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domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El valle verde
















Todavía suelo hacer alguna guardia de vez en cuando en la ambulancia. Como hoy. Y aunque no tienen el glamour de antaño, probablemente porque carecen del ímpetu y el entusiasmo que quizás alguna vez tuve, no dejan de sorprenderme de tanto en tanto.

Esta mañana fuimos a la base de las ambulancias a repostar y en forma de goteo constante fueron apareciendo viejos compañeros que iban a allí a hacer una formación para técnicos. Me siento feliz por ver que algo bueno he podido haber hecho, cuando años después al reencontrarte con antiguos compañeros, Antonio, Carlos, Isma, Edu, Pedro, aún notas su cariño, a pesar del tiempo transcurrido.
Me encantó volver a ver a aquellos con los que compartí tantas y tantas historias de desastres, muertes, vida, alegrías, dolor, noches sin dormir, confidencias y todas esas cosas humanas y divinas, de dimensiones infinitas que caben dentro de un espacio finito como la ambulancia.
Hablamos de los que están, de cómo están y de los que ya no están, que siempre estarán y así quedarán: para siempre entre nosotros.

Los ambulancieros somos gente especial. Ni fuertes, ni blandos, simplemente especiales. Quizás por esas cosas que la profesión nos ha preparado a lo largo de nuestras vidas para encontrarnos con ellas. Esos momentos que hemos vivido y que nos marcan.
Por muchos años que hayamos estado en esto, todos tenemos unos muy pocos casos que nos acompañarán toda la vida, que si los contamos, no llegarían siquiera a sumar 20 en total. Es lo que yo llamo mi cementerio, o Mis Rincones Oscuros, parafraseando el título de la autobiografía de mi admirado James Ellroy. Tengo tantas historias de Terror en mi cabeza, que esos rincones oscuros, prefiero dejarlos así, que permanezcan  de esa manera, sin luz. El resto, hasta llegar al infinito de servicios hechos, han desaparecido de todos mis recuerdos.

Lo que más me ha marcado, supongo que como a todos, es la muerte, que nos acompaña a todas partes. A los ambulancieros más.
Tengo una tradición que nunca había contado y que hoy desvelo aquí: 
Más que una tradición, en realidad es una costumbre. Cuando salgo de un domicilio en el que hemos dejado un paciente fallecido, cerramos la puerta de la casa, remoloneo un poco y dejo que me adelanten mis compañeros. Bajo solo, por las escaleras, no importa cuántos pisos sean. Cuanto más alto sea el edificio, mejor.  Reflexiono sobre los últimos momentos de la vida del ser humano y sobre las casualidades que han hecho que el último instante de alguien, haya tenido que compartirlo con un desconocido. Voy bajando despacio, pisando con firmeza escalón por escalón, hasta llegar al nivel de la calle, hasta incorporarme de nuevo a la vida.

Pero no todos los recuerdos relacionados con la muerte son oscuros. A veces aparece en mi memoria algún pasaje esperanzador, como cuando aquí conté lo que me pasó con aquel túnel. Hoy contaré otra cosa, pero esta vez fue a la luz del día, en un Valle Verde. 

Aquel día me llamaron para ir a ver a uno de tantos y tantos y tantos avisos de dolor torácico.
En el domicilio nos esperaban los compañeros de la ambulancia básica que me explicaron la historia del paciente y me lo presentaron. Mientras me decían lo que le había sucedido, junto a ellos, estaba sentado en el borde de la cama, un señor muy sonriente, de unos 70 años, orondo, que aunque no me acuerdo cómo se llamaba, como este blog es mío, diré que se llamaba Florencio.

Según me explicaban, Don Florencio era un señor de unos 70 años de edad, que ha tenido un dolor torácico, que parece haberse aliviado, con antecedentes de un infarto de miocardio hacía 15 años, que tuvo una parada cardíaca en el hospital que fue remontada gracias a la intervención inmediata de médicos y enfermeras.
Arqueé las cejas, porque estas historias de remontes siempre tiendo a ser bastante escéptico con ellas, ya que son muy infrecuentes, pero en mitad de la historia, Don Florencio me interrumpe mis pensamientos:

-Doctor -me dice con su indeleble sonrisa- Eso fue hace 15 años. Tuve un infarto estando en Urgencias y sufrí una parada. 
-¿Le duele el pecho ahora? -le pregunto, intentando conducir la conversación hacia el problema actual.
-No, parece que se me ha ido después de tomarme la cafinitrina -me responde.
-Buena señal -pienso- Como suele ser habitual, nada grave.
-¿Sabe una cosa? -me dice Florencio- No tengo miedo. Ya sé cómo es todo. 
-¿Sí? ¿El túnel?
-No, el túnel está al principio. Lo que hay después.
Me recliné hacia atrás y continué escuchando la historia:
-Cuando pasas ese túnel de luz, hay gente que te está esperando para ayudarte a cruzar el umbral. Es una sensación de luz y plenitud increíble, pero lo mejor es lo que hay después.
Allí nos espera un valle verde, muy verde.
No sabría cómo explicarlo, pero aunque parece que nadie habla, todas las personas y las cosas que hay en ese valle, se comunican conmigo y son buenas, muy buenas. Transmiten una paz que te llena totalmente. No hay dolor, ni pena, todo es alegría y felicidad. Lo sientes, lo tienes por dentro, como no he sentido nunca.
No tengo ningún miedo, doctor, estoy preparado. 
Ya sé que hoy tal vez no sea, no me entienda mal, soy muy feliz aquí, en Sabadell, con mi mujer, mis hijos y esos nietos tan bonitos que puede ver en esa foto, pero desde hace quince años estoy deseando volver a mi Valle Verde y quedarme allí para siempre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Tres Mundos



















Desde hace muchos años, el gran Escher ha ejercido un gran efecto hipnótico en mí. Aunque no soy nada original, lo sé. Sus obras son muy conocidas y han mantenido absortos a muchos ojos y mentes curiosas durante décadas.
Escher es un gran tramposo. Mucho de su éxito y posterior inmortalidad de su obra es debido a que logra confundir tus ojos cada vez que te asomas a él. Escher, además, es un mago genial con el que a pesar de saberte engañado, siempre disfrutas con que te haga el truco una y otra vez.
Hoy he vuelto a encontrarme con Maurits Cornelis Escher, pero esta vez casi de casualidad, cuando iba buscando en la web una imagen que ilustrase este post. Mi búsqueda se basaba en el título de este post, cuando sorpresivamente surgió ese Tres Mundos de Escher. Aunque tenga una idea de lo que voy a escribir, siempre actúo de la misma manera. Busco la imagen, la pego y bajo ella, comienzo a escribir. Nunca imagino sin una imagen, ni escribo ningún escrito sin tener una ilustración que me inspire. Y como decía, buscando, apareció los Tres Mundos de Escher, me cautivó, me dejé engañar de nuevo y su cuadro me pareció que encajaba muy bien en la historia que quería contar hoy.

Vivimos en un mundo, en el primero, o al menos creemos que lo hacemos, y que no hay ningún otro en donde estamos, pero en realidad existen muchos otros mundos más, coexistiendo con el nuestro. Y no siempre los demás mundos son necesariamente mejores que el que conocemos, ni tenemos que desplazarnos muchos kilómetros para encontrarnos con ellos. De eso sé mucho gracias a mi trabajo. Hay gente que vive muy bien, gente que sobrevive y otros que al verlos no sabes siquiera cómo es posible que vivan.

Cada vez que entras de guardia es una auténtica lotería. O como diría aquel gran filósofo del siglo XX llamado Forrest Gump: "(...)Es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar..."  Y como suele ser habitual, depende en gran medida de los compañeros temerosos de la Central, que son los que harán que tu guardia se convierta en un trayecto de placer o en un infierno de cansancio, sueño y destrozo mental, que acabas arrastrando varios días.

Hoy estoy de nuevo guardia y esto me hace recordar lo que me sucedió hace unos meses, tal día como hoy. Aquel día la tranquilidad de una jornada sin sobresaltos se vio interrumpida a esas horas en las que el cuerpo te pide descansar y dormir un poco: de madrugada.
Me enviaban para que trasladase a un paciente de 13 años, de nombre y apellidos impronunciables, que tenía una pericarditis aguda. Estaba en un pequeño hospital y había que trasladarlo a otro mayor y por lógica, más preparado. Hasta ahí bien. Sin embargo, tengo que apuntar que una pericarditis no necesita un hospital de primer orden, porque el tratamiento de la pericarditis es a base de antiinflamatorios tipo aspirina y reposo. Nada más. Por tanto, ese traslado urgente con esos medios, como es una UCI móvil, a esa hora, no tenía a mi modo de ver ningún sentido urgente.
Infructuosamente intenté hacerle ver a nuestra central de coordinación todo esto, pero fue imposible. Y a pesar de mis explicaciones médicas, casi siempre el temor o el por si acaso, se impone al razonamiento lógico o científico. Tenía difícil el convencerlos con mis argumentos, y tal y como suelen acabar estas cosas, su criterio jerárquico se impuso al mío y me vi obligado a aceptar lo que ordena el que siempre tiene la última palabra. 

El consuelo del que en estas discusiones siempre tiene las de perder, es que al menos, pensé, sería un traslado fácil, que no traería ninguna complicación. Así que mi particular acto de rebeldía fue coger mi Ipad y llevármelo conmigo, para a falta de ejercer como médico de emergencias, entretener mi viaje con algún tipo de lectura. Si se iba a tratar de un viaje de acompañamiento, no de una asistencia a un paciente crítico, al menos aprovecharía el tiempo para leer algún libro. Así que para allá que nos fuimos, muy a mi pesar, a hacer 45 Km de ida y otros tantos de vuelta, a las dos de la mañana.

Llegamos a nuestro hospital de origen. Tras las habituales presentaciones, nos encontramos con la típica acogida feliz del personal. No es para menos. Gracias a la diligencia del sistema de emergencias, se han librado de un paciente al que hubieran tenido que estar atendiendo durante toda la noche. Ya no queda margen de acción. Por desgracia, por el paso de los años, parece que nos hemos convertido en meros transportistas y nuestra opinión acerca de la conveniencia del traslado o no de nuestros pacientes, ha quedado enterrada en la noche de los tiempos y oculta en la oscuridad de la gruta de los absurdos protocolos.

Así que cuando estás en esa situación, lo mejor es no discutir, no intentar hacer razonar a nadie y no perder más el tiempo. El tiempo corre en nuestra contra. Cuanto antes acabes, antes podrás irte a la cama. Lo importante es mañana. Poder estar fresco y no estar dando cabezadas por todas partes. Así de sencillo.
Entramos en el cubículo de urgencias y allí estaba nuestro paciente. Era nuestro niño de 13 años, de piel de un color ébano intenso, que nos miraba con ojos bien abiertos, probablemente asustado por ver lo que se había organizado por culpa suya.
Mi enfado nunca lo traslado a mis pacientes. Al fin y al cabo ellos no tiene la culpa de nada. Les trato con cariño, con respeto y procuro darles lo mejor de mí. Al fin y al cabo suelen ser unos privilegiados. Tienen una UCI móvil cuando con una ambulancia normal hubiera sido hasta un exceso.

Le explico a la familia de nuestro pequeño paciente que vamos a Barcelona y cómo llegar a nuestro destino. Que no nos sigan, que nosotros podemos saltarnos semáforos, pero ellos no, etc, etc. 
Mi pequeño paciente se despide de todos aquellos familiares, y tras los besos, empujamos nuestra camilla y nos vamos camino a Barcelona.

Voy hablando con él y noto en su voz temblorosa un niño con miedo, que no sabe a dónde vamos y qué va a ser de él.
-No me va a pasar nada, ¿verdad?- me pregunta.
-No, vamos a Barcelona a hacerte unas pruebas que aquí en este hospital no se pueden hacer- le miento, sobretodo por no tener que explicarle que a veces la Sanidad es un continuo balones fuera donde nadie se atreve a decidir y espera que sean otros quienes lo hagan.

Veo que con esto no le doy ninguna tranquilidad. Él me mira con sus profundos ojos oscuros y sigue transmitiéndome miedo por lo desconocido.
De repente me acuerdo de mi Ipad, de mi hijo Guille y de cuánto le gusta pasar sus dedos por la pantalla y le pregunto:

-¿Quieres jugar un poco?
Él se queda sorprendido. Le doy al botoncito y su iluminación le hace abrir aún más sus ojos y además su boca.
-Mira, te voy a poner un juego que le me encanta a mi hijo.
Él coge el Ipad y enseguida se hace con el juego. Su cara cambia y sonríe. 
-Gracias- me dice, y me hace sentir que he acertado y que tendrá un viaje tranquilo y distraído. 

En seguida pilla el truco del juego, va haciendo una y otra partida y aquel rostro de preocupación ha desaparecido por completo.

Casi estábamos en Barcelona, cuando se dirigió de nuevo a mí:
-Señor, ¿le importa que le devuelva su Ipad?
-No, ¿por qué?
-Me duelen un poco los brazos. Estoy cansado. Muchas gracias.
-No te preocupes. Tienes razón. Después de un rato pesa un poco y estás un poco débil.
Le retiré el Ipad y pocos minutos después, estaríamos llegando a nuestro destino.
Entramos en el hospital sin ninguna incidencia.
Al cabo de un rato volvíamos a nuestra base.
Estábamos callados. Casi siempre así a esa hora. Nos puede el cansancio y estamos deseando poder llegar a la base y descansar algo, que la guardia acabe cuanto antes y marcharnos de una vez a casa.
Yo aprovecho ese viaje de vuelta para pensar.

Tenemos la suerte de tener una Medicina de primer orden mundial. Somos unos privilegiados sin saberlo. Esto nos distingue de muchos otros países como los de este pobrecito niño africano que me tocó trasladar aquella noche. Nuestra Sanidad es mejor, pero la base, el sustrato a quien tratamos es exactamente la misma.
Los pacientes, sus enfermedades, sus sufrimientos, sus miedos, son absolutamente universales. Los niños son niños y son exactamente iguales en todas partes, vengan de donde vengan, da igual su raza, su país o el caprichoso destino, que les ha hecho vivir en cualquiera de los Tres Mundos. 


viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

viernes, 13 de junio de 2014

El Médico de las Estrellas


Hace unos meses que voy una tarde a la semana a un Centro Médico privado a visitar pacientes de Urgencias. No son urgencias vitales, pero precisamente por eso me permiten estar en contacto con una Medicina (la de atención primaria), que para mí era una desconocida, acostumbrado como estaba a atender cosas supuestamente mucho más graves.
Esas cosas que cuando explicas a qué te dedicas a alguien a quien te presentan, siempre te dicen:
- ¡Qué valor! ¡Yo no podría...! Debes ver de todo, ¿verdad? ¡Venga! ¡Cuéntanos algo...!

En esos momentos no sé qué explicar y muchas veces estoy tentado de inventarme una historia inverosímil que deje a todos con la boca abierta. Un día lo haré.
Inspirado por momentos como esos y tal vez guiado por la necesidad de explicarlo, fue por lo que surgió de alguna manera este blog. Para no olvidar las cositas que me van pasando por mi vida... y por mi cabeza.
 
Hace un par de semanas apareció por la consulta un padre con su hija de 7 años.
- ¿Cómo se llama la princesa? - pregunté.
- Paula García - me contestó la niña.
- ¿Qué ha pasado?
- Que desde hace unos días está con esta tos y mocos - aclara su padre - debe haberse resfriado...
 
Termino de escribir en el ordenador sus datos y ausculto a la niña y le miro la garganta.
- Es un catarro pequeño, sin importancia - les digo.
Y me pongo a redactar el diagnóstico y el tratamiento.
Cuando estaba a punto de terminar, me dice la niña:
 
- ¿Alguna vez has curado a gente famosa?
- No sé... - contesto sorprendido por tan inesperada pregunta.
- Sí, claro - empiezo a decir, confabulando para atraer la atención de la niña - Claro que sí.
- ¿Como a los Reyes Magos? ¿Has curado a los Reyes Magos? - me pregunta rápidamente.
 
En aquel instante me acordé de mi padre, que siempre nos atemorizaba cada noche de Reyes, diciéndonos que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente probablemente no vendrían a casa porque no eran más que una partida de borrachines. Unos golfos que los habían visto ir de bar en bar y que no se sostenían de pie...
Yo sabía que eso no era cierto, no podía serlo y temía por mi padre, por si tal sarta de injurias iba a acabar llevándolo a la cárcel o lo que podía ser peor, dejarle sin ningún regalo... 
 
Así que a la pregunta de si había atendido a los Reyes Magos, le contesté:
- Claro, por aquí vino Melchor, que estaba con dolor de espalda por culpa de haber viajado en camello tantos kilómetros. ¡No veas lo malito que estaba...!
- ¡Aaah! - dijo mientras ponía cara de asombro.
- ¿Y a Papa Noel? ¿Has visto a Papa Noel? -
- Pues sí - le contesté - tenía una tos y mocos horrorosas - ¿Sabes por qué?
Paula sacudió la cabeza hacia ambos lados, mientras su padre sonriendo escuchaba mi explicación.
- Porque tiene la costumbre de no abrigarse bien, y entre que en el Polo hace mucho frío y el viento al volar en trineo, con las prisas por ir a repartir regalos, muchas veces se olvida de coger un abrigo gordo y taparse bien...
- ¿Ves, Paula? ¡Mira que siempre te lo digo! Hay que abrigarse bien cuando se sale a la calle...! - añadió su padre.
- ¿Y has visto a más famosos? - seguía insistiendo la niña.
- Sí - le dije - A muchos, pero, ¿Sabes quién es la persona más importante que he visto?
Me miró fijamente y negó con la cabeza.
- Una persona que se llama Paula García que vino con mucha tos por no haberse abrigado bien.
- ¡Papa! ¡Si se llama como yo...!
- Sí, Paula, porque esa persona famosa eres tú - le interrumpí - Porque tú eres la persona más importante de todas las que he atendido....

Paula miró a su padre y sonrió. 
Y tras entregarles su informe, se marchó muy contenta, con una radiante cara de felicidad, de mano de su padre.

miércoles, 28 de mayo de 2014

De amanecida












Alguna vez que otra, me toca alguna guardia mala. Y ésa fue la del viernes pasado. Toda la noche dando vueltas, por obra y gracia de mis compañeros de la central de coordinación, esos seres temerosos, que ven más allá de la realidad, con esa ametropía que a los que estamos en la calle, tanto nos perjudica.
Así que, entre paseo y paseo, y en un pequeño receso en el que me pude por fin tumbar un rato, precisamente en ese momento en el que estaba en lo mejor del sueño, nos llaman por una emergencia, que a todas luces parecía ser el caso del año; digno de ser presentado en un congreso nacional de Emergencias: 

- Viernes noche, 05:45 de la mañana. Mujer de 25 años, inconsciente en una discoteca. Salimos con las sirenas a todo trapo, aunque yo ya sé que me dirijo con toda probabilidad a una intoxicación etílica. Los temerosos debe ser que no pinsan lo mismo y ven más allá...

En un momento llegamos a una de esas discotecas de polígono que por fuera, salvo los estridentes colores que anuncian lo que hay en su interior, están rodeadas por un muro sin ventanas, que sella herméticamente su interior.
Nos bajamos de la ambulancia y vienen a nuestro encuentro un par de croissanes, con camisa negra ceñida y con un pinganillo en el oído. 
Nos acompañan hasta el baño de las señoras, donde nos espera en el suelo nuestra paciente. Inconsciente, es verdad, pero también borracha, tal y como suponía. 
Con ella está otra mujer, de pie, en bastante mejor estado y que no hacía más que menear la cabeza y hablar con otro empleado de seguridad, con cara de circunstancias.

Examinamos rápidamente a la joven que está en el suelo, constatando lo que casi todos sabíamos de antemano: tiene un pedal como un piano.

- ¿Ha bebido mucho? - pregunto a la señora, dando por sentado que venía con ella, ya que ambas vestían con trajes parecidos del mismo color. Negro.
- ¡Qué va...! - contesta encogiendo los hombros - Un par de cervezas y dos chupitos...
Probablemente en aquel momento se me elvaría una ceja, en señal de incredulidad, pero antes de que continuara hablando, la señora seguía con su discurso:
- Lo que pasa es que está tan flaca, que con sólo dos cervezas y dos chupitos, mire cómo se ha puesto... - me decía señalándola con el brazo.

Mientras le íbamos tomando la tensión e intentábamos estimularla, la mujer nos contaba:
- ¡Es que no saben beber...! ¡No entiendo que si sabes que te sienta mal, ¿Por qué sigues bebiendo...? 
La mujer separó los brazos de su cuerpo y con ambas manos, como dando un sermón, decía:
- Es que hay que saber cuándo parar... Ahí la tienes... tirada en el suelo...
Yo la escucho, asintiéndo con la cabeza...
- ¡Qué vergüenza! Que la haya visto así todo el mundo. Una tiene que saber dónde está el límite de la compostura... Es que esta generación no sabe beber... Lo que yo digo siempre, puedes salir de marcha, pero tienes que saber dónde tienes que parar para no perder los papeles... Si eres mayor para beber, tienes que saber cuándo empiezas a hacer el ridículo...
- Bueno, señora - le interrumpo - ¿usted la conoce? ¿es amiga suya?
- Claro que la conozco - me dice con la lengua espesa, como de trapo - Es mi hija...

Nos quedamos un momento todos en silencio y le digo:
- Espere un momento fuera, mientras terminamos de verla y ahora la podrá acompañar al hospital...

Cuando salimos, todavía seguía la madre hablando con los dos croissanes:
- ¿Cuándo me has visto a mí que me haya tenido que recoger la ambulancia? Lo que más me duele es que nos ha visto todo el mundo... ¡Que a mí me conoce mucha gente...!

La paciente un poco más despejada, o sea, menos inconsciente, se fue al hospital con una ambulancia básica, mientras la madre aún seguía verborreica en la puerta de la discoteca.
Nos fuimos de allí y pensé:
Madre sólo hay una... y a ésta la encontré en la calle...

jueves, 25 de octubre de 2012

El túnel

 
Esta mañana estuve en casa de Lucía. Lucía es una preciosa niña rubia de ojos celestes. Me avisaron porque había hecho unas convulsiones febriles. Como es habitual, una vez que llegas a la casa, las convulsiones han desaparecido.
 
Me recibe en la puerta su padre. Un fornido hombretón de cabellos largos, a modo de rockero, con fiero y serio aspecto, de unos cuarenta y cinco años.
Entramos rápidamente y atiendo a Lucía, que aún tiene fiebre. Unos 38,5º.
Voy escribiendo mi informe médico, para que una ambulancia convencional vaya a trasladar a la niña y mentras voy pensando en lo que escribir, veo la figura del padre, dando vueltas, buscando la tarjeta sanitaria, trayendo paños húmedos para refrescar a su hija, por el fondo de la habitación.
- Esa cara me suena de algo - pienso - Pero no le presto más importancia. Tal vez lo haya visto en algún concurso de la televisión. A lo mejor es un famosillo de poca monta... No sé, agacho la cabeza y continúo con mi informe, pensando que tal vez esté equivocado y lo he confundido con alguien.
 
Termino mi informe, el padre toma en brazos a Lucía y nos dirigimos a la ambulancia.
Entramos en el ascensor, Eva mi enfermera, Lucía, su padre y yo.
Él se gira rápidamente y me dice:
- Yo te conozco.
Pongo cara de incredulidad, probablemente levantando alguna ceja y le respondo:
- Sí, yo llevo un rato mirándote y pensando que tu cara me sonaba también, pero no sé de qué - le respondo.
De pronto abre sus ojos, como poseído, con esa cara que ponen los locos como cuando tienen un delirio y me dice:
- Yo vi la luz y luego vi tu cara.
Aquellos dos pisos se me hicieron interminables, mientras fingía atenderle con una sonrisa condescendiente, como entendiendo lo que me quería decir.
- Yo vi la luz y luego vi tu cara - repitió de nuevo - Fue en el Vinyet.

El ascensor llegó a su destino y salimos todos de él. Mi interlocutor siguió hablando, continuando con su misterioso discurso, sin abandonar aquella cara que daba temor:
- En el ambulatorio del Vinyet ¿No te acuerdas? Fue hace unos seis meses. Me pusieron penicilina y tuve una reacción alérgica que casi me mata.
A partir de aquí, di un paso atrás y empecé a recordar aquella cara.
- Vi el túnel, esa oscuridad y la luz al fondo. Y rápidamente salí de allí y vi tu cara, con esas gafas. Eras tú. El que me trajo de nuevo aquí.
- No fui yo, el tratamiento te lo pusieron en el ambulatorio - le respondí - Pero de todo eso que viviste, no me dijiste nada, ¿verdad?
- No. Se lo comenté a mi médico de cabecera unos días después. He ido también a un psiquiatra para hablarle de esa experiencia que viví. Era precioso.
- Siento haberte devuelto de nuevo, pero aquí tienes trabajo - le digo señalando con la cabeza hacia Lucía.
- Ya lo sé. Y tanto...
- Pero escucha: - le pregunto - ¿Cómo es ese túnel?
- Es una felicidad enorme. Si la muerte es así, no hay que tenerle miedo. Es algo muy dulce. Lo más dulce que he visto en mi vida. Y por vez primera le vi sonreir.
 
Seguimos hablando un poco más y me despedí de ellos, marchando rumbo al hospital para que estuviese Lucía en observación. Yo me quedé en aquella acera unos instantes, como hago cada vez que termino de atender a mis pacientes, reflexionado sobre la vida, las enfermedades y el cruce de caminos que me hace coincidir con ellos. Esta vez me quedé pensando en otra cosa. Pensando en aquel viaje de ida y vuelta. Pensando en ese túnel.

miércoles, 20 de junio de 2012

El mito de Sísifo


Según la Mitología griega, hubo un personaje llamado Sísifo, fundador y rey de la antigua ciudad de Corinto.
Hijo de dos personajes, que hubiesen hecho las delicias de mi amigo Mario por su fonética, llamados Eolo y Enarete. (De verdad, lo juro...)

Sísifo ha pasado a la historia por haber intentado engañar a los Dioses. Y eso no se permite ni en Grecia, ni en Pekín, ni en Pokón.
Como castigo le tocó bregar con una piedra enorme, que tenía que sacar del fondo de un barranco, pero cuando llegaba al borde, la piedra volvía rodando al fondo del abismo y así tuvo que hacer por el resto de la eternidad.

Sísifo se ha convertido por obra y gracia de la Mitología, en el patrón de los esfuerzos y trabajos interminables.
Y como Sísifo, he estado empujando aquella roca gigante. He ahí el motivo de mi ausencia. Pero después de estas interminables semanas, puedo decir que por fin he vuelto. Acabo de dejar rodando la piedra para abajo, pero hasta que la vuelva a empujar, aquí estoy cogiendo aire.

Debo decir que este año ha sido muy duro. No he podido escribir tanto como me hubiese gustado. Y no por falta de inspiración, que alguna vez se ha ido por esos famosos cerros de Úbeda. Pero es que entre el trabajo y ese máster en el que me he embarcado, no he tenido casi tiempo de nada. Pero ahora, por fin, he encontrado mi remanso de paz, ahora que acabo de casi-terminar, entregando mi proyecto.
No, no hablaré del tema del proyecto, no quisiera ser como esas madres, enseñando el móvil con las fotitos de sus niños como fondo de pantalla, o los típicos novios recién casados con el álbum del viaje por Punta Cana, Vietnam, Birmania, La Polinesia, o dondeseaporquemeimportaungüevoadondetefuiste.
No tocaré el tema proyecto, ni siquiera mencionaré su título, porque ahora estoy de relax. Y aunque tan sólo me quede presentarlo y defenderlo públicamente (otro empujón a la roca), después de semanas de abandono de este blog, ausencia de conversación con mis semejantes y aislamientos varios, por fin vuelvo a ser un poco persona.

Hace unos días, como la ballena que sale a la superficie a llenar sus pulmones de oxígeno, abandoné por un momento mi análisis del mercado de las repatriaciones en avión sanitario, (¿dije que no lo nombraría?) y me senté a la mesa a comer con mis hijos.
Nada más sentarnos, recuerdo escuchar la conversación entre Guille y Marta:
- Papi tiene que estudiar mucho - decía Marta - porque los médicos tienen que trabajar mucho.
- ¿Ah, sí? - dijo casi sin levantar la mirada.
- Sí, Guille - continuó Marta, como muy orgullosa de su padre - y estudiar para ser médico es lo más difícil. ¿Verdad Papi? - preguntó, dirigiéndome su mirada.
Y su padre atento, no queriendo romper esa situación tan idílica, guardaba silencio.
Entonces, Guille frunció el ceño, empezó a sacudir su cabecita y le replicó:
- Eso no es verdad. Lo más difícil es levantar una bola grande de hierro...

Ante esa aseveración tan rotunda, le tuve que dar la razón.
Y cuando terminamos de cenar y de ir a la cama, y al vaso de agua y al cuéntame un cuento, y al pis, y al jesusitodemivida y la virgen de la cabecera, volví a por mi roca.
Y tal y como debe estar todavía haciendo ese tal Sísifo en algún lugar, me arremangué los brazos, me senté en el ordenador y continué empujando mi pesada roca cuesta arriba...


sábado, 12 de marzo de 2011

Los colores de la Fórmula 1

De vez en cuando nos toca hacer guardia de noche en el circuito. Y aunque a esas horas, tras el crepúsculo, no hay nadie dando vueltas en la pista, nuestra asistencia se justifica por la actividad de los mecánicos de los equipos de fórmula 1, que no conocen de jornadas diurnas o nocturnas y han de poner a punto las máquinas que tienen que rugir al día siguiente.
Son guardias tranquilas, por lo que una visita a nuestra clínica es afortunadamente, algo bastante extraordinario. Por eso me sorprendió ver a través de la mampara de cristal, una sombra humana que con pasos tambaleantes, rondaba los alrededores de nuestro centro médico.
Ya eran bien cumplidas las diez de la noche y de forma decidida salí al exterior, a ver de quién se trataba y cuál eran sus intenciones.
Entre la penumbra, respondiendo a mi ¿hola! apareció poco a poco la figura de un chico de no más de veinticinco años, que se me acercaba ayudándose de un bastón.
En seguida reconocí a aquel muchacho ciego, que en alguna otra visita de la fórmula 1 lo había visto rondando el paddock, pidiendo autógrafos a los corredores.
Cuando estaba a mi altura, me preguntó que cómo podía hacer para llamar a un taxi que le llevase a su hotel.
Tan tarde como era ya, estaba el circuito cerrado y aparte de los mecánicos de fórmula 1, sólo quedaban los empleados de seguridad y nosotros, por lo que le dije que me acompañara dentro de la clínica, que allí le pediríamos su coche.
Accedió a cogerse a mi brazo y lo llevé hasta el despacho, invitándolo a sentarse en una silla.
De la empresa de taxis nos informaron que tardarían unos diez minutos, por lo que mi nuevo interlocutor y yo, tendríamos un rato para charlar.

A pesar de su ceguera, de sus destelleantes ojos desbordaba locura por un mundo, el de la fórmula 1, sus equipos, sus pilotos, sus carreras... que yo podía ver, pero que sólo él podía sentir y disfrutar con esa intensidad.
No sé de dónde era, pero encontrarlo solo, en medio de un circuito, que es un espacio abierto tan grande, a esa hora, aquella noche, me conmovió.
No sé si pensar que ese chico es un valiente o un inconsciente. Perdido, en un país ajeno al suyo, en un lugar desconocido, rebosaba felicidad por haberse encontrado de nuevo con su pasión.
Me cuesta entender qué puede atraer de las carreras de coches a un pobre chico ciego, que no puede disfrutar de las mismas, de las salidas vertiginosas, de los adelantamientos, del baile sincronizado de las paradas en el pit-lane, del ondear de la bandera a cuadros. Tan sólo ruido y el olor del combustible que sale de los motores. Ruido y olor. Y en cambio, me elogiaba a Nico Rosberg, su piloto favorito y lo comparaba con los demás, que al parecer conocía a la perfección. Era capaz de nombrarme todas las carreras que habían tenido lugar en Montmeló como si las hubiese visto y los accidentes o salidas de pista que se habían producido y que después habíamos atendido allí, en nuestra clínica.

Hablábamos y hablábamos y él sonreía. Con esa sonrisa de un niño feliz, que sin poder apreciar todo eso de lo que me cuenta, disfruta como he visto a pocos.
Y me hizo sentir bien. Porque esto me hace creer que las adversidades se pueden hacer pequeñas, con voluntad y tenacidad. Pero también me ha hecho sentirme culpable por poder ver todo lo que me rodea, apreciar los colores del mundo y no sentirme un afortunado por tenerlo todo y no darme cuenta.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ecos


















Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me hicieron esa pregunta. Durante una época era casi cada día. Tenía que encontrarme con distintos interlocutores y darles una y otra vez la misma explicación.
"Si eres médico, ¿por qué quieres ser controlador aéreo?”
Ésa era la pregunta. Algunos incluso como subtítulo, añadían:
“Porque se supone que los médicos tenéis una vocación ¿no?”

Al principio me preocupaba por intentar hacer entender que para mí la Medicina no lo es todo y que a un médico bien puede gustarle, incluso apasionarle otras cosas, más incluso que su profesión. Pero no, creo que no llegué a convencer a nadie. Al final, opté por la respuesta más convincente, que no la más sincera: “Porque trabajaré menos y ganaré mucho más dinero”. Me resulta curioso que esto de la vocación, se aplique sólo a la clase médica. ¿No se imaginan un albañil exultante de felicidad, porque ha hecho una mezcla de cemento prodigiosa? ¿Qué llegue a casa contando atropelladamente, embargado por el éxtasis, cómo fue capaz de poner unos azulejos preciosos, perfectamente paralelos uno a otro? ¿O ese carpintero con los ojos empapados de lágrimas de emoción por haber hecho una mesa de noche preciosa? ¿Por qué la vocación es sólo médica? ¿No se puede ser un excelente profesional y no tener vocación? ¿Y tener vocación y no ser buen profesional?

Ese concepto arraigado en la sociedad de la vocación médica, creo que se ha convertido en un lastre en muchos momentos, incluso en un mito. Porque aunque estés motivado y disfrutes con lo que haces, de vocación no se puede vivir, ni pagar la hipoteca, ni compensar esas guardias terribles, en las que poder descansar unas horas es un lujo y comer de un tirón, desde el primer plato hasta el café, un imposible.

Esa maldita supuesta vocación es la que ha permitido que los recién licenciados, que en otras carreras ya serían honorables arquitectos, ingenieros, de estudios concluídos y remuneración adecuada, en el caso de los médicos, no contentos con seis años de carrera, tengan que plegarse ante un examen selectivo llamado MIR. Luego se convierten en residentes, para después tener un salario denigrante, con la promesa casi siempre incumplida, de tener algún día una plaza fija en el hospital en el que se han formado. Eso sí, lo hacen por vocación.

Pero mis motivos para haber querido ser controlador no se deben al resentimiento de creer que la profesión médica está mal valorada y por supuesto, pésimamente remunerada. Mis motivos se resumen todos en uno: La Pasión. Ver un avión surcar el cielo, desde siempre, hasta hoy mismo, me obliga a torcer el cuello y seguir su estela en todo su recorrido. Y sin querer, pienso que si va por ahí o más arriba, es porque se lo ha dicho un controlador.
Se dice que los controladores son pilotos frustrados. Tal vez haya algo de cierto en ello, pero en mi caso, cuando descubrí la profesión de controlador aéreo, el deseo de ser piloto quedó apartado inmediatamente.

Antes de entrar en la escuela de control se ha de pasar un reconocimiento médico en un lugar llamado CIMA. Recuerdo al médico que supervisó todas las pruebas. Viendo mi profesión, arrojó la cartulina sobre su mesa, donde iba anotando todos los resultados y le dijo a un compañero: "¡Qué mal está la Medicina, para que un médico se tenga que hacer controlador...”

Hoy me han vuelto a hacer la misma pregunta. Hacía años que no me pasaba. Esta vez, en lugar de ir a las respuestas tipo, he meditado mi contestación.
No tiene ninguna importancia el hecho de ser médico, ni abogado, ni ingeniero, ni enfermero, ni nada. Cuando descubres algo que de verdad te apasiona, lo sabes. Sientes algo dentro, inexplicable, que sólo quien lo ha vivido, entenderá a qué me refiero. Me recuerda a una escena, que no sé si la vi en el cine, si la leí o simplemente me visitó una noche en mis sueños. En ella un hijo le pregunta a su padre:
- Papá, si algún día me enamoro, ¿cómo sabré si es de verdad?
- No te preocupes. Cuando llegue el momento, lo sabrás.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El Fonendo



















Un buen día de 1816, René Laennec, un médico francés, tenía frente a él a una mujer muy obesa. Desistió de auscultarla mediante el método tradicional de aplicar el oído directamente sobre el pecho de la enferma, porque su exuberante panículo adiposo, con toda seguridad, impediría oir ruido alguno. En un acceso de genialidad, enrolló un papel a modo de tubo y escuchó con asombro, que el sonido se amplificaba y mejoraba con creces la forma en la que desde los tiempos de Hipócrates, se venía explorando a los pacientes.
Este invento, más tarde mejorado, se asemeja con muy pocas modificaciones al fonendoscopio, o fonendo, como es conocido cariñosamente. El fonendo se ha vuelto imprescindible para la eficaz praxis de la propedéutica clínica. Es uno de los primeros regalos que recibe el joven estudiante de Medicina y constituye, sin duda, el símbolo que identifica al colectivo médico.

Es innegable el gran papel que representa el fonendo para la Medicina. Con él se llega a un diagnóstico más acertado y por tanto, al tratamiento más adecuado. Pero el también llamado estetoscopio, tiene una función mucho más importante. Viene a ser lo que la gorra de plato y la camisa con galones para el piloto de avión comercial. Todo facultativo que se precie, debe llevar colgado de su cuello, la mayor cantidad de tiempo posible, esta legendaria pieza de vestuario.

Hay una máxima al vestir esta prenda exclusiva, pret-a-porter. Hay que enseñarla a todas horas. Y aunque alguien pueda creer que es una guarrada que se deslice y accidentalmente caiga durante la comida, en el inmundo plato que te sirven en la cantina de tu hospital, nunca, repito, nunca, un médico elegante que se precie, debe jamás, retirárselo del cuello y colocarlo ni en la mesa, ni en la silla contigua.

Se puede llevar de varias maneras. Con la campana colgando a la derecha, o a la izquierda. Pero el doctor acierta siempre, cuando una de las partes no está más alta que la otra. Es un delicado equilibrio que cuesta mantener cuando se combina con el quehacer diario. Para eso hay que saber delegar y en la medida de lo posible, hacer lo mínimo, para evitar precisamente que se nos caiga de la nuca.
No tiene ninguna importancia que se sea dermatólogo, psiquiatra o médico de balneario. Hay que tener un fonendo alrededor de las yugulares, y pasearlo, que se nos vea; de igual modo como lo haría una señora de postín, mostrando para envidia de todos, esa bufanda de visón o de piel de zorro con su cabeza colgando.

Presuma usted de fonendo y de su clase, que es usted doctor, que lo sepa todo el mundo. No se prive de demostrar al mundo que forma parte de una casta superior. Y lleve orgulloso esa prenda que nos distingue del resto de los infortunados mortales.

Sé que estas recomendaciones son absolutamente supérfluas e inútiles. El vestir esta prenda y asumir el significado que tiene como elemento de distinción, está muy arraigado en la mente de cualquier galeno. Por eso ya no me sorprende ver por la mañana en el aparcamiento, a algún médico saliendo de su coche, con el cacharro ese ya dispuesto en su cogote, a modo de corbata. Y es entonces cuando la duda me embarga y me cuestiono el origen del universo. ¿Se lo llegó a poner esa mañana antes de salir de casa? ¿Se acostó anoche con él? ¿O tal vez no se lo ha quitado nunca, desde que se lo regalaron cuando estaba en primero de Medicina?