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miércoles, 9 de abril de 2014

Mis Malos favoritos
















El gran Hitchcock decía que la receta para que una película saliese redonda no estaba sólamente en saber elegir a unos buenos actores o tener un buen argumento. El secreto estaba en el malo. Cuanto más malévolo y perverso era el malo, más conseguido estaba el personaje y mejor era la película. Y probablemente no andaba desencaminado. ¿Acaso alguien se imagina lo aburridas que serían las historias de Supermán si no existiese la amenaza de un intrigante Lex Luthor? En cinco minutos estarían todos los bandidos del mundo en la cárcel y sanseacabó. ¡Chin-pum! 
¿O qué habría sido del bueno de Elliot Ness sin Al Capone? Nos habría quedado un Chicago lleno de aburridos abstemios... ¿Y los vaqueros sin los indios? Las películas del Oeste parecerían un documental de National Geographic sobre el ganado vacuno en las Grandes Praderas...
En fin, los malos nos dan salsa a nuestras vidas. Aunque cuando me he encontrado malos de verdad, el superarlos me ha supuesto sufrimiento, dolor y esfuerzo, pero al contrario de lo que le pasó a Supermán con la kriptonita, a mí la exposición a estos terribles villanos me ha hecho ser cada vez más fuerte. Por eso muy a su pesar, a esos indeseables les estoy muy agradecido. Mucho más que a todos aquellos que me han llenado de piropos y halagos.
Aquí cuento las pequeñas historias de unos malos con los que tuve que compartir algún momento de mi vida y que en un acto de extrema generosidad que por supuesto no se merecen, les doy unos momentitos de gloria en este mi querido blog.

No diré sus nombres, y no porque les tema, sino porque como villanos que son de su particular película de aventuras, viven por y para hacer sufrir. Éste es el único y último favor que les hago. Si les diera a conocer, descubriría a estos seres malvados y les privaría del sentido que tienen sus tristes vidas: Abusar de su poder y atormentar a todos aquéllos que están bajo su mando y a los que consideran seres inferiores.


La Dama de la Torre.

Hubo un tiempo en el que casi fui controlador aéreo. Y digo casi, porque tras más de un año en Madrid, tuve que hacer un examen a vida o muerte. Era un todo o nada en el que te me jugaba tener mi vida resuelta para siempre con un trabajo que era mi vocación, bien remunerado y que me apasionaba. Todo eso, que no es poco, se decidía en un día, en un instante.
Aquella harpía, tenía fama de ser implacable con todos los alumnos que pasaban por sus manos. Fue jefa de su departamento y la cesaron por la cantidad de alumnos que suspendía y que tuvieron consiguientemente que abandonar la escuela. No hay segundas oportunidades en la escuela de Control Aéreo. Si suspendes te vas a la calle. 
La Dama de la Torre era como un personaje de cuentos infantiles, que podía haber salido perfectamente del bosque más lúgubre y tenebroso. Siempre aparecía vestida de negro, con una sonrisa escondida y malévola, que sólo mostraba cuando se reía de alguien con desprecio.
Cuando nuestras vidas se cruzaron, no se imaginaba o tal ves sí, que tenía delante a alguien que se jugaba tanto, al cabo de unos días. Su lugar de trabajo habitual, cuando no daba clases era la torre de control del aeropuerto de Granada. A pesar de ser un aeropuerto pequeño, cuando la oías en sus clases, se comportaba como si fuese la reeencarnación de uno de los hermanos Wright, o la inventora del radar. 
Me la asignaron como tutora para prepararme el examen práctico de simulador. La idea de estas tutelas es que te ayuden, corrigiendo errores y te preparen para la prueba, pero la verdad es que en los días previos a la evaluación fue minando la confianza que tenía en mí mismo. Lejos de ayudarme, me obsequiaba con frases crueles del tipo: 

- No perdamos el tiempo. Tú y yo sabemos que para esto no sirves... ¡No vas a ser controlador en tu vida!
O la perla que me terminó de hundir, aquella que se guardó para el último ensayo el día antes, cuando le pedí que nos quedáramos un poco más a practicar, para preparar el examen:

- Mira: - dijo ajustándose las gafas a la nariz tal y como haría cualquier otra bruja de su especie. Se acompañó de esa media sonrisa, mezcla de odio y asco hacia alguien que despreciaba y encontraba que era inferior - Podemos estar practicando todas las veces que quieras, pero ya te digo que no va a servir para nada. Te lo voy a decir de esta manera para que lo entiendas: Para que tú apruebes mañana, tendría que aparecerse la Virgen.

Y como bruja que era y además pitonisa, acertó. La Virgen no aparecería por la escuela de controladores aéreos al día siguiente.

Unos años más tarde, cuando todo ya había quedado atrás, me encontré con la llamada de otro profesor de la escuela. Cogí el teléfono intrigado y después de los saludos de rigor, me dijo:
- Mel, no hagas caso de lo que te dijo esa mujer. Yo, que he sido profesor tuyo, puedo decirte que tú sirves para controlador aéreo. Eres un mejor que muchos de tus compañeros de clase que trabajan en las torres de control...

Me costó mucho tiempo superar aquella frustración, pero de todos los malos tragos y fracasos, se puede extraer como el zumo de un limón, algo positivo. Gracias a la Dama de la Torre, no soy el mismo que aquella mañana suspendió el examen, con la moral tocada. Desde aquel día no acepto que nadie me diga lo que puedo o no puedo llegar a conseguir. Por eso odio con todas mis fuerzas todos esos concursos con el formato Operación Triunfo, donde alguien que no te conoce, que no sabe lo que te ha costado llegar hasta allí, o cuáles son tus sueños, se atreve a intentar hundirte, diciéndote si vales mucho o vales poco.
Desde que pasé por todo  aquello, no dejo que nadie me imponga mis límites, ni que me hagan sentir que no puedo lograr lo que quiero llegar a ser. Gracias a la Dama de la Torre no me permito un "no puedo" o un "no soy capaz "  y no he vuelto a pensar nunca "yo no sirvo para esto. No lo voy a conseguir..." 


El Médico Desenfrenado.

Unos años más tarde de la historia anterior, ya había reconducido mi vida hacia el ejercicio de la Medicina y en concreto, hacia la Medicina de Emergencias. Hacía ya dos años que trabajaba en una ambulancia ubicada en un hospital a las afueras de Barcelona. Un lugar precioso, rodeado de praderas y con unos excelentes compañeros que me hacían sentirme feliz por ir a trabajar cada vez que tenía guardia. 
Mi trabajo se había convertido en una maravillosa rutina. Cada miércoles a las 8 le hacía el relevo al jefe de la base. Tras informarme de las novedades, colocaba mis cosas en la habitación del médico, limpiaba los frenazos del retrete que cada día me dejaba de regalo y a continuación nos íbamos a desayunar todo el equipo.
Este Médico Desenfrenado era quien me había contratado.  Era un tipo peculiar. Éstas y otras frivolidades, como que trabajase en chanclas con los dedos al aire, porque no le daba la gana de ponerse el calzado de seguridad reglamentario, o que te apareciera por sistema media hora tarde al relevo, porque como era el jefe, estaba por encima del bien, del mal y de los horarios, eran cuestiones hasta cierto punto incómodas, pero soportables, propias de un elemento que en aquellos momentos me parecía, cuando menos, atípico. A pesar de ello, mantenía una correcta relación con él, hasta el punto de que me propuso que fuese su ayudante para gestionar la base y sustituirle cuando estuviese fuera de vacaciones.
Desde que surgió aquella propuesta nestro idilio duraría unos pocos meses más. 

Ahora ya lo sé, pero en aquellos días no había descubierto que con personajes con esa mentalidad, para no tener problemas con ellos, tan sólo hace falta una cosa: no llevarles la contraria. Yo lo hice en una ocasión en la que me quiso obligar a hacer una guardia que como jefe le tocaba cubrir a él, y a partir de ahí fue mi debacle en aquel lugar, hasta entonces paradisiaco.

Cuando le comenté que no iba a hacerla, a pesar de justificarlo, me dijo:
- ¿Sabes lo que estás haciendo? Olvídate de ser mi ayudante - para continuar, esta vez chillando - ¡Prepárate!, ¡A mí nadie me dice que no; ni en la calle, ni en mi casa, ni en el trabajo...! ¡Me voy a convertir en tu peor enemigo...!

Y como buen malo de película, cumplió su palabra...
Comenzó a desprestigiarme como médico ante todo el mundo y miraba con lupa cada una de mis actuaciones. La última vez que hablé con él para intentar reconducir la situación (que adelanto que con estos personajes psiquiátricos es como detener un tren con las manos), me regaló generosamente las siguientes frases:
- ¿Sabes lo que voy a hacer contigo? Voy a hacer que no puedas volver a trabajar como médico en tu vida. Ya me encargaré de ir llamando a todas partes donde quieras ir a trabajar, para que sepan que eres un asesino...

Después de aquella conversación, me marché voluntariamente de aquella base. Y puedo decir que muy a su pesar, nunca me ha faltado trabajo. También debo decir, que con el Médico Desenfrenado fue la primera persona con quien celebré el día de San Martín, santo patrón de los malos jefes, de incompetentes elegidos a dedo y de otras especies de seres abyectos y despreciables que el destino bromea con nosotros, colocándolos en medio de nuestro camino.

No sé qué ha sido de la Dama de la Torre. No sé si su dorada jubilación la vive sola o acompañada. Si tiene amigos o no. Francamente me trae sin cuidado. Es tanto lo que he aprendido de mí gracias a ella, que hasta incluso le estoy agradecido. Me gustaría encontrármela algún día para decirle que gracias a ella se me apareció La Virgen. Mis éxitos posteriores y la seguridad en mí mismo, tienen mucho que ver con haber conocido a la Dama de la Torre.

El pobre Medico Desenfrenado ha quedado mucho peor parado con el paso del tiempo. Después de que me marché del hospital, siguió con su acoso a otros compañeros durante varios años, hasta que al final, a base de tensar la cuerda y pensar que era impune, acabó siendo despedido de forma fulminante con un expediente disciplinario, sin ningún derecho a indemnización. Su mujer se separó de él, su familia le ha dado la espalda y creo que tiene grandes dificultades para encontrar trabajo, pues las referencias que llegan de su carácter agresivo, de su poca seriedad y su comportamiento desordenado de muchos años atrás, no son garantías como para que lo contrate nadie.


El Pequeño Cacique

Este último villano de mis historias, es un personaje de poca entidad, de inferior categoría y daños causados al héroe principal. Tiene unos superpoderes muy limitados, pero lo traigo aquí porque es el más reciente y porque probablemente ha sido el que me ha inspirado este álbum de malos. También es conocido como el Capitán Liendre, que de todo sabe, pero nada entiende, pero en mi álbum he querido bautizarlo como el Pequeño Cacique.

El Pequeño Cacique es piloto, y como tal, un poco chulito, por decirlo de una forma cariñosa. Pero en su caso un poco más, porque tiene un carguillo en su empresa. Por eso deambula por todos lados hablando por teléfono, dando órdenes o siendo melifluosamente amable, dependiendo si su interlocutor es un trabajador o un cliente. Eso se ve enseguida y se oye...
Él no lo sabe, pero su comportamiento no es espontáneo, aunque crea que su cerebro y su cuerpo son libres. Cada uno de sus exabruptos y acciones están contenidos en algún capítulo de cualquier manual de Psiquiatría. No es casual oirle decir: Mi base, mi helicóptero, mi empresa, mis pilotos... como tampoco es casual que no permita que nadie a quien pueda considerar rival, se interponga delante. Es el jefe bulldózer que arrasa todo.

El Pequeño Cacique  necesita a todas horas hacer demostraciones de poder. En eso ha chocado conmigo. Yo soy más partidario del trabajo en equipo, llamado en Aviación el CRM, así que supongo que harto de que le llevara la contraria o que no demostrara una admiración desmedida hacia su excelsa magnificencia, decidió que nunca más me volvería a subir en su helicóptero. No sé exactamente cuál ha podido ser la razón. Puede que fuera porque no le he hecho suficiente la pelota (ya que a este tipo de jefes les encanta ser adulados y así sentirse importantes), o tal vez creo yo, que pudo ser porque me vio leyendo un libro que se titulaba: Cómo trabajar para un idiota y quizás se pudo sentir aludido. Podtía ser, pero sólo hay un pero: él no es mi jefe. Sólo es un piloto que me lleva a donde esté el paciente.

Y como yo trabajo para una empresa distinta de la suya, se embarcó en la caza del médico Melkarr. Le ha costado un poco, ya que ha tenido que mover unos cuantos hilos, hasta que por fin consiguió su propósito: Melkarr nunca más se volverá a subir en un helicóptero. El Pequeño Cacique por fin, se había salido con la suya.
Esto tuvo que hacer que el ego del Pequeño Cacique se llenara por completo. Me lo imagino sonriendo feliz, suspirando aliviado, como el que tiene la satisfacción del deber cumplido, viendo que aunque no es más que un piloto, ha logrado librarse de un médico que le molestaba. ¡Qué grande...!

Van pasando las semanas y mi enfado inicial se va diluyendo. Pienso a veces en el Pequeño Cacique y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Al fin y al cabo, un jefe bulldózer necesita siempre ir destrozando. Es su particular forma de sentirse realizado. Es tan patético que cree que así se gana el respeto de los demás, infundiendo miedo entre los que quedan en pie, cerca de él. De verdad que no le tengo rencor. Un ser así, lo que me da es pena.
Existe una regla no escrita. Una Ley Universal de la Entropía de los Malos que aparecen en nuestras vidas. El Universo tiende hacia el equilibrio. No hay que odiar a nadie, no hay que desearle el mal a quien disfruta intentando hacerte daño. El peor castigo que les podemos inflingir es el desprecio de la indiferencia. No merecen siquiera estar en nuestros pensamientos. Hay que olvidarse de ellos, ignorarlos y apartarlos incluso de nuestra mente y de nuestros recuerdos. Hay que continuar viviendo felices con nuestras vidas y ni siquiera esperar. No hay que desesperarse, no hay que perder la calma, porque no hay que hacer nada en absoluto. Un día, inesperadamente alguien se acordará de ti y te dará la gran noticia: Era cuestión de tiempo.
A cada cochino le llega su San Martín. 

martes, 18 de marzo de 2014

It's Raining Men




















Llevo varios meses con esta historia danzando sobre mi cabeza y sobre mi escritorio. Un relato de intriga policiaca, ideal para que lo resuelva alguien capaz de desentrañar intrigas insondables, desenmarañar intrincados misterios. Quién mejor que el siempre intrépido, perspicaz y tan sagaz protagonista de tantos relatos médicos. Nadie como nuestro querido amigo, El Médico-Detective, el Dr. Melkarr.

En esta ocasión, el caso que llega a sus pantallas y que pone a prueba las dotes deductivas del Dr. Melkarr podría llamarse: Aterrizaje Mortal o tal vez, más acorde quizás con los relatos de las novelas de género negro, este otro título: El Caso del Hombre caído del Cielo.


Para Lourdes,
por los malos ratos pasados
mientras yo surcaba los cielos 

Aquélla era una tarde gris de otoño, nada especial que le hiciera ser distinta de cualquier otra. Un poco de viento, algunas hojas por el suelo y unas pocas, en suave torbellino, girando caprichosamente por las aceras. 
El Dr. Melkarr se encontraba de guardia en el helicóptero medicalizado, en su base, esperando pacientemente a que surgiera la alerta y acudir con celeridad a atender la llamada del deber.
Era una guardia aparentemente tranquila y nada parecía perturbar el devenir de la tarde, aunque como bien sabía Melkarr, en cualquier momento, la inactividad más calmosa, podía tornarse en el infierno más caótico.
Caían los minutos y no pasaba nada. Y como siempre, sin aviso previo, se despertó la fiera de la emergencia, se subieron rápidamente a bordo del helicóptero y marcharon raudos a ayudar a un prójimo necesitado de atención médica, no muy lejos de allí, apenas a unos diez minutos de vuelo.

La salida, instantánea, como era habitual, sin apenas otros datos que no fuese nada más que la localización del incidente. Sin perder tiempo, el helicóptero se elevó, dejando  el estruendo repetitivo de sus palas girando en el aire. 
Melkarr a pesar de su formación aeronáutica, no podía evitar asombrarse cada vez que notaba la singular sensación de volar en aquel aparato. Se lo habían explicado mil veces, él lo había repetido a sus alumnos incluso dos mil más, pero era tal su pasión, que el conocimiento aeronáutico no era suficiente como para eclipsar la emoción y que su corazón se acelerase con cada despegue. Aún le parecía increíble vivir todo aquello.  La sensación era mágica. Sacada de la chistera más profunda.
Poco después, como parte de un guión preeestablecido que siempre se repite, sus pensamientos se detuvieron. Su cuerpo se separaba cada vez más del suelo, cuando desde la emisora sonó una voz que ofrecía la información médica:
Aquella tarde se dirigían a un polígono industrial a atender a un hombre de unos 40 años, precipitado desde el techo de una nave.

Un buen detective, desde que sale de su central de operaciones, se adelanta al trabajo y comienza a dar vueltas el caso en su cabeza, ganando tiempo, haciéndose un borrador mental  preliminar de lo que puede haber sucedido. Y el médico-detective, Melkarr no era una excepción a este proceder.
De esta manera, el primer pensamiento que le llegó a Melkarr, guiado por su experiencia clíinica, era que probablemente dada la altura que tienen las naves industriales, acabarían encontrándose con un cadáver. Y así fue. Melkarr no se había equivocado.

Aterrizaron en un aparcamiento próximo a la puerta principal de la nave industrial. Melkarr y Olga, su enfermera, se bajaron rápidamente de la máquina, que aún giraba sus palas vertiginosamente.
Unos policías estaban junto a un hombre, cabizbajo, sentado sobre un bloque de cemento, en la puerta.  Melkarr apenas se percató de él, ya que estaba más atento a las indicaciones de los agentes, que en cuanto los vieron llegar les señalaron el camino que debían seguir para llegar hasta el herido.
Una vez flanqueado el umbral, unos veinte metros más adelante, Melkarr pudo distinguir con claridad el cuerpo inerte de un hombre, de una cierta complexión gruesa, situado boca abajo, o como expresaría en su posterior informe, en decúbito prono.

- Está muerto - apuntó ese policía estándar que hay en cada pueblo y que bien podría llamarse agente Barrilete o sargento Romerales, mientras meneaba la cabeza a ambos lados con los ojos cerrados, en gesto claro de total dominio de una situación vivida mil veces.

Melkarr actuó como si no lo escuchara, se aproximó al desdichado, se flexionó y comprobó por sí mismo que efectivamente sus lesiones craneales eran mortales. Instintivamente miró hacia arriba, intentando recrear mentalmente lo sucedido y pudo apreciar claramente un hueco en el techo de Uralita que había cedido ante un individuo tan obeso.

- Mmm... - pensó el médico detective, encogiendo ligeramente sus párpados - Seguro que había entrado a robar y al buscar por dónde acceder al interior de la nave, se ha venido el techo abajo, incapaz de soportar su gran peso... ¡Pobre desgraciado!

Melkarr bajó la vista y como solía hacer siempre, echó un vistazo al escenario del crimen. Era una nave de mediano tamaño, que en su interior estaba prácticamente vacía. Seguramente acogió a alguna empresa de cierta importancia en otras épocas más prósperas. Ahora sólo parecía servir como aparcamiento y lavado de coches y no con mucho éxito, pues tan sólo había unos cuatro vehículos estacionados de forma dispersa a lo largo de toda la superficie del recinto.

- ¿Tenemos identificado a este hombre? - preguntó Melkarr a Romerales. Lo hizo así, sabedor de que ésa es siempre una buena manera de dirigirse a la autoridad local, más profesional que un ¿sabemos quién es?, o el socorrido ¿Lo conoce alguien?, porque además engloba cualquier hipótesis, incluida la del ladrón incauto/Spiderman que no teme al peligro ni a las alturas.

- Sí, aquí tiene, doctor - dijo Romerales, acercando al médico la tarjeta de residencia del fallecido.
- ¡Gracias! - contestó el siempre educado y exquisito Melkarr - ¿Sabemos qué hacía este hombre arriba? ¿Intentando robar?... - se apresuró a decir, haciendo conjeturas.
- No, no, ¡qué va...! Es un trabajador de aquí.

Tenían que arreglar no sé qué en la azotea - continuó el policía.
- ¡Qué mala suerte!
- Sí, el otro compañero está fuera, con una crisis de nervios. Cuando pueda ¿le importaría echarle un vistazo?

 - Ningún problema. En cuanto termine el papeleo, voy. Pobre hombre - comentaba Melkarr al agente Romerales -  Me lo imagino perfectamente. Debe haber escuchado un ruido, un golpe seco y cuando se ha acercado, se ha encontrado este espectáculo. Tiene que ser terrible que te pase esto, no debe ser plato de gusto encontrarte a un compañero muerto, cuando hasta hacía un rato estaba hablando contigo. Eso impresiona a cualquiera...

- No, doctor... creo que estaban los dos en la azotea...
- Pues ya es mala suerte - pensó Melkarr - que se rompa el suelo y que se caiga uno y se salve el otro...

Mientras Melkarr iba escribiendo, alguien tapó con una sábana el cadáver y poco a poco el interior de la nave se quedó sola, a excepción del médico detective, que iba rellenando de forma detallada su informe, sentado en un rincón, sobre los escalones que probablemente conducían hacia la terraza desde donde cayó el incauto trabajador.

Cuando Melkarr ya tenía prácticamente acabado el informe, se le acercó Albert, el piloto del helicóptero, que venía de la calle.

- ¿Ya te han explicado lo que ha pasado? - dijo con una cara de asombro que Melkarr no comprendió en aquel momento a qué podía deberse.
- Sí, más o menos... - Melkarr hizo una pausa, por si acaso se estaba perdiendo alguna información importante y le dejó hablar: - Pero bueno, cuéntame tú... ¿qué te han dicho? Yo es que me he quedado aquí escribiendo...
- Pues que estaban trabajando en la azotea, se rompió el techo y han acabado en el suelo, uno sobre otro...
- ¡Nooo! - dijo Melkarr sorprendido - ¡Increíble! ¿Y cómo está el otro?
- Está viéndolo Olga, la enfermera, pero parece que no tiene absolutamente nada...
- Vaya, pues tendré que rehacer el informe entero - replicó Melkarr.
- Yo me voy para afuera, por si Olga necesita alguna cosa.
- Muy bien - dijo Melkarr - ahora salgo.

Melkarr rompió el informe, cogió otra hoja y volvió a escribir de nuevo. Mientras iba redactando lo sucedido no pudo evitar pensar en las dos caras de la moneda que tiene la suerte:
"Dos compañeros caen de un tejado, al romperse el suelo que los separa del vacío, uno gordo y el otro no tanto como el primero. El gordo cae más deprisa y eso hace que el más delgado caiga sobre él, amortigüe la caída, terminándolo de reventar contra el suelo, salvándose el flaco..." - pensó Melkarr - "la de cosas que uno tiene que ver... Este trabajo nunca dejará de sorprenderme... A ver cómo escribo todo esto en el informe..."

Cuando ya tan sólo faltaba la firma, apareció de nuevo Olga:
- ¿Ya te han explicado lo que ha pasado? - le preguntó al médico.
- Sí, ya me lo contó Albert. La verdad es que ese pobre ha vuelto a nacer... ¿Cómo está?
- Con una crisis de nervios.
- Pues voy a verlo.

Melkarr se levantó, con su informe en la mano y se fue al exterior, mirando de reojo la sábana blanca que dejaba sin cubrir los zapatos de aquel desdichado.

Melkarr se encontró fuera de la nave a un hombre, sentado sobre un bloque de cemento de obra, con las rodillas flexionadas y sujetándose la cabeza con ambas manos, sollozando.

- ¿Qué tal?, ¿Cómo se encuentra? - se apresuró a preguntar el médico.
El hombre levantó la cabeza, buscando con sus ojos húmedos la mirada de Melkarr y cuando la halló, le dijo:
- Doctor, ¿está muerto, verdad?
- Sí, no se puede hacer ya nada por él.
Aquel hombre empezó a llorar de nuevo, se repuso un instante y volvió a mirar al médico-detective, como buscando su redención, diciendo:
- ¡Lo he matado! ¡Me lo he cargado!
- No, hombre, no... - dijo el médico intentado consolarlo - No es eso... Ha sido una cuestión de mala suerte. No se culpe...
- Ya, claro... Mala suerte... Me encantaría cambiarme por él y que hubiese sido él el que se hubiera caído...

Melkarr frunció las cejas. Miró extrañado a Olga. No entendía nada.
Se separó del paciente y agarrando a Olga del brazo, le dijo casi susurrando:
- ¿Pero no se han caído los dos?
- No, Melkarr... Por eso te pregunté si sabías lo que había pasado y me dijiste que Albert te lo había explicado... Pero veo que no...
Melkarr arqueó la ceja izquierda, tal y como hacía cuando oía algo con cierto escepticismo:
- ¿Me lo explicas? 
Y escuchó atento las palabras de Olga:

- Este señor que tienes delante con la crisis de ansiedad se subió al tejado a reparar una antena. Él solo. Cuando de repente, el suelo, es decir, el techo, se rompió, se precipitó al interior de la nave. Mira que es grande la nave, pero tuvo la mala suerte de que su compañero, justo en el momento de la caída, se encontraba en el peor lugar que podía estar: debajo del hombre que caía del cielo. El impacto tuvo que ser tremendo. Ya lo has visto. Está muerto. En cambio el hombre volador aterrizó en blando y como has podido comprobar, no tiene ni un solo arañazo...

- Me parece que voy a tener que escribir mi informe otra vez - contestó lacónicamente Melkarr en un tono de resignación.

Y una vez más, gracias a la sagaz inteligencia del médico-detective Melkarr, todos los misterios quedaron desvelados y un nuevo caso quedó resuelto.
El astuto detective, una vez terminado el informe por quincuagésima vez, en compañía de sus ayudantes, subió a su helicóptero y con la misma velocidad con la que habían aparecido en el lugar del crimen, despegaron y surcando los cielos, se fueron convirtiendo en un punto insignifante en el horizonte, hasta desaparecer por completo.

martes, 12 de marzo de 2013

Marcos

 
Llegamos desde el cielo como siempre. Aquella vez a un pequeño pueblo del Maresme. Teníamos la esperanza de no llegar. Pero no me entiendas mal. Es que a los que nos dedicamos a las Emergencias, no nos gustan los niños y los bebés, mucho menos.
 
En aquel ambulatorio ya te conocían bastante bien. Eres uno más de la familia. Por desgracia y por tus dolencias que te has traído hasta este mundo, es rara la semana que no les visitas. Hoy te has puesto un poco peor. Por eso se han alarmado y nos han llamado.
 
Tu médico me va contando cómo te encuentras y el atenderla me hace perder mi atención en ti. El enfermero, en cambio, te ha visto, se ha dado cuenta de todo y por eso pregunta:
- Es Down, ¿verdad?
Contestaron todos afirmativamente con gran rapidez y cuando te miro, no me cuesta nada reconocer tus rasgos,  que se aprecian a pesar de tus escasos ocho meses.
Me dicen que ya no lloras con los pinchazos y que eres todo un valiente y sabiendo esto, continuamos con el tratamiento que ya había comenzado.
Parece que la cosa no es tan grave como pintaba en un principio, pero aún así, optamos por llevarte en helicóptero hacia ese gran hospital de Barcelona que tanto conoces.
 
Te cojo en brazos y te deposito con sumo cuidado en nuestra camilla. Tus labios ya están sonrosados y la tos, esa tos que siempre ha estado contigo, parecía remitir un poco.
Tu madre se despide de ti. Te da muchos besos y se marcha pronto, seguro que para que no la veas llorar.
Nos vamos de allí rápidamente. Me voy colocando en mi asiento y voy leyendo tu historia en los informes médicos. De cómo burlaste triples screenings y ecografías y apareciste de sorpresa, con tu enfermedad, en el momento del parto.
 
Nos acomodamos. Nos atamos el cinturón y antes de que el ruido dentro de la máquina se haga ensordecedor, te digo:
- Marcos, ¿alguna vez has volado en helicóptero?
 
No me contestas, pero en cambio me miras fijamente, mientras te acaricio la cabecita con delicadeza.
Acerco mi dedo índice a tu manita y rápidamente me lo agarras con fuerza.
Mientras, con mi pulgar, voy rozando la piel de tu mano y puedo sentir su suavidad. La suavidad de la piel de un bebé.
Tú no me sueltas en todo el viaje. Siento como si tú fueses quien me acompañase todo el camino, como si me ayudases a cruzar la calle.
 
No paras de mirarme con esos ojos rasgados. Continúo acariciándote y eso te hace entreabrir los párpados. No lo puedo asegurar, pero a través del plástico de la mascarilla de oxígeno que cubre casi toda tu cara, me ha parecido ver que sonreías...

viernes, 19 de octubre de 2012

Los héroes del cielo










Hace unos días que un tal Félix Baumgartner decidió entrar en la Historia con un salto increíble. Casi donde el cielo deja de ser cielo, para convertirse en espacio, abandonó su globo y cayó alrededor de cinco minutos, hasta tocar suavemente el suelo. Dicen que bajó más rápido que la velocidad del sonido, desde lo más alto, donde nadie antes se había atrevido a hacerlo. Su hazaña me recordó esta historia de héroes y del cielo.
 
Hay quien dice que el tal Baumgartner es un loco y otros, en cambio, que es un héroe. Es lo que siempre se ha dicho de todos aquellos valientes o temerarios, pioneros o descerebrados, que quieren no sólo llegar donde nadie lo había hecho antes, abrir el camino para que su gesta no sólo sea repetida hasta la saciedad por otros muchos, sino que se convierta su aventura en una situación cotidiana. 
Así fue el famoso viaje de Charles Lindberghcuando cruzó el Atlántico en 1927 con el Spirit of St. Louis. Muy moderno para la época, pero que actualmente nadie se atrevería a volar en esa lata y mucho menos cruzar desde Nueva York hasta París, solo, sin escalas, durante 33 horas y media.
 
A Charles Lindbergh le estoy muy agradecido por haberme prestado su legendaria aeronave para ilustrar el encabezado de este blog. Un día hablaré de él, de su increíble vida, en la que lo menos importante que hizo fue cruzar  el Atlántico y cómo no, de su avión, que me produjo el síndrome de Stendhal cuando lo vi con mis propios ojos.
 
Hay muchos otros héroes que vienen del cielo, como fue Neil Armstrong, el primer hombre que cumplió el sueño de poder llegar a la Luna. Siempre dijo que en absoluto era un héroe, sólo alguien que cumplió con su deber, e hizo bien su trabajo. Este verano volvió arriba, pero esta vez para quedarse para siempre, junto a las estrellas.
 
Pero del cielo no sólo vienen héroes, también traen nuestros sueños y nuestras esperanzas. Por eso cuando necesitamos ayuda desesperada o sentimos una inmensa alegría, instintivamente echamos la cabeza hacia atrás y miramos el lugar donde se ubica el firmamento.
Hace unas semanas aterricé en un hospital de Barcelona, como tantas otras veces, para llevar a un paciente. Lo descargamos del helicóptero y lo acercamos a Urgencias con una ambulancia, que nos esperaba a pie del aparato.
Cuando volvíamos de vacío, charlando tranquilamente con mi compañero, el enfermero, vimos que había alguien hablando con el piloto, que habitualmente se queda custodiando la nave. Nuestro visitante era un chico en silla de ruedas, de unos treinta años, al que había acercado su novia, que se apoyaba ligeramente en las manillas de su silla.
 
Llegué hasta él y me incorporé a mitad de su conversación. Contaba que llevaba allí dos meses, desde el día que tuvo el accidente con su parapente y unos compañeros nuestros, en helicóptero, lo trajeron hasta el hospital.
Tenía una mirada triste, pero aún así, su brillo transmitía esperanza. Creo que aún no había acabado de aceptar que no volvería a caminar nunca más.
Nos iba hablando y viéndolo postrado en aquella silla, me imaginaba qué pensaría yo si estuviese en su situación. Mis pensamientos se interrumpieron con sus palabras, que a modo de despedida, al vernos recoger todo, nos dijo:
 
Cada vez que oigo el helicóptero le pido a ella que me acerque para veros y daros las gracias por haberme salvado la vida y por la labor que hacéis. Y cada vez que os veo llegar, pienso que hay alguien que sufre, alguien que ha tenido algo terrible. Tanto, que ha necesitado de un helicóptero que lo lleve corriendo al hospital.
Pero siempre acabo pensando que algún día no traeréis gente que sufre, sino que vendrá un remedio, no sé cuál, que podrá curar a gente que tiene lesiones medulares como yo. Y sé que no lo traerá nadie más que vosotros. Porque vosotros, que venís del cielo, sois los héroes de verdad...
 
 
 

martes, 12 de julio de 2011

Viajar en avión


Ya he perdido la cuenta de las veces que he cogido un avión. Han sido tantas, que podría decir que lo he hecho mil veces y no me equivocaría en gran número. Mil es una buena cifra, así que creo que empezaré de nuevo.

He viajado en avión mil veces y a pesar de que conozco mucha gente que tiene pánico a volar, la verdad es que nunca me ha sucedido nada que me haga tener miedo a volverlo a hacer. Si he de ser sincero, es uno de los lugares en los que me encuentro más cómodo. Un magnífico sitio donde leer tranquilamente, disfrutar del paisaje o escribir.
No así piensa mi familia política, el clan de los Gómez, célebres por su aversión a conducir y el pánico irracional a los aviones.
Como buena Gómez, Lou ha heredado estas dos grandes pasiones de su familia, incrementando incluso el patrimonio familiar, en este aspecto.
Subirse en ese aparato es una tortura inenarrable, que requiere una precisa concentración, llevar uñas largas para disponer de ellas en el viaje y una tableta de valerianas en el bolso.
No es sólo las turbulencias, que he de decir que son bastantes incómodas, porque no te dejan leer con tranquilidad, hay más.

El típico viaje al terror de Lou, tiene tres etapas fijas, que nunca fallan:
La primera es justo en el momento en que toca embarcar, mejor dicho, dos minutos más tarde de que comienza el embarque, cuando casi nos toca pasar. Ahí es cuando se relaja su vejiga y debe imperiosamente ir al baño, lo que muchas veces me ha dejado esperando por ella, junto a la azafata de tierra, mi trolley y los dos billetes de embarque en la mano, como un novio abandonado en el altar.
El despegue es la segunda fase, donde es capaz de mostrar unas muecas de dolor y pánico, que nunca había visto antes, agarrándose con firmeza al asiento de delante, con la cara tan desencajada, que muchas veces me llegan a asustar incluso a mí.
Hay otro instante que todavía le intranquiliza más. No tiene tanto registro dramático, pero le desconcierta mucho. Es aquél que precede al despegue, en el que la megafonía dice: "...en caso de despresurización de la cabina...", que atendiendo a cómo gesticula, no creo que pueda haber frase en este mundo que le infunda un mayor terror.

Para mí, en cambio, el volar es un momento placentero. Creo que soy un afortunado por haber vivido en una época donde la aviación ha avanzado de esta manera y volar sea rutinario y seguro, lejos de aquella etapa de pioneros, en la que volar era una aventura, e incluso una temeridad.
Como únicos percances que he podido tener, si se le pueden llamar así, fueron en una ocasión en las que en el momento de aterrizar, el avión hizo motor y al aire. Esto quiere decir, que abortó el aterrizaje, incrementó la potencia de los motores, dio una vuelta y volvió para aterrizar. No fue por un fallo de mi avión, sino porque otra aeronave no había abandonado la pista del todo y para evitar riesgos, mi piloto prefirió darle tiempo. Es un procedimiento rutinario, que si te gusta la aviación, es hasta divertido. Lástima que estaba tan cansado, tras haber salido de guardia y haber cogido ese vuelo, que medio adormilado, me perdí la maniobra.
El otro percance fue durante un aterrizaje, en el que se venció el cierre del compartimento de las mascarillas de oxígeno del techo y salieron tres mascarillas, que se quedaron colgando mientras rodábamos por la pista. Y eso ha sido todo.
Me encantaría poder contar más sucesos, pero no hay más. Bueno, sí, en realidad hay uno que me sucedió el otro día, cuando fui con mis hijos Marta y Guille, la semana pasada, de viaje a Tenerife.

El ir con niños a cuestas te ralentiza tu existencia. Además de tirar de la maleta y andar a sus pasos, has de atravesar tres veces por el arco de seguridad. Esto hace que se tenga que dilatar el tiempo y llegar con mucha antelación a un sitio tan grande y variopinto como es el aeropuerto, que además genera preguntas de tus hijos, cada minuto.

Los niños no entienden de esperas, ni de retrasos, así que hay que desarrollar toda tu inventiva para tenerlos entretenidos y que no se aburran.
Por suerte, aquella mañana nuestro vuelo sólo tenía un retraso de una hora, así que después de estar dando vueltas y jugar en unos columpios haciendo tiempo, me situé en la cola de embarque, esperando que nos llamaran, acompañado de Marta y Guille.
Desde donde estábamos, se podía ver ya nuestro avión, conectado por el pasillo. Ya había salido todo el mundo, lo que indicaba que nuestro embarque sería inminente.
- Enseguida entramos y estaremos todos sentados - pensé.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por Guille, que dijo:
- Papi, tengo pis...
Me acordé de Lou y sus urgencias pre-vuelo, reencarnadas en su hijo.
Pero tratándose de Guille, era un aviso de urgencia que requería una intervención inmediata. Esto me hizo abandonar la cola rápidamente, en dirección a los servicios más próximos.
Afortunadamente llegué a tiempo, antes de que ocurriese una catástrofe.
Aliviado, aproveché para hacer lo mismo. Mejor ahora, que no después, en mitad del vuelo, dejando a los niños solos en los asientos. Así que empecé, como he hecho casi toda la vida. La novedad esta vez era un niño de tres años, junto a mí, que me miraba absorto.
- Papi: ¿me dejas tocar el hilito? - me preguntó, alargando la mano.
- ¡Noooo! - contesto, redirigiendo la trayectoria.
- Pues déjame tocarte el pito - me replica.
- ¡No, Guille!, ¡No!
Cierro el grifo y nos vamos corriendo de nuevo a la cola de embarque, justo a tiempo.
Estoy deseando estar todos de una vez sentaditos, en nuestro sitio, cosa que no tardamos en hacer. Por fin, ya estamos allí. Ya sólo faltan tres horas de vuelo hasta nuestro destino.
Acomodo a los niños en sus asientos. Guille en la ventana, para que esté distraido y Marta en medio. Les ato el cinturón y me pongo de pie para guardar las cosas en el compartimento de arriba.
Mientras lo voy colocando, oigo la voz alarmada de Marta:
- ¡Papá, Papá! ¡Mira lo que ha hecho Guille!

Me agacho y soy testigo de una escena que jamás había visto en mis casi mil viajes.
Guille tiene en una mano, el marco de la ventanilla del avión y el cristal en la otra. No sé ni cómo ha podido arrancar eso de su sitio. Me mira con cara inocente, como queriendo decir: Fue sin querer...
En ese instante no puedo dejar de pensar en Lou y cuál habría sido su cara al ver la ventana rota, mientras esperaba que sonase la fatídica frase: "...en caso de despresurización de la cabina..."



jueves, 17 de febrero de 2011

Volar

Para la mayoría de la gente, el cielo es el límite.
Para aquellos que aman la aviación, el cielo es el hogar - Anónimo.


Amelia Earhart decía que "nunca has visto un árbol hasta que has podido ver su sombra desde el cielo".
¿Qué hay ahí arriba para hacernos soñar de esa manera? Nada y todo a la vez.
Otto Lilienthal, un pionero de la aviación, pensaba que "inventar un avión no es nada. Construirlo ya es algo, pero volar lo es todo".

Una vez conocí a un piloto de esos de los de antes, de los de galones a modo de jarretera y gorra de plato bajo la axila. Tenía esa edad en la que aunque estás en activo, ya tus pensamientos se encuentran más allá de la jubilación. Recuerdo que me decía que los primeros años estás enamorado hasta de las nubes, y que por volar serías capaz de hacer, e incluso aceptar cualquier cosa, pero como todo, eso se pasa...
Antonio aún no ha llegado a tener esa edad, en la que el idilio con los cúmulos del cielo, empieza a tener sus primeras crisis. Su vida es el aire y su música favorita, la del rugir de esos poderosos reactores, que le  acercan a sus amadas nubes y le separan del odiado suelo.
Ese suelo tan indeseado para alguien que quiere estar alejado de él, le jugó una mala pasada. Mientras esquiaba, Antonio se encontró una fatídica placa de hielo que le hizo perder el equilibrio, cayendo al fondo de un barranco.

Ahora Antonio estaba postrado en la cama de una habitación de una UCI, en una ciudad que no era la suya. Ahí fue donde me encontré con él. Tras varias semanas de incertidumbre, con unas graves lesiones cerebrales cuya evolución es incierta, volvía a un hospital más cerca de casa.

Tras los correspondientes preparativos, en los que dormimos a Antonio para que se le hiciese más cómodo el traslado, marchamos al aeropuerto. Allí nos aguardaba nuestro avión, que llevaría de nuevo a Antonio con los suyos.
Lo acomodamos en la estrecha camilla, nos atamos nuestros cinturones y con una veloz carrera de despegue, nos pusimos rumbo a Barcelona.

Antonio estaba dormido, pero algo hacía que se sintiese inquieto. De tanto en tanto comenzaba a moverse, encogiendo sus piernas y flexionando sus brazos a un tiempo.  Yo, mientras, le acariciaba la frente y como si me estuviese oyendo, le intentaba calmar con palabras tranquilizadoras. Él tal vez me escuchaba y se relajaba.

Tras minutos de aparente tranquilidad, cuando parecía que por fin lo había logrado, volvía a moverse, como quien intenta dormir en un duro colchón, tan incómodo, que las quejas de tus costillas, te despiertan mil veces a lo largo de la noche.

Así estuve un buen rato, durante casi todo el trayecto hasta Barcelona. Por más que le daba vueltas, no entendía esa intranquilidad de Antonio. En el hospital antes de dormirlo, se encontraba bastante sereno.
Pronto pareció que mis pensamientos hubieran sido oídos por mi enfermera:
- ¡Cómo se nota que es piloto! ¿Verdad? - me comentó.
Lo miré de arriba a abjao, intentando encontrar alguna diferencia anatómica que nos distinga al resto de la humanidad de los aviadores, pero no hallé ninguna. Fruncí mis cejas y ella comprendiendo mi gesto, continuó:
- ¿No te has dado cuenta de que se mueve, cada vez que cambia el sonido de los motores?
Me acerqué al oído de Antonio y le dije:
- Antonio, tranquilo. Sí, estamos en un avión. No te preocupes, todo va a ir bien. Te llevamos a casa - y por fin, se quedó completamente relajado.

Otro Antonio aviador, y además escritor, Antoine de Saint Exupéry, autor del libro El Principito, dijo una vez:

"Soy muy afortunado por mi profesión. Me siento como un granjero, con mis aeródromos a modo de pastos. Aquellos que lo han probado alguna vez, no lo olvidarán nunca. No se trata de vivir peligrosamente. Esa fórmula es demasiado arrogante, demasiado presuntuosa. No me preocupo por los toros salvajes de los campos. No es el peligro lo que amo. Sé lo que amo. Es la vida misma".

jueves, 25 de marzo de 2010

El tapiz de Aladino

Hoy he vuelto a poner los pies en el aire. Es el premio a pasar de nuevo una mala noche de miércoles. A las dos de la mañana fuimos a levantarle las piernas a un señor que estaba hipotenso. A las seis a decirle a un hijo lo que imaginaba, pero que necesitaba de un médico para confirmarle sus sospechas. Su padre, no estaba inconsciente, estaba bebido.
Dos alertas por inconscientes, que te destrozan la mañana siguiente. Mis compañeros, los temerosos, no se fían de nada. A veces creo que ni de mí mismo, cuando les doy el alta en el domicilio.
Pero la tormenta, o mejor dicho, el tormento, tiene un instante de sosiego, de premio y es aquél que me otorgo, cuando arrastrando cadenas, voy a volar de nuevo.
Hoy he vuelto a poner los pies en el aire, ya no me importa nada, me da igual que ese viaje sea improcedente, que no sea necesario. Para mí sí lo es. Necesito elevarme del suelo, sentir como me recoge ese aparato increíble. De la Cierva decía que lo que sentía era como volar en la alfombra de Aladino.
Hoy he vuelto a poner los pies en el aire. Me lo han contado mil veces, lo entiendo perfectamente, soy capaz de repetirlo, pero sigo sin creerme que eso vuele. Volveré otro día, y otro y otro, a ver si de nuevo me elevo, vuelvo a poner los pies en el aire y soy capaz de creérmelo.