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domingo, 15 de septiembre de 2024

El viajero del Tiempo


Se han oído muchas historias sobre viajes en el tiempo. Se han escrito muchas novelas. Se han rodado numerosas películas, pero hasta ahora todo pertenecía al mundo de la ficción. 
¿Quién no ha soñado con poder hacer viajes en el tiempo y situarse en una época determinada? ¿En el pasado? ¿Echar un vistazo al futuro? ¿Conocer personajes históricos de primera mano? ¿Ver a nuestros antepasados? 
El catálogo es fascinante. Lo sé. Y digo que lo sé, porque hoy es un día de confesiones. Hoy es un día importante. Lo creáis o no, soy un viajero del tiempo. De hecho, tan solo hace un momento que aterricé aquí. Acabo de llegar.

Pero empezaré por el principio, aunque tratándose de un viajero del tiempo como yo, hablar de principio, resulte muy gracioso. Vengo de algún momento y me muevo de adelante hacia atrás a mi antojo. No hay ni comienzo ni final. Por eso todo el mundo se pregunta cómo es posible que esté tan joven y guapo. Pues por eso, porque por mí no pasa el tiempo...

Hace unos años comenzó la Tecnología para viajar en el tiempo. Eran máquinas muy sencillas donde solo había que ajustar un reloj de destino y el aparato te llevaba de forma instantánea a la fecha que habías prefijado. Los primeros en usarlas fueron los historiadores y en cuanto bajaron los precios y se hicieron asequibles, por fin cualquiera se podía hacer con su propia máquina.

En poco tiempo se reescribieron todos los libros de historia y se publicaron miles de tesis. En cuanto la gente pudo viajar a cualquier época sentados desde el salón de casa, se desató la locura. Pero como todo, en cuanto se acabó la novedad, la gente empezó a estar aburrida de ir a ver a Napoleón, a conocer a Marilyn Monroe, o hacerse fotos con Elvis o con Cantinflas. Los fabricantes de estas máquinas vieron que las ventas empezaron a caer en picado. Así que lanzaron una segunda versión con nuevas e increíbles prestaciones. En esta nueva máquina, la fecha era lo de menos. Lo importante ahora era el vínculo estrecho con el usuario. Sus pensamientos, su vida, pero sobretodo, sus sentimientos...

En el nuevo panel de instrumentos ya no hay un reloj. Solo una pantalla con un teclado a modo de buscador. Ahí puedes escribir lo que quieras y la máquina te llevará a aquellos momentos que has vivido.

Hoy he escrito la entrada Momentos felices. Y me he teletransportado a un partido de rugby, donde veo a Guille recuperar un balón en su zona de marca, esquivar a uno, a dos, a tres, a cuatro, así hasta ir atravesando todo el campo. La gente chilla al no creerse lo que hace ese niño tan pequeño, que corre y corre y nadie es capaz de frenarlo, hasta que llega al otro extremo del campo y logra posar el balón en el suelo. 

De ahí me voy a otro sitio y veo que el Madrid gana la Champions League por décima vez, once, doce, trece, catorce, quince veces... Por un momento creo que la máquina se ha quedado encasquillada, pero no... ¡Es verdad!

Estoy asombrado. Esta nueva versión es una maravilla, así que estoy decidido a ponerla más a prueba. Ahora en la ventana de entrada de datos, escribo Momentos muy felices.

La máquina me ha llevado a Madrid, a un bar de copas llamado Kyoto y allí fue cuando me encontré con Lou por primera vez. La vi aparecer con esa sonrisa (sí la sonrisa...), que es la más bonita del mundo.  Fue durante esos días de diciembre. Esos días misteriosos en que la humanidad recuerda aquel instante en que se paró el tiempo. Debo confesar que fui yo, que boquiabierto, le di a pausa, para recrearme...

De ahí doy un salto y me encuentro con un bebé precioso, mofletudo, con enormes ojos azules. Estoy en el nacimiento de Marta... Todo se mueve y en una escena parecida, en el mismo lugar, ahora estoy con Guille y segundos más tarde, con esa otra preciosidad que es mi hija Clara.

¡Esta máquina es increíble! -pienso-. Pero como soy insaciable, quiero ver hasta dónde puede llegar. Me pongo de nuevo en la dirección de destino y escribo: Momentos de gran felicidad.

De pronto, me veo vestido como estoy ahora, rodeado de gente conocida, con un dolor en la cara, de tanto sonreír. Miro al lado y veo a Lou que sonríe aún más que yo (y que aún su sonrisa es más bonita que cuando la vi por primera vez). Estoy en una boda y todo el mundo allí presente es feliz.

Hay otras paradas. Me detengo en una que me lleva hasta el retiro de Emaús. Ahí me encontré de nuevo con la Fe, mi vida dio un cambio que no esperaba, desaparecieron todos, todos mis miedos y me convertí y me abracé a Él.

Creo que la máquina aún tiene recorrido, así que decido estrujarla un poco más. Escribo en la ventanita: Momentos de inmensa felicidad, a ver qué pasa... Para mi sorpresa aún funciona, tarda más de lo normal en dar un resultado, porque tiene que avanzar muchísimo hacia adelante en la felicidad, pero al final se detiene en una iglesia, donde se celebra una boda. La de hoy. Y por eso estoy aquí ahora mismo.

Estoy convencido de que esta máquina del tiempo aún puede llegar un poco más lejos. Aunque ya sé cuál será el próximo destino. De aquí a un tiempo escribiré para que me lleve a esos Momentos de Eterna Felicidad, y allí nos volveremos a encontrar todos los que estamos aquí hoy, de nuevo, acompañados de nuestros seres queridos y juntos, felices abrazados a nuestro Dios, en el Cielo.

jueves, 29 de agosto de 2024

La carrera


 







¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya!

Estas palabras resuenan en nuestras cabezas. No queremos dejar ni un milisegundo fuera, y salimos rápido en cuanto podemos arrancar tras ese ¡ya!, que es como un pistoletazo.

Cada instante es importante. Es una carrera donde hay un solo ganador y un perdedor: Guille y yo. Yo y Guille.

Despegamos los pies y la arena salta hacia atrás debido a nuestro impulso frenético hacia adelante. Pero esta carrera que hacemos ahora, empezó a celebrarse mucho tiempo atrás.

Esta es la foto de la que probablemente fue la primera edición de esta magnífica competición. Desde aquel momento hace unos doce años, repetimos esa carrera. Ya no lo hacemos en una pista de atletismo, como la primera vez, sino en la playa, cuando estamos de vacaciones.

Como los espetos, el chiringuito y las palas en la playa, no ha habido desde entonces, un solo verano en que no hayamos revivido este momento. Es una tradición más. Sin faltar un solo año.

Siempre el último día, de la última tarde, cuando los rayos de sol parecen languidecer más que todos los otros atardeceres del verano. La arena, la espuma del mar y las olas quieren despedirse de nosotros, sabiendo que no nos volverán a ver hasta el año siguiente.

Antes de recoger por última vez todo nuestro despliegue, cuando apenas queda nadie en la playa, Guille siempre me pide, una vez más, que hagamos nuestra carrera. Confiado, espera que este año sea el que consigue, por fin, ganar a su padre. Nunca pierde la esperanza. Sabe que algún día llegará. Yo me esfuerzo para que ese día sea dentro de mucho tiempo, o si es posible, ¿por qué no?, que no suceda nunca.

Pero una cosa es cierta: Pasa el tiempo y los años. Y con ellos va variando la distancia que nos separa en cada carrera y el esfuerzo que me cuesta para ganarle. Es decir, cada vez menos en lo primero y mucho más para lo segundo.

Hoy volvemos a tener nuestro duelo. Esperaba que se le olvidara, pero no. Nunca se le olvida. Se debe ver fuerte. A lo mejor piensa, el muy iluso, que su gran día ha llegado. 

El no lo sabe, pero el año pasado tuve que apretar a fondo para no verme superado, pero si me costó mucho o poco, solo lo sé yo. Aún tengo margen para aguantar el tirón unos años más. Sea lo que sea, solo hay una cosa importante; pasar por delante de él y que muerda el polvo (o la arena), una vez más.

Sé que este año ha crecido mucho; la adolescencia también tiene sus aspectos positivos... Pero por mucho que haya estirado, o que esté en forma gracias al rugby, aún tengo mucha confianza en mis posibilidades. A lo mejor es mi último año de victoria, aunque no tengo la más mínima duda de quién ganará otra vez. Tengo una edad, pero físicamente estoy bastante bien. 

Trazamos una línea en la arena. Unos cien metros más adelante otra, con Lou, Marta y Clara de jueces, por si hiciera falta la photo-finish. Lo dudo. Mi victoria será incuestionable.

Chillan a lo lejos la orden para comenzar y obedientes, sin perder ni un instante, salimos en tromba, intentando marcar distancia uno con otro.

A los diez metros ya necesito la respiración asistida. Y las gafas. Porque apenas puedo ver ya a Guille. Ha salido como un cohete. La distancia que me saca es enorme. E insultante.

Veo que llega a la meta cuando voy un poco más de la mitad del recorrido. Encima, afloja el ritmo, dejándose llevar, y se gira hacia atrás, como para regodearse en la victoria.

Eso no lo hice yo, ni cuando corrimos por primera vez cuando él tenía tres años.

¡De dónde habrá salido este niño! ¡Qué vergüenza!

Eso no se hace con un padre. No hay derecho.


domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

sábado, 9 de marzo de 2019

La carrera más larga















Ya es de noche. Estoy en la cama esperando que llegue por fin la mañana. Esa mañana tan esperada desde hace casi un año. Estoy intranquilo, pensando en cómo va a ir todo.

Un día quise imitar a un amigo, a quien conocemos como Naiaro, que sin pretenderlo, se convirtió en gurú. Solo porque había decidido correr una maratón. Creo que él tiene la culpa de todo. Estoy convencido que cualquiera que escuche su historia, saldría rápidamente para ponerse a correr de inmediato. Nunca he corrido ni jamás me planteé semejante proeza. Nunca hasta ahora.
Han sido once meses de salir a correr cuando no te apetecía, mañanas de verano, noches de invierno y equinoccios que veían como kilómetro tras kilómetro, mis pies iban golpeteando el suelo de Barcelona, de Málaga, de Inglaterra o donde me pillara el entrenamiento. Mil veces salí y dos mil quise volver a casa, preguntándome qué estaba haciendo. 

Me da igual las modas. Eso de ser Runner, que es por lo que les da a la gente de mi edad, tal y como he escuchado desde que me metí en esto, me trae francamente sin cuidado. Lo hago no porque esté más cerca de los cincuenta que los cuarenta. No, en absoluto. Lo hago porque tengo envidia. Envidia de querer sentir lo que sintió Naiaro, cuando lleno de dolor aparecieron sus hijas que le acompañaron los últimos metros hasta la meta. Envidia porque sus ojos aún se humedecen un año más tarde si le pides que una vez más te cuente su historia.

Lou se ha quedado dormida junto a mí. Pero antes de caer rendida me ha preguntado qué pensaré en esos momento que traspase la meta. 
--¿Qué deseo pedirías? --me preguntó.
--Uno bien sencillo --contesté--. Que la vida que tengo ahora, hoy mismo, esta noche, no cambie nunca porque es perfecta.

Mañana voy a hacer algo que jamás había hecho antes. Me adentraré en una selva espesa, rompiendo la maleza con un machete de hoja roma, sin saber qué paisajes o qué secretos me voy a encontrar más allá.

Lo hago, como he dicho, por envidia, pero la verdad es que no solo por eso. Mi carrera de mañana, cada una de mis zancadas, de mis jadeos y de mis latidos durante 42 kilómetros y esos 195 interminables metros, serán como un mensaje en una botella lanzado al mar. Estará flotando años y años, hasta que un día inesperado, de repente unas manos que ya no serán las de un niño, la encontrarán, la abrirán y al darse cuenta de lo que pasó aquella mañana, se sentirán orgullosos de lo que hizo su padre y entonces comprenderán el mensaje.

viernes, 31 de agosto de 2018

Una noche de verano























Una noche de verano. Una de esas que se alargan hasta horas que jamás soñaríamos estar despiertos durante el invierno. Así son las vacaciones. Esa laxitud te permite ser permisivo con tus gastos, con tus horarios y con la relación con tus hijos.
Aún hace calor, porque las noches de verano son así, de sonidos de grillos y de calor que no se quiere marchar. Llega la hora de irse a dormir. Porque aunque parezca mentira, ese momento existe.
Besos a todos, en varias sesiones repetidas, como no podía ser de otra manera en una familia en la que me ha tocado estar, donde los besos son como el oxígeno que se respira, o los pasos al andar. Rondas y más rondas de besos. Todos se van a sus habitaciones, pero cuando parece que ya comienza la calma, uno de ellos se da media vuelta y viene hacia mí. Estamos solos. Parece que lo sabe, porque nadie más nos escucha.
--Papá… —me dice.
--¿Qué pasa?
--Nada…
--Cuéntame.
--No, nada… Era una tontería —mientras amaga con volverse.
--Dímelo. Seguro que no.
--No sé… —duda, pero le ayudo con mi mano en su hombro.
--¿Sí?
--Es que… Solo quería decirte que te quiero. Que te quiero mucho.
Le abrazo. Se me adelanta y me abraza él.
--Yo también, Guille.
--…Y que me encanta que seas mi padre.

Aquella noche de agosto parece que la brisa quiere hacerse notar. Entra despacio por entre las ventanas entreabiertas. Nosotros le hacemos sitio.

miércoles, 18 de abril de 2018

La Luz de la Noche













-¿Qué es lo que ha pasado, Guille?
-Cuéntaselo a Papá, no tengas miedo- dijo su madre.
-¿El qué?
-Lo del cole, lo de esta mañana en clase... Explícaselo a Papá.
-No he hecho la presentación de mi poema.
-¿Por qué? Si ese poema para los Juegos Florales que has escrito sobre la Luna era precioso. Seguro que te eligen para representarlo en el teatro a todo el colegio. A mí me gustó mucho. ¿Verdad, Lourdes?

Ella asintió, mientras Guille comenzó a hablar y su explicación se llenó de sollozos:
-Estaba muy nervioso. Me puse a crujirme las manos y a temblar y todos se pusieron a reír. Entonces me callé, no continué y me senté en mi mesa.
-Pero si te lo sabías muy bien.
-¿Qué te dijo Silvia, tu profesora? --pregunté.
-Me dijo que no me preocupara y que volviera a salir a contarlo.
-¿Y saliste otra vez?
-No. Dije que no iba a salir más. Entonces me dijo que lo dejara para mañana.
-Pues mañana lo intentas otra vez.
-No, Papi. Me da mucha vergüenza. Seguro que lo hago fatal. Me da igual que no me elija nadie.
-Guille: no te tiene que dar vergüenza hablar delante de todos. Tú lo haces muy bien.
-No, Papá. No lo voy a hacer. Se van a volver a reír de mí.
-Escucha, Guille: -dijo su madre-. Con esa timidez no consigues nada. Piensa que es como un jugador de rugby, uno de esos que se escapa por la banda, vas corriendo a por él y lo placas con fuerza, como tú sabes hacer. Tienes que ganar a la timidez. Tú tienes que ser más fuerte.
-Con la timidez siempre perdemos cosas, Guille. Nunca, nunca, ganamos nada.
-Papa: tú me has dicho que cuando eras niño eras muy tímido. 
-Por eso te lo digo, Guille. En mi vida me he quedado sin poder hacer muchas cosas por mi timidez. Y eran cosas que me apetecían mucho.
-No quiero hacerlo. Me da igual. No puedo.
-Escucha una cosa, Guille. Nadie sabe tu poema. Si te equivocas, no se dará cuenta nadie. 

Se quedó mirándome, como cómplice de una estratagema que empezaba a gustarle.
-Te voy a dar unos trucos y verás cómo todo irá muy bien mañana.
-¿El qué?
-Cuando salgas, no te cojas las manos. Piensa que nadie se lo sabe mejor que tú. Es tu poema. Lo escribiste tú. Nadie puede decirlo mejor que tú. Empieza a hablar fuerte, para que te oigan los de la última fila. No mires a los que tienes delante. Mira la pared del fondo, luego despacio, mientras sigues recitando, miras la esquina del fondo a la izquierda, luego la de la derecha. Vas hablando despacio y entonces miras a la gente de la derecha, luego al frente y luego a la izquierda, y vuelves a empezar. Todos pensarán que les estás hablando a cada uno de ellos, pero en realidad tú estás dando vueltas con tu mirada por la clase sin fijarte en nadie. Así parecerás muy seguro. Ya verás que así te saldrá súper bien.
-Pero no voy a ganar.
-Da igual, Guille -dijo Lourdes-. Le ganarás a la timidez. Lo demás no importa. Tú eres más fuerte y podrás con ella.
Después de un rato, Guille se fue a acostar. Le di un beso de buenas noches. 
-No te preocupes por nada -le dije-. Todo irá muy bien. Te quiero.
Apagó su luz, cerró sus ojos, y en seguida se quedó dormido.

Se hace de día. Hoy estoy de guardia en la ambulancia. Van pasando las horas y llega la hora de comer. Llamo a Lourdes. Estoy impaciente por saber de él.
-Espera -me dice, casi sin saludarme- Guille tiene algo que decirte.
-¿Cómo ha ido, Guille?
-Muy bien, Papi. He dicho mi poema.
-Me alegro mucho. ¿Qué tal?
-¿Sabes una cosa? Me han votado los niños y he quedado tercero.
-¡Muy bien! Estoy muy contento, Guille. 
-Espera, que es el que ha quedado segundo dice que le da mucha vergüenza y que no quiere ir al teatro, así que iré yo.
-¡Qué bien! ¡Me alegro un montón!
-¿Sabes una cosa?
-¿Qué?
-Que me equivoqué en una palabra, pero como nadie sabía mi poema, no se dieron cuenta.
-¡Te lo dije!
-Ya...
-Guille: 
-Dime, Papi.
-Que estoy muy orgulloso de ti. Te quiero mucho.
-Yo también, Papi.


viernes, 19 de agosto de 2016

Anuncios de la tele



Hubo una generacion que creció con los anuncios de la radio, con esas graciosas canciones del África Tropical. La mía no se nutrió de esa riqueza lírica y musical. A cambio, fuimos bombardeados por imágenes atrayentes y lemas grandilocuentes
Con la televisión aparecieron anuncios de colonias navideñas: "Tenemos chica nueva en la oficina, se llama Farala y es divina", "Brummel, mejor cuanto más cerca...", el clásico sexual "Busco a Jaques..." y mi favorita, la para mí más sensual, elegante y menos explícita "Vísteme Eau Jeanne...", que tantos pensamientos libidinosos atrajo a mi joven mente prepúber.

Es curioso ver que escotes de Jaques, o muchos otros anuncios, en la era actual nunca habrían visto la luz de los tubos de rayos catódicos, o mejor dicho, de las pantallas LED. Será que en los tiempos de ahora somos más conservadores de lo que se era hace treinta años. Aquello fue de una gran alegría para ojos y mente adolescente como la mía. Aquélla fue una época de pequeñas revoluciones televisivas. Un día me enteré a hurtadillas, que el Consejo de Administración de RTVE, la que por entonces era la mejor televisión de España, había dado luz verde a que se emitiera un anuncio que podía ser a priori polémico: una gama de productos de higiene personal, que llamaba Fa.
Su atrevimiento era que mostraba a una modelo completamente desnuda, nadando en una playa paradisíaca y solitaria.
Desde que me enteré de la noticia, estuve durante varias semanas bien atento a que de una vez por todas apareciera esa famosa rubia en nuestro Telefunken Palcolor, "Las cosas como son..." 

Cuando por fin apareció aquella rubia buceando en esas aguas cristalinas, ruborizado, tuve que mirar hacia otro lado, al observar a mis padres, atentos a mis reacciones.
Padres y anuncios sensuales y libidinosos son una combinación complicada, sobre todo si tienes un nivel de vergüenza muy bajo como era el mío.

Ahora ya no hay anuncios tan explícitos como aquellos. O tal vez sí, pero más sutiles y encaminados al sexo, directamente.
Hace unas semanas me quedé solo con los niños. Lou se fue a cenar fuera con unas amigas.
Ellos delante de la tele y yo preparando la cena.
El comedor se va llenando de destellos de luces que provienen de los anuncios. Yo voy a la nevera a coger unos huevos para hacer una tortilla. Suena la música. Abro la puerta. Se oye una voz en off. Cierro la nevera con los huevos en la mano. Hablan de un producto llamado Durex. Asomo la cabeza y veo a Guille y Marta embelesados en la tele. Por suerte ya no estamos en los 80. En esos días si hubieran anunciado preservativos seguro que lo ilustraban con el 69, el misionero, la carretilla, las tijeretas o el berbiquí libidinoso.
Mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Guille que pregunta a su hermana:
-Marta: ¿Sabes lo que es Durex?
Me temo lo peor de su respuesta. A lo mejor a los diez años ya tiene las dudas bien aclaradas.
-No lo sé- contestó rápidamente.
-Bueno- pensé -parece que aún tengo un poco de margen.
-Yo sí- le dijo Guille, muy seguro de saber la verdad, a pesar de tener aún ocho años.
Yo, mientras, permanecía atónito, parado con los huevos en la mano, atendiendo a su respuesta:
-Marta- dijo con rotundidad. -Durex es un ambientador.

Yo no lo hubiera explicado mejor. Para crear un ambiente propicio, no hay nada como los Durex.

miércoles, 6 de abril de 2016

Las chicas del Spa




















Mientras escribo estas líneas, al fondo de la casa, no tan al fondo como uno quisiera, duerme Guille en su habitación. Se ha ido a la cama feliz porque su equipo ha hecho un gran partido. Últimamente el fútbol ha vuelto a su vida, tras un periplo en el que el baloncesto dejó apartado al deporte rey. A años luz aún está el rugby, que le despierta una pasión intensa, con la que vibra cada vez que corre velocísimo, agarrado a ese balón amelonado.
Esta noche Guille está contento, pletórico y sus sueños estarán llenos de goles, ensayos, paradas y placajes. Es lo normal para un niño de siete años. Jugar es su vida.

Cada mañana se levanta feliz. Siempre ha sido así, desde que decidió venir a nuestras vidas. Nunca lo ha hecho de mal humor y de un salto, casi sin remolonear, se incorpora a nuestra rutina de cada día.
La otra mañana fue distinto. Lou fue a despertarlo y refunfuñó, arrastrando de nuevo su edredón, volviéndose a arropar,
No le prestó importancia, pero después de un rato sin que se asomara por la cocina, como era habitual, volvió a por él, dirigiéndose a su cuarto.

-¡Levántate ya, Guille! -le insistió su madre- Se nos va a hacer tarde...
Rezongó un poco e hizo una especie de gruñido, para apartar a su madre de allí.
-¡Venga, Guille! ¿Qué te pasa hoy?

Él asomó los ojos por el reborde del edredón, conocido en estas latitudes peninsulares como embozo. Abrió sus párpados y arrugando su frente, le confesó:

-Mamá, no me quiero despertar... 
-¿Por qué?
-Es que no me quiero ir de aquí. Estoy en un Spa lleno de mujeres desnudas.
Lou le dio una moratoria de unos minutos para que pudiera despedirse de ellas y aprovechó para venir a contarme las andanzas de este joven conquistador de jóvenes y lozanas muchachas desnudas.

Esta noche me he acercado a darle un beso de buenas noches, y el susurro de mis labios sobre su mejilla caliente, queda enmascarado con el siseo de su respiración. Duerme plácidamente con una sonrisa dibujada en su cara. Me hace dudar. No sé si acaba de hacer una marca con su equipo de rugby o ha vuelto a ese Spa libidinoso plagado de curvas sensuales. A ver qué me cuenta mañana cuando se despierte.

lunes, 16 de junio de 2014

Clase de Anatomía

 
En mi casa, cuando era niño, lo llamábamos el lápiz, pero aquella tradición no se llegó a perpetuar con mis hijos, donde en cambio se ha instaurado oficielmente con el nombre de El Pito.
Aun a sabiendas de que a lo largo de los próximos años irá adquiriendo distintos nombres y usos, el pene, a edad infantil es un elemento más que importante, que te da supremacía y entretenimiento frente a tus amigos. Y que nadie piense ninguna cosa más allá que el sano divertimento que supone el combinar la vejiga llena con el estudio del tiro parabólico.
Todavía recuerdo las sanas competiciones de a ver quién lo hacía más alto (requería un muro oscuro que dejase nuestra marca) o la prueba más económica,  que no necesitaba tanta infraestructura (sólo un suelo de tierra), para consagrar al que lograba el campeonato de hacerlo más lejos.
Con el control preciso de únicamente dos dedos y con un poco de gracia y arte, se podía lograr alcanzar el Olimpo y la incondicional admiración de tus amigos.
 
Pero lo que me trae hoy hasta aquí no es una exposición de juegos infantiles peneanos más o menos trascendentes y divertidos (aunque los laureles del éxito hayan cambiado nuestra vida para siempre). En realidad han sido sus anexos,  en concreto los de mi hijo Guille, los que me han inspirado estas líneas de hoy.
 
Hace unos días tras acabar de duchar a Guille, que acaba de cumplir 6 años, íbamos hablando de cosas mundanas. Poco a poco le vamos dando cierta autonomía, pero hay que supervisar todavía que se afane con la esponja o que se seque bien. Por eso, cuando había acabado con la toalla, le dije:
 
- Guille: los huevillos no te los has secado bien.
- ¡Papi! - me dijo en un tono que sonaba casi a reprimenda - No se llaman huevillos, se llaman testículos.

Y para provocarlo un poco y ver cómo reaccionaba, le insistí en el término:
- Vale, vale... Pero sécate bien, que se te queda húmedo el forro de los huevillos...
- ¡Paaapá! ¡No digas eso! ¡Se llama el saco de los testículos...!
- Está bien - cedí - El saquito de los testículos...

Continuamos hablando de otras cosas, mientras él parecía pensativo. Arrugó la frente, de la forma que siempre hace cuando tiene una reflexión o una pregunta que hacerte y me dijo con su vocecita de dibujo animado:
- Papá: ¿Para qué sirven los testículos?
Me detuve un instante y pensé que debía ser sincero y explicarle que formaban parte del aparato sexual masculino, siendo encargados de la espermatogénesis, así que me agaché y le dije lentamente:
- Mira, Guille... - Hice una pausa: - Los testículos sirven.. pues eso... para hacer pis.
- Vale - me contesta con una sonrisa - Entonces, ¿Si tienes uno solo no puedes hacer pis?
- Puedes hacer sin problemas - contesté, mientras iba destrozando la Anatomía Humana que tanto me había costado aprobar...
- Claro, Papi, si hay uno, funciona por los dos...
- Eso es... - Y a medida que iba inventándome esta nueva función del testículo, sentía que de alguna manera estaba traicionando a la Medicina.
- Pero y si no tienes ningún testículo, ¿Qué pasa? ¿Te vas hinchando de pipí?
- No, no... sí, sí... Yo que sé Guille... - decía preso de la desesperación por una pregunta bien fácil de responder para un médico, pero terriblemente difícil de contestar para un padre de un niño de 6 años. Podía dar marcha atrás y explicarle para lo que sirven las gónadas masculinas, descubrirle los simpáticos espermatozoides con su flagelo y su función reproductora con el óvulo femenino, la erección, la eyaculación, la copulación, el orgasmo, el punto G, el ciclo ovárico, la mórula, la blástula, la gástrula... Así que abandoné estos pensamientos y volví a bajar la cabeza para mirarle de nuevo y decirle:
- No te preocupes, Guille, que con huevillos o sin ellos, el pis busca camino.

Y antes de verme obligado a pasar de la Medicina a la Física y tener que explicar la teoría de los vasos comunicantes, le terminé de ayudar a ponerse el pijama, le di una nalgada cariñosa en el culo y le orienté hacia la cocina, donde le esperaba su cena.

viernes, 28 de septiembre de 2012

El huevo y la gallina o la gallina y el huevo














Una noche de verano, de ese verano que ya nos queda atrás y que prácticamente nos queda en el rincón de la nostalgia, pero no en el olvido, nos fuimos a cenar toda la familia a un restaurante de Estepona. Era uno de esos locales que colocan en la calle peatonal las mesas, aprovechándose del buen tiempo estival.
 
Allí estábamos todos, disfrutando de la cena, cuando apareció un músico con su acordeón, amenizando la velada.
Guille se levanta rápidamente de su asiento y va hasta donde está sonando la música. Se queda de pie frente a él y empieza a bailar arrítmico, al son de las notas, asemejándose a la inseparable cabra trepadora que sube por la escalera o las entrenadas pulgas del circo en miniatura.
 
Cuando acaba la breve actuación, ya que la calle peatonal es muy larga y quedan muchos más restaurantes en los que actuar, Guille acaba premiando a su socio con unas monedas, que gentilmente agradece con una ligera reverencia.
 
- ¿Qué toca ese señor, Papi? - pregunta Guille.
- Es un acordeón.
- ¡Ahh! Y... ¿Por qué toca el acordeón?
- Sí, Guille - le contesto conmovido, viendo su interés por los demás - Necesita tocar para que la gente le dé dinero y así poder comprar comida, pagarse su casa, en fin, todas esas cosas...
- ¿Porque es pobre? - me pregunta.
- Sí, Guille. Es pobre y toca para vivir.
- Pero una cosa, Papi. Si es pobre y no tiene dinero, ¿Cómo pudo comprarse antes el acordeón?
- Pues no lo sé, Guille. Pues tienes razón.
 
Este dilema del huevo y la gallina, lo tenía medio escrito desde hace semanas, a la espera de acabarlo de perfilar, cuando una llamada hizo que volviera a mi memoria, tras una nueva conversación con el joven infante.
Uno de estos día, estando de guardia, me llama Lou y me comenta que al salir del colegio ha tenido una conversación complicada con este niño de cuatro años:
 
- Al final, he quedado con él en que cuando llegues a casa, se lo explicas tú. - me dice Lou - Llevamos un rato discutiendo el tema. Al salir de clase me ha preguntado muy intrigado que si la gallina sale de un huevo y el huevo lo pone una gallina, ¿qué fue antes?
- ¿El qué?
- Está contrariado porque no entiende cómo una gallina nace de un huevo y un huevo de la gallina. Y no entiende el principio. Me decía desesperado: ¡El primer huevo, Mami! ¿De dónde sale el primer huevo?
- No te preocupes, que ya se lo explicaré esta noche cuando llegue a casa.
 
Cuelgo y pienso que espero que todas las respuestas que tenga que dar a este hijo mío, sean por preguntas tan fáciles de responder como esta clásica cuestión. Mientras, me estoy preparando para cuando tenga cinco años y me interrogue por lo que había antes del Big Bang, el misterio de la Santísima Trinidad o cómo es posible que Belén Esteban sea más rica que su padre.
Hoy ha sido fácil. Todo el mundo sabe que la respuesta es... el huevo.
Al fin y al cabo, ya lo dice la sabia y elegante expresión: Todo eso me importa un huevo.

miércoles, 20 de junio de 2012

El mito de Sísifo


Según la Mitología griega, hubo un personaje llamado Sísifo, fundador y rey de la antigua ciudad de Corinto.
Hijo de dos personajes, que hubiesen hecho las delicias de mi amigo Mario por su fonética, llamados Eolo y Enarete. (De verdad, lo juro...)

Sísifo ha pasado a la historia por haber intentado engañar a los Dioses. Y eso no se permite ni en Grecia, ni en Pekín, ni en Pokón.
Como castigo le tocó bregar con una piedra enorme, que tenía que sacar del fondo de un barranco, pero cuando llegaba al borde, la piedra volvía rodando al fondo del abismo y así tuvo que hacer por el resto de la eternidad.

Sísifo se ha convertido por obra y gracia de la Mitología, en el patrón de los esfuerzos y trabajos interminables.
Y como Sísifo, he estado empujando aquella roca gigante. He ahí el motivo de mi ausencia. Pero después de estas interminables semanas, puedo decir que por fin he vuelto. Acabo de dejar rodando la piedra para abajo, pero hasta que la vuelva a empujar, aquí estoy cogiendo aire.

Debo decir que este año ha sido muy duro. No he podido escribir tanto como me hubiese gustado. Y no por falta de inspiración, que alguna vez se ha ido por esos famosos cerros de Úbeda. Pero es que entre el trabajo y ese máster en el que me he embarcado, no he tenido casi tiempo de nada. Pero ahora, por fin, he encontrado mi remanso de paz, ahora que acabo de casi-terminar, entregando mi proyecto.
No, no hablaré del tema del proyecto, no quisiera ser como esas madres, enseñando el móvil con las fotitos de sus niños como fondo de pantalla, o los típicos novios recién casados con el álbum del viaje por Punta Cana, Vietnam, Birmania, La Polinesia, o dondeseaporquemeimportaungüevoadondetefuiste.
No tocaré el tema proyecto, ni siquiera mencionaré su título, porque ahora estoy de relax. Y aunque tan sólo me quede presentarlo y defenderlo públicamente (otro empujón a la roca), después de semanas de abandono de este blog, ausencia de conversación con mis semejantes y aislamientos varios, por fin vuelvo a ser un poco persona.

Hace unos días, como la ballena que sale a la superficie a llenar sus pulmones de oxígeno, abandoné por un momento mi análisis del mercado de las repatriaciones en avión sanitario, (¿dije que no lo nombraría?) y me senté a la mesa a comer con mis hijos.
Nada más sentarnos, recuerdo escuchar la conversación entre Guille y Marta:
- Papi tiene que estudiar mucho - decía Marta - porque los médicos tienen que trabajar mucho.
- ¿Ah, sí? - dijo casi sin levantar la mirada.
- Sí, Guille - continuó Marta, como muy orgullosa de su padre - y estudiar para ser médico es lo más difícil. ¿Verdad Papi? - preguntó, dirigiéndome su mirada.
Y su padre atento, no queriendo romper esa situación tan idílica, guardaba silencio.
Entonces, Guille frunció el ceño, empezó a sacudir su cabecita y le replicó:
- Eso no es verdad. Lo más difícil es levantar una bola grande de hierro...

Ante esa aseveración tan rotunda, le tuve que dar la razón.
Y cuando terminamos de cenar y de ir a la cama, y al vaso de agua y al cuéntame un cuento, y al pis, y al jesusitodemivida y la virgen de la cabecera, volví a por mi roca.
Y tal y como debe estar todavía haciendo ese tal Sísifo en algún lugar, me arremangué los brazos, me senté en el ordenador y continué empujando mi pesada roca cuesta arriba...


lunes, 2 de abril de 2012

Inquietudes

Sin duda alguna, el lugar más importante de mi casa, es el cuarto de baño. Su posesión es un bien muy preciado y por tomarlo antes que nadie, se establecen disputas territoriales, que a veces sólo se acaban resolviendo por la vía de la urgencia.
Pero tal vez, al ser un lugar frecuente de encuentro familiar, se ha convertido, curiosamente, es un espacio de reflexión. Me atrevería a decir incluso, que hasta sagrado. 

Mis hijos Marta y Guille se van haciendo mayores a gran velocidad. Y eso no sólo se aprecia en la ropa, en los zapatos o en los calcetines, sino en el contenido de nuestras conversaciones que cada vez se van haciendo más y más profundas.
La otra noche mientras secaba a Marta, tras salir de la ducha, sin venir a cuento, me miró y arrugó su frente, signo evidente que precede a cualquier pregunta que le inquieta:
- Papi - me dijo - ¿Cuando la gente se muere, luego vuelven a nacer, convertidos en otros seres vivos?
- Mmm - contesté, dándome un poco de tiempo - pues verás, Marta. La verdad es que no lo sé. 

Sí, sí, ya sé que es una respuesta que un padre no debe dar. Y mucho menos, cuando falta tanto para que llegue la fatídica edad en la que se cae el mito de papá-lo-sabe-todo. Eso que sucede no mucho tiempo después, de aquella otra debacle: la inevitable caída del concepto papá-es-el-más-guapo-del-mundo.
El caso es que, falto de reflejos, no supe qué contestar, pero mi silencio duró poco y contraataqué como pude, para continuar dejándola impresionado con mis conocimientos:
- Eso que me cuentas, Marta, se llama reencarnación.
- ¿Reencarnación? - repitió ella, atenta a mis explicaciones.
- Sí - le dije con tono de libro gordo de Petete, capaz de dejar con la boca abierta a una niña de casi séis años - hay muchas religiones que creen en la reencarnación.
Marta puso cara de circunstancias y mirándome a los ojos, me contestó:
- Papá: ¿qué son las religiones?
- Mañana te lo explico, Marta - le interrumpí, al sentirme sumergido en una espiral sin salida - Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

Pasaron los días y aquella charla teológica no volvió a tener lugar, pero una escena parecida, en el mismo cuarto de baño, volvió a repetirse. Pero en este caso, el protagonista fue Guille.
Parece que esa habitación inspira las inquietudes intelectuales de mis hijos, porque mientras se secaba, me dijo, casi riendo:
- Papi, ¿para qué es esta bolita? - me preguntaba, mientras se tocaba los huevillos.
- ¿¿Quée?? - le interrogo, intentando no reirme yo...
- Jajajaja, que para qué es esta bolita...
- Ahora no puedo decirte, Guille, porque es muy largo de contar, déjatela, déjatela, pero no te preocupes, que ya lo entenderás muy bien... Suelta eso, Guille... Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

La verdad es que es una lástima que para una inquietud que tiene alguno de mis hijos y que sé la respuesta, no se la pueda explicar. Me parece que al final, la caída del mito del mi-papá-lo-sabe-todo, va a ser mucho antes de lo que me pensaba. 

viernes, 2 de marzo de 2012

El Pirata



















El sueño nos conducía plácidamente hacia el abrupto despertar de cada mañana. A la mitad de dicha travesía, o quizás no en medio, pero sí cuando nuestro descanso era más profundo, una pequeña figura se presentó en nuestro cuarto. Guille alargó su manita, acariciando la superficie del edredón y con voz temblorosa, nos dijo:
- No puedo dormir. Tengo pesadillas.
- No te preocupes, Guille - le contestó su madre cariñosamente, mientras su padre roncaba ajeno a todo esto - Vete a acostarte. Ya verás que ahora podrás dormir bien...
Él confió una vez más en su madre, se fue a su cuarto y el resto de la noche, tal y como ella le dijo, durmió plácidamente.

Al día siguiente, como cada mañana, camino del colegio, Guille, su hermana Marta y su madre, fueron charlando tranquilamente.
Guille no había olvidado su sueño y pronto comenzó a hablar:
- Anoche tuve una pesadilla con un pirata.
- ¿Qué pasó? Cuenta, Guille - le animó su madre.
- Estaba durmiendo en mi cuarto y a media noche me levanté al baño para hacer pis. Al salir de la cama vi a un pirata.
- ¿¿Un pirata?? - preguntó Marta asombrada.
- Sí, era un pirata que entró en el cuarto por la noche. Estaba de pie, al lado de mi cama - continuó Guille, hablando con los ojos casi cerrados, como recitando de memoria. Entonces abrió sus ojos y extendiendo los brazos, dijo con voz profunda:  Era muy grande y tenía unos pelos muy largos y cara de malo. Ese pirata quería asustarme, por eso me metí en la cama y me tapé hasta arriba.
- ¿Y se fue? - preguntó Marta intrigada.
- No, porque ese pirata era mágico... Tenía una llave mágica que me destapaba las sábanas. Yo tenía mucho miedo porque ese pirata quería asustarme.  Me puse a llamarte, Marta, pero el pirata no se iba. Así que llamé a Papá y a Mamá, pero no se marchaba.

Poco a poco, guiados por el relato de Guille, se iban acercando al colegio. Lou escuchaba con interés lo que contaba Guille. Iban caminando, esquivando árboles de la acera, siendo adelantados por todos aquéllos que iban a una velocidad más rápida. Lou empujó suavemente por la espalda a Guille, para que se apresurara, cuando se apercibió de un hombre desconocido, que caminaba próximo a ellos, adaptando su paso al de la lenta comitiva. Mientras sucedía esto, Guille continuaba relatando aquel cuento fantástico, ajeno a aquella extraña compañía.

- Me levanté de la cama, porque quería ir a hacer pis, pero el pirata mágico no me dejaba salir del cuarto. Entonces le empujé y le dije que se marchara...
- ¿Y qué paso? - preguntó su hermana Marta.
- Como era mágico, se fue como un murciélago por la ventana y no volvió más...
- Guille - le dijo Marta - otro día que vuelvas a tener una pesadilla con ese pirata, me despiertas y lo echamos entre los dos.
Guille oyendo esto, sonrió satisfecho mirando con orgullo a su hermana mayor.
Con el fin de la historia, llegaron por fin a la puerta del colegio. El hombre de avanzada edad que les seguía de cerca, continuaba junto a ellos. De repente, dio un paso más y se acercó a Lou:
- Disculpe, señora - dijo, abordando a Lou - pero, ¿qué edad tiene su hijo?
- Tres años - contestó Lou sorprendida.
- Le felicito. Tiene un hijo fantástico. Tiene una capacidad de expresarse asombrosa para su edad. Perdone que haya estado siguiéndolos, pero es que me estaba interesando tanto la historia, que no quería quedarme sin saber cómo terminaba.

Y diciendo esto, se despidió y se marchó.
Desde aquella noche, las cosas han cambiado en nuestra familia. A los Reyes Magos, Papa Nöel, el ratoncito Pérez, y al hombre del saco, ha venido a añadirse el Pirata Mágico.
Creo que este pirata ha sido un gran fichaje. A partir de ahora, cuando no se quieran tomar la comida o recoger el cuarto, les diremos que si no obedecen, vendrá el Pirata Mágico por la noche. Así que con este regalo inesperado, ¿Quién cree todavía que las pesadillas infantiles son malas?

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad dulce Navidad

 

7 y cuarto de la mañana. ¡Arriba los corazones! Un día que no tengo guardia. Ya me dijo Lou hace más de un mes: ¡Bloquéate ese día! ¡Tenemos muchas cosas que hacer...! Y aquí estoy, poniendo los pies en el suelo. 7 y media. ¡Mel, hoy aprovechando que estás en casa, le das el desayuno a los niños! ¿Cuántas cucharadas de cereales lleva el biberón de Clara? ¡Cinco! Se lo toma de un santiamén. Guille y Marta siguen en la cama. Hay que despertarlos como marca la tradición. Con cariño y muchos besos. 7 cincuenta. Poco a poco se incorporan al  mundo y se ponen a desayunar. Tardan un poco más en tomarse su leche. Clara te llama desde su cuarto: ¡Hola! ¡Hola! Que quiere decir en su idioma: ¡Ya te puedes llevar el biberón y ven a cambiarme que me he hecho caca en los pañales! De esta deposición matutina me libro. Lou ha llegado antes y la limpia ella. 8 y diez. Una ducha rápida y a continuar. Nos repartimos los niños. Yo visto a Guille. Hoy es un día especial. Hay que vestirlos de pastorcillos. 8 y media. Marta no se conforma con el disfraz: Mami, ¿me puedes pintar un poco? Guille no es menos. Quiere que le dibujen un bigote. Con su maquillaje recién puesto, salimos de casa. Cada cual coge su mochila y a la calle, al cole. 8 y cuarenta. Juntos no podremos llegar a tiempo. Me llevo a Clara a la guardería, cómodamente sentada en su silla. Lou se va con los otros dos en sentido opuesto, al colegio. Clara me hace chantaje. Llora desconsoladamente cuando le quito el chupete al entrar en clase. Se abraza a su profesora, le doy un beso y me marcho. 8 cincuenta y cinco. Lou deja a los niños en las escaleras que dan al pasillo de las aulas. Nos encontramos en un bar enfrente del colegio, para desayunar. 9 y diez. Nos pedimos cafés con leche y nos sentamos con Álex y Olga, padres de Naiara, amiga de Marta, de asombroso parecido con Dora la exploradora. 9 y veinticinco. Levantamos la sesión. A las diez empieza la representación de Guille. Los padres de este colegio deben ser grandes amantes del arte dramático. Desde las nueve están haciendo cola fuera del salón de actos, que no ha abrirá sus puertas hasta las diez, para coger sitio. 9 y treinta y cinco. Los amantes del teatro están nerviosos por el estreno. Oimos alguna discusión originada por asuntos menores, como guardar un sitio en la cola a marido, suegra, madre, padre y demás familiares. Debe ser muy importante lo que vamos a presenciar, pienso, dada la tensión de estos celosos guardianes del turno. 10 y un minuto. Se abren las puertas y la insaciable vorágine de entendidos críticos de la dramaturgia, se apodera de los asientos más cerca del escenario, cubriéndolos con todo tipo de chaquetas, bolsos, etc, para que se puedan colocar los que aún están por venir. 10 y cinco. Se abre el telón y aparece Guille vestido de pastor, diciendo sus líneas y haciendo una ofrenda a la Virgen María. Cantan todos un villancico. Algo así como Wi wishu a meri crisma an a japi niu yes. 10 y cuarto, se cierra el telón. 10 y media. Aparece la clase de Marta. Ella tiene un papel destacado en la obra. Le toca abrir la puerta a cada Rey Mago y a la Virgen María y San José. Cada una de las veces agita con energía sus brazos al abrir la puerta, diciendo: ¡Pasad! ¡Pasad! Le hacen ir a abrir la puerta, cuatro veces. A todos asombra con esas inmensas dotes dramáticas, como ya demostró el año pasado cuando hizo de Mamá Noel. 10 cincuenta. Ha caído el telón y aprovechamos para irnos de tiendas, ya que no disponemos de muchos días para terminar todas las compras. Comienza el corre-corre, si es que no lo había hecho antes, desde que subíamos los corazones. Queda mucho por comprar y pocos días para hacerlo. Las dos horas pasan deprisa entre debates, comparativas y recuento de regalos. 12 cincuenta y cinco. Hay que ir a buscar a los niños al cole, para que comen en casa. Terminan de comer, se les quita el maquillaje y se les viste de personas normales y corrientes. 14 y cuarenta y cinco. Hay que llevarlos de nuevo al cole. Los agarro por la mano y nos ponemos en marcha. 14 cincuenta y cinco. Dejo a Marta y Guille en el pasillo de sus aulas. Guille se despide con nuestra frase emblemática: ¡Que no te piquen los chinches! Marta ya le da vergüenza hacerlo. Se ha hecho mayor. No pensaba lo mismo al instaurar esta costumbre cuando tenía tres años. 15 y cuarto. Llego a casa y nos vamos, sin comer, corriendo a la guardería de Clara, a una representación de una costumbre catalana, llamada el Caga-Tió, donde se le dan palos a un tronco de madera llamado Tió, hasta que acaba cagando regalos. El regalo acaba siendo un regalo colectivo para la clase. Ilusos de nosotros, pensábamos que habría un regalo para cada niño. 16 y media, bien pasadas. Montamos a Clara en su cochecito y nos vamos a buscar a los niños, que salen del cole. 16 cincuenta y cinco. Salen muy contentos, orgullosos de sus pinitos como actores y se van a jugar al patio, donde podemos sentarnos un rato. Un rato es media hora. 17 y media, empezamos a recoger y vamos a casa de Mapi, la madre de Chloé, compañera de Guille, que les da clase de inglés a los niños. Allí somos testigos de una nueva representación artística. Una obra de teatro en inglés, llamada Santa Claus is coming to town, donde Marta tiene un papel destacado de niña pija. Eso si es versatilidad. Este pedazo de artista puede con todo. 19 y cuarenta. Arrancamos la caña. Lo que en la jerga de padres de familia numerosa, viene a querer decir: Vámonos para casa, que todavía quedan las duchas, las cenas, los cuentos, los pipís, y los vasos de agua. 21 y quince. Se hace el silencio. Los niños están ya dormidos. Sus padres, extenuados. ¡Qué duras son las Navidades! ¡Donde esté una buena guardia...!