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domingo, 15 de septiembre de 2024

El viajero del Tiempo


Se han oído muchas historias sobre viajes en el tiempo. Se han escrito muchas novelas. Se han rodado numerosas películas, pero hasta ahora todo pertenecía al mundo de la ficción. 
¿Quién no ha soñado con poder hacer viajes en el tiempo y situarse en una época determinada? ¿En el pasado? ¿Echar un vistazo al futuro? ¿Conocer personajes históricos de primera mano? ¿Ver a nuestros antepasados? 
El catálogo es fascinante. Lo sé. Y digo que lo sé, porque hoy es un día de confesiones. Hoy es un día importante. Lo creáis o no, soy un viajero del tiempo. De hecho, tan solo hace un momento que aterricé aquí. Acabo de llegar.

Pero empezaré por el principio, aunque tratándose de un viajero del tiempo como yo, hablar de principio, resulte muy gracioso. Vengo de algún momento y me muevo de adelante hacia atrás a mi antojo. No hay ni comienzo ni final. Por eso todo el mundo se pregunta cómo es posible que esté tan joven y guapo. Pues por eso, porque por mí no pasa el tiempo...

Hace unos años comenzó la Tecnología para viajar en el tiempo. Eran máquinas muy sencillas donde solo había que ajustar un reloj de destino y el aparato te llevaba de forma instantánea a la fecha que habías prefijado. Los primeros en usarlas fueron los historiadores y en cuanto bajaron los precios y se hicieron asequibles, por fin cualquiera se podía hacer con su propia máquina.

En poco tiempo se reescribieron todos los libros de historia y se publicaron miles de tesis. En cuanto la gente pudo viajar a cualquier época sentados desde el salón de casa, se desató la locura. Pero como todo, en cuanto se acabó la novedad, la gente empezó a estar aburrida de ir a ver a Napoleón, a conocer a Marilyn Monroe, o hacerse fotos con Elvis o con Cantinflas. Los fabricantes de estas máquinas vieron que las ventas empezaron a caer en picado. Así que lanzaron una segunda versión con nuevas e increíbles prestaciones. En esta nueva máquina, la fecha era lo de menos. Lo importante ahora era el vínculo estrecho con el usuario. Sus pensamientos, su vida, pero sobretodo, sus sentimientos...

En el nuevo panel de instrumentos ya no hay un reloj. Solo una pantalla con un teclado a modo de buscador. Ahí puedes escribir lo que quieras y la máquina te llevará a aquellos momentos que has vivido.

Hoy he escrito la entrada Momentos felices. Y me he teletransportado a un partido de rugby, donde veo a Guille recuperar un balón en su zona de marca, esquivar a uno, a dos, a tres, a cuatro, así hasta ir atravesando todo el campo. La gente chilla al no creerse lo que hace ese niño tan pequeño, que corre y corre y nadie es capaz de frenarlo, hasta que llega al otro extremo del campo y logra posar el balón en el suelo. 

De ahí me voy a otro sitio y veo que el Madrid gana la Champions League por décima vez, once, doce, trece, catorce, quince veces... Por un momento creo que la máquina se ha quedado encasquillada, pero no... ¡Es verdad!

Estoy asombrado. Esta nueva versión es una maravilla, así que estoy decidido a ponerla más a prueba. Ahora en la ventana de entrada de datos, escribo Momentos muy felices.

La máquina me ha llevado a Madrid, a un bar de copas llamado Kyoto y allí fue cuando me encontré con Lou por primera vez. La vi aparecer con esa sonrisa (sí la sonrisa...), que es la más bonita del mundo.  Fue durante esos días de diciembre. Esos días misteriosos en que la humanidad recuerda aquel instante en que se paró el tiempo. Debo confesar que fui yo, que boquiabierto, le di a pausa, para recrearme...

De ahí doy un salto y me encuentro con un bebé precioso, mofletudo, con enormes ojos azules. Estoy en el nacimiento de Marta... Todo se mueve y en una escena parecida, en el mismo lugar, ahora estoy con Guille y segundos más tarde, con esa otra preciosidad que es mi hija Clara.

¡Esta máquina es increíble! -pienso-. Pero como soy insaciable, quiero ver hasta dónde puede llegar. Me pongo de nuevo en la dirección de destino y escribo: Momentos de gran felicidad.

De pronto, me veo vestido como estoy ahora, rodeado de gente conocida, con un dolor en la cara, de tanto sonreír. Miro al lado y veo a Lou que sonríe aún más que yo (y que aún su sonrisa es más bonita que cuando la vi por primera vez). Estoy en una boda y todo el mundo allí presente es feliz.

Hay otras paradas. Me detengo en una que me lleva hasta el retiro de Emaús. Ahí me encontré de nuevo con la Fe, mi vida dio un cambio que no esperaba, desaparecieron todos, todos mis miedos y me convertí y me abracé a Él.

Creo que la máquina aún tiene recorrido, así que decido estrujarla un poco más. Escribo en la ventanita: Momentos de inmensa felicidad, a ver qué pasa... Para mi sorpresa aún funciona, tarda más de lo normal en dar un resultado, porque tiene que avanzar muchísimo hacia adelante en la felicidad, pero al final se detiene en una iglesia, donde se celebra una boda. La de hoy. Y por eso estoy aquí ahora mismo.

Estoy convencido de que esta máquina del tiempo aún puede llegar un poco más lejos. Aunque ya sé cuál será el próximo destino. De aquí a un tiempo escribiré para que me lleve a esos Momentos de Eterna Felicidad, y allí nos volveremos a encontrar todos los que estamos aquí hoy, de nuevo, acompañados de nuestros seres queridos y juntos, felices abrazados a nuestro Dios, en el Cielo.

domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

sábado, 9 de marzo de 2019

La carrera más larga















Ya es de noche. Estoy en la cama esperando que llegue por fin la mañana. Esa mañana tan esperada desde hace casi un año. Estoy intranquilo, pensando en cómo va a ir todo.

Un día quise imitar a un amigo, a quien conocemos como Naiaro, que sin pretenderlo, se convirtió en gurú. Solo porque había decidido correr una maratón. Creo que él tiene la culpa de todo. Estoy convencido que cualquiera que escuche su historia, saldría rápidamente para ponerse a correr de inmediato. Nunca he corrido ni jamás me planteé semejante proeza. Nunca hasta ahora.
Han sido once meses de salir a correr cuando no te apetecía, mañanas de verano, noches de invierno y equinoccios que veían como kilómetro tras kilómetro, mis pies iban golpeteando el suelo de Barcelona, de Málaga, de Inglaterra o donde me pillara el entrenamiento. Mil veces salí y dos mil quise volver a casa, preguntándome qué estaba haciendo. 

Me da igual las modas. Eso de ser Runner, que es por lo que les da a la gente de mi edad, tal y como he escuchado desde que me metí en esto, me trae francamente sin cuidado. Lo hago no porque esté más cerca de los cincuenta que los cuarenta. No, en absoluto. Lo hago porque tengo envidia. Envidia de querer sentir lo que sintió Naiaro, cuando lleno de dolor aparecieron sus hijas que le acompañaron los últimos metros hasta la meta. Envidia porque sus ojos aún se humedecen un año más tarde si le pides que una vez más te cuente su historia.

Lou se ha quedado dormida junto a mí. Pero antes de caer rendida me ha preguntado qué pensaré en esos momento que traspase la meta. 
--¿Qué deseo pedirías? --me preguntó.
--Uno bien sencillo --contesté--. Que la vida que tengo ahora, hoy mismo, esta noche, no cambie nunca porque es perfecta.

Mañana voy a hacer algo que jamás había hecho antes. Me adentraré en una selva espesa, rompiendo la maleza con un machete de hoja roma, sin saber qué paisajes o qué secretos me voy a encontrar más allá.

Lo hago, como he dicho, por envidia, pero la verdad es que no solo por eso. Mi carrera de mañana, cada una de mis zancadas, de mis jadeos y de mis latidos durante 42 kilómetros y esos 195 interminables metros, serán como un mensaje en una botella lanzado al mar. Estará flotando años y años, hasta que un día inesperado, de repente unas manos que ya no serán las de un niño, la encontrarán, la abrirán y al darse cuenta de lo que pasó aquella mañana, se sentirán orgullosos de lo que hizo su padre y entonces comprenderán el mensaje.

sábado, 27 de enero de 2018

Una clase de Ciencia













Hoy me he sentido como uno de mis héroes de mi infancia. He tenido el privilegio de ir a hablar de una de las cosas que más me gustan: El Espacio.

Hace una semana, probablemente porque sabían de mi pasión por el Universo, me propusieron dar una charla sobre estos temas. No me pude resistir. Hablar a una audiencia siempre ha sido uno de los pequeños placeres que me ha encantado disfrutar. 
Así que llegó el día y me presenté en el lugar en el que iba a presentar mi tema.
Subí las escaleras del recinto donde iba a dar la conferencia y al abrirse una puerta, allí ya estaba mi público, en silencio, esperando impaciente mi llegada. Encontrarte con ellos sobrecoge. Es algo que siempre sucede. En esos segundos te preguntas si conseguirás engancharlos y hacer, como decía Vallejo-Nájera, que en vez de moverse en sus asientos, se mueva algo dentro de sus corazones. 

Entré, coloqué mis cosas, cargué mi presentación y un apagado murmullo acompañó mis preparativos. Estaban impacientes porque comenzara. Contaba con casi una hora para hablar con unas 84 personas, dispuestas todas ellas a que les explicara cosas sobre La Luna, sus fases, los eclipses y cómo llegaron a ella los primeros astronautas.
No es que se tratara de un público entendido, pero sí que pude comprobar que era muy exigente con el posible resultado y de cómo podía explicarles a su nivel toda esa información. Tendría que tenerlos despiertos durante todo ese tiempo, manteniendo su atención y concentración. Desde que salí de casa imaginé que no iba a ser fácil.

Siempre hay cosas inesperadas y hoy no sería una excepción. El ordenador con el que iba a exponer el tema, se quedó colgado, así que mientras solventaban los problemas, improvisé presentándome y haciendo alguna gracia. Para eso, nada como comenzar hablando de tus hijos, en qué curso están y lo que hacen normalmente, contando alguna travesura y así arrancar las primeras sonrisas. Eso siempre da resultado. Y hoy, precisamente, no iba a fallarme el truco. Así ganaría un poco de tiempo. Por fin, todo se solucionó, y en la pantalla tras de mí, apareció la primera imagen: Una grandiosa luna llena. Continué con mi introducción e intenté explicar con el mejor de mis esfuerzos, paso a paso, mi presentación.

Todos miraban atentos mis movimientos por el escenario, con los ojos muy abiertos y con caras de asombro. Me interrumpieron varias veces para hacerme preguntas, pero es algo a lo que nunca me he podido resistir, así que no tuve más remedio que darles paso y debo decir que no me arrepiento en absoluto, porque eran muy interesantes. Algunas de ellas fueron:

- ¿Cómo apareció el oxígeno en la Tierra?
- ¿Hay más planetas que tengan vida?
- ¿Cómo se puede saber si unos planetas son más calientes que otros?
- ¿Cuándo volveremos a La Luna?

Me sentí como mi querido Carl Sagan, que me acompañó desde mi infancia en el camino del descubrimiento de la Ciencia. Era un divulgador increíble, que sabía plantar en ti la semilla del querer saber. Un extraordinario cuentacuentos, que nos explicaba el Universo, nuestros planetas y la Ciencia. Su obra maestra Cosmos, cambió mi vida y su libro aún lo conservo en mi biblioteca de obras más preciosas. Desde que desapareció, le he echado mucho de menos. Ya no tengo a nadie que me explique los avances de la Ciencia y que vuelva a sentirme como aquel niño que hacía volar su imaginación mientras a los pies de su cama le iban contando un cuento.

Yo explicaba con gestos grandilocuentes a los asistentes a mi charla, con el fin de no perder su atención. Saqué a varios de ellos al escenario para representar una pequeña obra que me ayudaría en mis explicaciones. Mediante pelotas y balones de colores, les hice girar sobre sí mismos, tal y como lo hacen los cuerpos celestes, para así poder explicar cómo se producían los eclipses. No podía dejar de ver sus caras de asombro y placer por descubrir cosas nuevas. Las mismas que yo debía tener cuando vi a Carl Sagan en la televisión, explicándome los misterios aún por descubrir del Universo. En medio de ese público, compuesto por niños de siete años, sumergida entre sus amigas y compañeros, estaba mi hija Clara, con una sonrisa preciosa, que solo ella sabe hacer, orgullosa de ver cómo su padre, por un día, se convertía en su profesor.

lunes, 3 de junio de 2013

Papá se va a trabajar













Hemos pasado un fin de semana estupendo. No está nada mal, sábado y domingo seguidos, todos juntos. Son pocos los que son así, pero cuando vienen los disfrutamos, ¿verdad?
 
Esta tarde de domingo nos hemos puesto a ver La Guerra de las Galaxias, pero como ese señor de negro te daba tanto miedo, hemos cambiado por Los Goonies, aunque a mitad de la película te has marchado a jugar con las muñecas. En cambio a Marta y Guille les ha encantado, aunque ha habido momentos que se han escandalizado cuando han oído decir esas palabras tan feas como "mierda" o "gilipuertas" a lo largo de la película. Han prometido que esas palabras no las dirán nunca y con ese compromiso, hemos continuado hasta el final.
 
Casi cuando me iba, te he dicho que me marchaba a trabajar.
Me preguntaste por qué.
- Porque tengo que ir a trabajar - no hay mucho más razonamiento en esto. Hay que ir.
Te me agarraste a mí y empezaste a llorar. Me impedías levantarme del sofá y me preguntabas una y otra vez el motivo de mi marcha. No entendías nada. Llorabas y llorabas y entre sollozos me decías que no querías que me fuese a trabajar, que me quedase contigo en casa.
 
- ¡No te vayas! ¡No te vayas! - me seguías diciendo - Quédate conmigo.
- Claro que me quiero quedar, pero me tengo que ir, Clara, tengo que trabajar. Volveré el martes, te lo prometo y entonces celebramos tu cumpleaños...
Sigues llorando, empujándome hacia el sofá. No me puedo levantar.
Intento distraerte con otras cosas, pero no hay manera.
- Explícaselo a mamá esto que me estás diciendo - Y así me soltaste y te fuiste a dar con ella, que sabiamente te distrajo y te cambió la conversación y de esta manera, parece que tu disgusto se apaciguó un poco. Me despedí de todos y por fin, ya que estabas más tranquila, me pude marchar.
 
Hace unas semanas, alguien oyó a tu hermana Marta decirle a una compañera de clase:
- Mi padre va a hablar con su jefe para que nunca más se vaya de casa a trabajar por las noches...
Parece que ese día aún no ha llegado...

Ahora que estoy sin ti, te prometo que mañana saldré deprisa de la guardia. Te prometo que te llevaré al colegio a hombros, como tanto te gusta, para que puedas ver las cosas desde bien arriba. Te prometo que mañana duermo en casa y que antes de que te vayas a dormir me meteré en la cama contigo. Te prometo que te contaré un cuento de esos inventados que te gustan tanto. Será la historia de la princesa de un país maravilloso con nubes de colores, que vive en un palacio rodeado de jardines con tulipanes. Una princesa que se llama Clara.


lunes, 23 de abril de 2012

Un estudio científico


Introducción

La sensación de saciedad es una cualidad humana de gran relevancia, pero escasamente estudiada, sobre todo en los niños. A pesar de que los casos graves son poco frecuentes, este estudio pretende analizar por un lado y establecer por otro, los límites en los que un menor, ante un estímulo infantil atractivo. Con este trabajo se quiere determinar de forma estadística las fronteras en las que el niño sobrepasa la saciedad.

Material y métodos

Para evaluar numéricamente los límites de la saciedad infantil, se ha contado con un parque infantil estándar a la salida de un colegio. Dicho parque consta de distintos columpios, siendo objeto de este estudio, la actividad sobre un tobogán de 2,5m de longitud, una altura de 2m y un desnivel del 20% que genera una velocidad punta una vez llegado al suelo, de 2,3 km/h.
El objeto a analizar es una niña de 22 meses y 14 días, lo que viene a ser 1,84 años, que mide 84cm de altura y pesa 12kg. Para ello se dispone de un abnegado padre, que asiéndola por ambas axilas al unísono, la deposita en lo alto del tobogán. Este lugar lo denominaremos punto 1.  Una vez se ha deslizado por el desnivel del 20% de la rampa a 2,3 km/h, la niña llega a nivel horizontal. Este lugar es una superficie de arena, que misteriosamente se irá introduciendo entre los zapatos y los calcetines de la niña, para acabar siendo dispersada por toda la casa familiar. Pero la paradoja de "cómo es posible que tanta tierra en casa, no haya vaciado el parque por completo", será objeto de otro estudio.   El lugar de recogida horizontal, allí donde la velocidad de caída se convierte en 0 km/h en un instante, se denominará como punto 2.
A este punto 2, ha de acudir el padre con una velocidad ligeramente superior a la de caída de la niña, esto es, por encima de los 2,3 km/h, a fin de poder recogerla del punto 2, y atendiendo a la demanda de la niña, que adopta una estructura sencilla, a base de: "más, más...", volver a depositarla en el punto de origen. Aquél que llamamos punto 1.

A la función de carga/descarga del abnegado padre, se le debe añadir la de ir contabilizando cada una de las veces que la niña se desplaza del  punto 1 al punto 2. El padre no debe perder la cuenta de cada vez, y no presentar ninguna señal de fatiga ni de hartazgo, para no condicionar a la niña, que libremente debe decidir el momento en que traspasa el límite de saciedad, si es que éste existe.

Resultados

Tras 14 minutos de experimento, la niña de 1,84 años, requirió de su padre mediante su más, más... un total de 37 veces. El padre no presentó ningún tipo de lesión lumbar, ni en ambos brazos, ni trastorno mental alguno, como consecuencia de los movimientos repetidos de carga de la niña del punto 2 al punto 1.
De estas 37 veces que la niña pidió tirarse por el tobogán, en tan sólo 2 ocasiones logró ponerse de pie justo al alcanzar el punto 2. O dicho de otra manera, probablemente evitó llenarse los zapatos y los calcetines de arena. Esto hace un 5,4% de las veces que se tiró por el tobogán.
De todo esto se puede inferir que si una niña de casi dos años se tira en tobogán en un parque de tierra, con una probabilidad del 94,6% caerá de culo al suelo y se llenará de arena, que será transportada hasta su domicilio. Ante la demanda de esta misma niña de querer subir a un tobogán, no pasarán menos de 37 veces, en las que se sobrepase ese etéreo límite. Por fin se ha podido determinar el valor de lo que hasta ahora era un punto desconocido. Ese momento en el que los niños no dejan de pedirte más, más, más...

Este magnífico y elaborado estudio permite abrir otras vías de investigación hasta ahora inexploradas. Si alguien se anima, en casa tengo otros objetos de estudio. Cuento con niños de casi 4, casi 6 y 11 años, sobre los que propongo que se analicen otros temas, no por ello menos interesantes:

- Cuándo acaba un día de fiesta realmente para un niño.
- ¿Hay algún niño que no le gusten los dibujos animados?
- La paradoja del tiempo. ¿Porqué los niños tienen tanto sueño entre semana y en cambio los sábados se despiertan tan temprano?

Estudiar estos y otros temas es un reto para la ciencia. Pero será muy difícil llegar a un resultado objetivo. El problema ya no es ni los niños, ni el método que se emplee. Lo que sería imposible es encontrar a ese abnegado padre que no perdiera la paciencia.




viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad dulce Navidad

 

7 y cuarto de la mañana. ¡Arriba los corazones! Un día que no tengo guardia. Ya me dijo Lou hace más de un mes: ¡Bloquéate ese día! ¡Tenemos muchas cosas que hacer...! Y aquí estoy, poniendo los pies en el suelo. 7 y media. ¡Mel, hoy aprovechando que estás en casa, le das el desayuno a los niños! ¿Cuántas cucharadas de cereales lleva el biberón de Clara? ¡Cinco! Se lo toma de un santiamén. Guille y Marta siguen en la cama. Hay que despertarlos como marca la tradición. Con cariño y muchos besos. 7 cincuenta. Poco a poco se incorporan al  mundo y se ponen a desayunar. Tardan un poco más en tomarse su leche. Clara te llama desde su cuarto: ¡Hola! ¡Hola! Que quiere decir en su idioma: ¡Ya te puedes llevar el biberón y ven a cambiarme que me he hecho caca en los pañales! De esta deposición matutina me libro. Lou ha llegado antes y la limpia ella. 8 y diez. Una ducha rápida y a continuar. Nos repartimos los niños. Yo visto a Guille. Hoy es un día especial. Hay que vestirlos de pastorcillos. 8 y media. Marta no se conforma con el disfraz: Mami, ¿me puedes pintar un poco? Guille no es menos. Quiere que le dibujen un bigote. Con su maquillaje recién puesto, salimos de casa. Cada cual coge su mochila y a la calle, al cole. 8 y cuarenta. Juntos no podremos llegar a tiempo. Me llevo a Clara a la guardería, cómodamente sentada en su silla. Lou se va con los otros dos en sentido opuesto, al colegio. Clara me hace chantaje. Llora desconsoladamente cuando le quito el chupete al entrar en clase. Se abraza a su profesora, le doy un beso y me marcho. 8 cincuenta y cinco. Lou deja a los niños en las escaleras que dan al pasillo de las aulas. Nos encontramos en un bar enfrente del colegio, para desayunar. 9 y diez. Nos pedimos cafés con leche y nos sentamos con Álex y Olga, padres de Naiara, amiga de Marta, de asombroso parecido con Dora la exploradora. 9 y veinticinco. Levantamos la sesión. A las diez empieza la representación de Guille. Los padres de este colegio deben ser grandes amantes del arte dramático. Desde las nueve están haciendo cola fuera del salón de actos, que no ha abrirá sus puertas hasta las diez, para coger sitio. 9 y treinta y cinco. Los amantes del teatro están nerviosos por el estreno. Oimos alguna discusión originada por asuntos menores, como guardar un sitio en la cola a marido, suegra, madre, padre y demás familiares. Debe ser muy importante lo que vamos a presenciar, pienso, dada la tensión de estos celosos guardianes del turno. 10 y un minuto. Se abren las puertas y la insaciable vorágine de entendidos críticos de la dramaturgia, se apodera de los asientos más cerca del escenario, cubriéndolos con todo tipo de chaquetas, bolsos, etc, para que se puedan colocar los que aún están por venir. 10 y cinco. Se abre el telón y aparece Guille vestido de pastor, diciendo sus líneas y haciendo una ofrenda a la Virgen María. Cantan todos un villancico. Algo así como Wi wishu a meri crisma an a japi niu yes. 10 y cuarto, se cierra el telón. 10 y media. Aparece la clase de Marta. Ella tiene un papel destacado en la obra. Le toca abrir la puerta a cada Rey Mago y a la Virgen María y San José. Cada una de las veces agita con energía sus brazos al abrir la puerta, diciendo: ¡Pasad! ¡Pasad! Le hacen ir a abrir la puerta, cuatro veces. A todos asombra con esas inmensas dotes dramáticas, como ya demostró el año pasado cuando hizo de Mamá Noel. 10 cincuenta. Ha caído el telón y aprovechamos para irnos de tiendas, ya que no disponemos de muchos días para terminar todas las compras. Comienza el corre-corre, si es que no lo había hecho antes, desde que subíamos los corazones. Queda mucho por comprar y pocos días para hacerlo. Las dos horas pasan deprisa entre debates, comparativas y recuento de regalos. 12 cincuenta y cinco. Hay que ir a buscar a los niños al cole, para que comen en casa. Terminan de comer, se les quita el maquillaje y se les viste de personas normales y corrientes. 14 y cuarenta y cinco. Hay que llevarlos de nuevo al cole. Los agarro por la mano y nos ponemos en marcha. 14 cincuenta y cinco. Dejo a Marta y Guille en el pasillo de sus aulas. Guille se despide con nuestra frase emblemática: ¡Que no te piquen los chinches! Marta ya le da vergüenza hacerlo. Se ha hecho mayor. No pensaba lo mismo al instaurar esta costumbre cuando tenía tres años. 15 y cuarto. Llego a casa y nos vamos, sin comer, corriendo a la guardería de Clara, a una representación de una costumbre catalana, llamada el Caga-Tió, donde se le dan palos a un tronco de madera llamado Tió, hasta que acaba cagando regalos. El regalo acaba siendo un regalo colectivo para la clase. Ilusos de nosotros, pensábamos que habría un regalo para cada niño. 16 y media, bien pasadas. Montamos a Clara en su cochecito y nos vamos a buscar a los niños, que salen del cole. 16 cincuenta y cinco. Salen muy contentos, orgullosos de sus pinitos como actores y se van a jugar al patio, donde podemos sentarnos un rato. Un rato es media hora. 17 y media, empezamos a recoger y vamos a casa de Mapi, la madre de Chloé, compañera de Guille, que les da clase de inglés a los niños. Allí somos testigos de una nueva representación artística. Una obra de teatro en inglés, llamada Santa Claus is coming to town, donde Marta tiene un papel destacado de niña pija. Eso si es versatilidad. Este pedazo de artista puede con todo. 19 y cuarenta. Arrancamos la caña. Lo que en la jerga de padres de familia numerosa, viene a querer decir: Vámonos para casa, que todavía quedan las duchas, las cenas, los cuentos, los pipís, y los vasos de agua. 21 y quince. Se hace el silencio. Los niños están ya dormidos. Sus padres, extenuados. ¡Qué duras son las Navidades! ¡Donde esté una buena guardia...!

domingo, 17 de julio de 2011

Primeros pasos
















Un buen día, no hace demasiado tiempo, cuando decidimos irnos a vivir juntos, apareció Lou en nuestra casa con una lámina enmarcada. En una época maravillosa que yo llamo los momentos de paredes blancas, en los que con tanta ilusión, las parejas decoran por vez primera su nuevo hogar. Todo el proceso termina con la fase conocida como el fin de los portalámparas, cuando llegan los últimos inquilinos que tanto se hacen de rogar: las lámparas.

La pared blanca de nuestro dormitorio pronto sirvió de abrigo, abrazándose para siempre, con aquella colorida reproducción de un pintor holandés, cuyo nombre por más que lo intento, no logro recordar. No sé si era Van Basten o Van Gaal. Bueno, es igual, en cualquier caso, tampoco es importante...
En una ocasión, el cuadro de verdad visitó el MNAC de Barcelona, y un soleado domingo, pudimos ver de cerca con nuestros ojos, la fuerza y energía de los brochazos de aquel genial pintor de los Países Bajos.
Aquel artista pelirrojo se inspiró en el futuro nacimiento del hijo de su hermano. Cuando lo pintó, se imaginaba el tierno momento en la que un padre abandona la pala y su trabajo en la huerta, para recibir con sus brazos a su hijo, que empieza a andar sus primeros pasos.

Ese cuadro nos ha acompañado desde entonces. Si bien cuando llegó no era la imagen fija de nada que nos hubiese sucedido a los dos todavía, no dejaba de ser una entrañable escena que ocupaba un lugar predominante en nuestra habitación.
No tardó mucho en convertirse en una realidad. Tres años más tarde apareció Marta en nuestras vidas. Casi no nos da tiempo de reproducir la pintura, porque precoz en tantas cosas, gateó bien poco y en menos de quince días desde comenzó a andar, ya correteaba a su manera por toda la casa, desordenando todos los DVDs y libros que tenía su padre, meticulosamente clasificados alfabéticamente. Cuando desistí de ordenarlos, ella se cansó de cogerlos. Y así se quedaron.
Marta ya hace tiempo que sabe montar en bicicleta y en cuanto a los libros, ya ha dado sus primeros pasos como lectora. Ha descubierto la magia de leer. Le encanta coger un libro de cuentos y descubrir palabras que se van deslizando bajo su dedo.

Luego apareció el personajillo de la casa. Aunque vivíamos en otro piso, el cuadro se mudó con nosotros y como si fuese un manual de instrucciones, fue testigo de los primeros pasos de Guille. Él sí que ha prolongado su particular forma de caminar. De bebé, lo hacía poniendo la mano sobre el hombro y se equilibraba de esa peculiar forma.
El correr es otra cosa, lo hace con los talones hacia atrás y hacia afuera, eso sí, a una velocidad vertiginosa.
El otro día fuimos a buscarlo a la guardería. Aunque no tenemos ningún cuadro que lo ilustre, aquella tarde de viernes Guille dio un paso importante. Era la última vez que iba a una guardería. A un hombretón de tres años como él, le aguardan nuevos horizontes, nuevos territorios que descubrir, un patio dispuesto a ser escenario de imaginarias aventuras y de persecuciones sin fin. Cuando vuelva de las vacaciones, estrenará una nueva etapa. El siguiente paso para Guille, será ir al colegio.

Pero como suele suceder en las familias numerosas, la ropa, los zapatos y los juguetes del mayor, lo van heredando los hermanos que vienen detrás.
La semana pasada estuve en Tenerife. Sólo fueron cuatro días, pero a la vuelta me esperaba una sorpresa: Clara ya sabía caminar.
Lo hace sonriendo, feliz de haber descubierto que el mundo, de repente, se ha hecho más pequeño. El pasillo de casa es su pasarela, pavoneándose de lado a lado, saludando como diva del pret-a-porter, diciendo: ¡Hola, hola, hola...!

Cuando llegue a casa, me ponga el pijama y me meta en la cama, nos miraremos de nuevo cara a cara, la pintura de ese holandés y yo, y con su permiso, su cuadro lo sentiré más mío, más nuestro. Y desearé que se haga de día, para volver a arrojar mi pala, dejar de nuevo a un lado la carretilla y ver orgulloso como mis hijos van dando sus primeros pasos en sus vidas.

sábado, 4 de junio de 2011

Un año con Clara


Hace un año que has llegado. Lo hiciste de forma apresurada. Nadie te esperaba tan pronto y de repente ¡Pum! te presentaste en casa. 
Y casi sin que nadie se diera cuenta, ha pasado un año.

Cuando llega un niño a una familia, todo el mundo se vuelca en él y comienzan a preguntar, casi desde el primer día, a quién se parece, si a Papá o a Mamá, si esa naricita es Gómez o si esa boca es Carrillo.
Pero tú no has sido la primera y ese debate ha quedado atrás. Desde tus primeras horas, el parecido con tus padres ha permanecido de lado. En cambio, contigo todos intentan compararte con alguno de tus hermanos. Y en esas aún estamos, sin haberlo aclarado, cuando acabas de apagar tu velita y has recibido un primer y único tirón de orejas.
Aunque hay algo que te distingue: tu piel tiene un olor especial, diferente. 
Clara, eres tú y eres única y distinta.

Y casi sin que nadie se hubiese dado cuenta, ya ha pasado un año.
Y quien no lo crea, no tiene más que asomarse al pasillo y observar cómo gateas velozmente, contoneando tu cintura de lado a lado. Pero a esto le queda poco. Ya te sabes levantar y disfrutas arrancando los imanes de la nevera y aunque un poco indecisa, eres capaz de dar dos pequeños pasos, que hay que apresurarse a cogerte rápidamente, para que no te acabes cayendo.

Tu abuela suele decir que en una casa en la que hay un bebé, se nota la felicidad desde que se abre la puerta de la calle.
Y eso pasa en la nuestra. La otra mañana, cuando llegué de trabajar de noche, entro por la puerta y desde tu cuna me llamaste con la única palabra, que de momento eres capaz de decir: hoola, hoola... Lo vas repitiendo a todas horas, no sabes su significado aún, pero a mí me resultó una bienvenida preciosa.

Y casi sin que nadie se pudiese haber dado cuenta, ha pasado un año. Y prueba de ello es tu personalidad, que se va formando. Tu independencia, al no dejarte que nadie te ponga el chupete, que antes debe pasar por tu mano. Te pones de pie en tu cuna y ya sabes encender la luz de tu cuarto. Pero sobre todo, tu sonrisa por las mañanas, que ilumina tu cuarto, cuando al levantarse tu hermano Guille, corre hasta tu cuna y de entre los barrotes ves aparecer su carita, que te dice con voz dulce: Buenos días, Clarita...
Y es con Marta con quien ríes, porque ríes, arrugando la nariz, cuando te hace la pedorreta, que imitas cuando tú quieres, sacando la lengua entre tus labios y soplando con fuerza y salpicando todo...

Y casi sin que nadie se hubiese dado cuenta, ya ha pasado un año. Todo este tiempo ha transcurrido muy deprisa. Tú no lo sabes aún, pero llenas nuestras vidas. Te queremos tanto, que nos hace ser tontos, por creer convencidos, que has estado siempre con nosotros.

sábado, 5 de junio de 2010

Clara

Nadie sabe a ciencia cierta de antemano, el momento en el que te sorprende el nacimiento de tu hijo. Ni siquiera las eminencias obstétricas son capaces de ponerse de acuerdo y enunciar una hipótesis razonable que explique los mecanismos que hacen que el parto empiece ¡ya!
Y puesto que ni los sabios lo saben, con mucho menos motivo se nos puede pedir que intuyamos, ni siquiera imaginemos, que te ibas a adelantar tanto.

Ya estás aquí, y como has tenido tanta prisa en llegar, te tendré que poner al día.
La verdad es que me pillas un poco a contrapié, porque si hubieses cumplido con el horario, no te habrías adelantado dos semanas. Eso no encaja en la impuntualidad de la que se me acusa injustamente. 

En estos momentos estás en la cuna de la habitación. Dentro de diez minutos cumplirás tus primeras ocho horas de vida. Mientras, con esos gorgoritos entretienes la estancia, como hacen los grillos en las noches de verano.
Ahora, te adelanto, en las próximas horas, e incluso en los próximos días, te espera una evaluación exhaustiva acerca de a quién te pareces y por supuesto, cuál será el color definitivo de tus ojos.
Esas personas que has visto hoy, son tus abuelos, tus tíos, que no querían perderse cada uno de tus primeros instantes entre nosotros.
La niña con inmensos ojos azules y pecas es tu hermana Marta. No tardará en salir de su asombro y perplejidad que le ha causado descubrirte y pronto te sorprenderá con comentarios inteligentes y sesudos, cuando se restablezca de la enorme excitación que le supone por fin, haberte conocido.
El otro individuo es tu hermano Guille, que pronto te hará compañera de aventuras, pues no es casual que su nombre coincida con unas historietas de otra época, llamadas Guillermo el Travieso. De los dos, hoy has recibido el primero de un millón de besos. Te propongo irlos contando y verás como tengo toda la razón.
Marta y Guille tienen una devoción especial, de la que pronto te contagiarás, por su hermana Tiri, que te enseñará a correr, trepar, esconderse y a usar la imaginación en cada uno de sus mundos inventados.

A Mamá ya la conoces, llevas con ella desde siempre y como irás comprobando, es mucho más guapa que como te la imaginabas desde dentro. Si no, escucha cuántas veces dice Marta al cabo del día: Mami, guapa, guapisísima...
Pero además es fuerte, valiente, simpática, inteligente. Por eso has tenido la mejor de las suertes por haberte tocado como madre. Lo único que tendrás que hacer será quererla mucho y a cambio, lo tendrás todo. Te aseguro que será la tarea más fácil de toda tu vida.

Por último sólo quedo yo, soy ése que te mira con ojos incrédulos, ése que disfruta cogiéndote en brazos y acariciándote ese peinado con el que has venido de ese viaje. Soy ése que verás siempre cuando gires tu  cabeza hacia atrás, cerca de tu hombro. Ése que inventará cuentos que contarte casi cada noche. Soy el que te hará rabiar cuando apague las velas de tu cumpleaños antes que tú. Soy el que te querrá siempre. Soy aquél que verás lleno de orgullo, cuando aparezca y se presente diciendo: Soy el padre de Clara.

jueves, 6 de mayo de 2010

El nido

Tomando como base de inspiración la idea de que un lector necesita de una paz y tranquilidad para disfrutar de su placer más exquisito, el estudio de arquitectura danés Dorte Mandrup Arkitekter ha creado una especie de casita de jardín, un híbrido entre invernadero y sauna nórdica, de madera, que proporcione confort y aislamiento para todo aquél que desee oir sólo sus pensamientos como único sonido ambiente. Ese diseño lo han bautizado Read-Nest, o lo que es lo mismo, el nido de lectura.
Pero lo que me llevó a ese descubrimiento, no es el profundizar en mis escasos conocimientos en arquitectura danesa, sino la búsqueda en la red de ese mal poco conocido, que afecta a las mujeres, pero que por extensión, sólo lo padecen los hombres: El síndrome del nido.
Como padre de familia numerosa, creo que soy una voz autorizada para hablar de este padecimiento masculino.
Cuando tu mujer está embarazada, a pesar de tus consejos, aunque aparentemente la hayas convencido, sufre del impulso irrefrenable de llenar la casa de objetos tan dispares como: chichoneras para la cuna, termómetro para el baño, cambiador, portapañales, tijeritas para las uñas, el moisés, el maxi-cosi, el perrito que impide que se gire en la cuna, perita para absorber mocos, biberones, limpia-biberones, hierve-biberones, calienta-biberones, biberones de repuesto, tetinas para biberones, chupetes, bañerita, esponja, albornoz, toallas, toallitas, toquillas, mantillas, patucos, bodies, pijamitas, todo en su adecuado color rosa/azul y un sinfín de otros elementos imprescindibles para el adecuado desarrollo del recién nacido.
Recuerdo en una ocasión tal compulsión, que a Lou tuvo que echarla de la tienda una honesta dependienta, diciéndole cariñosamente: "Vete, vete, porque hoy me comprarías toda la tienda...."
Pero que no crea el ingenuo padre primerizo que una vez tenga ese hogar todas las necesidades cubiertas, que ante la llegada de un nuevo retoño el síndrome no aparecerá. ¡Ni mucho menos! Si tenías una niña y ahora viene un niño, hay que hacerse con todo del color oportuno ¡Aunque no lo vaya a usar nunca...! ¡Cómo va a usar el niño la chichonera de la cuna rosa de su hermana! ¡Por favor...!
¿Y qué pasa si la intrépida pareja decide continuar llenando la casa de niños, si es que todos esos cachivaches dejan sitio para alguien más? ¿Ella se cura? No, claro que no...
Todo esto me lleva a comentar el día de hoy. Acrecentado y avivado por la visita rutinaria al ginecólogo, el virus ha vuelto a aparecer... El impulso ha sido poco intenso. Tan sólo nos ha llevado (me ha llevado), a pintar zócalos, el alféizar de la ventana de la cocina y para tener la tarde entretenida, un cambio de muebles entre habitaciones. Esto es, desmontar la cuna de Guille, montarla en la antigua habitación de Marta, desmontar el cambiador en el cuarto de Guille, desmontar la cama de Marta, llevarla a la antigua habitación de Guille, montar el cambiador en el cuarto de Marta, todo bajo la sabia batuta de la poseída por el virus del nido. Menos mal que han venido a socorrerme mi cuñado Fran y su padre, a la postre mi suegro. El solista se convirtió en una orquesta de cámara, que al final contra todo pronóstico, conseguió acabar el concierto a la hora prevista, cuando llegaron los niños del cole, a contemplar su nuevo cuarto.
Esta noche duermen por primera vez Marta y Guille en la misma habitación. Ir a verlos antes de acostarnos ha sido la mayor sensación de paz que se puede experimentar y el mejor regalo al final del día.
Al fondo de la casa queda un cuarto vacío, casi preparado para su llegada.
Creo que yo también me he contagiado del síndrome del nido.
Clara, ven pronto, te estamos esperando, tenemos todos muchas ganas de verte...