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domingo, 15 de septiembre de 2024

El viajero del Tiempo


Se han oído muchas historias sobre viajes en el tiempo. Se han escrito muchas novelas. Se han rodado numerosas películas, pero hasta ahora todo pertenecía al mundo de la ficción. 
¿Quién no ha soñado con poder hacer viajes en el tiempo y situarse en una época determinada? ¿En el pasado? ¿Echar un vistazo al futuro? ¿Conocer personajes históricos de primera mano? ¿Ver a nuestros antepasados? 
El catálogo es fascinante. Lo sé. Y digo que lo sé, porque hoy es un día de confesiones. Hoy es un día importante. Lo creáis o no, soy un viajero del tiempo. De hecho, tan solo hace un momento que aterricé aquí. Acabo de llegar.

Pero empezaré por el principio, aunque tratándose de un viajero del tiempo como yo, hablar de principio, resulte muy gracioso. Vengo de algún momento y me muevo de adelante hacia atrás a mi antojo. No hay ni comienzo ni final. Por eso todo el mundo se pregunta cómo es posible que esté tan joven y guapo. Pues por eso, porque por mí no pasa el tiempo...

Hace unos años comenzó la Tecnología para viajar en el tiempo. Eran máquinas muy sencillas donde solo había que ajustar un reloj de destino y el aparato te llevaba de forma instantánea a la fecha que habías prefijado. Los primeros en usarlas fueron los historiadores y en cuanto bajaron los precios y se hicieron asequibles, por fin cualquiera se podía hacer con su propia máquina.

En poco tiempo se reescribieron todos los libros de historia y se publicaron miles de tesis. En cuanto la gente pudo viajar a cualquier época sentados desde el salón de casa, se desató la locura. Pero como todo, en cuanto se acabó la novedad, la gente empezó a estar aburrida de ir a ver a Napoleón, a conocer a Marilyn Monroe, o hacerse fotos con Elvis o con Cantinflas. Los fabricantes de estas máquinas vieron que las ventas empezaron a caer en picado. Así que lanzaron una segunda versión con nuevas e increíbles prestaciones. En esta nueva máquina, la fecha era lo de menos. Lo importante ahora era el vínculo estrecho con el usuario. Sus pensamientos, su vida, pero sobretodo, sus sentimientos...

En el nuevo panel de instrumentos ya no hay un reloj. Solo una pantalla con un teclado a modo de buscador. Ahí puedes escribir lo que quieras y la máquina te llevará a aquellos momentos que has vivido.

Hoy he escrito la entrada Momentos felices. Y me he teletransportado a un partido de rugby, donde veo a Guille recuperar un balón en su zona de marca, esquivar a uno, a dos, a tres, a cuatro, así hasta ir atravesando todo el campo. La gente chilla al no creerse lo que hace ese niño tan pequeño, que corre y corre y nadie es capaz de frenarlo, hasta que llega al otro extremo del campo y logra posar el balón en el suelo. 

De ahí me voy a otro sitio y veo que el Madrid gana la Champions League por décima vez, once, doce, trece, catorce, quince veces... Por un momento creo que la máquina se ha quedado encasquillada, pero no... ¡Es verdad!

Estoy asombrado. Esta nueva versión es una maravilla, así que estoy decidido a ponerla más a prueba. Ahora en la ventana de entrada de datos, escribo Momentos muy felices.

La máquina me ha llevado a Madrid, a un bar de copas llamado Kyoto y allí fue cuando me encontré con Lou por primera vez. La vi aparecer con esa sonrisa (sí la sonrisa...), que es la más bonita del mundo.  Fue durante esos días de diciembre. Esos días misteriosos en que la humanidad recuerda aquel instante en que se paró el tiempo. Debo confesar que fui yo, que boquiabierto, le di a pausa, para recrearme...

De ahí doy un salto y me encuentro con un bebé precioso, mofletudo, con enormes ojos azules. Estoy en el nacimiento de Marta... Todo se mueve y en una escena parecida, en el mismo lugar, ahora estoy con Guille y segundos más tarde, con esa otra preciosidad que es mi hija Clara.

¡Esta máquina es increíble! -pienso-. Pero como soy insaciable, quiero ver hasta dónde puede llegar. Me pongo de nuevo en la dirección de destino y escribo: Momentos de gran felicidad.

De pronto, me veo vestido como estoy ahora, rodeado de gente conocida, con un dolor en la cara, de tanto sonreír. Miro al lado y veo a Lou que sonríe aún más que yo (y que aún su sonrisa es más bonita que cuando la vi por primera vez). Estoy en una boda y todo el mundo allí presente es feliz.

Hay otras paradas. Me detengo en una que me lleva hasta el retiro de Emaús. Ahí me encontré de nuevo con la Fe, mi vida dio un cambio que no esperaba, desaparecieron todos, todos mis miedos y me convertí y me abracé a Él.

Creo que la máquina aún tiene recorrido, así que decido estrujarla un poco más. Escribo en la ventanita: Momentos de inmensa felicidad, a ver qué pasa... Para mi sorpresa aún funciona, tarda más de lo normal en dar un resultado, porque tiene que avanzar muchísimo hacia adelante en la felicidad, pero al final se detiene en una iglesia, donde se celebra una boda. La de hoy. Y por eso estoy aquí ahora mismo.

Estoy convencido de que esta máquina del tiempo aún puede llegar un poco más lejos. Aunque ya sé cuál será el próximo destino. De aquí a un tiempo escribiré para que me lleve a esos Momentos de Eterna Felicidad, y allí nos volveremos a encontrar todos los que estamos aquí hoy, de nuevo, acompañados de nuestros seres queridos y juntos, felices abrazados a nuestro Dios, en el Cielo.

domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

sábado, 9 de marzo de 2019

La carrera más larga















Ya es de noche. Estoy en la cama esperando que llegue por fin la mañana. Esa mañana tan esperada desde hace casi un año. Estoy intranquilo, pensando en cómo va a ir todo.

Un día quise imitar a un amigo, a quien conocemos como Naiaro, que sin pretenderlo, se convirtió en gurú. Solo porque había decidido correr una maratón. Creo que él tiene la culpa de todo. Estoy convencido que cualquiera que escuche su historia, saldría rápidamente para ponerse a correr de inmediato. Nunca he corrido ni jamás me planteé semejante proeza. Nunca hasta ahora.
Han sido once meses de salir a correr cuando no te apetecía, mañanas de verano, noches de invierno y equinoccios que veían como kilómetro tras kilómetro, mis pies iban golpeteando el suelo de Barcelona, de Málaga, de Inglaterra o donde me pillara el entrenamiento. Mil veces salí y dos mil quise volver a casa, preguntándome qué estaba haciendo. 

Me da igual las modas. Eso de ser Runner, que es por lo que les da a la gente de mi edad, tal y como he escuchado desde que me metí en esto, me trae francamente sin cuidado. Lo hago no porque esté más cerca de los cincuenta que los cuarenta. No, en absoluto. Lo hago porque tengo envidia. Envidia de querer sentir lo que sintió Naiaro, cuando lleno de dolor aparecieron sus hijas que le acompañaron los últimos metros hasta la meta. Envidia porque sus ojos aún se humedecen un año más tarde si le pides que una vez más te cuente su historia.

Lou se ha quedado dormida junto a mí. Pero antes de caer rendida me ha preguntado qué pensaré en esos momento que traspase la meta. 
--¿Qué deseo pedirías? --me preguntó.
--Uno bien sencillo --contesté--. Que la vida que tengo ahora, hoy mismo, esta noche, no cambie nunca porque es perfecta.

Mañana voy a hacer algo que jamás había hecho antes. Me adentraré en una selva espesa, rompiendo la maleza con un machete de hoja roma, sin saber qué paisajes o qué secretos me voy a encontrar más allá.

Lo hago, como he dicho, por envidia, pero la verdad es que no solo por eso. Mi carrera de mañana, cada una de mis zancadas, de mis jadeos y de mis latidos durante 42 kilómetros y esos 195 interminables metros, serán como un mensaje en una botella lanzado al mar. Estará flotando años y años, hasta que un día inesperado, de repente unas manos que ya no serán las de un niño, la encontrarán, la abrirán y al darse cuenta de lo que pasó aquella mañana, se sentirán orgullosos de lo que hizo su padre y entonces comprenderán el mensaje.

viernes, 19 de agosto de 2016

Anuncios de la tele



Hubo una generacion que creció con los anuncios de la radio, con esas graciosas canciones del África Tropical. La mía no se nutrió de esa riqueza lírica y musical. A cambio, fuimos bombardeados por imágenes atrayentes y lemas grandilocuentes
Con la televisión aparecieron anuncios de colonias navideñas: "Tenemos chica nueva en la oficina, se llama Farala y es divina", "Brummel, mejor cuanto más cerca...", el clásico sexual "Busco a Jaques..." y mi favorita, la para mí más sensual, elegante y menos explícita "Vísteme Eau Jeanne...", que tantos pensamientos libidinosos atrajo a mi joven mente prepúber.

Es curioso ver que escotes de Jaques, o muchos otros anuncios, en la era actual nunca habrían visto la luz de los tubos de rayos catódicos, o mejor dicho, de las pantallas LED. Será que en los tiempos de ahora somos más conservadores de lo que se era hace treinta años. Aquello fue de una gran alegría para ojos y mente adolescente como la mía. Aquélla fue una época de pequeñas revoluciones televisivas. Un día me enteré a hurtadillas, que el Consejo de Administración de RTVE, la que por entonces era la mejor televisión de España, había dado luz verde a que se emitiera un anuncio que podía ser a priori polémico: una gama de productos de higiene personal, que llamaba Fa.
Su atrevimiento era que mostraba a una modelo completamente desnuda, nadando en una playa paradisíaca y solitaria.
Desde que me enteré de la noticia, estuve durante varias semanas bien atento a que de una vez por todas apareciera esa famosa rubia en nuestro Telefunken Palcolor, "Las cosas como son..." 

Cuando por fin apareció aquella rubia buceando en esas aguas cristalinas, ruborizado, tuve que mirar hacia otro lado, al observar a mis padres, atentos a mis reacciones.
Padres y anuncios sensuales y libidinosos son una combinación complicada, sobre todo si tienes un nivel de vergüenza muy bajo como era el mío.

Ahora ya no hay anuncios tan explícitos como aquellos. O tal vez sí, pero más sutiles y encaminados al sexo, directamente.
Hace unas semanas me quedé solo con los niños. Lou se fue a cenar fuera con unas amigas.
Ellos delante de la tele y yo preparando la cena.
El comedor se va llenando de destellos de luces que provienen de los anuncios. Yo voy a la nevera a coger unos huevos para hacer una tortilla. Suena la música. Abro la puerta. Se oye una voz en off. Cierro la nevera con los huevos en la mano. Hablan de un producto llamado Durex. Asomo la cabeza y veo a Guille y Marta embelesados en la tele. Por suerte ya no estamos en los 80. En esos días si hubieran anunciado preservativos seguro que lo ilustraban con el 69, el misionero, la carretilla, las tijeretas o el berbiquí libidinoso.
Mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Guille que pregunta a su hermana:
-Marta: ¿Sabes lo que es Durex?
Me temo lo peor de su respuesta. A lo mejor a los diez años ya tiene las dudas bien aclaradas.
-No lo sé- contestó rápidamente.
-Bueno- pensé -parece que aún tengo un poco de margen.
-Yo sí- le dijo Guille, muy seguro de saber la verdad, a pesar de tener aún ocho años.
Yo, mientras, permanecía atónito, parado con los huevos en la mano, atendiendo a su respuesta:
-Marta- dijo con rotundidad. -Durex es un ambientador.

Yo no lo hubiera explicado mejor. Para crear un ambiente propicio, no hay nada como los Durex.

lunes, 14 de marzo de 2016

El mismo cuento de siempre



















Era el día de libro, Tenía 11 años. Lo recuerdo muy bien porque estaba en quinto de EGB. Lou siempre me dice que es imposible que recuerde cosas de la infancia y que sea capaz además de decir exactamente qué edad tenía cuando sucedió lo que cuento. Ella no se lo cree y me dice que es un farol. Puede. O puede que no.
 
Aquel día de abril, como contaba, era el día del libro. ¡Y tenía 11 años! 
Mi madre llegó al mediodía a casa y me trajo unos libros que había comprado ese día en un puestecillo que se montaba en el Instituto para conmemorar esa efeméride. Apareció con Alicia en el país de las Maravillas de Lewis Carroll y El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.  El primero no le llegué a leer nunca. El segundo se convirtió en uno de mis libros favoritos.

Tenía la costumbre de contarles cuentos a los niños, pero últimamente esta práctica la había dejado de lado. Solo tenía que emplear mi imaginación. Cada noche iba añadiendo episodios a una aventura inventada, con personajes ficticios, que compartían risas y sustos con la luz apagada de la habitación, únicamente iluminados por el haz de una pequeña linterna. Era un rato divertido, pero quizás por esto mismo se había llegado a convertir en un auténtico desmadre. Acababan tan excitados, que además de que alargaba más allá de la hora de meterse en la cama, enfrascado en mi relato, los nervios a los que los sometía, hacían que conciliar el sueño se hiciese imposible.
Este ameno jolgorio no podía aguantar eternamente y casi sin darme cuenta, se había convertido en una costumbre que por desgracia había caído en desuso.

En casa Papá Nöel tiene la buena costumbre de dejarnos libros a todos. A mí me dejó el buen hombre de Laponia (en Laponia hace frío, pero yo me fío), una edición especial de El Principito.  A diferencia de aquel que me regalaron en mi niñez y que aún conservo, en este nuevo, los dibujos se ponen en relieve, de forma tridimensional cuando abres las páginas.
Esto, -pensé- volverá locos a los niños cuando se los cuente.
Por eso la otra noche, cogí mi libro y a bombo y platillo los convoqué a los tres y les anuncié que esa noche era especial: Habría cuento.

-¿Será de piratas? -preguntó Guille.
-¿Nos darás sustos y apagarás la luz? -dijo Clara agrandando sus ojos azules.
-No. -contesté yo- Esta noche será distinto.
-¿Por qué? -preguntó Marta, encaramada en lo alto de su litera, mientras preparaba sus peluches, alineándolos en su riguroso y obsesivo orden. El mismo de cada día.
-Esta noche leeré un libro que se llama El Principito. Es un libro que leí de pequeño y me encantó.
-¡Qué rollo! -dijo Marta- Prefiero los cuentos que te inventas tú.
-Yo también -añadió Guille.
-Es un cuento muy bonito. -intervine rápidamente- Es uno de mis libros favoritos -dije, intentando conmoverlos para que no me boicotearan la velada:
Guille pareció ceder, mientras Clara permanecía impasible observando el dibujo de la portada. Marta, en cambio, puso una cara de decepción y continuó con lo suyo, no sin antes protestar un poco por lo que consideraba un engaño:
-Ese cuento no nos gusta. No es divertido.

No le di más importancia y empecé mi relato.
Comencé por la preciosa dedicatoria del libro. Guille y Clara estaban un poco escépticos con el cambio de planes, pero sabía que cuando empezara por las primeras páginas y vieran el dibujo de la famosa boa traga-elefantes, los engancharía del todo.
Miré hacia arriba y allá en lo  alto, Marta estaba con lo suyo, ajena a mi historia.

El aviador había aterrizado en mitad del desierto, solo, con su avión estropeado y sin nadie que le pudiera ayudar a reparar su aeronave. Empezó a explicar el mundo de los adultos y el de los dibujos de los niños. Clara, a quien tanto le gusta dibujar, le empezaron a brillar sus ojos. Guille se inclinó levemente hacia adelante.
El piloto seguía explicando su frustración con la pintura.
Enseñó ese dibujo de una boa con su elefante devorado en su interior. Esa frustración que le produjo que los mayores pensasen que era un sombrero.
Incliné el libro para que pudiesen ver el dibujo. De niño pensé que a mí también me parecía un sombrero. No sé si ellos pensaron lo mismo, pues no dijeron nada, aunque con los ojos me decían que querían continuar escuchando la historia.

Un poco más allá, Marta, colgada de la escalera, comenzaba a descender, atraída por esos dibujos que sólo los  niños eran capaces de ver.
Seguí leyendo y antes de pasar a la siguiente página, los tres estaban en torno a mí, releyendo las líneas.
Marta estaba feliz de estar con nosotros. No le dije nada.
Llegué al último capítulo que tenía  previsto para esa noche. Ya era hora de acostarse.

Iba cerrando el libro y oí a Clara decir, casi en susurro, refiriéndose a mí:
-Pero, ¡qué guapo es...!
Levanté la vista y vi a los tres observándome, sonriendo. Y entonces comprendí una vez más, que El Principito es uno de los libros más tiernos y bonitos que se han escrito nunca.

 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Siete



 
 
 
 


sábado, 22 de diciembre de 2012

La visita














 
Dentro de unas horas vendrá a vernos. Llevamos esperando que lo hiciera, una semana y media, más o menos. Día arriba, día abajo, calculábamos que aparecería enseguida. Hasta el último momento no es sencillo decirlo con precisión, pero ha sido esta tarde, cuando por fin hemos confirmado que tendríamos la visita de este invitado tan ilustre.
 
Y como siempre que se le espera, acude, ya tenemos todo preparado para cuando llegue. Espero que le guste nuestra casa, ya que nunca había estado en ella, aunque a pesar de eso, desde siempre hemos sabido que más tarde o más temprano se dejaría caer por aquí.
Es lo que tienen las tradiciones.
 
Pero claro, si no conoce nuestro piso, cabe la posibilidad de que acabe dando vueltas durante toda la noche, sin dar con el sitio. Ésa era la preocupación de Marta, que no estaba muy convencida que ese pobre fuese capaz de orientarse, temiendo que acabase perdido, dando tumbos durante toda la noche.
Esto me ha recordado cuando tenía su edad y me vi envuelto en su misma razonamiento. Yo lo solucioné colocando pequeños carteles por todos los rincones, con flechas dibujadas, marcando la senda, para que le sirviesen de referencia y así no perderse.
Con aquel recuerdo presente y con la idea de no transmitirle mis desvelos infantiles a Marta y no nos engañemos, para no tener que ponerme a pintar letreritos, simplemente la convencí de que sus temores no tenían razón de ser. Nuestro amigo tiene un olfato muy bueno y seguro que sabrá llegar perfectamente a su destino. 
 
A ver si viene ya, que se va haciendo tarde, que tenemos toda la parafernalia montada. Aunque afortunadamente, nuestro pequeño invitado no es tan exigente como Sus Majestades de Oriente, que requieren de turrones, café, agua para los camellos, etc... Este pobre no come nada, ni tiene sed, ni pide nada a cambio. Bueno, una cosa sí. El diente de Marta, que le espera muy cerca de donde está durmiendo ella.
Mañana cuando nos levantemos, nos encontraremos con dos regalos del Ratoncito Pérez:
El que deja a los niños a cambio de su diente y lo que regala a sus padres: esa sonrisa preciosa, con un pequeño huequito en medio.
 

miércoles, 20 de junio de 2012

El mito de Sísifo


Según la Mitología griega, hubo un personaje llamado Sísifo, fundador y rey de la antigua ciudad de Corinto.
Hijo de dos personajes, que hubiesen hecho las delicias de mi amigo Mario por su fonética, llamados Eolo y Enarete. (De verdad, lo juro...)

Sísifo ha pasado a la historia por haber intentado engañar a los Dioses. Y eso no se permite ni en Grecia, ni en Pekín, ni en Pokón.
Como castigo le tocó bregar con una piedra enorme, que tenía que sacar del fondo de un barranco, pero cuando llegaba al borde, la piedra volvía rodando al fondo del abismo y así tuvo que hacer por el resto de la eternidad.

Sísifo se ha convertido por obra y gracia de la Mitología, en el patrón de los esfuerzos y trabajos interminables.
Y como Sísifo, he estado empujando aquella roca gigante. He ahí el motivo de mi ausencia. Pero después de estas interminables semanas, puedo decir que por fin he vuelto. Acabo de dejar rodando la piedra para abajo, pero hasta que la vuelva a empujar, aquí estoy cogiendo aire.

Debo decir que este año ha sido muy duro. No he podido escribir tanto como me hubiese gustado. Y no por falta de inspiración, que alguna vez se ha ido por esos famosos cerros de Úbeda. Pero es que entre el trabajo y ese máster en el que me he embarcado, no he tenido casi tiempo de nada. Pero ahora, por fin, he encontrado mi remanso de paz, ahora que acabo de casi-terminar, entregando mi proyecto.
No, no hablaré del tema del proyecto, no quisiera ser como esas madres, enseñando el móvil con las fotitos de sus niños como fondo de pantalla, o los típicos novios recién casados con el álbum del viaje por Punta Cana, Vietnam, Birmania, La Polinesia, o dondeseaporquemeimportaungüevoadondetefuiste.
No tocaré el tema proyecto, ni siquiera mencionaré su título, porque ahora estoy de relax. Y aunque tan sólo me quede presentarlo y defenderlo públicamente (otro empujón a la roca), después de semanas de abandono de este blog, ausencia de conversación con mis semejantes y aislamientos varios, por fin vuelvo a ser un poco persona.

Hace unos días, como la ballena que sale a la superficie a llenar sus pulmones de oxígeno, abandoné por un momento mi análisis del mercado de las repatriaciones en avión sanitario, (¿dije que no lo nombraría?) y me senté a la mesa a comer con mis hijos.
Nada más sentarnos, recuerdo escuchar la conversación entre Guille y Marta:
- Papi tiene que estudiar mucho - decía Marta - porque los médicos tienen que trabajar mucho.
- ¿Ah, sí? - dijo casi sin levantar la mirada.
- Sí, Guille - continuó Marta, como muy orgullosa de su padre - y estudiar para ser médico es lo más difícil. ¿Verdad Papi? - preguntó, dirigiéndome su mirada.
Y su padre atento, no queriendo romper esa situación tan idílica, guardaba silencio.
Entonces, Guille frunció el ceño, empezó a sacudir su cabecita y le replicó:
- Eso no es verdad. Lo más difícil es levantar una bola grande de hierro...

Ante esa aseveración tan rotunda, le tuve que dar la razón.
Y cuando terminamos de cenar y de ir a la cama, y al vaso de agua y al cuéntame un cuento, y al pis, y al jesusitodemivida y la virgen de la cabecera, volví a por mi roca.
Y tal y como debe estar todavía haciendo ese tal Sísifo en algún lugar, me arremangué los brazos, me senté en el ordenador y continué empujando mi pesada roca cuesta arriba...


lunes, 2 de abril de 2012

Inquietudes

Sin duda alguna, el lugar más importante de mi casa, es el cuarto de baño. Su posesión es un bien muy preciado y por tomarlo antes que nadie, se establecen disputas territoriales, que a veces sólo se acaban resolviendo por la vía de la urgencia.
Pero tal vez, al ser un lugar frecuente de encuentro familiar, se ha convertido, curiosamente, es un espacio de reflexión. Me atrevería a decir incluso, que hasta sagrado. 

Mis hijos Marta y Guille se van haciendo mayores a gran velocidad. Y eso no sólo se aprecia en la ropa, en los zapatos o en los calcetines, sino en el contenido de nuestras conversaciones que cada vez se van haciendo más y más profundas.
La otra noche mientras secaba a Marta, tras salir de la ducha, sin venir a cuento, me miró y arrugó su frente, signo evidente que precede a cualquier pregunta que le inquieta:
- Papi - me dijo - ¿Cuando la gente se muere, luego vuelven a nacer, convertidos en otros seres vivos?
- Mmm - contesté, dándome un poco de tiempo - pues verás, Marta. La verdad es que no lo sé. 

Sí, sí, ya sé que es una respuesta que un padre no debe dar. Y mucho menos, cuando falta tanto para que llegue la fatídica edad en la que se cae el mito de papá-lo-sabe-todo. Eso que sucede no mucho tiempo después, de aquella otra debacle: la inevitable caída del concepto papá-es-el-más-guapo-del-mundo.
El caso es que, falto de reflejos, no supe qué contestar, pero mi silencio duró poco y contraataqué como pude, para continuar dejándola impresionado con mis conocimientos:
- Eso que me cuentas, Marta, se llama reencarnación.
- ¿Reencarnación? - repitió ella, atenta a mis explicaciones.
- Sí - le dije con tono de libro gordo de Petete, capaz de dejar con la boca abierta a una niña de casi séis años - hay muchas religiones que creen en la reencarnación.
Marta puso cara de circunstancias y mirándome a los ojos, me contestó:
- Papá: ¿qué son las religiones?
- Mañana te lo explico, Marta - le interrumpí, al sentirme sumergido en una espiral sin salida - Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

Pasaron los días y aquella charla teológica no volvió a tener lugar, pero una escena parecida, en el mismo cuarto de baño, volvió a repetirse. Pero en este caso, el protagonista fue Guille.
Parece que esa habitación inspira las inquietudes intelectuales de mis hijos, porque mientras se secaba, me dijo, casi riendo:
- Papi, ¿para qué es esta bolita? - me preguntaba, mientras se tocaba los huevillos.
- ¿¿Quée?? - le interrogo, intentando no reirme yo...
- Jajajaja, que para qué es esta bolita...
- Ahora no puedo decirte, Guille, porque es muy largo de contar, déjatela, déjatela, pero no te preocupes, que ya lo entenderás muy bien... Suelta eso, Guille... Vamos, vamos, que se nos enfría la cena...

La verdad es que es una lástima que para una inquietud que tiene alguno de mis hijos y que sé la respuesta, no se la pueda explicar. Me parece que al final, la caída del mito del mi-papá-lo-sabe-todo, va a ser mucho antes de lo que me pensaba. 

jueves, 5 de enero de 2012

La carta de los Reyes Magos


Hace unos días estuvimos todos en Tenerife. Fuimos toda la familia de viaje a pasar el fin de año. Arramblamos nuestros bártulos, tomamos posesión del avión que en un momento hicimos nuestro y nos plantamos allí.
Una de esas noches, acostamos a los niños y hablamos un momento, lo justo para que no te enreden y estés hablando de cuestiones filosóficas inconclusas que se alarguen toda la noche.
Estaba arropando a Marta con eso que le dicen embozo, cuando gira su cabeza y me pregunta:

- Papá: ¿Qué es ese aparato?
Sigo la dirección de su mirada y le respondo:
- Es un equipo de música - contesto mientras paso mis dedos por aquel artilugio que tantas horas de música nos dio a todos. Era uno de esos aparatos que en los 70 debió costar un dineral y que traía de todo: tocadiscos, radio AM, FM y reproductor de cintas. A la derecha del tocadiscos están aquellos botones famosos de otros tiempos, llamados play, rec, ffwd, rwd, stop y eject. Presiono este último, se oye un ¡clac! y se abre una tapa.
Marta abre su boca un poco más que sus ojos ante un espectáculo absolutamente desconocido para ella.
- ¿Sabes para qué es esto? - pregunta típica de padre que desea ejercer como tal, antes de que llegue el fatídico día en que el mito se desmorone.
Marta sacude su cabeza y me contesta que no.
- Pues verás, es para poner las cintas.
En esto, que me asalta una duda y le digo rápidamente:
- Marta, ¿sabes lo que es una cinta?
- Sí, Papá - me responde - antes vi una por aquí.
- Mmm... ¿ah sí? - En ese instante no puedo evitar pensar en aquellas cajitas de plástico de colores, con su banda magnética enrollada en su interior, que enrollábamos con un lápiz a través. No había otra manera de copiar música, mas que grabándola en su interior. Las cintas fueron unos pequeños y maravillosos objetos, que nos acompañaron durante más años que cualquier otro cachivache en nuestras vidas.
Marta interrumpió mis melancólicos pensamientos, diciéndome:
- Sí, Papá, por aquí estaba una cinta de esas de colores, de las que yo uso para marcar los libros.
- ¿De las de hacer lazos en el pelo? - pregunto resignado.
- Sí, Papá, de ésas.

Después de esto, me vi incapaz de explicarle qué era una cinta de cassette, para qué servía y lo más difícil todavía, hacerle ver que existían millones y millones de ellas y que estaban en cada casa, en cada coche y que dentro de cada walkman. Puff, pero ¿qué es un walkman?
Como mi mundo ha cambiado tanto con respecto al suyo, tengo pensado para estos Reyes, que le dejen unos regalos originales que le mantengan con la boca y los ojos bien abiertos. He aquí mi lista:

- Un televisor para su cuarto. De esos llenos de palancas que se mueven de un lado a otro, que ponen volume, balance, brightness y colour. Doce botones enumerados del 1 al 11, porque el último pone AV, que a ciencia cierta no sé ni lo que significa, ni para qué sirve. Ni éste ni los otros diez, ya que sólo se podrá ver un canal, el 1. Es un invento genial, ya que te evita estar decidiendo qué ver.

- Un aparato que lo conectas a la televisión. Se llama Spectrum. Aunque tarda más de 10 minutos en cargar cada juego,  y a veces al llegar al final se apaga de nuevo, tendrá aseguradas horas de diversión con un pequeño altavoz interior y una pantalla de 8 colores. Los juegos están grabados en cintas, eso sí, las de verdad.

- Las tardes de sábado y las fiestas de cumpleaños no volverán a ser las mismas cuando abra el regalo que contenga el Cine-Exín. A base de girar una manivela roja de forma incansable, podrá proyectar en la pared de casa, películas de Disney de una duración no superior a dos minutos. Si le da a la manivela roja más despacio, lógicamente, podrá convertir esos minutos, en tres, cuatro o en los que quiera. Será la envidia de sus amigos. 

- Y para amenizar tan inolvidable velada, pondremos en la mesa para que lo puedan disfrutar todos los niños, unos sobres de caramelitos con unos dibujos de astronauta por fuera, que se llaman Peta-Zetas, que dan saltos en la lengua cuando se mojan con la saliva. Unos bizcochitos de chocolate llamados Cropán que tienen unas pegatinas dentro, unas magdalenas pequeñas llamadas Boronitas y para reogarlo todo, nada como unos deliciosos refrescos de naranja que prepararemos a base de mezclar agua y polvos, llamado Tang.

- Para tener un recuerdo de esas fiestas para siempre, no hay nada mejor que una cámara de fotos que sólo pueda hacer 36 fotos. Hay que elegir bien, porque el número de 36 es improrrogable. Cuando las hayas terminado todas, sólo hay que tener en cuenta una cosa: tienes que abrir la tapa con cuidado para que no se estropeen y sacar un cilindro de dentro, llamado carrete. Pero la diversión y la intriga no acaba aquí; hay que llevar ese carrete a una tienda fotográfica para que te den las fotos. Con suerte y si no puede la emoción contigo, las podrás ver al día siguiente.

Si Sus Majestades los Reyes de Oriente atienden mis súplicas, Marta, te prometo que los regalos de este año, serán algo que no conseguirás olvidar nunca.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad dulce Navidad

 

7 y cuarto de la mañana. ¡Arriba los corazones! Un día que no tengo guardia. Ya me dijo Lou hace más de un mes: ¡Bloquéate ese día! ¡Tenemos muchas cosas que hacer...! Y aquí estoy, poniendo los pies en el suelo. 7 y media. ¡Mel, hoy aprovechando que estás en casa, le das el desayuno a los niños! ¿Cuántas cucharadas de cereales lleva el biberón de Clara? ¡Cinco! Se lo toma de un santiamén. Guille y Marta siguen en la cama. Hay que despertarlos como marca la tradición. Con cariño y muchos besos. 7 cincuenta. Poco a poco se incorporan al  mundo y se ponen a desayunar. Tardan un poco más en tomarse su leche. Clara te llama desde su cuarto: ¡Hola! ¡Hola! Que quiere decir en su idioma: ¡Ya te puedes llevar el biberón y ven a cambiarme que me he hecho caca en los pañales! De esta deposición matutina me libro. Lou ha llegado antes y la limpia ella. 8 y diez. Una ducha rápida y a continuar. Nos repartimos los niños. Yo visto a Guille. Hoy es un día especial. Hay que vestirlos de pastorcillos. 8 y media. Marta no se conforma con el disfraz: Mami, ¿me puedes pintar un poco? Guille no es menos. Quiere que le dibujen un bigote. Con su maquillaje recién puesto, salimos de casa. Cada cual coge su mochila y a la calle, al cole. 8 y cuarenta. Juntos no podremos llegar a tiempo. Me llevo a Clara a la guardería, cómodamente sentada en su silla. Lou se va con los otros dos en sentido opuesto, al colegio. Clara me hace chantaje. Llora desconsoladamente cuando le quito el chupete al entrar en clase. Se abraza a su profesora, le doy un beso y me marcho. 8 cincuenta y cinco. Lou deja a los niños en las escaleras que dan al pasillo de las aulas. Nos encontramos en un bar enfrente del colegio, para desayunar. 9 y diez. Nos pedimos cafés con leche y nos sentamos con Álex y Olga, padres de Naiara, amiga de Marta, de asombroso parecido con Dora la exploradora. 9 y veinticinco. Levantamos la sesión. A las diez empieza la representación de Guille. Los padres de este colegio deben ser grandes amantes del arte dramático. Desde las nueve están haciendo cola fuera del salón de actos, que no ha abrirá sus puertas hasta las diez, para coger sitio. 9 y treinta y cinco. Los amantes del teatro están nerviosos por el estreno. Oimos alguna discusión originada por asuntos menores, como guardar un sitio en la cola a marido, suegra, madre, padre y demás familiares. Debe ser muy importante lo que vamos a presenciar, pienso, dada la tensión de estos celosos guardianes del turno. 10 y un minuto. Se abren las puertas y la insaciable vorágine de entendidos críticos de la dramaturgia, se apodera de los asientos más cerca del escenario, cubriéndolos con todo tipo de chaquetas, bolsos, etc, para que se puedan colocar los que aún están por venir. 10 y cinco. Se abre el telón y aparece Guille vestido de pastor, diciendo sus líneas y haciendo una ofrenda a la Virgen María. Cantan todos un villancico. Algo así como Wi wishu a meri crisma an a japi niu yes. 10 y cuarto, se cierra el telón. 10 y media. Aparece la clase de Marta. Ella tiene un papel destacado en la obra. Le toca abrir la puerta a cada Rey Mago y a la Virgen María y San José. Cada una de las veces agita con energía sus brazos al abrir la puerta, diciendo: ¡Pasad! ¡Pasad! Le hacen ir a abrir la puerta, cuatro veces. A todos asombra con esas inmensas dotes dramáticas, como ya demostró el año pasado cuando hizo de Mamá Noel. 10 cincuenta. Ha caído el telón y aprovechamos para irnos de tiendas, ya que no disponemos de muchos días para terminar todas las compras. Comienza el corre-corre, si es que no lo había hecho antes, desde que subíamos los corazones. Queda mucho por comprar y pocos días para hacerlo. Las dos horas pasan deprisa entre debates, comparativas y recuento de regalos. 12 cincuenta y cinco. Hay que ir a buscar a los niños al cole, para que comen en casa. Terminan de comer, se les quita el maquillaje y se les viste de personas normales y corrientes. 14 y cuarenta y cinco. Hay que llevarlos de nuevo al cole. Los agarro por la mano y nos ponemos en marcha. 14 cincuenta y cinco. Dejo a Marta y Guille en el pasillo de sus aulas. Guille se despide con nuestra frase emblemática: ¡Que no te piquen los chinches! Marta ya le da vergüenza hacerlo. Se ha hecho mayor. No pensaba lo mismo al instaurar esta costumbre cuando tenía tres años. 15 y cuarto. Llego a casa y nos vamos, sin comer, corriendo a la guardería de Clara, a una representación de una costumbre catalana, llamada el Caga-Tió, donde se le dan palos a un tronco de madera llamado Tió, hasta que acaba cagando regalos. El regalo acaba siendo un regalo colectivo para la clase. Ilusos de nosotros, pensábamos que habría un regalo para cada niño. 16 y media, bien pasadas. Montamos a Clara en su cochecito y nos vamos a buscar a los niños, que salen del cole. 16 cincuenta y cinco. Salen muy contentos, orgullosos de sus pinitos como actores y se van a jugar al patio, donde podemos sentarnos un rato. Un rato es media hora. 17 y media, empezamos a recoger y vamos a casa de Mapi, la madre de Chloé, compañera de Guille, que les da clase de inglés a los niños. Allí somos testigos de una nueva representación artística. Una obra de teatro en inglés, llamada Santa Claus is coming to town, donde Marta tiene un papel destacado de niña pija. Eso si es versatilidad. Este pedazo de artista puede con todo. 19 y cuarenta. Arrancamos la caña. Lo que en la jerga de padres de familia numerosa, viene a querer decir: Vámonos para casa, que todavía quedan las duchas, las cenas, los cuentos, los pipís, y los vasos de agua. 21 y quince. Se hace el silencio. Los niños están ya dormidos. Sus padres, extenuados. ¡Qué duras son las Navidades! ¡Donde esté una buena guardia...!

jueves, 22 de septiembre de 2011

El primer día de clase















Ya se ha acabado el verano, las piscinas, la playa, el pescaíto frito, el tinto de verano y las cenas en la terraza, acompañados por la brisa fresca que provenía del estrecho. Ya estamos de vuelta a casa y todos volvemos a nuestro sitio, a la normalidad y cotidianeidad de siempre. Bueno, todos no. Para algunos es época de cambios.

Los niños se van haciendo mayores y eso nos recuerda que nosotros también. Mi hijo Guille ya tiene 3 años. Para él este es un curso muy importante. Está feliz de poder ir al colegio por primera vez. Esto le hace sentirse mayor.
Esta semana pasada le pusimos su mochila nueva, de color rojo, idéntica a la de su hermana Marta, pero con un dibujo de un coche que le hizo su madre. Y así, muy contento, salimos de casa y comenzó su nueva andadura.

Guille sonreía todo el rato que caminamos hacia el colegio. Lo disimulaba, pero seguro que estaba un poco nervioso. Agarrado a la manita de Marta, iba escuchando atentamente sus sabios consejos de veterana, en esto de ser alumna. Y mientras yo atendía a sus explicaciones, no podía evitar recordar cuando tenía la misma edad que ellos y fui al cole por primera vez. No recuerdo si lloré, si tuve la sensación de abandono o si me enfadé con mis padres. No debió ser así, porque no les retiré el saludo ni se los he tenido en cuenta desde entonces. Debe ser que para evitar estas desavenencias familiares o lo que es peor, traumas infantiles que quedan de por vida, ahora el sistema educativo, para las guarderías, ha ideado una solución que denominan, para vergüenza de Darwin, adaptación. Clara, que este curso estrena experiencia en un jardín de infancia, se ha visto beneficiada de estos adelantos tan necesarios. En líneas generales, la adaptación consiste en ir abandonado a tus hijos de forma gradual, poco a poco. El primer día te quedas en la clase con él, el segundo te vas un rato y vuelves, el tercero un rato más largo y así, hasta que te conviertes en esa persona malvada y sin escrúpulos, que abandonas a tus hijos y encima disfrutas porque han vuelto los colegios.

Al contrario de que lo que le sucede a Guille con Marta, yo no tenía un hermano mayor que me fuese abriendo el camino. De hecho, cuando tenía cinco años y era mayor como Marta, me tocó entrar al colegio con mi hermana María y acompañarla a clase. No sé si ella todavía se acuerda. Tal vez no, pero todavía conservo la imagen de aquellas escaleras, de dejarla en la puerta de su aula, que estaba en la azotea del Colegio de la Virgen Niña. Recuerdo un tejado ondulado de color verde que daba mucha luz y las lágrimas de María, que no me soltaba la mano y me suplicaba que me quedase a jugar en su clase con ella, que hablase con su señorita y que no me fuese.

Bien mirado, si pienso en la época escolar, creo que Guille ha tenido mucha suerte. A mí me tocó vivir momentos trágicos cada mañana, como fue el que me peinasen con un cepillo de puntas que me rayaba el cuero cabelludo (o eso a mí me parecía).
Previamente al paso del cepillo, me habían mojado toda la cabeza, báñándome en una colonia que compraban a granel, llamada César Imperator, que irritaba por donde iban pasando las púas.  
Tal y como le sucedió al imperio romano, César Imperator desapareció. O eso creo, ya que no he tenido la fortuna de ver esta colonia por ningún sitio y que además, tenía la inoportuna habilidad de escaparse una gota de dentro del cabello, que bajar rápidamente por la frente y acabar siempre, encontrándose con alguno de mis ojos.

Guille además tiene la tremenda suerte de vivir en un momento en el que los niños van con el cabello muy corto y no como yo, que a su edad lucía un corte de pelo tipo Cuéntame, también conocido como escupidera.
Todo esto no sería nada, si no fuese por un remolino rebelde que tenía por delante, que debía poner de los nervios a mi madre, que luchaba cada mañana contra él. Al final, lejos de claudicar y viendo que litros de César Imperator no lograban reducirlo, dio con una magnífica solución. Una pinza para el pelo que fijase el remolino durante todo el desayuno, le haría batirse en retirada, fijarse atrás y hacerle comprender quién era la que mandaba.
Lástima que las prisas de la mañana hiciesen que más de una vez llegase aquel pobre niño al colegio, con una pinza de pelo de mujer sobre la ceja izquierda y lo que es peor, sin una explicación convincente que mitigase aquel bochorno y las risas de sus compañeros.

Para Guille es el principio de toda una era de descubrimientos y no sólo dentro de las aulas. En menos de nada empezará a leer todo lo que vea escrito por la calle y se acentuará aún más la época de las preguntas y los porqués de todo. A lo mejor un día de éstos me siento y le explico temas de actualidad. Uno de ellos, aprovechando el comienzo de su vida escolar, bien podría ser el significado de palabras como liendres, o de cómo huele, como se pone y para qué sirve, unas cosas que se llamaban Filvit o ZZ.

martes, 12 de julio de 2011

Viajar en avión


Ya he perdido la cuenta de las veces que he cogido un avión. Han sido tantas, que podría decir que lo he hecho mil veces y no me equivocaría en gran número. Mil es una buena cifra, así que creo que empezaré de nuevo.

He viajado en avión mil veces y a pesar de que conozco mucha gente que tiene pánico a volar, la verdad es que nunca me ha sucedido nada que me haga tener miedo a volverlo a hacer. Si he de ser sincero, es uno de los lugares en los que me encuentro más cómodo. Un magnífico sitio donde leer tranquilamente, disfrutar del paisaje o escribir.
No así piensa mi familia política, el clan de los Gómez, célebres por su aversión a conducir y el pánico irracional a los aviones.
Como buena Gómez, Lou ha heredado estas dos grandes pasiones de su familia, incrementando incluso el patrimonio familiar, en este aspecto.
Subirse en ese aparato es una tortura inenarrable, que requiere una precisa concentración, llevar uñas largas para disponer de ellas en el viaje y una tableta de valerianas en el bolso.
No es sólo las turbulencias, que he de decir que son bastantes incómodas, porque no te dejan leer con tranquilidad, hay más.

El típico viaje al terror de Lou, tiene tres etapas fijas, que nunca fallan:
La primera es justo en el momento en que toca embarcar, mejor dicho, dos minutos más tarde de que comienza el embarque, cuando casi nos toca pasar. Ahí es cuando se relaja su vejiga y debe imperiosamente ir al baño, lo que muchas veces me ha dejado esperando por ella, junto a la azafata de tierra, mi trolley y los dos billetes de embarque en la mano, como un novio abandonado en el altar.
El despegue es la segunda fase, donde es capaz de mostrar unas muecas de dolor y pánico, que nunca había visto antes, agarrándose con firmeza al asiento de delante, con la cara tan desencajada, que muchas veces me llegan a asustar incluso a mí.
Hay otro instante que todavía le intranquiliza más. No tiene tanto registro dramático, pero le desconcierta mucho. Es aquél que precede al despegue, en el que la megafonía dice: "...en caso de despresurización de la cabina...", que atendiendo a cómo gesticula, no creo que pueda haber frase en este mundo que le infunda un mayor terror.

Para mí, en cambio, el volar es un momento placentero. Creo que soy un afortunado por haber vivido en una época donde la aviación ha avanzado de esta manera y volar sea rutinario y seguro, lejos de aquella etapa de pioneros, en la que volar era una aventura, e incluso una temeridad.
Como únicos percances que he podido tener, si se le pueden llamar así, fueron en una ocasión en las que en el momento de aterrizar, el avión hizo motor y al aire. Esto quiere decir, que abortó el aterrizaje, incrementó la potencia de los motores, dio una vuelta y volvió para aterrizar. No fue por un fallo de mi avión, sino porque otra aeronave no había abandonado la pista del todo y para evitar riesgos, mi piloto prefirió darle tiempo. Es un procedimiento rutinario, que si te gusta la aviación, es hasta divertido. Lástima que estaba tan cansado, tras haber salido de guardia y haber cogido ese vuelo, que medio adormilado, me perdí la maniobra.
El otro percance fue durante un aterrizaje, en el que se venció el cierre del compartimento de las mascarillas de oxígeno del techo y salieron tres mascarillas, que se quedaron colgando mientras rodábamos por la pista. Y eso ha sido todo.
Me encantaría poder contar más sucesos, pero no hay más. Bueno, sí, en realidad hay uno que me sucedió el otro día, cuando fui con mis hijos Marta y Guille, la semana pasada, de viaje a Tenerife.

El ir con niños a cuestas te ralentiza tu existencia. Además de tirar de la maleta y andar a sus pasos, has de atravesar tres veces por el arco de seguridad. Esto hace que se tenga que dilatar el tiempo y llegar con mucha antelación a un sitio tan grande y variopinto como es el aeropuerto, que además genera preguntas de tus hijos, cada minuto.

Los niños no entienden de esperas, ni de retrasos, así que hay que desarrollar toda tu inventiva para tenerlos entretenidos y que no se aburran.
Por suerte, aquella mañana nuestro vuelo sólo tenía un retraso de una hora, así que después de estar dando vueltas y jugar en unos columpios haciendo tiempo, me situé en la cola de embarque, esperando que nos llamaran, acompañado de Marta y Guille.
Desde donde estábamos, se podía ver ya nuestro avión, conectado por el pasillo. Ya había salido todo el mundo, lo que indicaba que nuestro embarque sería inminente.
- Enseguida entramos y estaremos todos sentados - pensé.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por Guille, que dijo:
- Papi, tengo pis...
Me acordé de Lou y sus urgencias pre-vuelo, reencarnadas en su hijo.
Pero tratándose de Guille, era un aviso de urgencia que requería una intervención inmediata. Esto me hizo abandonar la cola rápidamente, en dirección a los servicios más próximos.
Afortunadamente llegué a tiempo, antes de que ocurriese una catástrofe.
Aliviado, aproveché para hacer lo mismo. Mejor ahora, que no después, en mitad del vuelo, dejando a los niños solos en los asientos. Así que empecé, como he hecho casi toda la vida. La novedad esta vez era un niño de tres años, junto a mí, que me miraba absorto.
- Papi: ¿me dejas tocar el hilito? - me preguntó, alargando la mano.
- ¡Noooo! - contesto, redirigiendo la trayectoria.
- Pues déjame tocarte el pito - me replica.
- ¡No, Guille!, ¡No!
Cierro el grifo y nos vamos corriendo de nuevo a la cola de embarque, justo a tiempo.
Estoy deseando estar todos de una vez sentaditos, en nuestro sitio, cosa que no tardamos en hacer. Por fin, ya estamos allí. Ya sólo faltan tres horas de vuelo hasta nuestro destino.
Acomodo a los niños en sus asientos. Guille en la ventana, para que esté distraido y Marta en medio. Les ato el cinturón y me pongo de pie para guardar las cosas en el compartimento de arriba.
Mientras lo voy colocando, oigo la voz alarmada de Marta:
- ¡Papá, Papá! ¡Mira lo que ha hecho Guille!

Me agacho y soy testigo de una escena que jamás había visto en mis casi mil viajes.
Guille tiene en una mano, el marco de la ventanilla del avión y el cristal en la otra. No sé ni cómo ha podido arrancar eso de su sitio. Me mira con cara inocente, como queriendo decir: Fue sin querer...
En ese instante no puedo dejar de pensar en Lou y cuál habría sido su cara al ver la ventana rota, mientras esperaba que sonase la fatídica frase: "...en caso de despresurización de la cabina..."



viernes, 8 de julio de 2011

Preguntas y respuestas














No hay nada más reconfortante que el tener hijos y no sólo es por el cariño que te dan, ni por ver en ellos reflejados a aquel niño que éramos y que quedó en la cuneta de algún camino perdido que hemos olvidado. Es por eso, pero no sólo por eso. Esas pequeñas criaturas te proporcionan inspiración, historietas para contar, que para un mediocre escritor como el que escribe, vendría a ser como el árnica que alivia las heridas.

Mi hija Marta es el motor de la diversión en casa. Como mujer que es y por añadidura, inteligente. Suele ser la que tiene la iniciativa de proponer los juegos con los que se van a entretener ella y su hermano. Ya desde la guardería, nos dijeron que la niña tenía esa capacidad sibilina de convencer a los demás, para acabar finalmente, saliéndose con sus propósitos. Desde pequeña ya se vio que era una mujer.
Esto viene al caso, porque desde hace un tiempo ha inventado un nuevo entretenimiento.
Cuando tras un día en el que nos hemos pasado unas cuantas horas intentando cansarlos (y el que es padre, sabe a lo que me refiero), toca, por fin, volver a casa.
Verlos correr, patinar o montar en bicicleta, agota. No es sólo por el espectáculo, se debe a la vigilancia permanente que me obligo a hacer, por si tienen un accidente. Es un defecto heredado de mi abuelo José Amaro y de mi padre, afortunadamente para mi sistema nervioso, en una dosis mucho menor. Esto me ha traído el ser considerado un pachorrón, una persona descuidada, relajada, que no ve el peligro. Un huevón, en definitiva.  Pero la verdad es que casi estoy yo más agotado que ellos y aunque sin ser tan exagerado como mis ancestros, de alguna manera me entrego a los menesteres de la vigilancia. Esto hace que tras la salida, arda en deseos de llegar al hogar, dulce hogar.
Pero antes de ver cumplidos mis anhelos, por si aún no fuese suficiente, se ha de pasar por un ritual: El nuevo juego de Marta.

Yo, por si acaso, intento franquear la puerta de la calle antes que ellos, pero siempre se las ingenian para adelantarse y bloquear la entrada a sus padres.
Una vez apostados en el umbral del portal, comienza el juego de la contraseña.
Para poder pasar, sólo hay que adivinar la palabra secreta, el Ábrete Sésamo que nos permita de una vez por todas, dar por finalizado el paseo familiar.
Hasta ahora había conseguido que con una palabra pudiésemos entrar, a modo de bono familiar, tanto Lourdes como yo. Al fin y al cabo una sola llave abre una puerta y pueden pasar todos tras un único giro en la cerradura.
Pero parece que la jornada de Puertas Abiertas había tocado a su fin.
Marta había decidido que una palabra, una persona.
Tan solo confiaba en que fuese fácil la adivinanza y que fuese similar para ambos.
- Tú primero, Mami - dijo aquella niña, que con sus brazos en jarra y cara altiva. Mientras ponía su mano bajo la barbilla, a modo de reflexión, su hermano, cual cancerbero celoso de su labor, custodiaba la puerta, moviendo su cabeza a ambos lados, no dejando acercarse a nadie.
- Es una palabra que empieza por... "te" - comenzó a decir a su madre, a la vez que miraba hacia el borde de la puerta. 
- ¡Telefonillo automático!  - contestó su madre, muy inspirada aquella tarde.
- Muy bien, muy bien, vamos para adentro... - dije, muy alegremente, deseando subir ya, cuando me detuvieron los dos infantes, impidiendo mi avance.
- No, Papi, ahora te toca a ti - me dice Marta.
- Te toca a ti - repitió Guille.
Sucede esto y Lou se abre paso, libremente, con una mirada de satisfacción, que venía a querer decirme: Te espero arriba. Ya subirás...

- Venga, Marta, dime la palabra - le digo, invitándole a comenzar.
- Mmmm... es fácil - me sonríe.
- Bien - pienso - no tardaremos en subir. Una niña de cinco años no tiene un extenso vocabulario, que digamos...
- Es un animal - me dice escuetamente.
- ¿Alguna pista? - le pido.
- Puede volar... ¡ah! y tiene las patas grandes - me añade a modo de ayuda.
- ¡Ya está! ¡Una cigüeña! ¡Nos vamos para arriba!
- ¡No! - me contesta deteniéndome.
- ¡Un flamenco! - digo, extrañándome de que sepa de qué se trata...
- ¡No, Papi, no! - me replica tajantemente.
- Marta - le digo casi implorando - ¡Dame otra pista! ¿Por qué letra empieza?
- Bueno, Papi - accede esa moderna representación del mito de Edipo y la Esfinge - empieza por "Ini..."
- ¿Ini..? - no entiendo nada.
- Sí, Papi, es fácil.
- No sé, Marta, me rindo, no sé...
- Hasta donde yo sé, la iguana no vuela y no tiene las patas largas - pienso abatido.Marta me mira con cara de incredulidad. No sé si accederá a mis súplicas. Guille no se mueve de la puerta, como si le fuese la vida custodiar aquel fortín.
- ¡Piénsalo, Papi! - me dice dándome una segunda oportunidad.
- ¡No lo sé, de verdad, Marta! ¡Dímelo tú! ¡Hoy no se me ocurre nada...!

- Papi... - su tono suena a decepción - Mira que es fácil...
- Sí, dime...
- Papi, es el... ¡Inicornio!

Claro, claro, ¡en qué estaría pensando...! Menos mal que tengo una hija comprensiva y benévola, si no, todavía estaría en la puerta de la calle, intentando adivinar el santo y seña, que me permitiese entrar en mi propia casa.