Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sueño. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de noviembre de 2024

Un segundo y nada más


Estoy saliendo de un lugar que identifico como un comedor. Ya debo haber acabado. Hay una fila interminable de personas a la puerta, esperando para entrar. Parecemos dos carriles de una carretera con un gran atasco en el sentido contrario a mi marcha, que va más ligera.

De repente, alguien que está en esa cola, me dice algo al pasar junto a él. Suena como si me indicase que tengo los cordones desabrochados. Me detengo y me giro hacia él.

Mi tío Fisco me sonríe con esa sonrisa tan bonita y contagiosa, con sus mofletes sonrosados.

No sé qué hace allí, pero en un instante lo entiendo todo.

Le abrazo muy fuerte, como todos esos abrazos intensos que nunca di y que ahora echo tanto de menos poder hacerlos. Le aprieto fuerte y lloro, porque sé que nada de eso que estoy viviendo es cierto.

Quiero preguntarle por mi padre, por si está también allí, pero no me da tiempo. Creo que él lo sabe, aunque no me lo oiga decir. Todo se desvanece en un instante, pero aunque han pasado horas desde que sucedió, toda la escena permanece en mí, sin que llegue a olvidar nada. Es tan intenso, tan real, que aunque fuera un sueño y durara un segundo y nada más, por eso puedo decir que anoche estuve en el Cielo.



domingo, 8 de marzo de 2015

La corbata







Mi padre me contaba que de niño iba al colegio con corbata. Como todos los demás niños de aquellos años. Por supuesto, cuando se hizo mayor y fue a la Universidad, todos los jóvenes de aquel entonces llevaban esta prenda. Anudarse una corbata al cuello era tan obvio como ponerse pantalones y camisa antes de salir a la calle. Por eso le extrañó tanto y probablemente lo vería ya no solo como que los tiempos estaban cambiando, sino como una auténtica decadencia, el día en el que me llegó a mí el momento de ir a la Facultad.

- ¡Qué vergüenza! - me decía - Con esa barba de tres días, un estudiante de Medicina... No me digas que no te afeitas cada día porque te pica la cara...
- Pues sí, me pica... - pensaba yo en silencio, ya que me habían dejado sin excusa - y además se lleva así...
- Yo no entiendo las cosas de ahora. En mi época todos íbamos con corbata y si alguno se le ocurría aparecer por clase sin corbata, no le dejaban ni entrar...
 
Evidentemente eran otros tiempos. Pocas ocasiones tenía el joven de mi época de ponerse corbata, salvo alguna boda o la magnífica oportunidad que para un canario se le ofrece cada año, con los famosos carnavales. Lástima que yo no he sido nunca nada carnavalero.
 
Pero a pesar de que para mi generación ya no era un complemento de obligado vestir, seguramente por ese motivo, mi habitual carácter rebelde no tenía un pensamiento de rechazo hacia la corbata, sino todo lo contrario: En realidad, una cierta atracción.
Cuando cumplí los veinte años sentí la necesidad de en algún momento ponérmela y aproveché alguna salida de fin de semana para combinarla con mis vaqueros y chaquetas de tergal, tal y como se llevaba entonces.
 
Aprendí a hacer el nudo de la corbata gracias a Salvador, un gran amigo de mi padre, que cada sábado venía a casa con su mujer a cenar. Él me enseñó dos variantes (ahora sé tres, gracias a mi amigo Jordi Font) y consiguió que cada vez que me anudo una corbata le recuerde y me pregunte en qué constelación de ese inmenso cielo al que se marchó, estará...
 
Y salvo esas pequeñas excepciones de vez en cuando, en las que me atreví a largarme una corbata, y de esta manera dar un poco la nota con respecto al resto de amigos y gente de mi edad, pocas oportunidades tuve para repetir prenda, de una forma más o menos habitual. 
- Tal vez cuando acabe la carrera y sea médico - pensé, pero cuando pude empezar a ejercer, me vistieron de colores chillones, con reflectantes en los pantalones, un polo blanco de puños y cuello azules y un chaleco de color amarillo huevo, o como se dice despectivamente en mi isla, de color amarillo canarión.
 
Eso no impedía que cada vez que tenía ocasión, me fuera comprando alguna corbata, acumulándose en mi armario, soñando que llegara algún momento en el que se convirtiesen en una prenda diaria. Pero a pesar de mis deseos, la corbata ha sido siempre la gran ausente en mi vida.
 
La corbata es como la vida misma. Elegir adecuadamente una es a veces algo arriesgado, porque luego hay que colocarla sobre una camisa y un traje y conjuntarlo todo para que quede perfecto, sin estridencias. Decía que las corbatas son como la vida misma: Hay una fina línea que separa la elegancia o la modernidad, de la horterada. Si no, hagan la prueba y analicen esas corbatas que van circulando por la calle y se cruzan en nuestro camino. Describen perfectamente la personalidad del pedazo de carne que tiene atenazada la corbata.
Por mi trabajo de médico de emergencias he ido cambiando varias veces de uniforme. He tenido pantalones grises, pantalones blancos, azules eléctricos, otros azules marinos, pantalones con cuatro bolsillos, con cinco bolsillos, con velcro, sin velcro, camisa de botones, polos de algodón de color blanco, de color rojo, polos que parecían camisetas de fútbol de colr amarillo o incluso naranja, por no dejar de mencionar los inolvidables chalecos y chaquetones amarillo Gáldar, amarillo Arguineguín e incluso unos de color amarillo Maspalomas.
 
Todo esto, pero de corbata nada.
 
A lo mejor uno por sistema quiere lo que no tiene, puede ser... pero la verdad es que siempre he escuchado con asombro a trabajadores de corbata diaria diciendo:
- ¡No sabes el coñazo que es llevar corbata! ¡Todo el día con la corbata apretándote el cuello...! ¡A quién se le ocurriría inventar la corbata! ¡Estoy deseando que lleguen las vacaciones sólo para no tenérmela que poner...!
Les oigo y sin querer lo comparo con esa otra blasfemia que también escucho de vez en cuando:
- Mmmm. ¡El chocolate es el mejor sustituto del sexo!
 
Y para continuar hablando de placeres, pocos hay tan gratos como cuando terminas de anudarte la corbata y queda perfecta a la primera. Es un acontecimiento casi mágico. Siempre que me sucede tengo unas ganas irrefrenables de marcar con rotulador indeleble el punto en el que comencé a pasar un extremo bajo el otro,para que la ocasión se repita.
 
Desde siempre he soñado con tener un trabajo que me obligue a ir en corbata cada día. Y si he de confesar algún tipo de fetichismo, mi sueño erótico por excelencia es una variante de ese aquí te pillo aquí te mato con el que todos los hombres soñamos con encontrarnos para cuando llegamos a casa. Pero en mi particular versión, justo al flanquear la puerta, te agarran de un tirón de la corbata, obligándote a acercarte a ella, besar sus labios y atrapado por esa correa, así estar a su completa merced.

Igual que nunca dudé que el amor de mi vida algún día iba a llegar, aunque ignoraba cuándo, ni quién sería, cuando apareció  la reconocí de inmediato. Con la misma certeza, de alguna manera sabía que mis días de corbata estaban por venir.
Pienso que la vida son ciclos más o menos largos. El mío parece que comienza a cerrarse. Hace apenas más de un mes que he cambiado de trabajo. Llevo buscando algo así desde hace tres años, tal vez más. Cada día me levanto muy feliz porque por fin puedo vestir mi colección de corbatas que esperaban ansiosas que alguien las retorciera y luciese con orgullo.
Aquí estoy, cada mañana, dejando a los niños en el colegio y marchando al nuevo trabajo muy contento con mi nueva vida. Y mis corbatas.
Las paseo muy feliz todo el día, hasta que llego a casa. A ver si un día de éstos me encuentro con la sorpresa de que los niños no están y entonces sí que espero poder cerrar el círculo completo. Y cuando eso suceda podré decir a todos algo que pienso desde hace muchos años:
Que donde esté una corbata, que se quite el chocolate.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Sueños Cumplidos


No soy una persona obsesionada con la colecciomes. Nunca lo he sido. He conocido gente ya adulta y bien adulta, que son grandes y apasionados coleccionistas: de cromos de fútbol (de todos los años y todas las temporadas), coleccionistas de bolígrafos de propaganda de laboratorios médicos, sé de un coleccionista de chapas de corona de cervezas del mundo, de un coleccionista de relojes de pulsera y jarrones, o incluso, lo más original, conozco una curiosa coleccionista de guagüitas de barro hechas a mano, que expone orgullosa en una estantería de su casa.
 
De niño intenté apuntarme a alguna colección en la época del colegio. No era cuestión de ser un bicho raro, así que tal y como hacían los demás, comencé a coleccionar los cromos de Marco, Heidi, Ruy el Pequeño Cid, o cualquiera que te daban con los yogures Danone. En los recreos se producía un mercadeo importante y allí me llevaba mi tocho de cromos, que llamábamos estampas y una lista con números, donde iba tachando los que iba consiguiendo, llevando el control de los que aún me quedaban por completar. Con el tiempo llegó la época en la que te ibas haciendo mayor, confiaban en ti tus padres y así orgullosamente llevabas en tu bolsillo las llaves de casa. De la necesidad, surgió una nueva colección nada singular: ir acaparando llaveros, que al final acabaría regalando porque era una colección que no me aportaba nada especial, salvo el ir variando cada semana mi manojo de llaves, dándole un toque pintoresco y cambiante a mi bolsillo.
 
Un día empecé a ir guardando algo distinto. Supongo que así empiezan las colecciones. Cuando tienes tres o cuatro cosas iguales, es entonces cuando piensas: ¿Y si hago una colección? Y ya estás perdido. Empieza una carrera sin fin, cuya única salida es el abandono. Pues bien, mi colección original era a base de esos cartones plastificados de los aviones donde se reflejan las salidas de emergencia y se explica cómo colocarse las mascarillas en caso de despresurización de la cabina. Me encantaba ser distinto y único, hasta que un buen día descubrí que esa colección ya se le había ocurrido a mucha gente en el mundo, así que de original nada.
 
Aún conservo los cientos de tarjetas de seguridad con las que me he ido haciendo a lo largo de los años. Ya no es tan glamouroso como fue concebida en un principio, pero la colección continúa creciendo exponencialmente, hasta que llegue un día en el que como en los duelos del Oeste, me planteen que en nuestra casa sobramos uno de los dos.
 
Hace unos días he empezado una nueva colección. De la misma manera que siempre se empiezan las colecciones. Me encontré que tenía varias cosas iguales y me he animado a hacer la más bonita y original colección que nadie ha hecho jamás: coleccionar sueños imposibles que se han llegado a cumplir. Ésta es mi colección:
 
Mi primer objeto lo recogí en el año 2000. Era el primer día de clase de mi curso de controlador aéreo. Estaba en un aula donde no conocía absolutamente a nadie. Éramos todos gente de la misma edad, venidos de partes distintas de España, con estudios diferentes, pero con un fin común: llegar a ser controladores de tránsito aéreo.
Aquel día conocí a mi amigo Héctor. Era fácil de deducir su origen viendo la forma como vestía, con esa costumbre tan barcelonesa de llevar las camisas de manga larga, sueltas, por encima de los pantalones. Me hizo gracia su sonrisa de niño travieso acompañada de esa media melena. Con Héctor congenié enseguida y desde el primer momento, me cautivó su humor rápido, inteligente, con gran dominio de los juegos de palabras, que improvisaba a gran velocidad. Desde aquellos primeros días supe que íbamos a ser amigos. 
 
En algún momento de aquel curso, siempre acababa surgiendo la pregunta:
- ¿Cómo es que quieres ser controlador aéreo?
Sin rubores, muchos te confesaban que era porque querían ganar mucho dinero. Otros porque les encantaba la aviación, pero no hubo otra respuesta más curiosa que la que me dio Héctor y que se ajustaba mucho a su forma de ser, como he podido comprobar con el paso de los años:
- La verdad es que yo estoy aquí por casualidad. Estudié Ingeniería en Barcelona, pero en realidad todo esto lo he hecho porque lo que quiero llegar a ser algún día es músico.
 
Esta filosofía de vida probablemente le ha hecho a Héctor darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena para él, que no son otras más que sus sueños.
Casi diez años más tarde me llevé una gran sorpresa. En mi buzón apareció un regalo de Héctor: su primer CD.
Héctor es el fundador de un grupo que toma su nombre, como claro homenaje a su profesión de adopción: My Airport.
Desde entonces voy siguiendo su evolución y sus conciertos en Gran Canaria. Sé que aún tiene mucho recorrido musical por delante, pero lo más importante lo ha conseguido: Héctor ha cumplido su sueño.
 
En mi colección tengo otro objeto muy bonito. Este lo conseguí mucho antes. Me tengo que remontar al año 1991. En la Facultad de Medicina conocí a una persona muy especial. Se llamaba Ana. Tenía un magnetismo que lograba que muchos estuviésemos siempre a su alrededor. Era muy inteligente, divertida, guapa, sensible y alegre. Su vida iba más allá de lo que se supone que es un estudiante de Medicina, que sólo piensa, lee, disfruta y a veces se apasiona con la Medicina. Ana era otra cosa. La Medicina era importante para ella, pero escribir lo era aún más.
 
Un grupo de estudiantes con grandes inquietudes, decidió sacar adelante un periódico para la Facultad. Se llamaba La Fístula. Bajo ese terrible nombre que nunca me gustó, entre otros, estaba Ana como fundadora, redactora y alma máter del proyecto. Yo me dejé arrastrar por la idea, aunque en realidad era ella la que me arrastraba a estar allí. Mi colaboración con La Fístula no fue más allá que unos pequeños artículos sobre erratas en apuntes y poco más. Mi prosa no era ni mucho menos como la suya, siempre elegante en todas las ocasiones y cuando la realidad del momento lo pedía, mordaz e irónica, pero siempre con un fino humor que nunca ha abandonado.
 
Un día Ana me hizo un regalo precioso: me regaló un libro de poemas escrito con su puño y letra. Una carpeta con un montón de folios donde se agolpan versos y versos de una sensibilidad exquisita y una belleza que el tiempo no ha mellado ni un ápice ninguna de sus hermosas aristas.
En aquellos tiempos no dudaba que Ana sería una médico excelente, cariñosa con sus pacientes, preocupada por sus semejantes, estudiosa, responsable, entregada a su profesión... Por supuesto, mucho mejor médico que yo. Pero como lo fueron otros grandes Doctores de tiempo atrás, con una formación más humanista, los Cajal y Marañón que nos precedieron, tenía bien claro que Ana necesitaría algo más para tener todos sus sueños realizados: escribir algún libro.
 
Han pasado todos estos años y Ana es Médico de Familia, Anestesista, esposa, madre de dos niños preciosos y además, feliz, porque es escritora.
Ha sido autora de varios blogs, uno de los cuales ha sido de los más visitados en este país. Fue precisamente tras leer su blog, lo que me inspiró a comenzar éste. Ella me dio los primeros consejos y debo confesar que cuando lanzo un post al aire me da un poco de rubor saber que alguien tan bueno en esto como ella, va a acabar leyendo lo que escribo. 
Pero no todo ha quedado aquí. Seguro que me quedo corto, pero creo que Ana ya ha publicado cinco libros (¿O son seis, Ana?).
Me encanta leer lo que escribe, disfrutar con sus líneas y que me acompañe en el camino de la lectura. Me siento orgulloso de haberla conocido y cuando sea mucho más famosa, mucho más de lo que ya es, diré con gran soberbia y pomposidad, que yo ya sabía desde hace muchos años, que sus sueños de escritora algún día se harían realidad.
 
Hace unos días que he podido completar mi último objeto para mi colección. Para explicarlo me tengo que remontar hasta 1986, hasta mi época del Instituto.
En aquellos años de Secundaria, donde se van formando futuros adultos y vocaciones, volvimos a encontrarnos juntos David Cánovas y yo. Habíamos estado en el mismo colegio y posteriormente, al irnos al Instituto Poeta Viana, volvimos a encontrarnos.
Todos nosotros navegábamos sin rumbo fijo, en cuanto a que no sabíamos apenas a qué dedicaríamos el resto de nuestras vidas. David lo tenía muy claro: Quería ser director de cine.
En aquel tiempo de bachillerato hizo amistad con mi primo José Amaro, el otro gran escritor que he tenido la suerte de conocer en persona a lo largo de mi vida.
Y en aquel momento surgió una colaboración entre ambos, que ha perdurado. José Amaro escribía los guiones y David dirigía. Al principio fueron pequeñas películas caseras rodadas con una cámara de VHS, que poco a poco fueron avanzando en madurez y en recursos técnicos.
José Amaro tomó un camino paralelo, como profesor de Secundaria, porque la vida te lleva por donde quiere y aunque rememos, no dejamos de estar a merced de la corriente.
David insistía en lograr su sueño y tras estudiar en Madrid dirección, sus mayores metas alcanzadas, no eran más que ser realizador de algún programa de televisión de escaso éxito.
De vez en cuando se reunían y las líneas paralelas de los dos amigos, volvían a converger, contagiados de ilusión y tenacidad por lograr algún día ese sueño tan deseado. De su trabajo en común sacaban algún proyecto materializado en un cortometraje, que con suerte, cuando tras mucho esfuerzo era rodado, acababa siendo emitido en alguna sala de proyección de Tenerife.
 
Empezar en el cine es muy difícil; hacerlo en un lugar como Canarias es prácticamente imposible. ¿Cuántos directores de cine canarios somos capaces de recordar? De momento, ninguno. De aquí a unos años, la respuesta será David Cánovas.
 
Fruto de aquellos cortos, el tandem José amaro/David tocó el cielo con la yema de los dedos. En 2005 estuvieron nominados a los Goya por su corto El intruso, que es un soberbio homenaje al Film Noir, pero sobre todo, al propio cine.
Nunca había seguido tan en directo una ceremonia de entrega de premios cinematográficos como aquellos. Y jamás me había sabido tan amarga una derrota en los premios del cine, como aquella noche.
 
La vida no está hecha para los segundos. Nadie recuerda a los que casi ganan y David y José Amaro, no volvieron a alcanzar un éxito igual. Ese casi-casi, ha sido su techo.
Sé que desde al menos 1986 David quiere dedicarse al cine. Probablemente su vocación empezó antes, quizás mientras jugábamos en los patios del Colegio Hispano Inglés y cambiábamos nuestras estampas de Marco o Heidi.
Hace unas semanas obtuve este objeto para mi colección. David ha tenido su premio. Por fin, después de todos estos años, muchos, muchos, muchos, quizá demasiados, por fin, va a rodar su película. Estarán en ella Maribel Verdú, Carmelo Gómez, y con él, como ha sido siempre, su gran amigo, José Amaro, adaptando un guión, de lo que será el primero de muchos largometrajes más: La punta del iceberg.
 
El año que viene iré al cine, me sentaré junto a Lou y compartiremos un enorme cubo de cotufas y cuando se apaguen las luces y comiencen los títulos de crédito, le diré que aunque no se lo crea, yo sabía desde que era pequeño que eso iba a suceder, que el sueño se iba a cumplir...
 
Un buen coleccionista disfruta de sus posesiones, pero no lo hace del todo hasta que consigue atrapar a algún incauto que se acerca y le enseña orgulloso sus piezas. A mí también me sucede lo mismo con esta colección tan personal. Por eso he dejado para el final el mostrarles lo mejor de mi colección de sueños cumplidos. Esta pieza me ha costado mucho tiempo y esfuerzo conseguirla. Casi, diría, una vida entera.
Tengo mucha suerte. La vida me ha dado el mejor regalo que jamás había soñado conseguir:
No debía estar allí, pero la casualidad o el destino, hicieron que allí me encontrara, y que el lugar y el tiempo de ambos coincidiera totalmente. De Madrid no éramos ni ella, ni yo, pero algo o alguien quiso que conociéramos aquel día de diciembre.
Hablamos mucho, pero no me dijo lo que me tenía preparado para el resto de mi vida: la Princesa Marta la Meticulosa, Guille el Caballero Andante y nuestra querida Princesa Clara, cuyo sueño para el futuro es algún día casarse conmigo.
 
Lou es lo mejor de esta colección tan única y especial. Cuando ella decidió compartir su vida conmigo, descubrí que era mucho más de lo que jamás había soñado.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Tu voz


 
A veces sueñas dormido y otras lo haces despierto. Supongo que esto lo habrás pensado y también te habrá sucedido muchas veces. ¿Qué te voy a enseñar a estas alturas? ¡Tú, que has vivido tanto...! Pero déjame que te lo cuente.

Hace un par de días soñé, o mejor dicho, pensé, o mejor todavía, lo viví casi como algo real, que nuevamente marcaba tu teléfono, descolgabas y me contestabas.
 
- ¿Oigo? - me dijiste, tal y como solías hacer siempre, con esa voz un tanto ronca que cambiaba a dulce en cuanto reconocías que éramos nosotros quienes te llamábamos. Tu voz sonaba igual que cuando me enseñabas los barcos desde tu ventana con tus prismáticos alemanes, me hablabas de la mar y me prometiste subirme algún día a la Nina, tu falúa de práctico.

Tu voz resonaba en mi cabeza y casi de un sobresalto comprobé que aún la tengo dentro de mí, dando vueltas. Y aunque no puedo demostrarlo, ya que no soy capaz de reproducirla, ni de grabarla, ni de mostrársela a nadie, te prometo que podría reconocerla en cualquier parte del mundo. ¡Qué ingratos son los recuerdos, que no pueden ser compartidos! Los recuerdos son como el dolor, como el placer, como los sueños, que pueden intentar explicarse pero jamás se pueden hacer revivir en nadie más.  

Recuerdo perfectamente tu voz, porque no he dejado de escucharla durante todo el día de hoy. Y aunque ya hace treinta años que no me contestas, te sigo escuchando y pensando en ti.

La próxima vez que nos veamos, nos embarcaremos en La Nina y nos iremos mar adentro, lejos de la costa y hablaremos mucho rato. Abuelo, tengo muchas cosas que contarte...


viernes, 2 de marzo de 2012

El Pirata



















El sueño nos conducía plácidamente hacia el abrupto despertar de cada mañana. A la mitad de dicha travesía, o quizás no en medio, pero sí cuando nuestro descanso era más profundo, una pequeña figura se presentó en nuestro cuarto. Guille alargó su manita, acariciando la superficie del edredón y con voz temblorosa, nos dijo:
- No puedo dormir. Tengo pesadillas.
- No te preocupes, Guille - le contestó su madre cariñosamente, mientras su padre roncaba ajeno a todo esto - Vete a acostarte. Ya verás que ahora podrás dormir bien...
Él confió una vez más en su madre, se fue a su cuarto y el resto de la noche, tal y como ella le dijo, durmió plácidamente.

Al día siguiente, como cada mañana, camino del colegio, Guille, su hermana Marta y su madre, fueron charlando tranquilamente.
Guille no había olvidado su sueño y pronto comenzó a hablar:
- Anoche tuve una pesadilla con un pirata.
- ¿Qué pasó? Cuenta, Guille - le animó su madre.
- Estaba durmiendo en mi cuarto y a media noche me levanté al baño para hacer pis. Al salir de la cama vi a un pirata.
- ¿¿Un pirata?? - preguntó Marta asombrada.
- Sí, era un pirata que entró en el cuarto por la noche. Estaba de pie, al lado de mi cama - continuó Guille, hablando con los ojos casi cerrados, como recitando de memoria. Entonces abrió sus ojos y extendiendo los brazos, dijo con voz profunda:  Era muy grande y tenía unos pelos muy largos y cara de malo. Ese pirata quería asustarme, por eso me metí en la cama y me tapé hasta arriba.
- ¿Y se fue? - preguntó Marta intrigada.
- No, porque ese pirata era mágico... Tenía una llave mágica que me destapaba las sábanas. Yo tenía mucho miedo porque ese pirata quería asustarme.  Me puse a llamarte, Marta, pero el pirata no se iba. Así que llamé a Papá y a Mamá, pero no se marchaba.

Poco a poco, guiados por el relato de Guille, se iban acercando al colegio. Lou escuchaba con interés lo que contaba Guille. Iban caminando, esquivando árboles de la acera, siendo adelantados por todos aquéllos que iban a una velocidad más rápida. Lou empujó suavemente por la espalda a Guille, para que se apresurara, cuando se apercibió de un hombre desconocido, que caminaba próximo a ellos, adaptando su paso al de la lenta comitiva. Mientras sucedía esto, Guille continuaba relatando aquel cuento fantástico, ajeno a aquella extraña compañía.

- Me levanté de la cama, porque quería ir a hacer pis, pero el pirata mágico no me dejaba salir del cuarto. Entonces le empujé y le dije que se marchara...
- ¿Y qué paso? - preguntó su hermana Marta.
- Como era mágico, se fue como un murciélago por la ventana y no volvió más...
- Guille - le dijo Marta - otro día que vuelvas a tener una pesadilla con ese pirata, me despiertas y lo echamos entre los dos.
Guille oyendo esto, sonrió satisfecho mirando con orgullo a su hermana mayor.
Con el fin de la historia, llegaron por fin a la puerta del colegio. El hombre de avanzada edad que les seguía de cerca, continuaba junto a ellos. De repente, dio un paso más y se acercó a Lou:
- Disculpe, señora - dijo, abordando a Lou - pero, ¿qué edad tiene su hijo?
- Tres años - contestó Lou sorprendida.
- Le felicito. Tiene un hijo fantástico. Tiene una capacidad de expresarse asombrosa para su edad. Perdone que haya estado siguiéndolos, pero es que me estaba interesando tanto la historia, que no quería quedarme sin saber cómo terminaba.

Y diciendo esto, se despidió y se marchó.
Desde aquella noche, las cosas han cambiado en nuestra familia. A los Reyes Magos, Papa Nöel, el ratoncito Pérez, y al hombre del saco, ha venido a añadirse el Pirata Mágico.
Creo que este pirata ha sido un gran fichaje. A partir de ahora, cuando no se quieran tomar la comida o recoger el cuarto, les diremos que si no obedecen, vendrá el Pirata Mágico por la noche. Así que con este regalo inesperado, ¿Quién cree todavía que las pesadillas infantiles son malas?

viernes, 15 de abril de 2011

El astronauta




















Un amante de la astronáutica como yo, no podía perder la ocasión de escribir algo, ahora que en estos días se conmemora el medio siglo del viaje al espacio del primer astronauta de la Historia.
Desde bien pequeño, conozco la figura de Yuri Gagarin, su viaje y de todos los que vendrían después de él y que tuvieron la suerte de ver la Tierra desde el espacio.
Pero por si en algún momento se me pudiese escapar de la memoria, de tanto en tanto mi hermana María, me recuerda que cuando era muy pequeño, tenía un pijama con la imagen de Yuri Gagarin y su cohete. Ella sitúa el origen de toda mi pasión por el espacio, en aquel momento, aunque yo más bien pienso que es producto de la coincidencia. El pijama no tuvo nada que ver.
Esta noche volvimos a hablar por teléfono y en nuestra intrascendente conversación volvió a salir irremediablemente el tema del pijama. Algo inevitable, porque estos días se ha nombrado mucho en los medios de comunicación, la efeméride de la gesta del cosmonauta ruso. Por eso,  Yuri Gagarin ha aparecido en nuestra charla. Bueno, en realidad hemos hablado de dos Yuri Gagarins.
Uno de ellos, como es obvio, es aquél que apareció en mi pijama y el otro, que María descubrió por casualidad, es Yurigagarin Hernández Díaz. Gran losa, que unos padres apasionados por el espacio, decidieron un buen día regalarle para toda su vida.

Los nombres han de ser escogidos con mucho cuidado. Yo, a pesar de mi extensa prole, la única concesión que me he tomado, fue hace años, que guiado por ese fervor musical, en honor a Phil Collins, llamé Phil a mi primer y añorado perro, un precioso pastor alemán.

Mi hermana María, además de ser webmaster, exquisita cocinera amateur, madre de mis únicos sobrinos Alberto y Álvaro, entre tantas y tantas cosas (que me reprochará haber olvidado), además, es una consumada genealóloga. Esto le confiere una cierta autoridad a la hora de hablar de anécdotas familiares, parentescos, descendencia y sobre todo, nombres.
En nuestra charla, conducidos por el caso de ese desgraciado hijo de unos astronautas frustrados, me habló de Venezuela.
Ese país, tan cercano como siempre ha sido para los canarios, según ella, es la patria de los nombres curiosos. Allí cada uno bautiza a su hijo como bien le entra en gana. Así me comentó la tortuosa y miserable vida que tuvo que arrastrar la pobre Jaquelinkenedi Vargas, por culpa de sus padres. Es la versión chévere de ese Kevincostner de Jesús, del que todo el mundo habla, pero que en realidad nadie ha visto, ni ha sido compañero suyo, ni ha coincidido en ninguna parte con él y por tanto, eso me hace pensar que su existencia es más una leyenda urbana, como lo son el conocido diente de rata del restaurante chino, o la célebre autoestopista de la curva peligrosa.

Hablaba de Venezuela, porque al parecer allí es bastante frecuente el encontrarte con alguien que se llame Usmáil. Al principio pensé que sería un nombre de origen árabe, ya que me recordaba vagamente a Ismael, o algo así. Nada más lejos de la realidad. A aquellos padres les llegó la inspiración al observar los aviones correo americanos y su carga. Todo rotulado de una forma muy clara, bien visible, donde podía leerse perfectamente: U.S.Mail.

De todo esto hay que sacar una enseñanza para el futuro cercano. Si todo sigue así, no deberíamos extrañarnos si dentro de unos años, conocemos a algún Messi García, una Ladygagá Rodríguez, un Davibisbal Fernández, a Belenesteban Gómez, o incluso a una Leirepajín López.

Y todavía hay quien dice que estoy en el aire...