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viernes, 31 de agosto de 2018

Una noche de verano























Una noche de verano. Una de esas que se alargan hasta horas que jamás soñaríamos estar despiertos durante el invierno. Así son las vacaciones. Esa laxitud te permite ser permisivo con tus gastos, con tus horarios y con la relación con tus hijos.
Aún hace calor, porque las noches de verano son así, de sonidos de grillos y de calor que no se quiere marchar. Llega la hora de irse a dormir. Porque aunque parezca mentira, ese momento existe.
Besos a todos, en varias sesiones repetidas, como no podía ser de otra manera en una familia en la que me ha tocado estar, donde los besos son como el oxígeno que se respira, o los pasos al andar. Rondas y más rondas de besos. Todos se van a sus habitaciones, pero cuando parece que ya comienza la calma, uno de ellos se da media vuelta y viene hacia mí. Estamos solos. Parece que lo sabe, porque nadie más nos escucha.
--Papá… —me dice.
--¿Qué pasa?
--Nada…
--Cuéntame.
--No, nada… Era una tontería —mientras amaga con volverse.
--Dímelo. Seguro que no.
--No sé… —duda, pero le ayudo con mi mano en su hombro.
--¿Sí?
--Es que… Solo quería decirte que te quiero. Que te quiero mucho.
Le abrazo. Se me adelanta y me abraza él.
--Yo también, Guille.
--…Y que me encanta que seas mi padre.

Aquella noche de agosto parece que la brisa quiere hacerse notar. Entra despacio por entre las ventanas entreabiertas. Nosotros le hacemos sitio.

miércoles, 6 de abril de 2016

Las chicas del Spa




















Mientras escribo estas líneas, al fondo de la casa, no tan al fondo como uno quisiera, duerme Guille en su habitación. Se ha ido a la cama feliz porque su equipo ha hecho un gran partido. Últimamente el fútbol ha vuelto a su vida, tras un periplo en el que el baloncesto dejó apartado al deporte rey. A años luz aún está el rugby, que le despierta una pasión intensa, con la que vibra cada vez que corre velocísimo, agarrado a ese balón amelonado.
Esta noche Guille está contento, pletórico y sus sueños estarán llenos de goles, ensayos, paradas y placajes. Es lo normal para un niño de siete años. Jugar es su vida.

Cada mañana se levanta feliz. Siempre ha sido así, desde que decidió venir a nuestras vidas. Nunca lo ha hecho de mal humor y de un salto, casi sin remolonear, se incorpora a nuestra rutina de cada día.
La otra mañana fue distinto. Lou fue a despertarlo y refunfuñó, arrastrando de nuevo su edredón, volviéndose a arropar,
No le prestó importancia, pero después de un rato sin que se asomara por la cocina, como era habitual, volvió a por él, dirigiéndose a su cuarto.

-¡Levántate ya, Guille! -le insistió su madre- Se nos va a hacer tarde...
Rezongó un poco e hizo una especie de gruñido, para apartar a su madre de allí.
-¡Venga, Guille! ¿Qué te pasa hoy?

Él asomó los ojos por el reborde del edredón, conocido en estas latitudes peninsulares como embozo. Abrió sus párpados y arrugando su frente, le confesó:

-Mamá, no me quiero despertar... 
-¿Por qué?
-Es que no me quiero ir de aquí. Estoy en un Spa lleno de mujeres desnudas.
Lou le dio una moratoria de unos minutos para que pudiera despedirse de ellas y aprovechó para venir a contarme las andanzas de este joven conquistador de jóvenes y lozanas muchachas desnudas.

Esta noche me he acercado a darle un beso de buenas noches, y el susurro de mis labios sobre su mejilla caliente, queda enmascarado con el siseo de su respiración. Duerme plácidamente con una sonrisa dibujada en su cara. Me hace dudar. No sé si acaba de hacer una marca con su equipo de rugby o ha vuelto a ese Spa libidinoso plagado de curvas sensuales. A ver qué me cuenta mañana cuando se despierte.

lunes, 14 de marzo de 2016

El mismo cuento de siempre



















Era el día de libro, Tenía 11 años. Lo recuerdo muy bien porque estaba en quinto de EGB. Lou siempre me dice que es imposible que recuerde cosas de la infancia y que sea capaz además de decir exactamente qué edad tenía cuando sucedió lo que cuento. Ella no se lo cree y me dice que es un farol. Puede. O puede que no.
 
Aquel día de abril, como contaba, era el día del libro. ¡Y tenía 11 años! 
Mi madre llegó al mediodía a casa y me trajo unos libros que había comprado ese día en un puestecillo que se montaba en el Instituto para conmemorar esa efeméride. Apareció con Alicia en el país de las Maravillas de Lewis Carroll y El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.  El primero no le llegué a leer nunca. El segundo se convirtió en uno de mis libros favoritos.

Tenía la costumbre de contarles cuentos a los niños, pero últimamente esta práctica la había dejado de lado. Solo tenía que emplear mi imaginación. Cada noche iba añadiendo episodios a una aventura inventada, con personajes ficticios, que compartían risas y sustos con la luz apagada de la habitación, únicamente iluminados por el haz de una pequeña linterna. Era un rato divertido, pero quizás por esto mismo se había llegado a convertir en un auténtico desmadre. Acababan tan excitados, que además de que alargaba más allá de la hora de meterse en la cama, enfrascado en mi relato, los nervios a los que los sometía, hacían que conciliar el sueño se hiciese imposible.
Este ameno jolgorio no podía aguantar eternamente y casi sin darme cuenta, se había convertido en una costumbre que por desgracia había caído en desuso.

En casa Papá Nöel tiene la buena costumbre de dejarnos libros a todos. A mí me dejó el buen hombre de Laponia (en Laponia hace frío, pero yo me fío), una edición especial de El Principito.  A diferencia de aquel que me regalaron en mi niñez y que aún conservo, en este nuevo, los dibujos se ponen en relieve, de forma tridimensional cuando abres las páginas.
Esto, -pensé- volverá locos a los niños cuando se los cuente.
Por eso la otra noche, cogí mi libro y a bombo y platillo los convoqué a los tres y les anuncié que esa noche era especial: Habría cuento.

-¿Será de piratas? -preguntó Guille.
-¿Nos darás sustos y apagarás la luz? -dijo Clara agrandando sus ojos azules.
-No. -contesté yo- Esta noche será distinto.
-¿Por qué? -preguntó Marta, encaramada en lo alto de su litera, mientras preparaba sus peluches, alineándolos en su riguroso y obsesivo orden. El mismo de cada día.
-Esta noche leeré un libro que se llama El Principito. Es un libro que leí de pequeño y me encantó.
-¡Qué rollo! -dijo Marta- Prefiero los cuentos que te inventas tú.
-Yo también -añadió Guille.
-Es un cuento muy bonito. -intervine rápidamente- Es uno de mis libros favoritos -dije, intentando conmoverlos para que no me boicotearan la velada:
Guille pareció ceder, mientras Clara permanecía impasible observando el dibujo de la portada. Marta, en cambio, puso una cara de decepción y continuó con lo suyo, no sin antes protestar un poco por lo que consideraba un engaño:
-Ese cuento no nos gusta. No es divertido.

No le di más importancia y empecé mi relato.
Comencé por la preciosa dedicatoria del libro. Guille y Clara estaban un poco escépticos con el cambio de planes, pero sabía que cuando empezara por las primeras páginas y vieran el dibujo de la famosa boa traga-elefantes, los engancharía del todo.
Miré hacia arriba y allá en lo  alto, Marta estaba con lo suyo, ajena a mi historia.

El aviador había aterrizado en mitad del desierto, solo, con su avión estropeado y sin nadie que le pudiera ayudar a reparar su aeronave. Empezó a explicar el mundo de los adultos y el de los dibujos de los niños. Clara, a quien tanto le gusta dibujar, le empezaron a brillar sus ojos. Guille se inclinó levemente hacia adelante.
El piloto seguía explicando su frustración con la pintura.
Enseñó ese dibujo de una boa con su elefante devorado en su interior. Esa frustración que le produjo que los mayores pensasen que era un sombrero.
Incliné el libro para que pudiesen ver el dibujo. De niño pensé que a mí también me parecía un sombrero. No sé si ellos pensaron lo mismo, pues no dijeron nada, aunque con los ojos me decían que querían continuar escuchando la historia.

Un poco más allá, Marta, colgada de la escalera, comenzaba a descender, atraída por esos dibujos que sólo los  niños eran capaces de ver.
Seguí leyendo y antes de pasar a la siguiente página, los tres estaban en torno a mí, releyendo las líneas.
Marta estaba feliz de estar con nosotros. No le dije nada.
Llegué al último capítulo que tenía  previsto para esa noche. Ya era hora de acostarse.

Iba cerrando el libro y oí a Clara decir, casi en susurro, refiriéndose a mí:
-Pero, ¡qué guapo es...!
Levanté la vista y vi a los tres observándome, sonriendo. Y entonces comprendí una vez más, que El Principito es uno de los libros más tiernos y bonitos que se han escrito nunca.

 

lunes, 16 de junio de 2014

Clase de Anatomía

 
En mi casa, cuando era niño, lo llamábamos el lápiz, pero aquella tradición no se llegó a perpetuar con mis hijos, donde en cambio se ha instaurado oficielmente con el nombre de El Pito.
Aun a sabiendas de que a lo largo de los próximos años irá adquiriendo distintos nombres y usos, el pene, a edad infantil es un elemento más que importante, que te da supremacía y entretenimiento frente a tus amigos. Y que nadie piense ninguna cosa más allá que el sano divertimento que supone el combinar la vejiga llena con el estudio del tiro parabólico.
Todavía recuerdo las sanas competiciones de a ver quién lo hacía más alto (requería un muro oscuro que dejase nuestra marca) o la prueba más económica,  que no necesitaba tanta infraestructura (sólo un suelo de tierra), para consagrar al que lograba el campeonato de hacerlo más lejos.
Con el control preciso de únicamente dos dedos y con un poco de gracia y arte, se podía lograr alcanzar el Olimpo y la incondicional admiración de tus amigos.
 
Pero lo que me trae hoy hasta aquí no es una exposición de juegos infantiles peneanos más o menos trascendentes y divertidos (aunque los laureles del éxito hayan cambiado nuestra vida para siempre). En realidad han sido sus anexos,  en concreto los de mi hijo Guille, los que me han inspirado estas líneas de hoy.
 
Hace unos días tras acabar de duchar a Guille, que acaba de cumplir 6 años, íbamos hablando de cosas mundanas. Poco a poco le vamos dando cierta autonomía, pero hay que supervisar todavía que se afane con la esponja o que se seque bien. Por eso, cuando había acabado con la toalla, le dije:
 
- Guille: los huevillos no te los has secado bien.
- ¡Papi! - me dijo en un tono que sonaba casi a reprimenda - No se llaman huevillos, se llaman testículos.

Y para provocarlo un poco y ver cómo reaccionaba, le insistí en el término:
- Vale, vale... Pero sécate bien, que se te queda húmedo el forro de los huevillos...
- ¡Paaapá! ¡No digas eso! ¡Se llama el saco de los testículos...!
- Está bien - cedí - El saquito de los testículos...

Continuamos hablando de otras cosas, mientras él parecía pensativo. Arrugó la frente, de la forma que siempre hace cuando tiene una reflexión o una pregunta que hacerte y me dijo con su vocecita de dibujo animado:
- Papá: ¿Para qué sirven los testículos?
Me detuve un instante y pensé que debía ser sincero y explicarle que formaban parte del aparato sexual masculino, siendo encargados de la espermatogénesis, así que me agaché y le dije lentamente:
- Mira, Guille... - Hice una pausa: - Los testículos sirven.. pues eso... para hacer pis.
- Vale - me contesta con una sonrisa - Entonces, ¿Si tienes uno solo no puedes hacer pis?
- Puedes hacer sin problemas - contesté, mientras iba destrozando la Anatomía Humana que tanto me había costado aprobar...
- Claro, Papi, si hay uno, funciona por los dos...
- Eso es... - Y a medida que iba inventándome esta nueva función del testículo, sentía que de alguna manera estaba traicionando a la Medicina.
- Pero y si no tienes ningún testículo, ¿Qué pasa? ¿Te vas hinchando de pipí?
- No, no... sí, sí... Yo que sé Guille... - decía preso de la desesperación por una pregunta bien fácil de responder para un médico, pero terriblemente difícil de contestar para un padre de un niño de 6 años. Podía dar marcha atrás y explicarle para lo que sirven las gónadas masculinas, descubrirle los simpáticos espermatozoides con su flagelo y su función reproductora con el óvulo femenino, la erección, la eyaculación, la copulación, el orgasmo, el punto G, el ciclo ovárico, la mórula, la blástula, la gástrula... Así que abandoné estos pensamientos y volví a bajar la cabeza para mirarle de nuevo y decirle:
- No te preocupes, Guille, que con huevillos o sin ellos, el pis busca camino.

Y antes de verme obligado a pasar de la Medicina a la Física y tener que explicar la teoría de los vasos comunicantes, le terminé de ayudar a ponerse el pijama, le di una nalgada cariñosa en el culo y le orienté hacia la cocina, donde le esperaba su cena.

viernes, 24 de junio de 2011

La primera lección de Física















Ya sabía yo, que sucedería esto algún día y por eso me he estado preparando concienzudamente todos estos años, formándome, estudiando, leyendo, e incluso, según algunos maledicentes, hasta aprendiéndome de memoria las preguntas del Trivial. El momento ha llegado. El momento en que comienzan las preguntas importantes.
Y como decía, tengo todo un arsenal de información, deseando ser desparramada por esas mentes inquietas, ávidas de devorar nuevos conocimientos.
Ya hace tiempo que tengo como referencia inmediata a Sergio. Sergio es el hijo de unos primos, que con siete años me describió perfectamente con gran excitación, paso por paso, cómo se produce la preparación, lanzamiento y puesta en órbita del transbordador espacial. Incluso me explicó cómo se saca un satélite de comunicaciones de la bodega, con un gran brazo articulado.
A pesar de que el padre de Marta es un erudito en cuestiones astronáuticas, astronómicas o astrofísicas, no puede compararse con el caso Sergio, cuya familia está formada por superdotados, licenciados en Física y algún que otro químico. De hecho, creo recordar que uno de sus progenitores, incluso llegó a ser aspirante a astronauta de la agencia espacial europea.

Hace unas noches, cuando los niños acaban de irse a la cama, oigo a Lou que le dice a la niña:
- Marta: Esta noche que Papi está aquí, se lo puedes preguntar a él...
Lou salió del cuarto y acercándose me dice que la niña quiere preguntarme algo y hace un gesto, arqueando las cejas, como queriendo decir: ¡A ver cómo sales de ésta...! Todo para ti...
Cuando llego a la cama de Marta, está con los ojos bien abiertos, esperando impaciente al oráculo de Delfos, para que le solucione una serie de cuestiones trascendentales.
- Papi - me pregunta, sin esperar a que llegue a los pies de su cama:
- ¿Cómo es que los planetas no se caen?
Menuda papeleta, explicarle a una niña de cinco años la Ley de la gravitación universal.
- Por la gravedad - le contesto con rotundidad.
- ¿Qué es la gravedad? - me contesta lógicamente ella.
A ver cómo lo explico a una niña de cinco años, pienso... Mmm, ya sé, me digo.
- Imagínate que el espacio es una piscina y los planetas son como pelotas que están flotando... Eso es la gravedad. Por eso no se caen - le aclaro.
Marta frunce las cejas, como intentando captar la idea. Junto a ella, está absorto su hermano Guille de tres años, que escucha atentamente en silencio mis explicaciones.
Cuando parecía que ya estaba conforme, Marta me plantea otra cuestión.
- Papi: si los planetas son como pelotas, ¿podría llegar un gigante, coger los planetas y llevárserlos?
- No, Marta, porque los gigantes no existen...
- Sí, Papi, sí existen - interviene Guille con tono ofendido, moviendo la cabeza a ambos lados - son muy grandes y son feos - me explica abriendo los brazos.
Papi, - interrumpe Marta - pero los gigantes, cuando cogen los planetas, ¿dónde se apoyan?  - me pregunta. 
- Es difícil de explicar, Marta - mientras pienso cómo hacerlo, recuerdo  aquella cita de Arquímedes, con su "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo" - No puede ser - intento zanjar la cuestión - Los planetas no los pueden mover los gigantes, porque no existen... 
Reconozco que no encontraba una mejor respuesta, a pesar de saber que estaba sacrificando para siempre un personaje de cuentos, que podía darte mucho juego cuando estuviese falto de inspiración. 
Marta ya no replicó más. Ha costado, pero creo que finalmente ha entendido el orden del Cosmos. Se le acabaron las preguntas, parece haber aceptado la explicación. Tan sólo queda darles el beso de buenas noches y despedirnos hasta mañana.
- Papi - pregunta ahora Guille.
- Dime, Guille... - le contesto, creyendo que me llama para darme su beso.
- ¿Qué es... un planeta?

domingo, 20 de febrero de 2011

Tu nombre

No sé si alguien ya ha llegado a escribirte algo. Me supongo que no.
Por eso querría disculparme. Por si me he adelantado.
Nadie me ha dicho si sabes por qué te llamas así.
Déjame que te lo cuente. ¿No te importa?

Tu nombre es nombre de grandes emperadores de otros tiempos.
Un nombre casi solemne y aristocrático.
Tu nombre no es casualidad.

Ahora, después de estas semanas tan duras, tan difíciles, luchando con más fuerza que la que tenemos los mayores, intentando aferrarte a la vida, tienes por fin tu premio: ya estás de nuevo en casa.
Ya puedes respirar solo, sin esas máquinas, sin esos tubos. Disfrutar del placer de hinchar tus pulmones y exhalar lentamente el aire de tu pequeño pecho. Degusta ese placer gratuito. Disfruta de todo. Después de este tiempo, por fin puedes vivir.

Muchos lo piensan, aunque a nadie se lo he dicho, ni ninguno me lo ha contado, pero estas semanas de hospital, en ese triste lugar donde no debiera haber ningún niño, sé como los demás, que estabas acompañado. En la aparente soledad de tu pequeña cama, junto a ti, estaba tu abuelo. Ése que se llamaba como tú y que nunca te pudo ver.
Tienes mucha suerte, porque contigo hay alguien muy bueno. Tienes el mejor ángel de la guarda.
Tu nombre no es casualidad, porque tú, como él, eres Federico.



jueves, 7 de octubre de 2010

El cuentacuentos













Hace unos años, mi buen amigo Mario me fue a buscar a casa y me llevó a un lugar maravilloso. De sorpresa, casi sin explicarme nada, fuimos una noche de sábado de luna llena, a un lugar en los montes de La Esperanza en Tenerife.
Mario mantuvo el misterio casi todo el viaje, hasta que llegamos a aquella casa vieja, de paredes de cal blanca, en medio de un denso follaje, iluminada en todas sus estancias, sólo por la luz que daban velas dispuestas por todos lados y en el jardín, la que generosamente te daba el plenilunio.
En aquel sitio, me explicaba Mario, en las noches de luna llena, se celebraba un cuentacuentos en el que participaban todos los asistentes que quisieran.
Para ir entrando en calor y romper el hielo, los propietarios desde una barra, iban sirviendo licores que recuerdo exquisitos, de elaboración propia y de una gran variedad.

Durante la noche, las historias se iban sucediendo, mientras yo intentaba pensar en una rápidamente y coger la vez, como en el supermercado. Mi tremenda timidez me impidió tener valor para hablar ante unos desconocidos e improvisar una historia, que como intuyó mi otro gran amigo, Yofri, seguro que iba a ser el viejo relato corto de la época del instituto. Se trataba de un desgraciado que queda atrapado en un ascensor, después de haber sido abandonado por la mujer que amaba y aquella silenciosa oscuridad le hacía reflexionar sobre su antigua y nueva vida que tenía ante sí.
Le di vueltas y vueltas y me sentí como en aquellas fiestas de fin de año, en la que aquella chica que me gustaba tanto, se hartó de esperar que la sacara a bailar y acabó con otro.
Terminó la velada y ninguno pudo oir mi historia.

Desde entonces, busco que se produzca una segunda oportunidad, para vencer de una vez por todas a aquel niño tímido, que de alguna manera, todavía anida en mí. Como firme propósito, voy entrenando cada día que puedo y el atento (a la vez que entendido y entregado) público, que son mis hijos, son los testigos que disfrutan de cada uno de mis relatos improvisados, antes de ir a la cama.
Me encantaría ser recordado como Robert Louis Stevenson, al que llamaban Tusitala, y que esta tradición de cuentos antes de ir a dormir, ellos la continuaran con sus hijos. Sería la más bonita herencia que podríamos ir transmitiendo a los que tendrán que irnos sustituyendo.

Precisamente Marta fue ayer por primera vez, a una actividad para niños, del centro cívico cercano a casa. Se trataba de un cuentacuentos, donde los padres se quedaban fuera y a los niños, les irían contando historias.
Cuando se presentó la monitora, fue preguntando a los niños presentes sus nombres y si en sus casas les contaban cuentos.
No estábamos allí, pero un testigo nos contó que cuando le tocó a ella responder, dijo sin dudar: Mi padre me cuenta los mejores cuentos del mundo...

martes, 14 de septiembre de 2010

Madre

Volvemos de vacaciones y en líneas generales, me encuentro el trabajo en el mismo estado en el que lo dejé antes de marchar. Es decir, el teléfono y la emisora de radio, expectantes con las noticias de una nueva salida, de esa emergencia que no llega y que no sabría decir si la espero con ansia o desearía que no viniese nunca.
Hoy ha sido un día como otro cualquiera, sin nada que merezca la pena ser contado. Esta mañana he ido a un parto en curso, que como de costumbre, y como estas fechas, estaban muy al principio del curso. Era una joven marroquí, que apenas hablaba español, pero en su cartilla de embarazada, junto a la fecha probable de parto, se podía leer lo que alguien escribió con frialdad en un firme trazo azul: embarazo no deseado.

Fátima y su hijo, me recordaron a otra mujer, a la que llamaré igualmente Fátima. Como la primera, marroquí también, la conocí hace unos años y su recuerdo me ha acompañado desde entonces.
Fátima vivía en Ciutat Vella, en un piso con grandes ventanas, desde el que se podían ver los tejados y las azoteas de las viejas casas de Barcelona.
Aquella mañana, fuimos alertados para atender a una mujer de unos casi cuarenta años, que había sufrido una parada cardio-respiratoria.
Tras subir la angosta escalera de aquella vivienda, con escalones irregulares, llegamos a la casa de Fátima. Aquél era un día muy soleado y la luz se hacía sitio por toda la casa. Una mujer me abrió la puerta y me condujo hasta ella. Estaba en un sofá, inconsciente y por los alrededores unos niños, a los que la primera mujer les dijo que se fuesen abajo a la calle a jugar.
Tras observarla, pudimos comprobar que por una vez, la alerta se correspondía con la realidad. Como autómatas programados, comenzamos con nuestro trabajo, siguiendo escrupulosamente las indicaciones de los protocolos establecidos para situaciones de parada cardiaca.
Al hacer maniobras de masaje torácico, me llamó la atención la presencia de una sutura en el tórax, aún por cicatrizar, evidencia de que hacía poco había sido intervenida quirúrgicamente.
Después de un buen rato, cuando no se obtiene respuesta, me toca decidir el dejar de hacer maniobras. Así lo hice y a continuación, salí de la habitación para dar la noticia a la familia.

La mujer que me abrió la puerta era amiga suya. Llevaba varios años en Barcelona y ya hablaba el castellano y el catalán perfectamente. Se sentía tan integrada, que su hijo se llamaba Jordi y por supuesto, era del F.C.Barcelona. Probablemente, animada por su amiga, Fátima había venido de su país. Esta amiga la había acogido en su casa, hasta que pudiese encontrar un piso donde poder ir a vivir con su pequeño hijo.

Mientras se hacía a la idea de la noticia que le estaba dando, me contó la historia de esa mujer que ya no estaba, la historia de Fátima y de su hijo.

Fátima estaba enferma de una severa valvulopatía cardiaca y Barcelona le iba a dar la oportunidad de poder salir de la miseria de su país dándole un trabajo y una operación que le permitiese poder disfrutar y jugar con su hijo sin cansarse con cualquier mínimo esfuerzo.
Fátima sabía que la operación era muy delicada y que tal vez no saldría del quirófano. Tenía mucho miedo, pero sobre todo a no poder volver a ver a su querido hijo. La operación salió muy bien, pero Fátima no pudo verlo mientras estuvo en el hospital. Aún con los puntos de sutura en su pecho, marchó a casa de su amiga, donde le esperaba el niño.
Por un instante, supongo que cuando se pudo encontrar con él, sintió la felicidad muy dentro, lo abrazó muy fuerte y lloró, y lloró, por todo el miedo que había sentido. Por el miedo a haberlo podido perder todo y por la gran alegría de que ya no le faltaría nada.
Su corazón no pudo con tanto y con su hijo en brazos, Fátima murió.

Fátima y tantas otras como ella, me han dado el ejemplo y me recuerdan que el cariño de una madre puede ser infinito y que a pesar de las adversidades y de los momentos difíciles, de los distanciamientos, de crecer, de ser marido, padre y de hacerte mayor, no hay nada como una madre.
Muchas felicidades, Mamá. Te quiero mucho.


jueves, 10 de junio de 2010

El Príncipe de la casa

En estos días de retiro paternal en los que solamente abandonas el hogar para sumergirte en la burocracia de registros civiles, seguridad social, delegación de Hacienda, y un largo etcétera que no quiero ni pensar, me siento como el conejo de Alicia. Entiéndase bien, el del cuento, que corría desesperado, exclamando: ¡No me da tiempo!, ¡no me da tiempo!...
Por eso no es de extrañar que mis preocupaciones, mis alegrías y mi inspiración, se encuentren precisamente en casa.

Como todo el mundo sabe, o mejor dicho, como todo el mundo opina y te comenta, cuando aparece un nuevo hijo, hay que tener mucho cuidado con sus hermanos, especialmente con el más pequeño, pues es muy probable que se vea afectado por el temido Síndrome del Príncipe Destronado, de devastadores efectos en el equilibrio y armonía familiar.
Como somos gente precavida, para evitar grandes traumas en nuestro hijo Guille, de dos años, hemos tenido la precaución de irle introduciendo de forma paulatina desde hace meses, pequeños cambios en su vida, preparándolo para cuando llegue el momento del derrocamiento.

Estos cambios han consistido, por ejemplo, en quitarle los pañales desde hace unas semanas, retirarle el coche oficial, convirtiéndolo en un peatón más y en irle nombrando su hermanita Clara constantemente, para que se fuese acostumbrando. Pronto supo que su futura hermana iba creciendo progresivamente y era la causante de que la barriga de su madre se hiciese más y más grande.
Y llega un día en que se acaban los ensayos y se produce el estreno de la obra. Ya la tenemos aquí y todos nuestros esfuerzos se vuelcan en evitar la aparición del síndrome maldito.
Esto nos lleva a ser muy cariñosos con él y  de alguna manera a consentirlo un poco más. Guille se lo ha tomado muy bien. El bebé le encanta y desde el primer día que la conoció en la clínica, la atiborra a besos y caricias que deben ser vigilados de cerca, por su excesiva efusividad.
Pero no debemos bajar la guardia, pues el germen está presente por todas partes y en cualquier momento puede hacerse con el joven huésped y diseminar la terrible enfermedad.
Una manera clásica de atajar el problema es hacerlo conocedor cuanto antes de que su hermanita ya ha llegado y ese bebé que ahora ocupa un lugar en casa, necesita que lo cuidemos y lo queramos mucho. Por eso es importante que participe de tareas como cambiar pañales, o ponerle el chupete, para que el depuesto príncipe crea erróneamente que todavía ocupa el trono. Para cuando se haya dado cuenta, ya será un vasallo cualquiera.

Y como la teoría la dominamos a la perfección, la puesta en práctica no nos ha costado ningún esfuerzo. Es lo que pasa cuando uno es un experto en la materia. Guille ya tiene a su sucesora en casa y disfruta de estos cambios que sin haber sido consultado, le hemos impuesto en su vida. Lo ha aceptado todo y ha entendido esta nueva situación de una manera excepcional y continúa siendo el niño cariñoso que siempre ha sido.
La otra noche sin ir más lejos, cuando estaba ya en la cama, a punto de dormirse, le di un beso y me acordé. Le dije: Guille, ¡No le has dado el beso de buenas noches a Clara!... ¡Corre! ¡Vete a dárselo!
Con esa sonrisa que tiene tan contagiosa, me miró, se bajó de su camita y fue corriendo hasta el salón. Lo había entendido perfectamente. Nuestros temores no tenían ya ningún sentido.
Tan feliz iba que pensé: ¡Qué bien lo hemos hecho! Esto ha sido mucho más fácil de lo que pensábamos...
Allí, lejos de la cuna donde estaba su hermana, Guille se acercó a su madre, le levantó el camisón con sus dos manitas y como venía haciendo cada noche, los últimos meses, se acercó y le dio un sonoro beso en la barriga.

domingo, 16 de mayo de 2010

Prueba superada

A menudo se habla de la adolescencia como esa edad conflictiva con la que se atemoriza a los jóvenes padres. Pero nadie te advierte de otras etapas más problemáticas que tienen lugar mucho antes.
Los que ya han pasado por ellas, saben perfectamente lo que quiero decir cuando me refiero a la traumatizante retirada del chupete (yo todavía recuerdo la mía), la sustitución del biberón por ese nuevo y desesperadamente lento desayuno en recipiente tipo taza, el cambio de la cuna a la cama, lo que hace de por sí, un poco más ligero el sueño de los padres y sobre todo, el tema que hoy me ocupa, ese proceso que no tiene vuelta atrás una vez has comenzado: el quitar los pañales.
Tomando como referencia a su hermana y dado que la semana que viene ya cumple dos años, pensamos que a Guille ya le tocaba dar ese importante paso. Así que desde hace diez días estamos inmersos en el estresante proceso de enseñarle a controlar sus esfínteres.
De momento nuestra actuación es casi como la de los bomberos que van moviendo la lona para capturar al suicida que se arroja al vacío. Casi estamos persiguiendo al niño por toda la casa con el orinal en la mano, preguntándole:
- Guille: ¿Quieres hacer pis? - su respuesta siempre es un sonriente No, aunque veas cómo el chorrillo va cayendo al suelo...
A pesar de todo, las aguas menores están en un proceso avanzado y creo que como los grandes incendios forestales, estamos a punto de controlarlo. Adelantándonos al rebosamiento de la presa, puntualmente cada media hora lo sentamos y él generosamente nos proporciona el líquido elemento.
Ayer fuimos invitados al bautizo y posterior festejo del hijo de unos buenos amigos. Un acontecimiento tan especial merecía un entorno acorde con la magnificencia del evento, por lo que finalmente lo celebramos en el Real Club de Polo de Barcelona. Precioso lugar emblemático, que además estos días celebra un torneo internacional de polo, por lo que lo más florido de este deporte y de la burguesía catalana, estaría presente en sus instalaciones.
Como no podía ser de otra manera y acorde con el lugar tan pichiflé, mi querido hijo se me acercó y con su de momento, espero, limitado vocabulario, me dice:
- Papi, pis...- y de ahí marchamos al servicio, donde se confirmó su solicitud.
Es un momento emocionante para unos padres el ver cómo la comunicación con tus hijos se va estrechando y nos vamos entendiendo. Este gesto de confianza y progreso incluso emocionó a su madre, muy sensible en esta época de disparate hormonal gravídico.
Como refuerzo positivo se le hizo toda la fiesta que el lugar permitía, pues no era cuestión de gritar a los cuatro vientos: ¡Bravo, Guille! ¡Has hecho pis...!
Muy bien - pensé - esto va por buen camino. Antes de nada, su madre estará reprendiéndolo por ensuciar la taza o por no tirar de la cisterna. Vamos, que en menos de un mes está hecho un hombre...
Esto bien se merecía una cerveza para celebrarlo....
Al cabo de un rato, de repente me llama Joaquín, el abuelo del homenajeado:
- Mel, mira lo que ha hecho tu hijo... - me dice señalando el suelo con sonrisa socarrona.
Ahí, en medio de la terraza del Real Club de Polo de Barcelona, ante los ojos de todo el mundo, depositado elegantemente tras haberse deslizado y rodado por la pernera del pantalón de Guille, yacía un señor truño. Junto a él, su autor, mi hijo, sonriendo orgulloso, como satisfecho del trabajo bien hecho.
Me parece que esta etapa va a ser más complicada de lo que pensábamos. Menos mal que esta semana tengo un montón de guardias...

martes, 11 de mayo de 2010

En el cielo

Hace casi un año que no haces guardias con nosotros.
Todavía no entiendo por qué de tanto en tanto, al llegar por la mañana no me encuentro con tus grandes ojos azules, esa sonrisa de niño travieso que nunca fuiste, recibiéndonos uno a uno para preparar el día y ponernos a volar juntos.
Cuando te describo, pienso en ti como ese piloto heroico, caballero del aire de otros tiempos, en los que el volar era la última frontera de la aventura. Cuando abro un libro de Historia de la aviación, me imagino que escondido en un capítulo inédito, aparecerá una foto tuya en color sepia, posando orgulloso junto a tu aparato, con un pie de página que cuente tus hazañas en los albores de la aviación.
Ya no vendrás jamás con nosotros, me cuesta aceptarlo; sé que nunca más tomarás los mandos y surcaremos el cielo juntos de nuevo.
Hoy he conocido a tu hijo Daniel, que ha venido a vernos con su madre. Como sabes, ya tiene cinco meses y sus inmensos ojos azules han iluminado todo mi ser. Parece un bebé feliz, bien rollizo, con unos mofletes que invitan a besarlos constantemente. No me he podido resistir, lo he cogido en mis brazos, e incluso me ha sonreído. Le he mirado y por fin lo he entendido, porque al verlo he comprendido que habías vuelto.