jueves, 3 de febrero de 2011

La barbería
















Decidir cambiar de vida no es fácil. Uno de los principales inconvenientes es la mudanza. Por eso en otros países, no sé si más avanzados o no, venden todo antes de partir: casa, muebles, coche, para afrontar el traslado a un nuevo lugar sin cargas. Es algo que siempre me ha sorprendido. Ese escaso apego a los objetos materiales que te han acompañado tanto tiempo.

Pero la mudanza no ha sido una de las grandes dificultades con las que me he encontrado cuando decido iniciar una nueva etapa en otro lugar, salvo lo engorroso de empaquetar, trasladar, desenvolver, colocar y tirar lo que se ha podido romper, por no decir la selección natural de desprenderse de lo que ya no se necesita.
En realidad, lo duro ha sido, el encontrar peluquero.
Creo, sin exagerar, que hasta que no encuentras esa persona de confianza, no se puede decir que te has adaptado por completo al nuevo lugar.
No sé por qué, pero con ese personaje se tiene una vínculo especial, casi mágico. Y esto lo vas asimilando desde pequeño. Recuerdo siempre a mi madre, y por extensión a todas las señoras de su edad (que para un niño eran muy mayores), que nunca volvían contentas de la peluquería. "Esta chica no acaba de acertar con mi pelo..." - decían- "No sé por qué me he dejado convencer si sólo fui a que me lo marcasen..." Otras veces escuchaba aquel otro comentario: "te dejan muy bien arreglada, pero mañana cuando me lave el pelo, se me echará a perder..." He oído hasta la saciedad aquella frase entre reproche, enfado o decepción:
"...mira que le dije que sólo me cortase las puntas..."
Pero a pesar de este continuo desencanto, sin yo entender por qué, acababan irremediablemente repitiendo.

Los hombres somos bien diferentes. Al fin y al cabo, no innovamos con el peinado y cuando tienes tu peluquero, se podría decir, como ocurre con los buenos equipos bien conjuntados, que prácticamente sobran las palabras.
Llegas, saludas y cuando tu peluquero arquea las cejas, le contestas con un innecesario "como siempre".
Y nunca llegamos a casa descontentos por el resultado, porque siempre es el mismo. Somos así de simples y las cosas las hacemos así de fáciles.

El venir a vivir a Barcelona trajo consigo grandes cambios en mi forma de vida y como mencionaba, quizás el más traumático fue encontrar quién me cortase el pelo.
Tras estar vagabundeando por distintas barberías durante algunos años, un día, supongo que casi engañado, recaí en la peluquería de Anabel, que a la postre era quien arreglaba el pelo (¿se dice así?) a Lou, sus hermanas y a mi suegra.
Y digo engañado, porque aunque me vendieron la idea de que era una peluquería unisex, la realidad es que jamás he visto a ningún otro hombre cortándose el pelo allí, si no contamos a mi hijo Guille, claro.

Y aunque ésta sea una experiencia nueva, la verdad es que es bastante enriquecedora. Participar en ese ritual, hasta entonces desconocido para mí, me resulta siempre muy divertido.
La barbería, o mejor dicho en este caso, la peluquería, es un lugar donde no se ha de ir con prisas. Nada más llegar, te sientas, cruzas las piernas y empiezas a instruirte. Siempre es interesante ver cómo viven los ricos. Para eso, como lógica entrada en cualquier sitio, un ¡Hola! y a ver casas de famosos millonarios...
Tras las primeras 20 páginas, el resto me interesa bastante poco, pero mantengo la revista abierta y los oídos, pues las conversaciones de peluquería son entretenidísimas...

Me siento como un espía agazapado detrás de un periódico, pues ellas, Anabel, su madre y sus clientas, se explican sin al parecer sentirse turbadas por mi presencia.
Cuando alguna me mira un poco más insistentemente, como si fuese un intruso, Anabel les dice: "¿te acuerdas ese blog que te recomendé? Él es el que lo escribe." A mí me hace sentir como una celebridad cuyas casas estoy viendo en las revistas y ella, sin saberlo, aparte de mi peluquera, se convierte en mi agente literaria.
No es raro que aproveche la tesitura para decirme: "A ver cuándo escribes de mí o de la peluquería..." No sé, a lo mejor algún día...

Y no tardo mucho en ser el siguiente. Ahí es el momento más delicado de todo el ritual. Te colocan un batín de color celeste, que me aprieta un poco los brazos y apenas me llega a cubrir las rodillas. Fuera de ese lugar, no sería capaz de ponérmelo ni en carnavales. El batín tiene un cinto del mismo color, que nunca sé si se anuda delante o por detrás. Siempre que me acompañan Marta o Guille, cuando soy envestido con esa toga, me miran los dos con ojos abiertos y cara burlona, intentando que no se les escape la risa.
Esa batita me dio la pista de que había sido engañado. Aquello era una peluquería de señoras, como a la que iba mi madre con sus amigas.

Cuando llega el turno de cortar el pelo, Anabel no arquea las cejas. Simplemente agarra el peine y las tijeras con su mano izquierda. Ella sí que es zurda, no como mi peluquero de la niñez. No arquea las cejas como sus colegas de las peluquerías para hombres. Se limita a decirme: "Te cortaré el pelo como quiere Lourdes".
Lo cual lejos de hacerme sentir como un calzonazos, en realidad me beneficia totalmente, pues yo sólo me veo en el espejo tres veces y en cambio, Lourdes, a lo largo de todo el día. Y que te encuentre guapo tu mujer, como comprenderán, no tiene más que ventajas...

Y por último llega el instante más maravilloso,incluso cuasi-orgásmico, del lavado de cabello y posterior masaje capilar. Y si no, que se lo digan a Meryl Streep.

Alguien me confesó una vez, que estaba convencido que en otra vida, yo tuve que haber sido una mujer. Tal vez quien lo dijo estuviese en lo cierto, porque desde que voy a esta peluquería, me marcho siempre pensando que Anabel me ha cortado demasiado el pelo. Así tardaré demasiado en volver por aquí.

4 comentarios:

marta gómez rivera dijo...

Jjajaja, muy bueno Mel. Me encantaría un día verte en la pelu con el "batín" puesto y leyendo el Hola. No tiene desperdicio. Gracias una vez más por hacerme sonreir con tus anécdotas. 1besote

Anabel Martín dijo...

Hoy, en medio de una tarde caótica de trabajo,veo por el espejo a una tal.....Lou venir andando, bastante rápido, hacia mi puerta y me pregunta si he leído el blog,"de cuando le pregunto yo,de hace un rato
noooo le digo, tienes que leerlo"!! ...!
Dicho y hecho!!!
Por cierto, no os creáis todo lo que dice( a veces no dice toda la verdad) jajajaja!!
Ya hablaremos del cuasi-orgásmico
Un beso!!

rafael dijo...

Mel, te encuentro últimamente un poco trucha. Eso donde te cortas (y lavas, que es peor) el pelo es un estilista. Los barberos de toda la vida hablan de futbol y toros, no tienen el Hola, como mucho un Interviu. Mel, te han engañado...

melkarr dijo...

Querido Rafa:
Puede que tengas razón. Porque el caso es que cada vez me gusta más. No hay nada tan divertido como estar infiltrado tras las líneas enemigas. Te lo recomiendo. Una conversación de mujeres, puede ser más apasionante y enriquecedora que cualquier debate deportivo o taurino...