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viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Mis Malos favoritos
















El gran Hitchcock decía que la receta para que una película saliese redonda no estaba sólamente en saber elegir a unos buenos actores o tener un buen argumento. El secreto estaba en el malo. Cuanto más malévolo y perverso era el malo, más conseguido estaba el personaje y mejor era la película. Y probablemente no andaba desencaminado. ¿Acaso alguien se imagina lo aburridas que serían las historias de Supermán si no existiese la amenaza de un intrigante Lex Luthor? En cinco minutos estarían todos los bandidos del mundo en la cárcel y sanseacabó. ¡Chin-pum! 
¿O qué habría sido del bueno de Elliot Ness sin Al Capone? Nos habría quedado un Chicago lleno de aburridos abstemios... ¿Y los vaqueros sin los indios? Las películas del Oeste parecerían un documental de National Geographic sobre el ganado vacuno en las Grandes Praderas...
En fin, los malos nos dan salsa a nuestras vidas. Aunque cuando me he encontrado malos de verdad, el superarlos me ha supuesto sufrimiento, dolor y esfuerzo, pero al contrario de lo que le pasó a Supermán con la kriptonita, a mí la exposición a estos terribles villanos me ha hecho ser cada vez más fuerte. Por eso muy a su pesar, a esos indeseables les estoy muy agradecido. Mucho más que a todos aquellos que me han llenado de piropos y halagos.
Aquí cuento las pequeñas historias de unos malos con los que tuve que compartir algún momento de mi vida y que en un acto de extrema generosidad que por supuesto no se merecen, les doy unos momentitos de gloria en este mi querido blog.

No diré sus nombres, y no porque les tema, sino porque como villanos que son de su particular película de aventuras, viven por y para hacer sufrir. Éste es el único y último favor que les hago. Si les diera a conocer, descubriría a estos seres malvados y les privaría del sentido que tienen sus tristes vidas: Abusar de su poder y atormentar a todos aquéllos que están bajo su mando y a los que consideran seres inferiores.


La Dama de la Torre.

Hubo un tiempo en el que casi fui controlador aéreo. Y digo casi, porque tras más de un año en Madrid, tuve que hacer un examen a vida o muerte. Era un todo o nada en el que te me jugaba tener mi vida resuelta para siempre con un trabajo que era mi vocación, bien remunerado y que me apasionaba. Todo eso, que no es poco, se decidía en un día, en un instante.
Aquella harpía, tenía fama de ser implacable con todos los alumnos que pasaban por sus manos. Fue jefa de su departamento y la cesaron por la cantidad de alumnos que suspendía y que tuvieron consiguientemente que abandonar la escuela. No hay segundas oportunidades en la escuela de Control Aéreo. Si suspendes te vas a la calle. 
La Dama de la Torre era como un personaje de cuentos infantiles, que podía haber salido perfectamente del bosque más lúgubre y tenebroso. Siempre aparecía vestida de negro, con una sonrisa escondida y malévola, que sólo mostraba cuando se reía de alguien con desprecio.
Cuando nuestras vidas se cruzaron, no se imaginaba o tal ves sí, que tenía delante a alguien que se jugaba tanto, al cabo de unos días. Su lugar de trabajo habitual, cuando no daba clases era la torre de control del aeropuerto de Granada. A pesar de ser un aeropuerto pequeño, cuando la oías en sus clases, se comportaba como si fuese la reeencarnación de uno de los hermanos Wright, o la inventora del radar. 
Me la asignaron como tutora para prepararme el examen práctico de simulador. La idea de estas tutelas es que te ayuden, corrigiendo errores y te preparen para la prueba, pero la verdad es que en los días previos a la evaluación fue minando la confianza que tenía en mí mismo. Lejos de ayudarme, me obsequiaba con frases crueles del tipo: 

- No perdamos el tiempo. Tú y yo sabemos que para esto no sirves... ¡No vas a ser controlador en tu vida!
O la perla que me terminó de hundir, aquella que se guardó para el último ensayo el día antes, cuando le pedí que nos quedáramos un poco más a practicar, para preparar el examen:

- Mira: - dijo ajustándose las gafas a la nariz tal y como haría cualquier otra bruja de su especie. Se acompañó de esa media sonrisa, mezcla de odio y asco hacia alguien que despreciaba y encontraba que era inferior - Podemos estar practicando todas las veces que quieras, pero ya te digo que no va a servir para nada. Te lo voy a decir de esta manera para que lo entiendas: Para que tú apruebes mañana, tendría que aparecerse la Virgen.

Y como bruja que era y además pitonisa, acertó. La Virgen no aparecería por la escuela de controladores aéreos al día siguiente.

Unos años más tarde, cuando todo ya había quedado atrás, me encontré con la llamada de otro profesor de la escuela. Cogí el teléfono intrigado y después de los saludos de rigor, me dijo:
- Mel, no hagas caso de lo que te dijo esa mujer. Yo, que he sido profesor tuyo, puedo decirte que tú sirves para controlador aéreo. Eres un mejor que muchos de tus compañeros de clase que trabajan en las torres de control...

Me costó mucho tiempo superar aquella frustración, pero de todos los malos tragos y fracasos, se puede extraer como el zumo de un limón, algo positivo. Gracias a la Dama de la Torre, no soy el mismo que aquella mañana suspendió el examen, con la moral tocada. Desde aquel día no acepto que nadie me diga lo que puedo o no puedo llegar a conseguir. Por eso odio con todas mis fuerzas todos esos concursos con el formato Operación Triunfo, donde alguien que no te conoce, que no sabe lo que te ha costado llegar hasta allí, o cuáles son tus sueños, se atreve a intentar hundirte, diciéndote si vales mucho o vales poco.
Desde que pasé por todo  aquello, no dejo que nadie me imponga mis límites, ni que me hagan sentir que no puedo lograr lo que quiero llegar a ser. Gracias a la Dama de la Torre no me permito un "no puedo" o un "no soy capaz "  y no he vuelto a pensar nunca "yo no sirvo para esto. No lo voy a conseguir..." 


El Médico Desenfrenado.

Unos años más tarde de la historia anterior, ya había reconducido mi vida hacia el ejercicio de la Medicina y en concreto, hacia la Medicina de Emergencias. Hacía ya dos años que trabajaba en una ambulancia ubicada en un hospital a las afueras de Barcelona. Un lugar precioso, rodeado de praderas y con unos excelentes compañeros que me hacían sentirme feliz por ir a trabajar cada vez que tenía guardia. 
Mi trabajo se había convertido en una maravillosa rutina. Cada miércoles a las 8 le hacía el relevo al jefe de la base. Tras informarme de las novedades, colocaba mis cosas en la habitación del médico, limpiaba los frenazos del retrete que cada día me dejaba de regalo y a continuación nos íbamos a desayunar todo el equipo.
Este Médico Desenfrenado era quien me había contratado.  Era un tipo peculiar. Éstas y otras frivolidades, como que trabajase en chanclas con los dedos al aire, porque no le daba la gana de ponerse el calzado de seguridad reglamentario, o que te apareciera por sistema media hora tarde al relevo, porque como era el jefe, estaba por encima del bien, del mal y de los horarios, eran cuestiones hasta cierto punto incómodas, pero soportables, propias de un elemento que en aquellos momentos me parecía, cuando menos, atípico. A pesar de ello, mantenía una correcta relación con él, hasta el punto de que me propuso que fuese su ayudante para gestionar la base y sustituirle cuando estuviese fuera de vacaciones.
Desde que surgió aquella propuesta nestro idilio duraría unos pocos meses más. 

Ahora ya lo sé, pero en aquellos días no había descubierto que con personajes con esa mentalidad, para no tener problemas con ellos, tan sólo hace falta una cosa: no llevarles la contraria. Yo lo hice en una ocasión en la que me quiso obligar a hacer una guardia que como jefe le tocaba cubrir a él, y a partir de ahí fue mi debacle en aquel lugar, hasta entonces paradisiaco.

Cuando le comenté que no iba a hacerla, a pesar de justificarlo, me dijo:
- ¿Sabes lo que estás haciendo? Olvídate de ser mi ayudante - para continuar, esta vez chillando - ¡Prepárate!, ¡A mí nadie me dice que no; ni en la calle, ni en mi casa, ni en el trabajo...! ¡Me voy a convertir en tu peor enemigo...!

Y como buen malo de película, cumplió su palabra...
Comenzó a desprestigiarme como médico ante todo el mundo y miraba con lupa cada una de mis actuaciones. La última vez que hablé con él para intentar reconducir la situación (que adelanto que con estos personajes psiquiátricos es como detener un tren con las manos), me regaló generosamente las siguientes frases:
- ¿Sabes lo que voy a hacer contigo? Voy a hacer que no puedas volver a trabajar como médico en tu vida. Ya me encargaré de ir llamando a todas partes donde quieras ir a trabajar, para que sepan que eres un asesino...

Después de aquella conversación, me marché voluntariamente de aquella base. Y puedo decir que muy a su pesar, nunca me ha faltado trabajo. También debo decir, que con el Médico Desenfrenado fue la primera persona con quien celebré el día de San Martín, santo patrón de los malos jefes, de incompetentes elegidos a dedo y de otras especies de seres abyectos y despreciables que el destino bromea con nosotros, colocándolos en medio de nuestro camino.

No sé qué ha sido de la Dama de la Torre. No sé si su dorada jubilación la vive sola o acompañada. Si tiene amigos o no. Francamente me trae sin cuidado. Es tanto lo que he aprendido de mí gracias a ella, que hasta incluso le estoy agradecido. Me gustaría encontrármela algún día para decirle que gracias a ella se me apareció La Virgen. Mis éxitos posteriores y la seguridad en mí mismo, tienen mucho que ver con haber conocido a la Dama de la Torre.

El pobre Medico Desenfrenado ha quedado mucho peor parado con el paso del tiempo. Después de que me marché del hospital, siguió con su acoso a otros compañeros durante varios años, hasta que al final, a base de tensar la cuerda y pensar que era impune, acabó siendo despedido de forma fulminante con un expediente disciplinario, sin ningún derecho a indemnización. Su mujer se separó de él, su familia le ha dado la espalda y creo que tiene grandes dificultades para encontrar trabajo, pues las referencias que llegan de su carácter agresivo, de su poca seriedad y su comportamiento desordenado de muchos años atrás, no son garantías como para que lo contrate nadie.


El Pequeño Cacique

Este último villano de mis historias, es un personaje de poca entidad, de inferior categoría y daños causados al héroe principal. Tiene unos superpoderes muy limitados, pero lo traigo aquí porque es el más reciente y porque probablemente ha sido el que me ha inspirado este álbum de malos. También es conocido como el Capitán Liendre, que de todo sabe, pero nada entiende, pero en mi álbum he querido bautizarlo como el Pequeño Cacique.

El Pequeño Cacique es piloto, y como tal, un poco chulito, por decirlo de una forma cariñosa. Pero en su caso un poco más, porque tiene un carguillo en su empresa. Por eso deambula por todos lados hablando por teléfono, dando órdenes o siendo melifluosamente amable, dependiendo si su interlocutor es un trabajador o un cliente. Eso se ve enseguida y se oye...
Él no lo sabe, pero su comportamiento no es espontáneo, aunque crea que su cerebro y su cuerpo son libres. Cada uno de sus exabruptos y acciones están contenidos en algún capítulo de cualquier manual de Psiquiatría. No es casual oirle decir: Mi base, mi helicóptero, mi empresa, mis pilotos... como tampoco es casual que no permita que nadie a quien pueda considerar rival, se interponga delante. Es el jefe bulldózer que arrasa todo.

El Pequeño Cacique  necesita a todas horas hacer demostraciones de poder. En eso ha chocado conmigo. Yo soy más partidario del trabajo en equipo, llamado en Aviación el CRM, así que supongo que harto de que le llevara la contraria o que no demostrara una admiración desmedida hacia su excelsa magnificencia, decidió que nunca más me volvería a subir en su helicóptero. No sé exactamente cuál ha podido ser la razón. Puede que fuera porque no le he hecho suficiente la pelota (ya que a este tipo de jefes les encanta ser adulados y así sentirse importantes), o tal vez creo yo, que pudo ser porque me vio leyendo un libro que se titulaba: Cómo trabajar para un idiota y quizás se pudo sentir aludido. Podtía ser, pero sólo hay un pero: él no es mi jefe. Sólo es un piloto que me lleva a donde esté el paciente.

Y como yo trabajo para una empresa distinta de la suya, se embarcó en la caza del médico Melkarr. Le ha costado un poco, ya que ha tenido que mover unos cuantos hilos, hasta que por fin consiguió su propósito: Melkarr nunca más se volverá a subir en un helicóptero. El Pequeño Cacique por fin, se había salido con la suya.
Esto tuvo que hacer que el ego del Pequeño Cacique se llenara por completo. Me lo imagino sonriendo feliz, suspirando aliviado, como el que tiene la satisfacción del deber cumplido, viendo que aunque no es más que un piloto, ha logrado librarse de un médico que le molestaba. ¡Qué grande...!

Van pasando las semanas y mi enfado inicial se va diluyendo. Pienso a veces en el Pequeño Cacique y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Al fin y al cabo, un jefe bulldózer necesita siempre ir destrozando. Es su particular forma de sentirse realizado. Es tan patético que cree que así se gana el respeto de los demás, infundiendo miedo entre los que quedan en pie, cerca de él. De verdad que no le tengo rencor. Un ser así, lo que me da es pena.
Existe una regla no escrita. Una Ley Universal de la Entropía de los Malos que aparecen en nuestras vidas. El Universo tiende hacia el equilibrio. No hay que odiar a nadie, no hay que desearle el mal a quien disfruta intentando hacerte daño. El peor castigo que les podemos inflingir es el desprecio de la indiferencia. No merecen siquiera estar en nuestros pensamientos. Hay que olvidarse de ellos, ignorarlos y apartarlos incluso de nuestra mente y de nuestros recuerdos. Hay que continuar viviendo felices con nuestras vidas y ni siquiera esperar. No hay que desesperarse, no hay que perder la calma, porque no hay que hacer nada en absoluto. Un día, inesperadamente alguien se acordará de ti y te dará la gran noticia: Era cuestión de tiempo.
A cada cochino le llega su San Martín. 

jueves, 16 de septiembre de 2010

¿Quién es quién?

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Agatha Christie, la prolífica reina del misterio. Esa rebuscada señora que me acompañó en mi adolescencia y que entretuvo tanto mis veranos...
Sus truculentos relatos nunca dejaban resquicio que me permitiera dar con el escurridizo asesino escondido. Y aunque lo intentaba con suma dedicación, libro tras libro, nunca lograba acertar.
Unos años más tarde, me ha tocado como profesión hacer de detective. Distinguir las pistas buenas de las malas y emitir un veredicto, que en mi profesión llaman diagnóstico.
La adorable anciana inglesa me ha recordado una investigación que tuve en mis primeros años de ejercicio de la profesión, tan necesitados de balizas y faros, que iluminasen mi proceloso camino, lleno de espesa bruma.

Y como pequeño y ridículo homenaje a Agatha Christie, lo contaré a modo de relato corto de intriga:

El joven y apuesto médico fue llamado para atender a una paciente, igualmente joven, que aquejada de un trastorno psiquiátrico, necesitaba de una valoración médica que la obligase a ser trasladada contra su voluntad.
En principio todo hacía pensar que se trataría de una atención rutinaria más, que no entrañaría mayor dificultad para el bisoño galeno.
Al llegar al domicilio de la paciente, fueron atendidos por la madre de ella, que les indicó que se encontraba en su cuarto y que había tenido un nuevo brote psicótico. La madre le explicó al médico que había llamado al servicio de emergencias, porque ya estaba cansada de los brotes de su hija, cada vez más frecuentes. Además, le advirtió que no se dejara seducir, pues su hija emplearía mil triquiñuelas para evitar ser trasladada a un centro hospitalario.
Tras intercambiar unas amables palabras con la señora, procedió a la habitación de la joven, para corroborar y completar toda la información.

Abrió la puerta y la volvió a cerrar tras él. Allí se encontraba una chica regordeta, de unos veinte años, con la cabeza ligeramente cabizbaja y con cara de malhumor.

- Hola - le dijo el atractivo muchacho - ¿Qué te pasa?
Se tomó un momento, tragó saliva y le preguntó: ¿Qué es lo que te ha dicho mi madre?
- Nada. Lo que me importa es lo que me cuentes tú - le respondió de una forma muy hábil, impropia de alguien con su experiencia.
- Está loca. Te has dado cuenta, ¿no? Pero es muy lista. Quiere hacerles creer que la loca soy yo. Ya lo ha hecho otras veces. Si les he llamado esta noche, es porque ya está en un estado en el que necesita que la vea el psiquiatra.

Esta joven le había acabado de confundir, con ese discurso coherente y a su juicio nada manipulador. Exactamente igual que el de su madre. Ante la ausencia de informes en aquella casa, no era capaz de dirimir quién era la que decía la verdad y quién no. Quién necesitaba un psiquiatra y quién mentía.
El inteligente joven debía tomar una determinación rápida y acertada. Y tras unos breves momentos de reflexión, tomó una decisión:
A la joven le dijo: Ya sé cómo vamos a hacer para poder llevar a tu madre al hospital. Tenemos que engañarla, porque no irá por su propia voluntad. Vamos a fingir que tú eres la enferma, como dice ella. Te vienes con nosotros en la ambulancia y ella nos acompañará también, sentada delante.
Aceptó a regañadientes y el ocurrente licenciado salió un instante a hablar con la madre.
- Señora - le dijo - he convencido a su hija para que se venga al hospital. Pero sería conveniente que usted viniese también, para que le explique al médico lo que ha estado pasando, si no, ya sabe que lo puede engatusar...
A la mujer le pareció bien y se avino a marchar con su hija.
Cuando se cruzaron por el pasillo, madre e hija no se dirigieron la palabra y rápidamente bajaron a la calle y fueron ubicadas la madre junto al conductor y la hija atrás, en la camilla.
El conductor miró con recelo al médico, probablemente pensando: ¿Y si me ha sentado una loca a mi lado y durante el camino se tira en marcha o le da un volantazo a la ambulancia?
La preocupación del médico era cómo explicar en el hospital que no sabía a quién llevaba. Una tendría que entrar en urgencias y la otra quedarse en la sala de espera. Pero ¿cuál?

A pesar de tener un ojo clínico envidiable, aquella noche ese médico tan inteligente, no fue capaz de decidir quién era la paciente y quién era la cuerda. Tal vez debía dejar de estudiar tanta Medicina y repasar los libros de Ágatha Christie, por si en la estantería, olvidado, se encontraba El misterio de la psicópata escondida.

martes, 23 de marzo de 2010

Perder el juicio

Aprovechando que hoy tenía día libre, fui convencido por Lou para que la acompañase a un juicio que tenía en Sant Boi. Mientras ella ejercía como abogado, tras dejarla en los juzgados, aparqué el coche en zona azul (casi toda Cataluña es azul) y me fui a desayunar.
Como no era la primera vez que la llevaba a un juicio de éstos y no será la última, pues sigue sin querer sacarse el carnet de conducir, esta vez me llevé lectura. Pensé que sería una buena ocasión para terminar Entre limones, historia que narra la llegada a Las Alpujarras de una familia inglesa, huyendo de la gran ciudad, encontrándose con los maravillosos contrastes que les ofrece lo más profundo de Granada.
Enfrente de los juzgados de primera instancia está el Café Antic (antiguo), que a priori, desde fuera, parecía ofrecerme un buen café y un lugar tranquilo donde terminar mi relato.
La primera sorpresa fue encontrarme con que el Café Antic, de Sant Boi de tota la vida, era atendido por una pareja de chinos.
Bueno, -pensé-, es el precio de la globalización. Supongo que el café será el mismo y al fin y al cabo, como mis intenciones no son hablar con el camarero...
Así que pedí mi café con leche, me senté en mi mesa y abrí el libro por donde tenía la foto de Lou a modo de marcador.
Cuando comienzo a leer el párrafo, entra en el Café y se acerca a mi mesa, una joven de unos 40 años (una niña, vamos), arrastrando los pies, con el pelo sucio y desaliñado. Vestía una rebeca abierta, con mangas más grandes que sus brazos. En su mano derecha llevaba apretujado un billete de 5€. Va con la mirada perdida, la boca semiabierta y con saliva seca en la comisura de sus labios.
De repente, como haciendo un esfuerzo para hablar, me dice: "¿Me puedo sentar aquí?"
Miro hacia atrás y veo que hay muchas mesas libres. No sé por qué, se me escapó un sí y se sentó frente a mí.
Aparta un momento su mirada muerta de mí, le pide al chino que pasaba junto a nuestra mesa una tila y le da el billete arrugado. Yo intento disimular que leo, mientras ella continúa observándome con esa mirada que conoce todo aquél que ha estado en una planta de psiquiatría...
Sigue sin apartar esos ojos caídos de mí, yo leo una y otra vez el mismo renglón. Ella entreabre de nuevo su boca seca y me dice: "Me llamo Ester". Hace una breve pausa y me pregunta: "¿Cómo te llamas tú?"
En ese momento, en perfecta coreografía, se acerca el chino y me trae el café con leche.
¿Que cómo me llamo yo? -`pensé-. Aquí se plantea un problema clásico en mi corta existencia. La verdad es que estoy harto desde siempre, de contestar a eso. Me explico: Desde que recuerdo, siempre que digo que me llamo Mel, tengo que aguantar los mismos chistes, a saber:
- Melmelada.
- Mel Ferrer, o más recientemente Mel Gibson.
- Mel, mmm, ¿De qué viene? ¿De Melquiades?
- Y en Cataluña: Mel i mató (postre catalán a base de miel y leche cuajada).
Todo ello tras repetir varias veces Mel, Mel, Mel..., pues casi nadie es capaz de entender el nombre a la primera.
Así que para evitar más conversación con esta pobre psiquiátrica, le contesté: "Me llamo Jose".
Creo que no hay nombre más fácil de captar, incluso para una psiquiátrica obnubilada como mi amiga Ester.
"Aah" - musitó.
En perfecta sintonía, el chino le trae el cambio y su tila. Creo que dada su bradipsiquia no la necesita, pero ahí estaba...
Pienso que he solventado lo del nombre correctamente en esta ocasión. Y rápìdo. No me gusta no decir la verdad, pero al fin y al cabo, no creo que Ester y yo volvamos a coincidir...
Vacío los sobres de azúcar en el café con leche, los revuelvo rápidamente y para evitar más conversaciones, me tomo el café con leche, como dirían mis paisanos, en tres tanganazos...
¡Qué mala leche tiene el chino! ¡El café estaba hirviendo!
Apuro la taza, cierro el libro por la misma página por la que lo había abierto y me levanto.
Le pago al chino en la barra y miro a Ester, que sigue con la boca entreabierta y le digo con la lengua quemada: "Adiós Ester. Que te vaya bien".
Ella permanece con la mirada fija en el mismo lugar del espacio, como si yo siguiese en la mesa con ella. Tras unos segundos me contesta: "Adios, Antonio..."