídeo del Beatle Paul McCartney, que contaba una historia parecida. Para mi sorpresa, años más tarde descubrí que estaba basado en lo que pasó en aquellas trincheras, en la Nochebuena de 1914.


Obligados por sus superiores, ajenos a la esencia misma del ser humano, aquel grupo de hombres, tuvo que reiniciar la batalla. El tiempo ha hecho a los protagonistas de aquel hermoso cuento de Navidad, los auténticos héroes, al demostrarnos que ese idílico y utópico mundo, como el que soñaba el otro Beatle, John Lennon, es posible y que no está tan lejos. Se encuentra dentro de todos nosotros. Feliz Navidad. 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad dulce Navidad

 

7 y cuarto de la mañana. ¡Arriba los corazones! Un día que no tengo guardia. Ya me dijo Lou hace más de un mes: ¡Bloquéate ese día! ¡Tenemos muchas cosas que hacer...! Y aquí estoy, poniendo los pies en el suelo. 7 y media. ¡Mel, hoy aprovechando que estás en casa, le das el desayuno a los niños! ¿Cuántas cucharadas de cereales lleva el biberón de Clara? ¡Cinco! Se lo toma de un santiamén. Guille y Marta siguen en la cama. Hay que despertarlos como marca la tradición. Con cariño y muchos besos. 7 cincuenta. Poco a poco se incorporan al  mundo y se ponen a desayunar. Tardan un poco más en tomarse su leche. Clara te llama desde su cuarto: ¡Hola! ¡Hola! Que quiere decir en su idioma: ¡Ya te puedes llevar el biberón y ven a cambiarme que me he hecho caca en los pañales! De esta deposición matutina me libro. Lou ha llegado antes y la limpia ella. 8 y diez. Una ducha rápida y a continuar. Nos repartimos los niños. Yo visto a Guille. Hoy es un día especial. Hay que vestirlos de pastorcillos. 8 y media. Marta no se conforma con el disfraz: Mami, ¿me puedes pintar un poco? Guille no es menos. Quiere que le dibujen un bigote. Con su maquillaje recién puesto, salimos de casa. Cada cual coge su mochila y a la calle, al cole. 8 y cuarenta. Juntos no podremos llegar a tiempo. Me llevo a Clara a la guardería, cómodamente sentada en su silla. Lou se va con los otros dos en sentido opuesto, al colegio. Clara me hace chantaje. Llora desconsoladamente cuando le quito el chupete al entrar en clase. Se abraza a su profesora, le doy un beso y me marcho. 8 cincuenta y cinco. Lou deja a los niños en las escaleras que dan al pasillo de las aulas. Nos encontramos en un bar enfrente del colegio, para desayunar. 9 y diez. Nos pedimos cafés con leche y nos sentamos con Álex y Olga, padres de Naiara, amiga de Marta, de asombroso parecido con Dora la exploradora. 9 y veinticinco. Levantamos la sesión. A las diez empieza la representación de Guille. Los padres de este colegio deben ser grandes amantes del arte dramático. Desde las nueve están haciendo cola fuera del salón de actos, que no ha abrirá sus puertas hasta las diez, para coger sitio. 9 y treinta y cinco. Los amantes del teatro están nerviosos por el estreno. Oimos alguna discusión originada por asuntos menores, como guardar un sitio en la cola a marido, suegra, madre, padre y demás familiares. Debe ser muy importante lo que vamos a presenciar, pienso, dada la tensión de estos celosos guardianes del turno. 10 y un minuto. Se abren las puertas y la insaciable vorágine de entendidos críticos de la dramaturgia, se apodera de los asientos más cerca del escenario, cubriéndolos con todo tipo de chaquetas, bolsos, etc, para que se puedan colocar los que aún están por venir. 10 y cinco. Se abre el telón y aparece Guille vestido de pastor, diciendo sus líneas y haciendo una ofrenda a la Virgen María. Cantan todos un villancico. Algo así como Wi wishu a meri crisma an a japi niu yes. 10 y cuarto, se cierra el telón. 10 y media. Aparece la clase de Marta. Ella tiene un papel destacado en la obra. Le toca abrir la puerta a cada Rey Mago y a la Virgen María y San José. Cada una de las veces agita con energía sus brazos al abrir la puerta, diciendo: ¡Pasad! ¡Pasad! Le hacen ir a abrir la puerta, cuatro veces. A todos asombra con esas inmensas dotes dramáticas, como ya demostró el año pasado cuando hizo de Mamá Noel. 10 cincuenta. Ha caído el telón y aprovechamos para irnos de tiendas, ya que no disponemos de muchos días para terminar todas las compras. Comienza el corre-corre, si es que no lo había hecho antes, desde que subíamos los corazones. Queda mucho por comprar y pocos días para hacerlo. Las dos horas pasan deprisa entre debates, comparativas y recuento de regalos. 12 cincuenta y cinco. Hay que ir a buscar a los niños al cole, para que comen en casa. Terminan de comer, se les quita el maquillaje y se les viste de personas normales y corrientes. 14 y cuarenta y cinco. Hay que llevarlos de nuevo al cole. Los agarro por la mano y nos ponemos en marcha. 14 cincuenta y cinco. Dejo a Marta y Guille en el pasillo de sus aulas. Guille se despide con nuestra frase emblemática: ¡Que no te piquen los chinches! Marta ya le da vergüenza hacerlo. Se ha hecho mayor. No pensaba lo mismo al instaurar esta costumbre cuando tenía tres años. 15 y cuarto. Llego a casa y nos vamos, sin comer, corriendo a la guardería de Clara, a una representación de una costumbre catalana, llamada el Caga-Tió, donde se le dan palos a un tronco de madera llamado Tió, hasta que acaba cagando regalos. El regalo acaba siendo un regalo colectivo para la clase. Ilusos de nosotros, pensábamos que habría un regalo para cada niño. 16 y media, bien pasadas. Montamos a Clara en su cochecito y nos vamos a buscar a los niños, que salen del cole. 16 cincuenta y cinco. Salen muy contentos, orgullosos de sus pinitos como actores y se van a jugar al patio, donde podemos sentarnos un rato. Un rato es media hora. 17 y media, empezamos a recoger y vamos a casa de Mapi, la madre de Chloé, compañera de Guille, que les da clase de inglés a los niños. Allí somos testigos de una nueva representación artística. Una obra de teatro en inglés, llamada Santa Claus is coming to town, donde Marta tiene un papel destacado de niña pija. Eso si es versatilidad. Este pedazo de artista puede con todo. 19 y cuarenta. Arrancamos la caña. Lo que en la jerga de padres de familia numerosa, viene a querer decir: Vámonos para casa, que todavía quedan las duchas, las cenas, los cuentos, los pipís, y los vasos de agua. 21 y quince. Se hace el silencio. Los niños están ya dormidos. Sus padres, extenuados. ¡Qué duras son las Navidades! ¡Donde esté una buena guardia...!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Mis relatos


Esta noche abro el correo, cosa que hago compulsivamente miles de veces al día y me encuentro con un mensaje de protesta. Mi cuñada Marta, en representación de ese club de fans que un día decidió fundar, me recrimina que tengo, de alguna manera, abandonadas estas pobres y huérfanas páginas.
Puede ser que el ritmo de escritura haya bajado, pero de ahí a que haya arrojado la toalla, en absoluto...

El quehacer diario me impide contar cosas. Por un lado, por el cansancio cuando has llegado a casa y por otro, porque ahí fuera no aparecen historias que lleguen y que merezca la pena ser contadas.
Pero eso no significa que abandone la escritura. En mi mente, a medio escribir tengo varios relatos.
Hace unas semanas, en el otro blog, el de música, esbocé la sinopsis de una historia de ciencia ficción que tengo en mente desde hace mucho tiempo: Suburbia. De hecho, tan sólo tengo que escribirla. A su protagonista, CP450, desgraciado habitante de un mundo feliz ideal, le aguardan unas situaciones que han de esperar a que pasen de mi mente al brazo y de ahí al papel. Tan sólo es cuestión de tiempo.

Otro cuento que tengo en una etapa mental embrionaria, es el tercer episodio de un relato de novela negra, de un detective llamado Joe Marioweather, de asombroso parecido con mi amigo Mario. La redacción del episodio anterior me mantuvo entretenido durante todo el verano, metiéndolo en situaciones difíciles, acosado por sus temibles enemigos, el despiadado y cruel Rorfri y el maquiavélico alcalde Mol de Haatum. Las aventuras de Joe Marioweather me hicieron secuestrar tiempo a mi familia, que probablemente acabaron hartos de verme sentado a todas horas, riendo delante del ordenador. A quien esté interesado, le envío la primera o segunda entrega, tan sólo a cambio de que una vez leídas, se comprometa a hacerme llegar algún comentario, ideas o impresiones.

Y para que mi cuñada Marta no siga creyendo que mi creatividad está apagada, hoy mismo he terminado un relatillo muy corto.
Recogiendo el guante de un programa de RNE que escuché el otro día camino de casa, tras salir de una guardia, me sentí tentado por la idea de escribir un microrrelato de 150 palabras. Aparte de esta extensión máxima, otra condición exigida es que hablase de un balón. Pero un balón que no fuese para jugar a ningún deporte.
Éste es el resultado:


El Balón azul

El padre pisó los pedales y movió la dirección. El vehículo se desplazó, virando vertiginosamente. Atrás, atado en su asiento, se encontraba un niño pecoso, de unos cinco años. El giro dejó al alcance de la vista del hijo, un paisaje estrellado, que tanto le gustaba apreciar a través de su ventana.
La oscuridad fue interrumpida por la aparición de una figura esférica, inmóvil, flotando como un globo, que atrajo de inmediato la atención del niño, deslumbrado por su belleza.
- Papá: ¿me dejarás salir afuera a jugar con ese balón azul? - preguntó el niño excitado.
El padre miró al exterior y comprendió enseguida.
- No puede ser, hijo mío – dijo el hombre con voz temblorosa y emocionada - Esa bola no es ningún balón. Es nuestro hogar, nuestra querida Tierra. Te prometo que algún día, cuando sea habitable de nuevo, volveremos y podrás jugar en ese precioso balón azul.



lunes, 21 de noviembre de 2011

La carrera


Las primeras elecciones que recuerdo son las municipales de 1979, donde mi padre se presentó por un partido independiente. No fue elegido concejal, pero lo que todos recordamos de aquella primera y última incursión familiar en la Política, fue cuando mi hermana llegó a casa llorando porque había había visto un cartel de mi padre, cerca del mercado, en el que le habían pintado con rotulador unos bigotes.

Debió ser entonces cuando empezó una pasión mía por las elecciones. Desde siempre me han gustado las campañas electorales, con esos mítines chuscos con promesas imposibles y frases de cara a la galería, los apasionantes debates que acaban siendo aburridos y donde no se saca a la palestra lo que todo el mundo espera que digan los candidatos, pero sobre todo lo que siempre me ha atraído es el día de las elecciones. Tiene una seducción sobre mi persona de la misma manera que lo hace el festival de Eurovisión. Si no fuera porque me avergüenzo de esta pasión inconfesable, me destaparía, saldría del armario festivalero y libreta en mano votaría cada una de las canciones que desfilaran delante de mi televisión de pantalla plana. Lo único que me retrae de hacerlo es mi sentimiento chauvinista y patriótico, que se sonroja ante la pésima calidad de las canciones que defienden nuestro sentir patrio cada año. Porque desde aquella inigualable Lady Lady de 1984, ninguna canción española ha conseguido volver a despertar mi aletargado interés festivalero.

Así que a falta de Eurovisión, el recuento con el que disfruto es el que me ofrecen las elecciones democráticas. Y no me puedo quejar, porque tenemos autonómicas, europeas, municipales y la gran estrella de las estrellas, las generales.

Robando tiempo al sueño, analizo el resultado de estas últimas consultas generales y tan abrumador resultado y la evolución de la política nacional estos últimos años, sin querer me transportan a cuando yo tenía cinco o seis años y las elecciones democráticas estaban aún por llegar.

No sé por qué, pero en el colegio había una fiesta con muchos juegos infantiles. Digo que no sé el motivo, porque aquel festejo no se volvió a repetir en más ocasiones.
La carrera electoral que han tenido los candidatos, me recordaron a mí, cuando en aquel festival escolar, participé en una carrera de sacos.
No era yo precisamente un niño atlético, pero tampoco era torpe. Podríamos decir que era más bien de la media. Casi sin darme cuenta, me agarró mi profesora, me metió dentro de un saco de arpillera y me situó en línea con otros nueve niños, al fondo de una pista de baloncesto. Tras un pistoletazo, salimos los diez niños, corriendo a base de saltos, agarrando con fuerza el saco. Era la primera vez que participaba en una carrera de este tipo y la verdad es que no he vuelto a repetir nunca más.
Tuve una buena salida y entre salto y salto, me situé en un aceptable tercer lugar. Cuando estaba llegando al centro del campo, vi cómo me iba aproximando al segundo, que por mirarme se tropezó y cayó al suelo.
Yo continuaba avanzando a paso no muy rápido, pero constante. Ahora me había situado en segundo lugar. A lo lejos veía al primero, que saltaba a gran velocidad y al que no soñaba con poder alcanzar, por lo que me conformaba con un más que meritorio subcampeonato.
Para mi sorpresa, el líder de la carrera a unos metros de alcanzar la meta dio con sus huesos en el suelo. Yo mantenía mi velocidad uniforme y casi sin esfuerzo, debido a la torpeza o a la excesiva ambición de mis rivales, crucé la meta en primer lugar.

Como premio por aquella proeza, me regalaron una bolsa de plástico negra, que tenía globos, una caja con sorpresas, con caramelos, chicles, una piruleta de colores, unos soldados verdes de plástico con una peana que les agarraba los pies y unos boliches (o canicas) preciosos.

Esta noche, sin querer, viendo la gesta del ganador de esta carrera electoral, me acordé de aquel niño que se alzó con la victoria en su primera carrera de sacos. Pero visto lo visto, me da la impresión que mis pequeños soldados verdes y mis boliches, fueron mucho mejor premio que lo que le van a dar al ganador de esta otra carrera.


viernes, 18 de noviembre de 2011

Uno entre diez mil


En mi vida he hecho amigos, pero también me los han prestado. Estos amigos prestados, son los amigos de tus amigos, o los amigos de tu pareja. Así, casi prestada, conocí a Alicia, la amiga de Lou.
En aquel tiempo, Alicia no pasaba por un buen momento. Intentaba zafarse del recuerdo de una relación que duró más en su cabeza que fuera de ella. Para Alicia había sido muy importante, muy intenso, como cada unos de los rincones de su vida. Para él sólo había sido una más. Como todas las cosas que en un momento hacen daño, siempre llega un día que dejan de tener ese valor que le habías dado y una mañana te levantas, te tocas por todas partes y el dolor se ha volatilizado. Alicia no lo sabía entonces, lo veía muy lejano, pero todo sería cuestión de esperar que desapareciese.

Lou quiso que conociese a Alicia y quedamos un atardecer en un lugar precioso. Un bar de copas en las faldas del Tibidabo, donde se podía apreciar la belleza de las luces de Barcelona. Todavía no me había ido a vivir a esta ciudad, pero fiel a ella misma, me describió Barcelona con la misma pasión con la que vivía su vida. Me hizo comprender que no me había equivocado al tomar la decisión de trasladarme.
- Mel, tienes mucha suerte - me dijo - Tienes a Lou y vienes a vivir a una ciudad preciosa. Seguro que serás muy feliz.

Por aquel entonces, Alicia estaba haciendo un curso en la India. Pensaba que esa temporada fuera de su rutina le trería la paz interior que tanto ansiaba.
Y tenía razón.
Alicia volvió a vivir a Barcelona. Pero no volvió sola. 
No tardó en presentarnos a Antonio. De Barcelona como ella, se encontraron en la India y se enamoraron. Alicia era feliz. Antonio le hacía sentirse bien, le mimaba, le quería, le comprendía. Alicia se sentía especial. Por fin alguien había querido conocerla de verdad y amarla como se merecía. Antonio era único, era uno entre diez mil.
Todos los que conocieron a Alicia y Antonio, podían ver que estaban hechos el uno para el otro. Por eso a nadie sorprendió que se casaran enseguida y que pronto tuviesen a Pepe, su primer hijo.
Alicia y Antonio eran sin saberlo almas gemelas. Ambos llevaban en sus genes una mortal enfermedad dormida. Una enfermedad que necesitaba de ambos, para aparecer en su hijo. Eso que la Medicina llama enfermedad autosómica recesiva.

Y ese invitado inesperado, se presentó en casa de Alicia, Antonio y Pepe. Y un buen día, no es cierto, un mal día, la enfermedad dormida despertó y los médicos les dieron la peor noticia que se puede transmitir a unos padres.

Pepe ya no está en casa de Alicia y Antonio. Se marchó tan deprisa como decían los médicos. Con mucha paz y sin hacer ruido, casi de puntillas, sin molestar. Y aunque su paso por la vida fue muy fugaz, me dicen todos los que lo conocieron, que se enamoraron de él.

No puede haber nada más triste que perder a tu hijo, ni nada más duro que te quiten todo tipo de esperanzas, pero cada día Alicia saca lo mejor de sí misma y sonríe e intenta aferrarse a todo lo que tiene alrededor.
Antonio y Alicia lloran, pero ríen y se quieren como nunca. Pero siempre que estamos los demás, Alicia bromea, pone la mejor de sus sonrisas y nos transmite bondad, paz y alegría. Parece que nos consuela a todos y esto hace que nos sintamos orgullosos de ser amigos suyos. 
Tengo que darle la razón a Alicia. He sido muy feliz por vivir en Barcelona, porque es una ciudad preciosa y porque aquí he conocido gente maravillosa como ella.

Muchos miran al cielo jugando a ver el parecido de las nubes; hay quien dirige su mirada arriba, por si llega la ansiada lluvia que riegue sus campos. En cambio Alicia lo hace y no lo dejará de hacer nunca, para buscar su estrella perdida.
Los médicos dicen que Alicia y Antonio son portadores de una terrible enfermedad, que son uno entre diez mil.
Yo que también soy médico, pero además los conozco y los quiero, contradigo  a mis colegas y afirmo que eso no es cierto. Pensaba decir que esa cifra es incorrecta, que son uno entre un millón, pero probablemente no sea justo, porque como Alicia, Antonio y Pepe, no hay nadie en este mundo.


jueves, 3 de noviembre de 2011

En órbita


Siempre he soñado con ser astronauta. Bueno, en realidad no es así. Lo correcto sería decir que siempre he querido ser astronauta. Soñar, lo que se dice soñar, no lo he hecho hasta anoche.

No sé qué me pasa de un tiempo a esta parte, que soy capaz de recordar perfectamente lo que sueño. A veces son historias divertidas, como cuando era guardia urbano y paré a un conductor que iba como loco por las calles de La Laguna, de noche y con unas gafas de sol y resultó que era ciego, o en ocasiones terroríficas, como cuando fui testigo de cómo una de mis cuñadas se lanzaba por una ventana harta de aguantar bromas de sus hermanas. Afortunadamente, nunca han sido sueños premonitorios. Eso sí, me suelen mantener entretenido todas las horas que estoy dormido. Por eso, cuando me despierto, deseo poder contarlos. Pero no sé por qué, pero me da la sensación de que cuando lo intento, salen huyendo de mi presencia, cuando en vez de "Érase una vez..." me oyen decir: "¿Te cuento lo que soñé anoche?"

Lo bueno de escribir un blog es que nunca sabes si lo llega a leer alguien y sobre todo, en qué línea decide arrojar la toalla y cerrar la página. Así que como soy ajeno al interés o ignorancia que produce este lugar, pensaré que esta vez, cuando explico lo que soñé anoche, le interesará a alguno.

Anoche soñé que era astronauta. Estaba embarcado en la estación espacial internacional, la ISS. Allí no se está de vacaciones. Ya lo tenía claro, que la mayor parte del día lo emplearía en hacer experimentos y anotar resultados. Mi sueño no me dejó resquicio para ser piloto, así que supongo que como losa que tengo encima de mi cabeza y que me persigue, ni siquiera cuando estoy en los brazos de Morfeo, dejo de ser médico.
Había un astronauta, cuyo nombre no recuerdo, que decía que cuando estaba en órbita no hacía más que mirar por la escotilla (cuando podía), añorando volver a la Tierra. Cuando estaba en casa, ansiaba poder volver a estar flotando en el espacio.

Como contaba, me encontraba en órbita y ahora que por fin disponía de un rato de descanso, como hacen todos los astronautas que por fin han llegado cumplido su sueño de niños al llegar al espacio y experimentar la ingravidez, nada mejor que irme a la escotilla y ver cómo damos vueltas alrededor de nuestro maravilloso planeta azul. Han sido pocos los afortunados que han tenido el privilegio de ir al espacio y la vista desde allí es magnífica.
En casa tengo un libro de fotografías hechas desde el espacio, que refleja sin duda la magnificencia del maravilloso espectáculo que pueden disfrutar unos pocos afortunados. Y recordar ese libro, seguro que fue lo que me llevó a intentar hacer mis propias fotos.
Giré hacia un lado para coger mi cámara y de pronto recordé que cuando salía de casa, camino de la plataforma de lanzamiento, me di cuenta que me había dejado mi equipo fotográfico detrás.
Intenté volver a por ella, ya que sólo tenía que abrir el portal de casa y subir a por la bolsa donde tenía mi cámara con sus objetivos, pero Lou me cogió del brazo y casi arrastrándome hasta la plataforma de lanzamiento, me dijo:

- Es igual, Mel, déjalo, que vas a llegar a tarde y el cohete no va a esperar por ti. No te preocupes, ya la llevarás la próxima vez.
- ¿¿¿La próxima vez??? - pensaba ahora ante aquel espectáculo que no podía fotografiar - ¡¡A lo mejor no hay próxima vez!!

Y el inconsciente, que es muy sabio, para evitar un conflicto matrimonial de dimensiones astronómicas, decidió que debía despertarme y dar por concluido aquel sueño inconcluso.

Así que fiel lector, si no has abandonado antes la lectura, que de mi frustración saques una enseñanza, como las que ofrecían las fábulas de animales que nos contaban en nuestra infancia: Si algún día tienes la suerte de convertirte en astronauta, considérate un privilegiado por poder disfrutar de un espectáculo único. Por Dios, no te dejes en casa la cámara de fotos y acuérdate de mí. Aprende de mis fracasos y haz todas las fotos que para una vez que fui astronauta, yo no pude hacer.





viernes, 14 de octubre de 2011

Te quiero


¿Cuándo fue la última vez que le dijiste Te quiero, a alguien a quien querías?

Víctor tenía un trabajo miserable, en un turno asqueroso, ése que no quiere nadie, el de noche, pero que dado los tiempos que corren, se ha convertido casi en un lujo. Él lo sabía muy bien. Su mujer, Ana, hace unos meses que ha tenido que cerrar una pequeña empresa familiar, de la que queda únicamente el local, que no consiguen traspasar y muchos acreedores.
A pesar de tener 48 años, Víctor aparenta muchos más. La salud le ha maltratado. O mejor dicho, ha sido él, o la vida, o ambas cosas, las que han perjudicado su salud.
De complexión muy fuerte en apariencia, por dentro no lo está tanto. Hace cinco años que sufrió un infarto y desde hace un tiempo, con los esfuerzos, va notando algunas molestias, pero las cosas en el trabajo no están como para cogerse una baja.
Los médicos le dijeron que lo del infarto había sido un aviso y él les hizo caso. Al menos durante un tiempo. El estrés y esta enfermedad de moda, llamada crisis, han hecho el resto.
Desde hace semanas, Víctor ha vuelto a fumar. Ana y su hija Alicia, de 17 años se lo reprochan constantemente, pero a pesar de saber que se mata por dentro, y que si un día falta, Ana, Alicia y sus otros dos niños, Carlos y Daniel, los gemelos de diez años, se quedarán sin nada, el aspirar el humo del tabaco le mantiene aislado de la realidad y le da un placer efímero. Durante ese breve instante que dura la combustión de un cigarrillo, no piensa en nada. Luego viene otro, y otro, y otro...

En el trabajo las cosas no van bien. Pero, ¿dónde van bien? Últimamente cada vez que llega a casa cada mañana, respira aliviado:
- Hoy no me han despedido - le dice a Ana - como si esto fuese un alivio, pues al día siguiente volverá al trabajo con el temor de que probablemente sea el último.

Hoy ha llegado como cada día, se ha duchado, se ha cambiado, e iba a acostarse a descansar. Pero el corazón le ha sorprendido y esta vez no le ha avisado como venía haciendo en tantas otras ocasiones.
De nada han servido las compresiones, las insuflaciones de oxígeno con el balón resucitador, ni las nueve ampollas de adrenalina, ni las súplicas de Ana, que no se despegaba de su mano y le pedía entre lágrimas que no se marchase.
Yo la miraba mientras apretaba el balón y pensaba:
- No te esfuerces, Ana, ya se ha ido...

Una vez, en una de mis primeras paradas cardiacas que no sacamos adelante, Pepe, un amigo y antiguo compañero enfermero, me dijo algo que no he olvidado desde entonces:
- Por eso nunca quise ser médico. Yo te acompaño, pero eres tú a quien le toca ir afuera y hablar con la familia.

Pero en esta ocasión, en mitad del comedor, no tenía que salir a ninguna parte. Ana estaba a mi lado y oyó cuando decidí que continuar con aquellas maniobras era inútil. Nada que hiciésemos ya, iba a poder ayudar a Víctor.

Ana se levantó y se fue corriendo a la cocina a abrazar a su hija, mientras, con sumo cuidado recogíamos a Víctor y lo colocábamos en su cama.
Ana llegó enseguida y me dijo entre lágrimas:
- Esta crisis lo ha matado... Ha vuelto a fumar, a no cuidarse... y yo se lo decía, pero no podía con los nervios de pensar que cualquier día de éstos, lo despedirían... 

Ana nos miró a la enfermera y a mí, mientras decía:
- No saben lo duro que es todo esto. Casi no poder dar de comer a tus hijos y no poder hacer nada... Ahora ¿qué? ¿qué va a ser de nosotros?

- No te preocupes. Alguien habrá quien os pueda ayudar, la familia, los servicios sociales del barrio... Ya verás cómo las cosas se irán arreglando...

- Sí, algo encontraremos... - dijo en tono triste, como para darse consuelo ella misma. Ana miró de nuevo a Víctor y volviendo la mirada hacia mí, continuó diciéndome:

- ¿Saben una cosa? Nos conocemos desde que yo tengo trece años. Siempre hemos estado juntos y desde aquel día, no ha habido ni un solo día que no hayamos discutido. ¡Ni un solo día! Pero nos hemos querido mucho... siempre nos hemos dormido cogidos de la mano - y recordé su gesto mientras intentábamos reanimarlo y ella le pedía que no se marchase - Pero a pesar de nuestras discusiones, cada día, al marcharse a trabajar, al volver a casa, o al irnos a la cama, nunca dejó de decirme: Ana, te quiero.

martes, 4 de octubre de 2011

Historias de hospital (Parte 2)


El trabajo en la calle, en la ambulancia o en el helicóptero, te alejan del hospital y de sus historias. Pero a veces, si tenemos suerte, cuando pasamos por allí, si mantenemos los ojos y los oídos abiertos, podemos ser testigos de las historias más interesantes que puede haber: Las historias humanas de los hospitales.

AMC

Para todos aquellos profanos a quienes llegue a sus manos un informe de hospital y se encuentren con misteriosos acrónimos, quiero desvelarles algo. Sé que me gano el descrédito de mis colegas, porque ahora que ya no se escribe a mano, era nuestro último reducto para que la jerga médica fuese ilegible. Que sepan todos que PAC es paciente, un EKG no es un encaje, es un electrocardiograma, AM no es la hora, significa antecedentes médicos. FX, DX y RX no son modelos de citröen, quieren decir fractura, diagnóstico y radiografía. 
Hay muchos más, ya los contaré otro día, pero no quiero dejar de revelar otro más. Desde un tiempo a esta parte, se da gran importancia a tener o no tener AMC, que aquí descubro, como el mago que explica su truco,  que se trata de Alergias Médicas Conocidas.
Preguntar por las alergias de nuestros pacientes, se ha convertido en parada obligada cuando haces una historia clínica, como me pasó con Doña Rosa:

- Dígame, Rosa, ¿es usted alérgica a algún medicamento? - pregunto de forma rutinaria.
Doña Rosa, de L'Hospitalet de toda la vida, me contesta:
- A veces soy alérgica a la penecilina.
-  ¿¿A veces?? - pregunto, levantando mi ceja izquierda - ¿Cómo que es alérgica a veces?
- Pues que cuando me la ponen, me pongo mala, si no, no...

Y en la diminuta casilla del informe donde hay que poner las AMC, escribo obediente: Penicilina, a veces...


Luces, cámara y acción

Como cada tarde, Albert sacó a pasear a su perro Rififí por el paseo junto al mar, en un pequeño pueblo de la Costa Brava gerundense. A un hombre como él, soltero, de 45 años, que todavía vive con su madre, la costumbre y el orden se habían convertido en sus compañeras habituales. Para alguien como Albert, la improvisación y las sorpresas, estaban proscritas en su forma de vida.

Aquella tarde, mientras caminaba con su perrillo insulso, se notó un dolor agudo en el pecho, como un peso. Como ya estaba cerca de casa, dejó a Rififí. Al salir de casa, el dolor había desaparecido por completo, pero para estar más tranquilo, decidió acercarse al ambulatorio, que en Cataluña llaman CAP (centro de atención primaria). En casa no estaba su madre, que probablemente se encontraría en el centro social de Convergència i Unió, jugando al bingo o a lo mejor, incluso al bridge. No importa, en seguida estaría de vuelta.

Albert explica este dolor al médico del CAP, que alarmado, le acuesta rápidamente en la camilla y le hace un EKG (que ya expliqué lo que significa).
El resultado del electro no es concluyente - parece que hay como una elevación - le dice el médico, no muy convencido. Con el pergamino agarrado por ambas manos, y dándole vueltas al papel milimetrado, el médico se marchó con cara preocupada al despacho contiguo.
Al cabo de un momento apareció más relajado y mientras volvía a explicarle el electro, irrumpen en la consulta tres personas vestidas de amarillo fluorescente. El médico del CAP respira más tranquilo. Acaba de llegar la ambulancia medicalizada.

El alivio del médico del CAP, se traduce en un hipotético testigo que ahora le toca recoger al médico de la ambulancia. Tras escuchar las indicaciones de su colega del CAP, vuelve a mirar el pergamino con cara circunspecta.

- No lo tengo claro, pero por si acaso, activamos el código IAM - dice muy serio el médico de la ambulancia. El médico del CAP, está de acuerdo. Su cara parece decir: Mejor pasarse, que quedarse cortos.

A todas éstas, la enfermera le pregunta a Albert si tiene dolor. Él, testigo de excepción de lo que va sucediendo, niega con la cabeza y titubeando, contesta:
- No, no, no me duele nada. Cuando vine al CAP ya no me dolía...

La maquinaria del código IAM es imparable. Sin decirle una palabra, Albert es trasladado a la camilla de la ambulancia y de ahí, a ritmo de sirenas que chillan por Platja d'Aro "A mí no, a mí no...", se dirigen velozmente a un prado cercano.
Cuando se abren las puertas de la ambulancia, a los pies de Albert, él se incorpora y ve un helicóptero amarillo con otro equipo médico esperándolos.

- Oiga - dice Albert - tengo que avisar a mi madre, que no sabe nada...
- ¡No se levante! - le espeta el médico de la ambulancia - ya la llamará después, no se preocupe. Ahora es importante que no se mueva.

Y tras esta breve conversación, casi sin darse cuenta, lo han cambiado a la camilla del helicóptero. La nueva enfermera le explica que le van a poner unos cascos para el ruido y que no va a poder hablar con nadie, pero que levante la mano si durante el trayecto le vuelve el dolor.
- Pero si no me duele nada - replica Albert.
- Mejor - le contesta la enfermera y diciendo esto, le coloca los auriculares.
Con el rabillo del ojo ve al médico del helicóptero estudiar minuciosamente el electro y sacudir la cabeza de un lado a otro.

En seguida se pone en marcha la aeronave y efectivamente, tal y como le habían dicho, el ruido no le permite a Albert poder comunicarse con nadie.
No pasa más de media hora, que llegan a su destino, Barcelona y se repite la operación, pero esta vez a la inversa.
Allí, a pie de helicóptero, una nueva ambulancia con otro equipo sanitario.
Albert no tiene dificultad en escuchar la conversación entre el médico del helicóptero y el de la ambulancia, que va a acercarlo al hospital:

- ...y éste es el electro. Yo no veo nada, a mí no me parece que sea un infarto. Pero ante la duda...
- Yo tampoco veo nada - dice el médico de la ambulancia - pero bueno, ellos sabrán. Vamos, que nos esperan en hemodinamia. Ya dirán los cardiólogos de Bellvitge, que para eso son los sabios...

Una vez dentro de la ambulancia, el médico y la enfermera le vuelven a hacer las mismas preguntas. Él insiste en intentar llamar a su madre, que ya debe estar preocupada. Ellos le dan la misma respuesta: Ya lo harás más tarde.
Durante el corto trayecto le explican que van a ir a hemodinamia, donde le harán un cateterismo, para descartar alguna lesión coronaria. Le pincharán o en el brazo o en la ingle y le introducirán un cable hasta el corazón, para desatascarle las coronarias.
Albert apenas puede reaccionar y se le ponen los pelos de punta, sólo con pensarlo. Ya están dentro del hospital y mientras piensa lo que le acaban de decir, va viendo cómo las luces del pasillo se van desplazando a gran velocidad sobre él.
Por fin, se detiene la camilla. Acaban de llegar a una especie de quirófano.
Dos enfermeras vestidas de verde empiezan a desvestirlo, retirándole los pantalones.
Aparece el cardiólogo vestido de igual color, que le saluda y le pregunta si tiene dolor.
- No, no, doctor, de verdad que no me duele. Yo estaba tan tranquilo en Platja d'Aro paseando a mi perro y antes de que me diese cuenta, aquí estoy, en un quirófano, en Barcelona...
- Vamos a pincharle y a mirarle las coronarias por dentro - le explica el galeno, mientras observa con cara dubitativa el electrocardiograma.
- ¿Puedo llamar a mi madre? - insiste Albert.
- Después la llamará, no se preocupe.
Albert miró hacia abajo y vio cómo le retiraban los calzoncillos.

- Esto no me puede estar pasando a mí - balbuceaba Albert y agarrando firmemente el brazo del cardiólogo, le dijo: Dígame la verdad, doctor. Esto es una película ¿verdad? - mientras, la enfermera le cogía el pene, se lo retiraba hacia un lado y empezaba a afeitarle los genitales.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Historias de hospital (Parte 1)















Yo no trabajo en el hospital, aunque eso no quiere decir que me sea un medio extraño. Nos llaman Medicina extrahospitalaria, lo que viene a querer decir, que nuestra principal actividad está fuera de ellos, aunque esto no impide que los frecuentemos, tanto cuando dejamos nuestros pacientes allí, como cuando han de ser traslados a otro centro más adecuado.
Lo que sucede dentro de los hospitales, las historias que ocurren en ellos, nos las perdemos y soy testigo de pequeños relatos, de pequeños retazos de realidad, que capto casi de casualidad y de los que me impregno rápidamente, como las tiras pegajosas que cuelgan para atrapar moscas.

Soy consciente de que sólo oigo y vivo una pequeña parte, que las enfermeras, médicos y auxiliares de los hospitales, podrían contar cosas más interesantes que las mías, porque yo soy como esos arqueólogos que con el hallazgo de unos restos de un poblado, explican los usos y costumbres de sus moradores, o los palenteólogos, que con una sola vértebra de dinosaurio, reconstruyen un esqueleto entero. Aquí presento unas historias, tal y como las viví o como me imagino que sucedieron.

Cambio de destino

Don Manuel tiene cerca de 90 años. Las arrugas de su cara muestran sin pudor a todos, que su vida, sin ser fácil, se ha caracterizado por un trabajo duro, a la intemperie, con el sol atizando su rostro continuamente.
Su acento le delata. A pesar de llevar viviendo tantos años en Cornellá, no puede ocultar sus orígenes andaluces. Forma parte de aquellas huestes de jóvenes, que buscando trabajo y sustento, abandonaron los campos del sur, se embarcaron en aquel tren lento y oxidado, al que llamaban  El Sevillano y se establecieron en Cataluña. La construcción, el campo, la industria téxtil, o incluso los más afortunados, encontraron trabajo la cadena de montaje de la Seat, fabricando un icono de la España de entonces: el 600.

No sé qué condujo a Don Manuel a estar esa mañana en el pasillo de urgencias de aquel hospital comarcal. No sé si tenía algún tipo de enfermedad profesional, debido a la exposición durante largos años a materiales dañinos, como amianto, sílice, plomo, o que el motivo de encontrarse allí era por los achaques de la edad.

Para una persona de su edad, estar en una camilla, medio desnudo, en medio de un pasillo donde va pasando gente, camilleros, ambulancieros y familiares, debe ser una falta de intimidad que no debió resultarle nada reconfortante.

Don Manuel no estaba solo. Le acompañaba Doña María, su esposa. Su pareja de toda la vida. Se conocieron muy jóvenes en el pueblo y toda la aventura de la vida la han vivido juntos, los buenos y los no tan buenos momentos. La salud y la enfermedad, lo malo y lo bueno.
Don Manuel está hecho de aquella manera que les hace a los hombres de otros tiempos, no quejarse de nada, ni del dolor ni de las adversidades. Por eso en tono muy bajo, que sólo pudo oir un médico de ambulancia que pasó a su lado, llamó a Doña María para pedirle algo.
En el breve instante que hay entre su primera palabra y el fin de su frase, mi mente pensó en lo que querría decir a su mujer. Estando como se encontraba, en un pasillo de un hospital que llamamos de nivel dos, no me costó imaginar cuál sería su deseo.

- María, llévame a Bellvitge. Allí están los especialistas, porque aquí no me harán nada.
Y pisando mis pensamientos, mientras iba frenando la velocidad de mis pasos, para no perderme nada, la realidad de sus palabras, me descubría su preocupación de verdad:

- María, de aquí me llevas al crematorio. ¿Me oíste?
Doña María, vestida íntegramente de negro, habiendo visto marchar a tanta gente en su vida, cogió a su marido y como quien reprende a un hijo por una travesura, le dijo en tono airado:
- Manuel, cállate, mira que llegas a decir tonterías...

jueves, 22 de septiembre de 2011

El primer día de clase















Ya se ha acabado el verano, las piscinas, la playa, el pescaíto frito, el tinto de verano y las cenas en la terraza, acompañados por la brisa fresca que provenía del estrecho. Ya estamos de vuelta a casa y todos volvemos a nuestro sitio, a la normalidad y cotidianeidad de siempre. Bueno, todos no. Para algunos es época de cambios.

Los niños se van haciendo mayores y eso nos recuerda que nosotros también. Mi hijo Guille ya tiene 3 años. Para él este es un curso muy importante. Está feliz de poder ir al colegio por primera vez. Esto le hace sentirse mayor.
Esta semana pasada le pusimos su mochila nueva, de color rojo, idéntica a la de su hermana Marta, pero con un dibujo de un coche que le hizo su madre. Y así, muy contento, salimos de casa y comenzó su nueva andadura.

Guille sonreía todo el rato que caminamos hacia el colegio. Lo disimulaba, pero seguro que estaba un poco nervioso. Agarrado a la manita de Marta, iba escuchando atentamente sus sabios consejos de veterana, en esto de ser alumna. Y mientras yo atendía a sus explicaciones, no podía evitar recordar cuando tenía la misma edad que ellos y fui al cole por primera vez. No recuerdo si lloré, si tuve la sensación de abandono o si me enfadé con mis padres. No debió ser así, porque no les retiré el saludo ni se los he tenido en cuenta desde entonces. Debe ser que para evitar estas desavenencias familiares o lo que es peor, traumas infantiles que quedan de por vida, ahora el sistema educativo, para las guarderías, ha ideado una solución que denominan, para vergüenza de Darwin, adaptación. Clara, que este curso estrena experiencia en un jardín de infancia, se ha visto beneficiada de estos adelantos tan necesarios. En líneas generales, la adaptación consiste en ir abandonado a tus hijos de forma gradual, poco a poco. El primer día te quedas en la clase con él, el segundo te vas un rato y vuelves, el tercero un rato más largo y así, hasta que te conviertes en esa persona malvada y sin escrúpulos, que abandonas a tus hijos y encima disfrutas porque han vuelto los colegios.

Al contrario de que lo que le sucede a Guille con Marta, yo no tenía un hermano mayor que me fuese abriendo el camino. De hecho, cuando tenía cinco años y era mayor como Marta, me tocó entrar al colegio con mi hermana María y acompañarla a clase. No sé si ella todavía se acuerda. Tal vez no, pero todavía conservo la imagen de aquellas escaleras, de dejarla en la puerta de su aula, que estaba en la azotea del Colegio de la Virgen Niña. Recuerdo un tejado ondulado de color verde que daba mucha luz y las lágrimas de María, que no me soltaba la mano y me suplicaba que me quedase a jugar en su clase con ella, que hablase con su señorita y que no me fuese.

Bien mirado, si pienso en la época escolar, creo que Guille ha tenido mucha suerte. A mí me tocó vivir momentos trágicos cada mañana, como fue el que me peinasen con un cepillo de puntas que me rayaba el cuero cabelludo (o eso a mí me parecía).
Previamente al paso del cepillo, me habían mojado toda la cabeza, báñándome en una colonia que compraban a granel, llamada César Imperator, que irritaba por donde iban pasando las púas.  
Tal y como le sucedió al imperio romano, César Imperator desapareció. O eso creo, ya que no he tenido la fortuna de ver esta colonia por ningún sitio y que además, tenía la inoportuna habilidad de escaparse una gota de dentro del cabello, que bajar rápidamente por la frente y acabar siempre, encontrándose con alguno de mis ojos.

Guille además tiene la tremenda suerte de vivir en un momento en el que los niños van con el cabello muy corto y no como yo, que a su edad lucía un corte de pelo tipo Cuéntame, también conocido como escupidera.
Todo esto no sería nada, si no fuese por un remolino rebelde que tenía por delante, que debía poner de los nervios a mi madre, que luchaba cada mañana contra él. Al final, lejos de claudicar y viendo que litros de César Imperator no lograban reducirlo, dio con una magnífica solución. Una pinza para el pelo que fijase el remolino durante todo el desayuno, le haría batirse en retirada, fijarse atrás y hacerle comprender quién era la que mandaba.
Lástima que las prisas de la mañana hiciesen que más de una vez llegase aquel pobre niño al colegio, con una pinza de pelo de mujer sobre la ceja izquierda y lo que es peor, sin una explicación convincente que mitigase aquel bochorno y las risas de sus compañeros.

Para Guille es el principio de toda una era de descubrimientos y no sólo dentro de las aulas. En menos de nada empezará a leer todo lo que vea escrito por la calle y se acentuará aún más la época de las preguntas y los porqués de todo. A lo mejor un día de éstos me siento y le explico temas de actualidad. Uno de ellos, aprovechando el comienzo de su vida escolar, bien podría ser el significado de palabras como liendres, o de cómo huele, como se pone y para qué sirve, unas cosas que se llamaban Filvit o ZZ.

martes, 16 de agosto de 2011

La plaga


Lou tiene una prima que se llama Clara, y una sobrina y una hija.
Clara, digamos, la grande, el otro día se quedó con su hija Maca, unos días con nosotros, aquí, en Málaga. Nos contó una historia absolutamente estremecedora del tiempo que estuvo viviendo en Washington D.C. Como esos cuentos que se relatan de viva voz, en las cálidas noches de verano, de boca de Clara la grande, oí hablar por vez primera de las cicadas.

Las cicadas son una especie de cucarachas, que aparecen en forma de plaga, cubriendo árboles enteros, volando por todos lados, y haciendo un zumbido ensordecedor durante dos meses.
Lo asombroso de estos seres de aspecto desagradable, con ojos rojos saltones, es que aparecen de forma periódica, puntualmente, cada 17 años, sin faltar nunca a su cita.
Para muchos americanos de la costa este, que es donde aparecen, es un acontecimiento casi mágico, que contemplan con auténtica devoción, como un milagro de la naturaleza. Para otros, incluso se convierte en un manjar, un delicatessen que según cuentan los que han degustado esta especie de cucarachas, tienen el sabor de espárragos enlatados. Así que sin poder evitarlo, la próxima vez que abra una lata de espárragos, me acordaré de esos bichos de ojos rojos y cutícula crujiente.

A Clara, la prima de Lou, tengo que agradecerle el haber descubierto una nueva maravilla de la naturaleza que desconocía.

Aquí, en nuestro retiro estival de Estepona, también hemos sufrido una invasión. Porque aparte de la prima Clara, la sobrina Macarena, Marta, Tiri, Guille, Clara la pequeña, Clara la mediana, también se han hospedado mi padre, los suegros Paco y Tere, mi cuñada Belén María Angustias, y mi cuñado Francisco. Por no olvidar a la prima Magdalena y a sus hijos Pepe y Malena.
No está mal, dirá el atónito lector, pero los huéspedes no acaban aquí. Añadan ustedes a la cuenta a la cuñada Nazareth, conocida como Kaká, a la cuñada Marta, conocida como Tamarta, y a su joven y apuesto prometido, Daniel.

Por no hablar de las visitas esporádicas como las de tía Lourdes, tío Miguel Ángel, la prima Inma, con su hijo Jorge, la prima Mar con su marido Miguel y su hijo Miguel, otra prima llamada Moni, con su hija Mónica ,o el hijo de Clara la grande, Carlos, que me habló, entre otras cosas, de la conveniencia de una cuenta pirata, cosa de la que hablaré otro día.
Para alguien como yo, cuya aburrida vida de niño sólo estuvo acompañado por la existencia de mi hermana María, la presencia de tanta gente me resulta muy divertida  y nada agobiante, aunque pudiera parecerlo.
Ahora bien, reflexionando de nuevo sobre estos insectos, ¿acaso los seres humanos y en concreto los Gómez-Rivera no son bastante parecidos?
Bien pensado, ahora las cicadas no me parecen tan asquerosas. Ellas al menos, en vez de surgir en tropel en el verano, tienen el detalle de aparecer cada diecisiete años.

lunes, 1 de agosto de 2011

Una noche de verano


Anoche era una agradable noche de verano.
Paseábamos de vuelta a casa.
La temperatura era muy agradable .
Corría una brisa fresca, que venía del mar.
Guille estaba muy cansado, me decía que tenía sueño y lo cogí en brazos.
Apoyó su cabeza sobre mi hombro y me abrazó, sintiéndose seguro.

Y en aquel momento volvió tu recuerdo
De la última vez que nos vimos
Y hablamos y caminamos por las calles de La Portada.
Y desde entonces
No puedo evitar recordarte
Pensar en lo que hablamos
Aunque no recuerde lo que hablamos

La última vez que nos vimos.
Porque en noches de verano como ésta
Que son noches de verano como aquélla
Te recuerdo
Y me pregunto dónde estás
Y no puedo evitar echarte de menos.

viernes, 29 de julio de 2011

Producto nacional bruto













Desde que nos hemos instalado aquí, en el sur, pronto hemos adquirido nuevos hábitos que nos mantienen entretenidos cada día.
Con esta idea, cada mañana, puntualmente acudimos al vecino pueblo de Cancelada, que en realidad es un barrio de Estepona, en plena Costa del Sol. Allí, tras desayunar un café con leche caliente, acompañado de unos churros, cogemos nuestra lista de la compra y nos dirigimos hacia el Mercadona.

Hoy al visitar el supermercado, viendo el público asistente, me trasladé sin querer a otro país, muy diferente del mío. Si no fuese por los letreros, diría que estaba en un Tesco o en un Sainsbury's, homólogos del Pryca o Mercadona en las islas británicas. Mis colegas de compras, de un color rosado intenso, que daba grima verlos, hablaban ese inglés que en ningún sitio te enseñan. Algo parecido debe suceder con el andaluz más profundo o el castellano de Vic, que a buen seguro no se imparte en el Instituto Cervantes.

Siempre me ha llamado la atención de estos guiris, que cuando ellas van a comprar al súper, lo hacen vestidas con bikini y pareo, como si junto a donde se dejan los carritos hubiese una piscina, o ¿es que no les da tiempo de cambiarse? Pero bueno, ¿no van a ir a su casa a dejar la compra? Pues colocas las cositas y te pones el traje de baño, que la playa no la cierran...
Ellos, en cambio, van ataviados con esas características chancletas, acompañadas de los inseparables calcetines blancos a juego, que dan un porte tan elegante.
Tanto británico por doquier, me ha hecho confundirme y por un instante pensé que estaba en un comercio en Brighton o en Southend.
Convencido estaba, cuando lo vi aparecer entre el pasillo de los artículos de droguería y los embutidos. Se fue asomando poco a poco. Lo primero que me llamó la atención fue una verruga con forma de garbanzo, asida tan sólo por un hilo de carne, del que colgaba a esa axila desnuda que se motraba al exterior.

El individuo, embutido en una camiseta de tirantes azul, de aquéllas que con vergüenza casi no se atrevieron a ponerse los jugadores de baloncesto de los años cincuenta, dejaban los sobacos, los hombros, pecho y parte de la espalda a la intemperie. Y digo estas partes anatómicas, que no la piel, que intuyo morena, porque estaba totalmente cubierta por una densa y tupida capa de pelo, que ya no me dejaba resquicio a duda alguna: El contemplar a este espécimen español en extinción, me orientó de nuevo en tiempo y en espacio, más que el hecho de haber estado media hora antes, tomándome unos churros.

viernes, 22 de julio de 2011

Las vacaciones


Hay cosas que uno por más que quiera, no puede evitar y es que más tarde o más temprano, este día aparece. Y muy a pesar mío, lo bueno se ha acabado.
Ha llegado el momento de dejar todos esos agradables momentos. Esas guardias que siempre sabes cuándo empiezan, pero nunca sabes si acabarán cuando toca, después de 24 horas. Esas maravillosas ojeras que te quedan después de salir de allí. Por no hablar de lo reconfortante que es cuando en vez de ir a casa, coges el coche y vas a otro sitio, a continuar con tu elogiosa labor. Esas carreras para llegar a tiempo. Los favores que tienes que pedir para que te lleguen antes, o te esperen en el segundo sitio. Por no hablar de los nervios que se pasan por no poder cambiar una guardia, ya que te toca estar en dos sitios a la vez el mismo día. ¡Eso es vida!

A partir de ahora y durante todas estas semanas, echaré de menos el tener que engullir la comida deprisa, por miedo a que me levanten apresuradamente y salir corriendo con la sirena aullando sobre mi cabeza y el estómago a medio llenar, sólo con el primer plato dentro. Esto de comer reposadamente, degustando los platos, poder acompañarlos de un vinito o elegir algo que no sea el menú del día, estoy convencido que no puede ser bueno.

No sé qué va a ser de mí, ahora que puedo dormir de un tirón toda la noche, sin el temor al ir a la cama de que te levanten de improviso. Recorrer la ciudad a toda velocida en pos de algún accidente de tráfico del que no se tiene ninguna información, o ir a visitar cualquier casa destartalada de pisos pegajosos y aseo esporádico de sus inquilinos. Ahora me esperan unas noches de cenas al borde del mar, espetos de sardinas, pescadito frito, vino blanco fresco...
Es un infierno que no deseo a nadie, ni al peor de mis enemigos.

Con lo feliz que era yo con esos maravillosos pacientes que le duelen todo, que no son capaces de explicarte lo que les pasa y tú no haces más que darle vueltas a la cabeza a ver qué es lo que les sucede...
Ahora que me toca vivir este sinvivir, es cuando me doy cuenta realmente que no hay mejores instantes que los que preceden a un paciente de esos, cuya caprichosa anatomía te impiden poderlos intubar. ¡Qué increíbles son aquéllos otros que se van chocando poco a poco, a pesar de las bombas de perfusión y sueros a chorro que les dejes caer!
¡No hay derecho! ¡Hacerme esto a mí! ¡Esto es intolerable!
Estoy cargando el coche con una mala leche...
A ver qué hago yo con las raquetas de tenis, con la toalla, el bañador... Con lo bien que estoy con ese uniforme amarillo y naranja, que al cabo de un rato de un día caluroso, tienes las rodillas empapadas y la camisa se impregna de ese característico olor a sudor... ¡Dónde vamos a comparar!

Y por si fuera poco, encima, para desgracia mía, me veré obligado a ponerme en una hamaca, abrir un libro y estar leyendo sus páginas todo este verano. Sólo de pensar que a lo mejor me gusta la trama y me engancho, me entra un repelús...
En fin, justo ahora que esto no ha hecho sino empezar, lógicamente, estoy deseando que acabe y volver a mi deseada y maravillosa rutina de cada día. Estoy desangelado. No encuentro consuelo con nada. Menos mal que no hay mal que cien años dure...

domingo, 17 de julio de 2011

Primeros pasos
















Un buen día, no hace demasiado tiempo, cuando decidimos irnos a vivir juntos, apareció Lou en nuestra casa con una lámina enmarcada. En una época maravillosa que yo llamo los momentos de paredes blancas, en los que con tanta ilusión, las parejas decoran por vez primera su nuevo hogar. Todo el proceso termina con la fase conocida como el fin de los portalámparas, cuando llegan los últimos inquilinos que tanto se hacen de rogar: las lámparas.

La pared blanca de nuestro dormitorio pronto sirvió de abrigo, abrazándose para siempre, con aquella colorida reproducción de un pintor holandés, cuyo nombre por más que lo intento, no logro recordar. No sé si era Van Basten o Van Gaal. Bueno, es igual, en cualquier caso, tampoco es importante...
En una ocasión, el cuadro de verdad visitó el MNAC de Barcelona, y un soleado domingo, pudimos ver de cerca con nuestros ojos, la fuerza y energía de los brochazos de aquel genial pintor de los Países Bajos.
Aquel artista pelirrojo se inspiró en el futuro nacimiento del hijo de su hermano. Cuando lo pintó, se imaginaba el tierno momento en la que un padre abandona la pala y su trabajo en la huerta, para recibir con sus brazos a su hijo, que empieza a andar sus primeros pasos.

Ese cuadro nos ha acompañado desde entonces. Si bien cuando llegó no era la imagen fija de nada que nos hubiese sucedido a los dos todavía, no dejaba de ser una entrañable escena que ocupaba un lugar predominante en nuestra habitación.
No tardó mucho en convertirse en una realidad. Tres años más tarde apareció Marta en nuestras vidas. Casi no nos da tiempo de reproducir la pintura, porque precoz en tantas cosas, gateó bien poco y en menos de quince días desde comenzó a andar, ya correteaba a su manera por toda la casa, desordenando todos los DVDs y libros que tenía su padre, meticulosamente clasificados alfabéticamente. Cuando desistí de ordenarlos, ella se cansó de cogerlos. Y así se quedaron.
Marta ya hace tiempo que sabe montar en bicicleta y en cuanto a los libros, ya ha dado sus primeros pasos como lectora. Ha descubierto la magia de leer. Le encanta coger un libro de cuentos y descubrir palabras que se van deslizando bajo su dedo.

Luego apareció el personajillo de la casa. Aunque vivíamos en otro piso, el cuadro se mudó con nosotros y como si fuese un manual de instrucciones, fue testigo de los primeros pasos de Guille. Él sí que ha prolongado su particular forma de caminar. De bebé, lo hacía poniendo la mano sobre el hombro y se equilibraba de esa peculiar forma.
El correr es otra cosa, lo hace con los talones hacia atrás y hacia afuera, eso sí, a una velocidad vertiginosa.
El otro día fuimos a buscarlo a la guardería. Aunque no tenemos ningún cuadro que lo ilustre, aquella tarde de viernes Guille dio un paso importante. Era la última vez que iba a una guardería. A un hombretón de tres años como él, le aguardan nuevos horizontes, nuevos territorios que descubrir, un patio dispuesto a ser escenario de imaginarias aventuras y de persecuciones sin fin. Cuando vuelva de las vacaciones, estrenará una nueva etapa. El siguiente paso para Guille, será ir al colegio.

Pero como suele suceder en las familias numerosas, la ropa, los zapatos y los juguetes del mayor, lo van heredando los hermanos que vienen detrás.
La semana pasada estuve en Tenerife. Sólo fueron cuatro días, pero a la vuelta me esperaba una sorpresa: Clara ya sabía caminar.
Lo hace sonriendo, feliz de haber descubierto que el mundo, de repente, se ha hecho más pequeño. El pasillo de casa es su pasarela, pavoneándose de lado a lado, saludando como diva del pret-a-porter, diciendo: ¡Hola, hola, hola...!

Cuando llegue a casa, me ponga el pijama y me meta en la cama, nos miraremos de nuevo cara a cara, la pintura de ese holandés y yo, y con su permiso, su cuadro lo sentiré más mío, más nuestro. Y desearé que se haga de día, para volver a arrojar mi pala, dejar de nuevo a un lado la carretilla y ver orgulloso como mis hijos van dando sus primeros pasos en sus vidas.