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lunes, 14 de marzo de 2016

El mismo cuento de siempre



















Era el día de libro, Tenía 11 años. Lo recuerdo muy bien porque estaba en quinto de EGB. Lou siempre me dice que es imposible que recuerde cosas de la infancia y que sea capaz además de decir exactamente qué edad tenía cuando sucedió lo que cuento. Ella no se lo cree y me dice que es un farol. Puede. O puede que no.
 
Aquel día de abril, como contaba, era el día del libro. ¡Y tenía 11 años! 
Mi madre llegó al mediodía a casa y me trajo unos libros que había comprado ese día en un puestecillo que se montaba en el Instituto para conmemorar esa efeméride. Apareció con Alicia en el país de las Maravillas de Lewis Carroll y El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.  El primero no le llegué a leer nunca. El segundo se convirtió en uno de mis libros favoritos.

Tenía la costumbre de contarles cuentos a los niños, pero últimamente esta práctica la había dejado de lado. Solo tenía que emplear mi imaginación. Cada noche iba añadiendo episodios a una aventura inventada, con personajes ficticios, que compartían risas y sustos con la luz apagada de la habitación, únicamente iluminados por el haz de una pequeña linterna. Era un rato divertido, pero quizás por esto mismo se había llegado a convertir en un auténtico desmadre. Acababan tan excitados, que además de que alargaba más allá de la hora de meterse en la cama, enfrascado en mi relato, los nervios a los que los sometía, hacían que conciliar el sueño se hiciese imposible.
Este ameno jolgorio no podía aguantar eternamente y casi sin darme cuenta, se había convertido en una costumbre que por desgracia había caído en desuso.

En casa Papá Nöel tiene la buena costumbre de dejarnos libros a todos. A mí me dejó el buen hombre de Laponia (en Laponia hace frío, pero yo me fío), una edición especial de El Principito.  A diferencia de aquel que me regalaron en mi niñez y que aún conservo, en este nuevo, los dibujos se ponen en relieve, de forma tridimensional cuando abres las páginas.
Esto, -pensé- volverá locos a los niños cuando se los cuente.
Por eso la otra noche, cogí mi libro y a bombo y platillo los convoqué a los tres y les anuncié que esa noche era especial: Habría cuento.

-¿Será de piratas? -preguntó Guille.
-¿Nos darás sustos y apagarás la luz? -dijo Clara agrandando sus ojos azules.
-No. -contesté yo- Esta noche será distinto.
-¿Por qué? -preguntó Marta, encaramada en lo alto de su litera, mientras preparaba sus peluches, alineándolos en su riguroso y obsesivo orden. El mismo de cada día.
-Esta noche leeré un libro que se llama El Principito. Es un libro que leí de pequeño y me encantó.
-¡Qué rollo! -dijo Marta- Prefiero los cuentos que te inventas tú.
-Yo también -añadió Guille.
-Es un cuento muy bonito. -intervine rápidamente- Es uno de mis libros favoritos -dije, intentando conmoverlos para que no me boicotearan la velada:
Guille pareció ceder, mientras Clara permanecía impasible observando el dibujo de la portada. Marta, en cambio, puso una cara de decepción y continuó con lo suyo, no sin antes protestar un poco por lo que consideraba un engaño:
-Ese cuento no nos gusta. No es divertido.

No le di más importancia y empecé mi relato.
Comencé por la preciosa dedicatoria del libro. Guille y Clara estaban un poco escépticos con el cambio de planes, pero sabía que cuando empezara por las primeras páginas y vieran el dibujo de la famosa boa traga-elefantes, los engancharía del todo.
Miré hacia arriba y allá en lo  alto, Marta estaba con lo suyo, ajena a mi historia.

El aviador había aterrizado en mitad del desierto, solo, con su avión estropeado y sin nadie que le pudiera ayudar a reparar su aeronave. Empezó a explicar el mundo de los adultos y el de los dibujos de los niños. Clara, a quien tanto le gusta dibujar, le empezaron a brillar sus ojos. Guille se inclinó levemente hacia adelante.
El piloto seguía explicando su frustración con la pintura.
Enseñó ese dibujo de una boa con su elefante devorado en su interior. Esa frustración que le produjo que los mayores pensasen que era un sombrero.
Incliné el libro para que pudiesen ver el dibujo. De niño pensé que a mí también me parecía un sombrero. No sé si ellos pensaron lo mismo, pues no dijeron nada, aunque con los ojos me decían que querían continuar escuchando la historia.

Un poco más allá, Marta, colgada de la escalera, comenzaba a descender, atraída por esos dibujos que sólo los  niños eran capaces de ver.
Seguí leyendo y antes de pasar a la siguiente página, los tres estaban en torno a mí, releyendo las líneas.
Marta estaba feliz de estar con nosotros. No le dije nada.
Llegué al último capítulo que tenía  previsto para esa noche. Ya era hora de acostarse.

Iba cerrando el libro y oí a Clara decir, casi en susurro, refiriéndose a mí:
-Pero, ¡qué guapo es...!
Levanté la vista y vi a los tres observándome, sonriendo. Y entonces comprendí una vez más, que El Principito es uno de los libros más tiernos y bonitos que se han escrito nunca.

 

martes, 14 de enero de 2014

El Otro




Victoria abrió la ventana y una luz anaranjada del sol del atardecer invadió todo el salón de su apartamento. No era el sol de verdad, aunque ya casi nadie lo echaba de menos. Hacía muchas décadas que había quedado oculto por el denso smog y el eterno invierno nuclear que envolvía todo, pero el holograma que se intercalaba entre los dos paneles del vidrio de su ventana, hacían creer que penetraban rayos infrarrojos, dando una falsa calidez y un calor que harían olvidar al propio Sol. 
Se dirigió al centro de la habitación y con cierta melancolía, perdió su mirada en un jarrón con flores transgénicas, con colores vivos, de una intensidad imposible. 
 
Casi a la vez se oyó un chasquido electrónico que hizo que Victoria descendiera de su limbo y dirigiera su vista a la entrada. Daniel cerró la puerta y entró con paso lento, no tan alegre como solía hacer cuando le tocaba volver a casa, después de pasar tanto tiempo fuera. Aunque esto había mejorado últimamente. Desde que había cambiado de compañía, por fin pasaba más tiempo con Victoria. Atrás quedaban las épocas en las que hacía de copiloto en una pequeña y herrumbrienta nave de carga, que operaba en el cinturón de asteroides, transportando minerales, componentes electrónicos, o lo que fuese a las colonias exteriores. Desde hacía unos pocos años había prosperado. Ahora era el comandante de una flamante aeronave de última generación que trasladaba como pasajeros a grandes ejecutivos, deportistas o millonarios, deseosos de viajar con rumbo a lujosas estaciones espaciales. Los anillos de Saturno, se habían convertido en su rutina y habían dejado de ser un destino exótico y lejano, reservado a unos pocos privilegiados. Moviéndose con destreza entre las divisiones de Cassini, estaba tan familiarizado con las rutas estelares de Saturno, que ya apenas tenía que consultar las cartas de navegación para orientarse.
Daniel lanzó sobre la mesa la tarjeta táctil con la que se abría la cerradura de su casa, que comenzó a girar sobre sí misma. Se despojó de su cazadora de vuelo y de su gorra, dejando ambas sobre la mesa, junto al jarrón de flores imposibles.
Se acercó hasta Victoria y como hacía desde el primer día, la agarró por sus estrechos hombros y la besó. Ella pensó que él cerraría los ojos. Ella no lo hizo. Él tampoco.

- Tenemos que hablar - dijo él inmediatamente.
- ¿De qué? - contestó ella intentando disimular sus nervios - ¿De qué quieres que hablemos?
Daniel la miró intensamente, sin dejar de agarrarla por los hombros, impidiendo que ella agachara la mirada.
- Ya sabes de qué - dijo lentamente, de forma cálida - Y yo también.
Daniel hizo una pausa, como para permitirle ordenar sus ideas y que comenzase con su relato:
- Háblame de él.
Victoria dio un paso atrás y se vio arrinconada. Supo que ya había llegado a ese punto en el que no valía la pena seguir ocultando más su historia. Quiso preguntarle cómo lo había averiguado, pero a estas alturas, poco tenía ya importancia. El miedo a contar la verdad sería sin duda compensado con el regalo de la liberación de no tener que esconder más su secreto.

Victoria tragó saliva, pero antes de que un hálito de voz saliera por su garganta, como en un último gesto de misericordia, Daniel le concedió una prórroga y continuó hablando:
- Dime que lo que sé no es verdad.  Dime que sólo has querido pasar unos buenos ratos mientras estaba fuera, porque te sentías sola. Que todo esto es porque necesitabas sentirte querida. Dime que todo se explica porque me echas de menos. Dime que me necesitas siempre a tu lado. Que nunca se te ha pasado por la cabeza dejarme. Dime que en realidad has estado aprovechándote de él, porque no te has cansado de mí y me has olvidado. Dime que en ningún momento has tenido la tentación de compararme con él, porque en tu mundo no hay nadie más importante que yo. Dime que cuando vuelvo de cada viaje tú también tiemblas al verme, y tu corazón también se acelera y también piensas que en todo el Sistema Planetario jamás encontrarías a nadie como yo.

Victoria elevó ligeramente el mentón y sus ojos se encontraron con los de él.
- No, Daniel. No puedo.
Victoria le acarició levemente la mejilla con el dorso de la mano, con un gesto que más que de amor, era de consuelo. 
Daniel la miró con los ojos húmedos, como queriendo decir: ¿Por qué?
Victoria, adivinando su mirada, le contestó:
- No te lo puedo decir, Daniel, porque todo lo que dices, es lo que siento por él.

Se hizo el silencio hasta que Daniel se repuso ligeramente.
- ¿No puedo...? ¿No podemos...?
- No nos hagamos daño, Daniel. No serviría de nada.
- Pero Victoria... Todo el tiempo que llevamos juntos... No podemos dejar escapar todo... Déjame intentarlo... Todavía estamos a tiempo...
Victoria condujo la mano hasta los labios de Daniel, haciéndole callar.
- Daniel... Has llegado demasiado tarde a mi vida. Y aunque te hubiera conocido diez años antes, habrías seguido llegando tarde igualmente, porque él siempre ha estado en mi mente, dentro de mí. Llevo buscándolo toda mi vida, soñando con conocerlo algún día. Cuando le ví, lo supe. Es perfecto. Es él. Lo es todo y ahora, por fin, está aquí, en mi vida.
- Déjame intentarlo - suplicó él, como desembarazándose de las tupidas redes en las que se convertían sus rotundas palabras.
Victoria cerró los ojos, moviendo ligeramente su cabeza a ambos lados, como en un gesto de desaprobación.
Daniel comprendió que había perdido. Y antes de que Victoria los abriera de nuevo y para evitar ser visto llorando, Daniel se dio la vuelta, cogió su cazadora y su gorra y se marchó del apartamento. Allí quedó la tarjeta táctil, inmóvil, junto al jarrón.

Después de un buen rato, Victoria se atrevió a activar el panel de comunicaciones. Una placa de cristal transparente surgió desde una pared. Tocó por la parte inferior y fue iluminándose con números de colores y sonando distintos tonos a medida que iba marcando sobre el cristal.
Enseguida, en un recuadro que ocupaba casi todo el cristal, apareció un rostro que le hizo sonreír levemente.
- ¡Hola! - dijo Victoria - ¡Ya está! Ya lo sabe, Jon. Sí, sí... Se ha ido.
- ¿Estás bien?
- No. Sí. No sé... Estoy triste. Me duele hacerle daño. Pero estoy feliz. Aliviada, eso es. Aliviada es la palabra. Pero no me siento bien del todo.
- ¿Quieres que vaya?
- Sí, Jon. No quiero estar sola. Hoy no quiero hacer el amor. Sólo quiero estar contigo. Necesito que me abraces y no me sueltes en toda la noche.

Más tarde, ya la luz anaranjada tal y como estaba programada, dejó de entrar en el apartamento, dando paso a las luces de los grandes edificios de la ciudad, que tomaron el relevo. La intensa iluminación de la metrópolis, llegaba tenue al apartamento por las nubes de smog contaminado y apenas alcanzaban el torso desnudo de Victoria, abrazada a su amante, en una casi penumbra.
- No va a ser fácil - dijo él - Ya lo sabíamos, ¿no?
- Me da igual, Jon. Que piense la gente lo que quiera. Te tengo a ti y eso es lo único que me importa de verdad. Ya sé que nadie va a entender que me haya enamorado de un robot.
- Un robot que sabe lo que es el amor y es lo que siento estando contigo, Victoria.
- Te quiero tanto... - dijo ella. Sus mejillas se empaparon de lágrimas de felicidad y entonces él la abrazó más fuerte.

 

viernes, 19 de octubre de 2012

Los héroes del cielo










Hace unos días que un tal Félix Baumgartner decidió entrar en la Historia con un salto increíble. Casi donde el cielo deja de ser cielo, para convertirse en espacio, abandonó su globo y cayó alrededor de cinco minutos, hasta tocar suavemente el suelo. Dicen que bajó más rápido que la velocidad del sonido, desde lo más alto, donde nadie antes se había atrevido a hacerlo. Su hazaña me recordó esta historia de héroes y del cielo.
 
Hay quien dice que el tal Baumgartner es un loco y otros, en cambio, que es un héroe. Es lo que siempre se ha dicho de todos aquellos valientes o temerarios, pioneros o descerebrados, que quieren no sólo llegar donde nadie lo había hecho antes, abrir el camino para que su gesta no sólo sea repetida hasta la saciedad por otros muchos, sino que se convierta su aventura en una situación cotidiana. 
Así fue el famoso viaje de Charles Lindbergh, cuando cruzó el Atlántico en 1927 con el Spirit of St. Louis. Muy moderno para la época, pero que actualmente nadie se atrevería a volar en esa lata y mucho menos cruzar desde Nueva York hasta París, solo, sin escalas, durante 33 horas y media.
 
A Charles Lindbergh le estoy muy agradecido por haberme prestado su legendaria aeronave para ilustrar el encabezado de este blog. Un día hablaré de él, de su increíble vida, en la que lo menos importante que hizo fue cruzar  el Atlántico y cómo no, de su avión, que me produjo el síndrome de Stendhal cuando lo vi con mis propios ojos.
 
Hay muchos otros héroes que vienen del cielo, como fue Neil Armstrong, el primer hombre que cumplió el sueño de poder llegar a la Luna. Siempre dijo que en absoluto era un héroe, sólo alguien que cumplió con su deber, e hizo bien su trabajo. Este verano volvió arriba, pero esta vez para quedarse para siempre, junto a las estrellas.
 
Pero del cielo no sólo vienen héroes, también traen nuestros sueños y nuestras esperanzas. Por eso cuando necesitamos ayuda desesperada o sentimos una inmensa alegría, instintivamente echamos la cabeza hacia atrás y miramos el lugar donde se ubica el firmamento.
Hace unas semanas aterricé en un hospital de Barcelona, como tantas otras veces, para llevar a un paciente. Lo descargamos del helicóptero y lo acercamos a Urgencias con una ambulancia, que nos esperaba a pie del aparato.
Cuando volvíamos de vacío, charlando tranquilamente con mi compañero, el enfermero, vimos que había alguien hablando con el piloto, que habitualmente se queda custodiando la nave. Nuestro visitante era un chico en silla de ruedas, de unos treinta años, al que había acercado su novia, que se apoyaba ligeramente en las manillas de su silla.
 
Llegué hasta él y me incorporé a mitad de su conversación. Contaba que llevaba allí dos meses, desde el día que tuvo el accidente con su parapente y unos compañeros nuestros, en helicóptero, lo trajeron hasta el hospital.
Tenía una mirada triste, pero aún así, su brillo transmitía esperanza. Creo que aún no había acabado de aceptar que no volvería a caminar nunca más.
Nos iba hablando y viéndolo postrado en aquella silla, me imaginaba qué pensaría yo si estuviese en su situación. Mis pensamientos se interrumpieron con sus palabras, que a modo de despedida, al vernos recoger todo, nos dijo:
 
Cada vez que oigo el helicóptero le pido a ella que me acerque para veros y daros las gracias por haberme salvado la vida y por la labor que hacéis. Y cada vez que os veo llegar, pienso que hay alguien que sufre, alguien que ha tenido algo terrible. Tanto, que ha necesitado de un helicóptero que lo lleve corriendo al hospital.
Pero siempre acabo pensando que algún día no traeréis gente que sufre, sino que vendrá un remedio, no sé cuál, que podrá curar a gente que tiene lesiones medulares como yo. Y sé que no lo traerá nadie más que vosotros. Porque vosotros, que venís del cielo, sois los héroes de verdad...
 
 
 

jueves, 17 de febrero de 2011

Volar

Para la mayoría de la gente, el cielo es el límite.
Para aquellos que aman la aviación, el cielo es el hogar - Anónimo.


Amelia Earhart decía que "nunca has visto un árbol hasta que has podido ver su sombra desde el cielo".
¿Qué hay ahí arriba para hacernos soñar de esa manera? Nada y todo a la vez.
Otto Lilienthal, un pionero de la aviación, pensaba que "inventar un avión no es nada. Construirlo ya es algo, pero volar lo es todo".

Una vez conocí a un piloto de esos de los de antes, de los de galones a modo de jarretera y gorra de plato bajo la axila. Tenía esa edad en la que aunque estás en activo, ya tus pensamientos se encuentran más allá de la jubilación. Recuerdo que me decía que los primeros años estás enamorado hasta de las nubes, y que por volar serías capaz de hacer, e incluso aceptar cualquier cosa, pero como todo, eso se pasa...
Antonio aún no ha llegado a tener esa edad, en la que el idilio con los cúmulos del cielo, empieza a tener sus primeras crisis. Su vida es el aire y su música favorita, la del rugir de esos poderosos reactores, que le  acercan a sus amadas nubes y le separan del odiado suelo.
Ese suelo tan indeseado para alguien que quiere estar alejado de él, le jugó una mala pasada. Mientras esquiaba, Antonio se encontró una fatídica placa de hielo que le hizo perder el equilibrio, cayendo al fondo de un barranco.

Ahora Antonio estaba postrado en la cama de una habitación de una UCI, en una ciudad que no era la suya. Ahí fue donde me encontré con él. Tras varias semanas de incertidumbre, con unas graves lesiones cerebrales cuya evolución es incierta, volvía a un hospital más cerca de casa.

Tras los correspondientes preparativos, en los que dormimos a Antonio para que se le hiciese más cómodo el traslado, marchamos al aeropuerto. Allí nos aguardaba nuestro avión, que llevaría de nuevo a Antonio con los suyos.
Lo acomodamos en la estrecha camilla, nos atamos nuestros cinturones y con una veloz carrera de despegue, nos pusimos rumbo a Barcelona.

Antonio estaba dormido, pero algo hacía que se sintiese inquieto. De tanto en tanto comenzaba a moverse, encogiendo sus piernas y flexionando sus brazos a un tiempo.  Yo, mientras, le acariciaba la frente y como si me estuviese oyendo, le intentaba calmar con palabras tranquilizadoras. Él tal vez me escuchaba y se relajaba.

Tras minutos de aparente tranquilidad, cuando parecía que por fin lo había logrado, volvía a moverse, como quien intenta dormir en un duro colchón, tan incómodo, que las quejas de tus costillas, te despiertan mil veces a lo largo de la noche.

Así estuve un buen rato, durante casi todo el trayecto hasta Barcelona. Por más que le daba vueltas, no entendía esa intranquilidad de Antonio. En el hospital antes de dormirlo, se encontraba bastante sereno.
Pronto pareció que mis pensamientos hubieran sido oídos por mi enfermera:
- ¡Cómo se nota que es piloto! ¿Verdad? - me comentó.
Lo miré de arriba a abjao, intentando encontrar alguna diferencia anatómica que nos distinga al resto de la humanidad de los aviadores, pero no hallé ninguna. Fruncí mis cejas y ella comprendiendo mi gesto, continuó:
- ¿No te has dado cuenta de que se mueve, cada vez que cambia el sonido de los motores?
Me acerqué al oído de Antonio y le dije:
- Antonio, tranquilo. Sí, estamos en un avión. No te preocupes, todo va a ir bien. Te llevamos a casa - y por fin, se quedó completamente relajado.

Otro Antonio aviador, y además escritor, Antoine de Saint Exupéry, autor del libro El Principito, dijo una vez:

"Soy muy afortunado por mi profesión. Me siento como un granjero, con mis aeródromos a modo de pastos. Aquellos que lo han probado alguna vez, no lo olvidarán nunca. No se trata de vivir peligrosamente. Esa fórmula es demasiado arrogante, demasiado presuntuosa. No me preocupo por los toros salvajes de los campos. No es el peligro lo que amo. Sé lo que amo. Es la vida misma".