viernes, 26 de noviembre de 2010

La Mar


El mar es dulce y hermoso. Pero puede ser cruel y se encoleriza tan súbitamente, y esos pájaros que vuelan, picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para la mar.
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aún un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.  
El viejo y el mar, Ernest Hemingway


Soy el único médico de una familia muy vinculada con el mar. Mi padre fue el hijo que no siguió la tradición familiar y realizó estudios técnicos, que nada tenían que ver con la profesión de su padre y sí más, con problemas de ingeniería, de tierra adentro. En eso puede que nos parezcamos: Rompemos sagas familiares e iniciamos otras. Yo sé que soy principio y fin de una nueva, de médicos, que no me importa que se extinga. En cambio, veo con tristeza cómo el profundo amor por la mar de mi abuelo, no se ha extendido a la generación de sus nietos. Esa vocación ha sido arrastrada irremediablemente por la marea.

Mi abuelo José Amaro fue práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. Eso le confería una cierta autoridad y consideración de personalidad en la ciudad. A pesar de esto, nunca tuvo ningún reconocimiento ni homenaje alguno. Si no naces en La Palma, nunca serás palmero. Así de ingrato se es en algunos lugares con los foráneos que vienen para quedarse. En cualquier caso, tal y como recuerdo como era, creo que se habría negado a recibir distinción alguna.
Era, como hombre de mar, una persona bastante introvertida. Al menos ése es el recuerdo que a mí me ha quedado. Creo que lo que más feliz le hacía era su familia y en especial sus nietos.

Tengo muy dentro la figura imborrable de mis abuelos y de aquella enorme casa en la que vivían, plagada de detalles marineros por todos lados. Jamás he vuelto a ver un piso de aquellas dimensiones, pero que a pesar de tener tal superficie, no tenía ningún rincón que no fuese entrañable y creo que la culpa la tenía mi abuela Chucha. Lograba que su casa fuese la mía y la de todo el mundo. No ha habido nadie más amable y acogedora.
Tras flanquear la puerta principal, te daba la bienvenida un enorme cuadro, una marina, una fragata que surcaba la mar, luchando contra el oleaje. A menudo me quedaba absorto mirando esa nave, imaginando la espuma salpicando sus cubiertas, mientras el olor a salitre impregnaba todo. El crujir de la madera se alternaba con el vaivén de la proa, que cabeceaba con las olas, penetrando en la mar y saliendo inmediatamente.
De la pared de aquella estancia, colgaban sextantes y en el centro del recibidor, sobre unas figuras de ébano talladas, pendía una enorme lámpara de madera cuyo armazón principal lo constituía la rueda del timón.
A la izquierda, en una habitación cuyo techo estaba poblado por una enredadera que venía de la terraza, que lo tapaba todo, se abría una gran ventana. Y desde la inmensa altura de ese piso, se distinguía toda la bahía.

Muchas veces al levantarme fui allí, y lo veía con sus prismáticos, adelantándose a su propia vista, anticipándose a la llegada de ese barco, que más tarde iría a atracar.
Me decían que era un hombre muy bajito, pero por mi corta edad nunca llegué a sobrepasarlo y darle la razón a todos aquellos que me lo contaron. Para mí, su silueta imponente se interponía en medio de aquel ventanal radiante de luz que lo rodeaba.
No era de explicar muchas cosas, pero sé que le gustaba que estuviese con él y disfrutaba cuando me dejaba mirar por aquellos prismáticos suyos, que no acababan de ajustarse a mis ojos, aún demasiado pequeños.

Un día, cuando ya casi tenía todas las preguntas para hacerle, se hizo a la mar y se perdió para siempre. Y aunque entreabrí mis ojos y fruncí el ceño para intentar verlo, no alcancé a distinguirlo. Fue la primera vez que descubrí que cuando alguien hace ese viaje, se marcha muy lejos. Tanto, que ni siquiera los mejores prismáticos ya sirven para nada.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Por que sucede así? Por que cuando uno está listo para querer zambullirse en las historias familiares, con atenta curiosidad,y verdaderas ganas de conocer, ya es demasiado tarde; y el paso del tiempo es cruel, la demencia senil no permite que se hable con claridad, o la falta de oído impide tener una conversación fluida, o sencillamente el narrador está demasiado fatigado... y entonces, lamentas una y otra vez haber sido tan tonto de dejar escapar la oportunidad de apreciar a tiempo la sabiduría. Sólo confío que a mis hijos nos les suceda lo mismo, que sus padres sean capaces de inculcar el valor y la riqueza que tiene el testimonio de los abuelos y sus "historias", y que sean lo suficientemente listos para saber disfrutarlo a lo largo del tiempo, antes de que nada se lo pueda arrebatar...Una vez más, sin ser un Carrillo, siento admiración por esos abuelos...

Anónimo dijo...

Mel conoci personalmente a tus abuelos y su hermosa casa también y me has rescatado del recuerdo pequeños detalles de la casa que no recordaba, el homenaje me resulta encantador, felicidades por haberme hecho traer a esos dos SEÑORES a la cabeza, todavia tengo el sabor del pan con mantequilla que nos daba tu abuela Chucha (pa nosotras también María Jesús)cada vez que atravesabamos su casa para bajar por el ascensor desde La Luz a la calle Real, ¿qué mujer más grande, más acogedora, maravillosa! la queríamos muchisimo y a D. José Amaro también, tengo algo de ellos en mi familia a la que adoro que es nuestra tía en común: NENA.

José Amaro (el nieto) dijo...

Querido Mel:
Muchas gracias por regalarnos (y devolvernos)este bello trozo de memoria perdida, que es como una de esas piedras únicas, hermosas, que uno encuentra en la arena de esta playa tan corta de la vida.

Anónimo dijo...

Me ha emocionado este recuerdo a tu abuelo José Amaro.Yo también lo conocí. Quizá a tí por tu corta edad, de entonces, te pareciera algo introvertido y poco comunicativo, por el respeto que nos infunden las personas mayores y la distancia que nos separa. Algún día te contaré de mis tardes sentados en el estar con la ventana abierta a "La Luz" que servía de mostrador para todo el que pasaba... Allí supe de sus largos días y noches en el mar, de su experiencia en la guerra, de sus avatares por la vida. Era un comunicador muy ameno y tuve la gran suerte de poder disfrutarlo.

Lourdes Benítez Carrillo dijo...

Muy bonito Mel, lástima que yo no tenga tantos recuerdos, gracias por darme una imagen de mi abuelo que no conocía.

Su dijo...

Bonito homenaje. Aunque como palmera no he podido evitar que me de un pellizquito el corazón al leer lo de que si no eres de La Palma nunca serás palmero. Por suerte, no creo formar parte de esos palmeros.

No sé si estoy confundida, pero creo que también hubo por aquí un Dr Amaro...¿tiene alguna relación?

Saludos

melkarr dijo...

Anónimo 1: Es ley de vida. Cuando llega el momento, se nos acaban escapando. Pero lo más importante es que quedan en un lugar bien seguro. En nuestros recuerdos.

Anónimo 2: Gracias por tus bonitas palabras escondidas en ese tímido anonimato. Nuestros parientes comunes te medio delatan. Un beso.

José Amaro: Por tu forma de ser, por ese humor irónico que no has dejado de tener nunca, esa prosa maravillosa que nos has regalado siempre, por esa capacidad única de saberte reir de ti mismo, tu humildad y tu nobleza, eres el merecido heredero de llevar el nombre de tu abuelo.

Anónimo 3: No me hagas esperar, cuéntamelo ya, quiero saber tantas cosas...

Lourdes Benítez: Los recuerdos de tus primos mayores, de tus padres y de tus tíos, son el desinteresado regalo que hacemos al resto de la familia que eran como tú, demasiado pequeños para recordar. Un beso muy fuerte.

Su: Gracias por asomarte a estas páginas. Yo que sigo tus escritos y disfruto de cada uno de tus pequeños pero intensos relatos, me avergüenza un poco saber que pasas por aquí.
Tienes razón. Claro que no todo el mundo es igual. Quizás desde fuera se les ve a los palmeros muy celosos de lo suyo, de sus costumbres. Son acogedores, pero la etiqueta de palmero hay que ganársela desde el nacimiento. Muchos de mi familia son palmeros, como lo son algunos amigos. Y te hago una confidencia: Dentro de mí, por todo lo que he contado y lo que se queda en el tintero, yo también me siento medio palmero.