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domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

sábado, 27 de enero de 2018

Una clase de Ciencia













Hoy me he sentido como uno de mis héroes de mi infancia. He tenido el privilegio de ir a hablar de una de las cosas que más me gustan: El Espacio.

Hace una semana, probablemente porque sabían de mi pasión por el Universo, me propusieron dar una charla sobre estos temas. No me pude resistir. Hablar a una audiencia siempre ha sido uno de los pequeños placeres que me ha encantado disfrutar. 
Así que llegó el día y me presenté en el lugar en el que iba a presentar mi tema.
Subí las escaleras del recinto donde iba a dar la conferencia y al abrirse una puerta, allí ya estaba mi público, en silencio, esperando impaciente mi llegada. Encontrarte con ellos sobrecoge. Es algo que siempre sucede. En esos segundos te preguntas si conseguirás engancharlos y hacer, como decía Vallejo-Nájera, que en vez de moverse en sus asientos, se mueva algo dentro de sus corazones. 

Entré, coloqué mis cosas, cargué mi presentación y un apagado murmullo acompañó mis preparativos. Estaban impacientes porque comenzara. Contaba con casi una hora para hablar con unas 84 personas, dispuestas todas ellas a que les explicara cosas sobre La Luna, sus fases, los eclipses y cómo llegaron a ella los primeros astronautas.
No es que se tratara de un público entendido, pero sí que pude comprobar que era muy exigente con el posible resultado y de cómo podía explicarles a su nivel toda esa información. Tendría que tenerlos despiertos durante todo ese tiempo, manteniendo su atención y concentración. Desde que salí de casa imaginé que no iba a ser fácil.

Siempre hay cosas inesperadas y hoy no sería una excepción. El ordenador con el que iba a exponer el tema, se quedó colgado, así que mientras solventaban los problemas, improvisé presentándome y haciendo alguna gracia. Para eso, nada como comenzar hablando de tus hijos, en qué curso están y lo que hacen normalmente, contando alguna travesura y así arrancar las primeras sonrisas. Eso siempre da resultado. Y hoy, precisamente, no iba a fallarme el truco. Así ganaría un poco de tiempo. Por fin, todo se solucionó, y en la pantalla tras de mí, apareció la primera imagen: Una grandiosa luna llena. Continué con mi introducción e intenté explicar con el mejor de mis esfuerzos, paso a paso, mi presentación.

Todos miraban atentos mis movimientos por el escenario, con los ojos muy abiertos y con caras de asombro. Me interrumpieron varias veces para hacerme preguntas, pero es algo a lo que nunca me he podido resistir, así que no tuve más remedio que darles paso y debo decir que no me arrepiento en absoluto, porque eran muy interesantes. Algunas de ellas fueron:

- ¿Cómo apareció el oxígeno en la Tierra?
- ¿Hay más planetas que tengan vida?
- ¿Cómo se puede saber si unos planetas son más calientes que otros?
- ¿Cuándo volveremos a La Luna?

Me sentí como mi querido Carl Sagan, que me acompañó desde mi infancia en el camino del descubrimiento de la Ciencia. Era un divulgador increíble, que sabía plantar en ti la semilla del querer saber. Un extraordinario cuentacuentos, que nos explicaba el Universo, nuestros planetas y la Ciencia. Su obra maestra Cosmos, cambió mi vida y su libro aún lo conservo en mi biblioteca de obras más preciosas. Desde que desapareció, le he echado mucho de menos. Ya no tengo a nadie que me explique los avances de la Ciencia y que vuelva a sentirme como aquel niño que hacía volar su imaginación mientras a los pies de su cama le iban contando un cuento.

Yo explicaba con gestos grandilocuentes a los asistentes a mi charla, con el fin de no perder su atención. Saqué a varios de ellos al escenario para representar una pequeña obra que me ayudaría en mis explicaciones. Mediante pelotas y balones de colores, les hice girar sobre sí mismos, tal y como lo hacen los cuerpos celestes, para así poder explicar cómo se producían los eclipses. No podía dejar de ver sus caras de asombro y placer por descubrir cosas nuevas. Las mismas que yo debía tener cuando vi a Carl Sagan en la televisión, explicándome los misterios aún por descubrir del Universo. En medio de ese público, compuesto por niños de siete años, sumergida entre sus amigas y compañeros, estaba mi hija Clara, con una sonrisa preciosa, que solo ella sabe hacer, orgullosa de ver cómo su padre, por un día, se convertía en su profesor.

martes, 14 de enero de 2014

El Otro




Victoria abrió la ventana y una luz anaranjada del sol del atardecer invadió todo el salón de su apartamento. No era el sol de verdad, aunque ya casi nadie lo echaba de menos. Hacía muchas décadas que había quedado oculto por el denso smog y el eterno invierno nuclear que envolvía todo, pero el holograma que se intercalaba entre los dos paneles del vidrio de su ventana, hacían creer que penetraban rayos infrarrojos, dando una falsa calidez y un calor que harían olvidar al propio Sol. 
Se dirigió al centro de la habitación y con cierta melancolía, perdió su mirada en un jarrón con flores transgénicas, con colores vivos, de una intensidad imposible. 
 
Casi a la vez se oyó un chasquido electrónico que hizo que Victoria descendiera de su limbo y dirigiera su vista a la entrada. Daniel cerró la puerta y entró con paso lento, no tan alegre como solía hacer cuando le tocaba volver a casa, después de pasar tanto tiempo fuera. Aunque esto había mejorado últimamente. Desde que había cambiado de compañía, por fin pasaba más tiempo con Victoria. Atrás quedaban las épocas en las que hacía de copiloto en una pequeña y herrumbrienta nave de carga, que operaba en el cinturón de asteroides, transportando minerales, componentes electrónicos, o lo que fuese a las colonias exteriores. Desde hacía unos pocos años había prosperado. Ahora era el comandante de una flamante aeronave de última generación que trasladaba como pasajeros a grandes ejecutivos, deportistas o millonarios, deseosos de viajar con rumbo a lujosas estaciones espaciales. Los anillos de Saturno, se habían convertido en su rutina y habían dejado de ser un destino exótico y lejano, reservado a unos pocos privilegiados. Moviéndose con destreza entre las divisiones de Cassini, estaba tan familiarizado con las rutas estelares de Saturno, que ya apenas tenía que consultar las cartas de navegación para orientarse.
Daniel lanzó sobre la mesa la tarjeta táctil con la que se abría la cerradura de su casa, que comenzó a girar sobre sí misma. Se despojó de su cazadora de vuelo y de su gorra, dejando ambas sobre la mesa, junto al jarrón de flores imposibles.
Se acercó hasta Victoria y como hacía desde el primer día, la agarró por sus estrechos hombros y la besó. Ella pensó que él cerraría los ojos. Ella no lo hizo. Él tampoco.

- Tenemos que hablar - dijo él inmediatamente.
- ¿De qué? - contestó ella intentando disimular sus nervios - ¿De qué quieres que hablemos?
Daniel la miró intensamente, sin dejar de agarrarla por los hombros, impidiendo que ella agachara la mirada.
- Ya sabes de qué - dijo lentamente, de forma cálida - Y yo también.
Daniel hizo una pausa, como para permitirle ordenar sus ideas y que comenzase con su relato:
- Háblame de él.
Victoria dio un paso atrás y se vio arrinconada. Supo que ya había llegado a ese punto en el que no valía la pena seguir ocultando más su historia. Quiso preguntarle cómo lo había averiguado, pero a estas alturas, poco tenía ya importancia. El miedo a contar la verdad sería sin duda compensado con el regalo de la liberación de no tener que esconder más su secreto.

Victoria tragó saliva, pero antes de que un hálito de voz saliera por su garganta, como en un último gesto de misericordia, Daniel le concedió una prórroga y continuó hablando:
- Dime que lo que sé no es verdad.  Dime que sólo has querido pasar unos buenos ratos mientras estaba fuera, porque te sentías sola. Que todo esto es porque necesitabas sentirte querida. Dime que todo se explica porque me echas de menos. Dime que me necesitas siempre a tu lado. Que nunca se te ha pasado por la cabeza dejarme. Dime que en realidad has estado aprovechándote de él, porque no te has cansado de mí y me has olvidado. Dime que en ningún momento has tenido la tentación de compararme con él, porque en tu mundo no hay nadie más importante que yo. Dime que cuando vuelvo de cada viaje tú también tiemblas al verme, y tu corazón también se acelera y también piensas que en todo el Sistema Planetario jamás encontrarías a nadie como yo.

Victoria elevó ligeramente el mentón y sus ojos se encontraron con los de él.
- No, Daniel. No puedo.
Victoria le acarició levemente la mejilla con el dorso de la mano, con un gesto que más que de amor, era de consuelo. 
Daniel la miró con los ojos húmedos, como queriendo decir: ¿Por qué?
Victoria, adivinando su mirada, le contestó:
- No te lo puedo decir, Daniel, porque todo lo que dices, es lo que siento por él.

Se hizo el silencio hasta que Daniel se repuso ligeramente.
- ¿No puedo...? ¿No podemos...?
- No nos hagamos daño, Daniel. No serviría de nada.
- Pero Victoria... Todo el tiempo que llevamos juntos... No podemos dejar escapar todo... Déjame intentarlo... Todavía estamos a tiempo...
Victoria condujo la mano hasta los labios de Daniel, haciéndole callar.
- Daniel... Has llegado demasiado tarde a mi vida. Y aunque te hubiera conocido diez años antes, habrías seguido llegando tarde igualmente, porque él siempre ha estado en mi mente, dentro de mí. Llevo buscándolo toda mi vida, soñando con conocerlo algún día. Cuando le ví, lo supe. Es perfecto. Es él. Lo es todo y ahora, por fin, está aquí, en mi vida.
- Déjame intentarlo - suplicó él, como desembarazándose de las tupidas redes en las que se convertían sus rotundas palabras.
Victoria cerró los ojos, moviendo ligeramente su cabeza a ambos lados, como en un gesto de desaprobación.
Daniel comprendió que había perdido. Y antes de que Victoria los abriera de nuevo y para evitar ser visto llorando, Daniel se dio la vuelta, cogió su cazadora y su gorra y se marchó del apartamento. Allí quedó la tarjeta táctil, inmóvil, junto al jarrón.

Después de un buen rato, Victoria se atrevió a activar el panel de comunicaciones. Una placa de cristal transparente surgió desde una pared. Tocó por la parte inferior y fue iluminándose con números de colores y sonando distintos tonos a medida que iba marcando sobre el cristal.
Enseguida, en un recuadro que ocupaba casi todo el cristal, apareció un rostro que le hizo sonreír levemente.
- ¡Hola! - dijo Victoria - ¡Ya está! Ya lo sabe, Jon. Sí, sí... Se ha ido.
- ¿Estás bien?
- No. Sí. No sé... Estoy triste. Me duele hacerle daño. Pero estoy feliz. Aliviada, eso es. Aliviada es la palabra. Pero no me siento bien del todo.
- ¿Quieres que vaya?
- Sí, Jon. No quiero estar sola. Hoy no quiero hacer el amor. Sólo quiero estar contigo. Necesito que me abraces y no me sueltes en toda la noche.

Más tarde, ya la luz anaranjada tal y como estaba programada, dejó de entrar en el apartamento, dando paso a las luces de los grandes edificios de la ciudad, que tomaron el relevo. La intensa iluminación de la metrópolis, llegaba tenue al apartamento por las nubes de smog contaminado y apenas alcanzaban el torso desnudo de Victoria, abrazada a su amante, en una casi penumbra.
- No va a ser fácil - dijo él - Ya lo sabíamos, ¿no?
- Me da igual, Jon. Que piense la gente lo que quiera. Te tengo a ti y eso es lo único que me importa de verdad. Ya sé que nadie va a entender que me haya enamorado de un robot.
- Un robot que sabe lo que es el amor y es lo que siento estando contigo, Victoria.
- Te quiero tanto... - dijo ella. Sus mejillas se empaparon de lágrimas de felicidad y entonces él la abrazó más fuerte.

 

jueves, 3 de noviembre de 2011

En órbita


Siempre he soñado con ser astronauta. Bueno, en realidad no es así. Lo correcto sería decir que siempre he querido ser astronauta. Soñar, lo que se dice soñar, no lo he hecho hasta anoche.

No sé qué me pasa de un tiempo a esta parte, que soy capaz de recordar perfectamente lo que sueño. A veces son historias divertidas, como cuando era guardia urbano y paré a un conductor que iba como loco por las calles de La Laguna, de noche y con unas gafas de sol y resultó que era ciego, o en ocasiones terroríficas, como cuando fui testigo de cómo una de mis cuñadas se lanzaba por una ventana harta de aguantar bromas de sus hermanas. Afortunadamente, nunca han sido sueños premonitorios. Eso sí, me suelen mantener entretenido todas las horas que estoy dormido. Por eso, cuando me despierto, deseo poder contarlos. Pero no sé por qué, pero me da la sensación de que cuando lo intento, salen huyendo de mi presencia, cuando en vez de "Érase una vez..." me oyen decir: "¿Te cuento lo que soñé anoche?"

Lo bueno de escribir un blog es que nunca sabes si lo llega a leer alguien y sobre todo, en qué línea decide arrojar la toalla y cerrar la página. Así que como soy ajeno al interés o ignorancia que produce este lugar, pensaré que esta vez, cuando explico lo que soñé anoche, le interesará a alguno.

Anoche soñé que era astronauta. Estaba embarcado en la estación espacial internacional, la ISS. Allí no se está de vacaciones. Ya lo tenía claro, que la mayor parte del día lo emplearía en hacer experimentos y anotar resultados. Mi sueño no me dejó resquicio para ser piloto, así que supongo que como losa que tengo encima de mi cabeza y que me persigue, ni siquiera cuando estoy en los brazos de Morfeo, dejo de ser médico.
Había un astronauta, cuyo nombre no recuerdo, que decía que cuando estaba en órbita no hacía más que mirar por la escotilla (cuando podía), añorando volver a la Tierra. Cuando estaba en casa, ansiaba poder volver a estar flotando en el espacio.

Como contaba, me encontraba en órbita y ahora que por fin disponía de un rato de descanso, como hacen todos los astronautas que por fin han llegado cumplido su sueño de niños al llegar al espacio y experimentar la ingravidez, nada mejor que irme a la escotilla y ver cómo damos vueltas alrededor de nuestro maravilloso planeta azul. Han sido pocos los afortunados que han tenido el privilegio de ir al espacio y la vista desde allí es magnífica.
En casa tengo un libro de fotografías hechas desde el espacio, que refleja sin duda la magnificencia del maravilloso espectáculo que pueden disfrutar unos pocos afortunados. Y recordar ese libro, seguro que fue lo que me llevó a intentar hacer mis propias fotos.
Giré hacia un lado para coger mi cámara y de pronto recordé que cuando salía de casa, camino de la plataforma de lanzamiento, me di cuenta que me había dejado mi equipo fotográfico detrás.
Intenté volver a por ella, ya que sólo tenía que abrir el portal de casa y subir a por la bolsa donde tenía mi cámara con sus objetivos, pero Lou me cogió del brazo y casi arrastrándome hasta la plataforma de lanzamiento, me dijo:

- Es igual, Mel, déjalo, que vas a llegar a tarde y el cohete no va a esperar por ti. No te preocupes, ya la llevarás la próxima vez.
- ¿¿¿La próxima vez??? - pensaba ahora ante aquel espectáculo que no podía fotografiar - ¡¡A lo mejor no hay próxima vez!!

Y el inconsciente, que es muy sabio, para evitar un conflicto matrimonial de dimensiones astronómicas, decidió que debía despertarme y dar por concluido aquel sueño inconcluso.

Así que fiel lector, si no has abandonado antes la lectura, que de mi frustración saques una enseñanza, como las que ofrecían las fábulas de animales que nos contaban en nuestra infancia: Si algún día tienes la suerte de convertirte en astronauta, considérate un privilegiado por poder disfrutar de un espectáculo único. Por Dios, no te dejes en casa la cámara de fotos y acuérdate de mí. Aprende de mis fracasos y haz todas las fotos que para una vez que fui astronauta, yo no pude hacer.





viernes, 24 de junio de 2011

La primera lección de Física















Ya sabía yo, que sucedería esto algún día y por eso me he estado preparando concienzudamente todos estos años, formándome, estudiando, leyendo, e incluso, según algunos maledicentes, hasta aprendiéndome de memoria las preguntas del Trivial. El momento ha llegado. El momento en que comienzan las preguntas importantes.
Y como decía, tengo todo un arsenal de información, deseando ser desparramada por esas mentes inquietas, ávidas de devorar nuevos conocimientos.
Ya hace tiempo que tengo como referencia inmediata a Sergio. Sergio es el hijo de unos primos, que con siete años me describió perfectamente con gran excitación, paso por paso, cómo se produce la preparación, lanzamiento y puesta en órbita del transbordador espacial. Incluso me explicó cómo se saca un satélite de comunicaciones de la bodega, con un gran brazo articulado.
A pesar de que el padre de Marta es un erudito en cuestiones astronáuticas, astronómicas o astrofísicas, no puede compararse con el caso Sergio, cuya familia está formada por superdotados, licenciados en Física y algún que otro químico. De hecho, creo recordar que uno de sus progenitores, incluso llegó a ser aspirante a astronauta de la agencia espacial europea.

Hace unas noches, cuando los niños acaban de irse a la cama, oigo a Lou que le dice a la niña:
- Marta: Esta noche que Papi está aquí, se lo puedes preguntar a él...
Lou salió del cuarto y acercándose me dice que la niña quiere preguntarme algo y hace un gesto, arqueando las cejas, como queriendo decir: ¡A ver cómo sales de ésta...! Todo para ti...
Cuando llego a la cama de Marta, está con los ojos bien abiertos, esperando impaciente al oráculo de Delfos, para que le solucione una serie de cuestiones trascendentales.
- Papi - me pregunta, sin esperar a que llegue a los pies de su cama:
- ¿Cómo es que los planetas no se caen?
Menuda papeleta, explicarle a una niña de cinco años la Ley de la gravitación universal.
- Por la gravedad - le contesto con rotundidad.
- ¿Qué es la gravedad? - me contesta lógicamente ella.
A ver cómo lo explico a una niña de cinco años, pienso... Mmm, ya sé, me digo.
- Imagínate que el espacio es una piscina y los planetas son como pelotas que están flotando... Eso es la gravedad. Por eso no se caen - le aclaro.
Marta frunce las cejas, como intentando captar la idea. Junto a ella, está absorto su hermano Guille de tres años, que escucha atentamente en silencio mis explicaciones.
Cuando parecía que ya estaba conforme, Marta me plantea otra cuestión.
- Papi: si los planetas son como pelotas, ¿podría llegar un gigante, coger los planetas y llevárserlos?
- No, Marta, porque los gigantes no existen...
- Sí, Papi, sí existen - interviene Guille con tono ofendido, moviendo la cabeza a ambos lados - son muy grandes y son feos - me explica abriendo los brazos.
Papi, - interrumpe Marta - pero los gigantes, cuando cogen los planetas, ¿dónde se apoyan?  - me pregunta. 
- Es difícil de explicar, Marta - mientras pienso cómo hacerlo, recuerdo  aquella cita de Arquímedes, con su "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo" - No puede ser - intento zanjar la cuestión - Los planetas no los pueden mover los gigantes, porque no existen... 
Reconozco que no encontraba una mejor respuesta, a pesar de saber que estaba sacrificando para siempre un personaje de cuentos, que podía darte mucho juego cuando estuviese falto de inspiración. 
Marta ya no replicó más. Ha costado, pero creo que finalmente ha entendido el orden del Cosmos. Se le acabaron las preguntas, parece haber aceptado la explicación. Tan sólo queda darles el beso de buenas noches y despedirnos hasta mañana.
- Papi - pregunta ahora Guille.
- Dime, Guille... - le contesto, creyendo que me llama para darme su beso.
- ¿Qué es... un planeta?

viernes, 15 de abril de 2011

El astronauta




















Un amante de la astronáutica como yo, no podía perder la ocasión de escribir algo, ahora que en estos días se conmemora el medio siglo del viaje al espacio del primer astronauta de la Historia.
Desde bien pequeño, conozco la figura de Yuri Gagarin, su viaje y de todos los que vendrían después de él y que tuvieron la suerte de ver la Tierra desde el espacio.
Pero por si en algún momento se me pudiese escapar de la memoria, de tanto en tanto mi hermana María, me recuerda que cuando era muy pequeño, tenía un pijama con la imagen de Yuri Gagarin y su cohete. Ella sitúa el origen de toda mi pasión por el espacio, en aquel momento, aunque yo más bien pienso que es producto de la coincidencia. El pijama no tuvo nada que ver.
Esta noche volvimos a hablar por teléfono y en nuestra intrascendente conversación volvió a salir irremediablemente el tema del pijama. Algo inevitable, porque estos días se ha nombrado mucho en los medios de comunicación, la efeméride de la gesta del cosmonauta ruso. Por eso,  Yuri Gagarin ha aparecido en nuestra charla. Bueno, en realidad hemos hablado de dos Yuri Gagarins.
Uno de ellos, como es obvio, es aquél que apareció en mi pijama y el otro, que María descubrió por casualidad, es Yurigagarin Hernández Díaz. Gran losa, que unos padres apasionados por el espacio, decidieron un buen día regalarle para toda su vida.

Los nombres han de ser escogidos con mucho cuidado. Yo, a pesar de mi extensa prole, la única concesión que me he tomado, fue hace años, que guiado por ese fervor musical, en honor a Phil Collins, llamé Phil a mi primer y añorado perro, un precioso pastor alemán.

Mi hermana María, además de ser webmaster, exquisita cocinera amateur, madre de mis únicos sobrinos Alberto y Álvaro, entre tantas y tantas cosas (que me reprochará haber olvidado), además, es una consumada genealóloga. Esto le confiere una cierta autoridad a la hora de hablar de anécdotas familiares, parentescos, descendencia y sobre todo, nombres.
En nuestra charla, conducidos por el caso de ese desgraciado hijo de unos astronautas frustrados, me habló de Venezuela.
Ese país, tan cercano como siempre ha sido para los canarios, según ella, es la patria de los nombres curiosos. Allí cada uno bautiza a su hijo como bien le entra en gana. Así me comentó la tortuosa y miserable vida que tuvo que arrastrar la pobre Jaquelinkenedi Vargas, por culpa de sus padres. Es la versión chévere de ese Kevincostner de Jesús, del que todo el mundo habla, pero que en realidad nadie ha visto, ni ha sido compañero suyo, ni ha coincidido en ninguna parte con él y por tanto, eso me hace pensar que su existencia es más una leyenda urbana, como lo son el conocido diente de rata del restaurante chino, o la célebre autoestopista de la curva peligrosa.

Hablaba de Venezuela, porque al parecer allí es bastante frecuente el encontrarte con alguien que se llame Usmáil. Al principio pensé que sería un nombre de origen árabe, ya que me recordaba vagamente a Ismael, o algo así. Nada más lejos de la realidad. A aquellos padres les llegó la inspiración al observar los aviones correo americanos y su carga. Todo rotulado de una forma muy clara, bien visible, donde podía leerse perfectamente: U.S.Mail.

De todo esto hay que sacar una enseñanza para el futuro cercano. Si todo sigue así, no deberíamos extrañarnos si dentro de unos años, conocemos a algún Messi García, una Ladygagá Rodríguez, un Davibisbal Fernández, a Belenesteban Gómez, o incluso a una Leirepajín López.

Y todavía hay quien dice que estoy en el aire...