domingo, 24 de noviembre de 2024

Un segundo y nada más


Estoy saliendo de un lugar que identifico como un comedor. Ya debo haber acabado. Hay una fila interminable de personas a la puerta, esperando para entrar. Parecemos dos carriles de una carretera con un gran atasco en el sentido contrario a mi marcha, que va más ligera.

De repente, alguien que está en esa cola, me dice algo al pasar junto a él. Suena como si me indicase que tengo los cordones desabrochados. Me detengo y me giro hacia él.

Mi tío Fisco me sonríe con esa sonrisa tan bonita y contagiosa, con sus mofletes sonrosados.

No sé qué hace allí, pero en un instante lo entiendo todo.

Le abrazo muy fuerte, como todos esos abrazos intensos que nunca di y que ahora echo tanto de menos poder hacerlos. Le aprieto fuerte y lloro, porque sé que nada de eso que estoy viviendo es cierto.

Quiero preguntarle por mi padre, por si está también allí, pero no me da tiempo. Creo que él lo sabe, aunque no me lo oiga decir. Todo se desvanece en un instante, pero aunque han pasado horas desde que sucedió, toda la escena permanece en mí, sin que llegue a olvidar nada. Es tan intenso, tan real, que aunque fuera un sueño y durara un segundo y nada más, por eso puedo decir que anoche estuve en el Cielo.



domingo, 15 de septiembre de 2024

El viajero del Tiempo


Se han oído muchas historias sobre viajes en el tiempo. Se han escrito muchas novelas. Se han rodado numerosas películas, pero hasta ahora todo pertenecía al mundo de la ficción. 
¿Quién no ha soñado con poder hacer viajes en el tiempo y situarse en una época determinada? ¿En el pasado? ¿Echar un vistazo al futuro? ¿Conocer personajes históricos de primera mano? ¿Ver a nuestros antepasados? 
El catálogo es fascinante. Lo sé. Y digo que lo sé, porque hoy es un día de confesiones. Hoy es un día importante. Lo creáis o no, soy un viajero del tiempo. De hecho, tan solo hace un momento que aterricé aquí. Acabo de llegar.

Pero empezaré por el principio, aunque tratándose de un viajero del tiempo como yo, hablar de principio, resulte muy gracioso. Vengo de algún momento y me muevo de adelante hacia atrás a mi antojo. No hay ni comienzo ni final. Por eso todo el mundo se pregunta cómo es posible que esté tan joven y guapo. Pues por eso, porque por mí no pasa el tiempo...

Hace unos años comenzó la Tecnología para viajar en el tiempo. Eran máquinas muy sencillas donde solo había que ajustar un reloj de destino y el aparato te llevaba de forma instantánea a la fecha que habías prefijado. Los primeros en usarlas fueron los historiadores y en cuanto bajaron los precios y se hicieron asequibles, por fin cualquiera se podía hacer con su propia máquina.

En poco tiempo se reescribieron todos los libros de historia y se publicaron miles de tesis. En cuanto la gente pudo viajar a cualquier época sentados desde el salón de casa, se desató la locura. Pero como todo, en cuanto se acabó la novedad, la gente empezó a estar aburrida de ir a ver a Napoleón, a conocer a Marilyn Monroe, o hacerse fotos con Elvis o con Cantinflas. Los fabricantes de estas máquinas vieron que las ventas empezaron a caer en picado. Así que lanzaron una segunda versión con nuevas e increíbles prestaciones. En esta nueva máquina, la fecha era lo de menos. Lo importante ahora era el vínculo estrecho con el usuario. Sus pensamientos, su vida, pero sobretodo, sus sentimientos...

En el nuevo panel de instrumentos ya no hay un reloj. Solo una pantalla con un teclado a modo de buscador. Ahí puedes escribir lo que quieras y la máquina te llevará a aquellos momentos que has vivido.

Hoy he escrito la entrada Momentos felices. Y me he teletransportado a un partido de rugby, donde veo a Guille recuperar un balón en su zona de marca, esquivar a uno, a dos, a tres, a cuatro, así hasta ir atravesando todo el campo. La gente chilla al no creerse lo que hace ese niño tan pequeño, que corre y corre y nadie es capaz de frenarlo, hasta que llega al otro extremo del campo y logra posar el balón en el suelo. 

De ahí me voy a otro sitio y veo que el Madrid gana la Champions League por décima vez, once, doce, trece, catorce, quince veces... Por un momento creo que la máquina se ha quedado encasquillada, pero no... ¡Es verdad!

Estoy asombrado. Esta nueva versión es una maravilla, así que estoy decidido a ponerla más a prueba. Ahora en la ventana de entrada de datos, escribo Momentos muy felices.

La máquina me ha llevado a Madrid, a un bar de copas llamado Kyoto y allí fue cuando me encontré con Lou por primera vez. La vi aparecer con esa sonrisa (sí la sonrisa...), que es la más bonita del mundo.  Fue durante esos días de diciembre. Esos días misteriosos en que la humanidad recuerda aquel instante en que se paró el tiempo. Debo confesar que fui yo, que boquiabierto, le di a pausa, para recrearme...

De ahí doy un salto y me encuentro con un bebé precioso, mofletudo, con enormes ojos azules. Estoy en el nacimiento de Marta... Todo se mueve y en una escena parecida, en el mismo lugar, ahora estoy con Guille y segundos más tarde, con esa otra preciosidad que es mi hija Clara.

¡Esta máquina es increíble! -pienso-. Pero como soy insaciable, quiero ver hasta dónde puede llegar. Me pongo de nuevo en la dirección de destino y escribo: Momentos de gran felicidad.

De pronto, me veo vestido como estoy ahora, rodeado de gente conocida, con un dolor en la cara, de tanto sonreír. Miro al lado y veo a Lou que sonríe aún más que yo (y que aún su sonrisa es más bonita que cuando la vi por primera vez). Estoy en una boda y todo el mundo allí presente es feliz.

Hay otras paradas. Me detengo en una que me lleva hasta el retiro de Emaús. Ahí me encontré de nuevo con la Fe, mi vida dio un cambio que no esperaba, desaparecieron todos, todos mis miedos y me convertí y me abracé a Él.

Creo que la máquina aún tiene recorrido, así que decido estrujarla un poco más. Escribo en la ventanita: Momentos de inmensa felicidad, a ver qué pasa... Para mi sorpresa aún funciona, tarda más de lo normal en dar un resultado, porque tiene que avanzar muchísimo hacia adelante en la felicidad, pero al final se detiene en una iglesia, donde se celebra una boda. La de hoy. Y por eso estoy aquí ahora mismo.

Estoy convencido de que esta máquina del tiempo aún puede llegar un poco más lejos. Aunque ya sé cuál será el próximo destino. De aquí a un tiempo escribiré para que me lleve a esos Momentos de Eterna Felicidad, y allí nos volveremos a encontrar todos los que estamos aquí hoy, de nuevo, acompañados de nuestros seres queridos y juntos, felices abrazados a nuestro Dios, en el Cielo.

jueves, 29 de agosto de 2024

La carrera


 







¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya!

Estas palabras resuenan en nuestras cabezas. No queremos dejar ni un milisegundo fuera, y salimos rápido en cuanto podemos arrancar tras ese ¡ya!, que es como un pistoletazo.

Cada instante es importante. Es una carrera donde hay un solo ganador y un perdedor: Guille y yo. Yo y Guille.

Despegamos los pies y la arena salta hacia atrás debido a nuestro impulso frenético hacia adelante. Pero esta carrera que hacemos ahora, empezó a celebrarse mucho tiempo atrás.

Esta es la foto de la que probablemente fue la primera edición de esta magnífica competición. Desde aquel momento hace unos doce años, repetimos esa carrera. Ya no lo hacemos en una pista de atletismo, como la primera vez, sino en la playa, cuando estamos de vacaciones.

Como los espetos, el chiringuito y las palas en la playa, no ha habido desde entonces, un solo verano en que no hayamos revivido este momento. Es una tradición más. Sin faltar un solo año.

Siempre el último día, de la última tarde, cuando los rayos de sol parecen languidecer más que todos los otros atardeceres del verano. La arena, la espuma del mar y las olas quieren despedirse de nosotros, sabiendo que no nos volverán a ver hasta el año siguiente.

Antes de recoger por última vez todo nuestro despliegue, cuando apenas queda nadie en la playa, Guille siempre me pide, una vez más, que hagamos nuestra carrera. Confiado, espera que este año sea el que consigue, por fin, ganar a su padre. Nunca pierde la esperanza. Sabe que algún día llegará. Yo me esfuerzo para que ese día sea dentro de mucho tiempo, o si es posible, ¿por qué no?, que no suceda nunca.

Pero una cosa es cierta: Pasa el tiempo y los años. Y con ellos va variando la distancia que nos separa en cada carrera y el esfuerzo que me cuesta para ganarle. Es decir, cada vez menos en lo primero y mucho más para lo segundo.

Hoy volvemos a tener nuestro duelo. Esperaba que se le olvidara, pero no. Nunca se le olvida. Se debe ver fuerte. A lo mejor piensa, el muy iluso, que su gran día ha llegado. 

El no lo sabe, pero el año pasado tuve que apretar a fondo para no verme superado, pero si me costó mucho o poco, solo lo sé yo. Aún tengo margen para aguantar el tirón unos años más. Sea lo que sea, solo hay una cosa importante; pasar por delante de él y que muerda el polvo (o la arena), una vez más.

Sé que este año ha crecido mucho; la adolescencia también tiene sus aspectos positivos... Pero por mucho que haya estirado, o que esté en forma gracias al rugby, aún tengo mucha confianza en mis posibilidades. A lo mejor es mi último año de victoria, aunque no tengo la más mínima duda de quién ganará otra vez. Tengo una edad, pero físicamente estoy bastante bien. 

Trazamos una línea en la arena. Unos cien metros más adelante otra, con Lou, Marta y Clara de jueces, por si hiciera falta la photo-finish. Lo dudo. Mi victoria será incuestionable.

Chillan a lo lejos la orden para comenzar y obedientes, sin perder ni un instante, salimos en tromba, intentando marcar distancia uno con otro.

A los diez metros ya necesito la respiración asistida. Y las gafas. Porque apenas puedo ver ya a Guille. Ha salido como un cohete. La distancia que me saca es enorme. E insultante.

Veo que llega a la meta cuando voy un poco más de la mitad del recorrido. Encima, afloja el ritmo, dejándose llevar, y se gira hacia atrás, como para regodearse en la victoria.

Eso no lo hice yo, ni cuando corrimos por primera vez cuando él tenía tres años.

¡De dónde habrá salido este niño! ¡Qué vergüenza!

Eso no se hace con un padre. No hay derecho.


domingo, 26 de mayo de 2024

La Última

 

Siempre hay una última. Esa última copa que es la que más apetece, una última parte del partido donde están todas las esperanzas para remontar, la última cucharada del postre más rico, que se lo cedes a la persona que más quieres. Una última mirada que es la que se queda grabada en nuestra alma. Un último día de playa del verano, que te da fuerzas para que pase rápido el invierno, o ese último beso, que es el que más sabor tiene y que te hace amar y desear más.


Son tantas las veces en que la última no es la última, porque en el fondo sabemos que la vida nos volverá a otorgar una nueva oportunidad. La última película que fuimos a ver al cine, que será seguida por muchas otras, porque siempre esperaremos que sean mejores. Nos engañamos si pensamos que la última vez que salimos a cenar con aquellos amigos y que lo pasamos tan bien, no se va a repetir. O que ese último viaje, que fue tan inolvidable, que estemos deseando que pronto sea desbancado por otro mucho más maravilloso.


Pero hay otras tantas cosas, que aunque queramos con todas fuerzas que no lo sean, son últimas de verdad: el último suspiro, el último aliento, el último latido del corazón…


Escribo todo esto, porque me dirijo a una de esas últimas-últimas.


Llego a Tenerife, a encontrarme de nuevo con la casa que soñó mi padre. Esa casa que ideó, dibujando sus planos. Me acuerdo de tenerlo sentado junto a mí, explicándome cómo iba a quedar, entusiasmado por enseñarme las habitaciones y en especial, cómo iba a ser la mía. Incluso yo le sugerí cosas, que añadió. Cada fin de semana se levantaba muy temprano para llegar al terreno a amasar cemento e ir levantando tabiques, hasta construir todo lo que es hoy, con tanto amor, cariño e ilusión. 


Llego a la isla sabiendo que en unos pocos días vendrá alguien desconocido, a quien le hemos vendido la casa de mi padre. Esta casa que fue su sueño y que quiso tanto… Tanto, que sé sin dudarlo, que forma parte de él mismo. 


Esta nueva familia ocupará esos espacios que no hace mucho rellenaba mi padre y un poco más hacia atrás en el tiempo, yo mismo con él, hasta que inicié mi propia vida.

Estas personas llegarán con sus nuevos enseres, con sus vidas, sin imaginar todos los momentos que hemos vivido allí.

No podrán saber que cada rincón tiene un sentido y que mires donde mires, todo tiene un porqué. 

Nos iremos y ellos vendrán y solo quedarán los muros, que estaban antes plagados de cuadros, fotos y que ahora desnudos de cualquier recuerdo, como fieles testigos que tienen toda nuestra confianza, nunca contarán a nadie su historia, por muy bonita que fuera.


Recuerdo cuando mi tío Pepe vendió su casa del Médano hace muchos años a un inglés y le dejó sobre una repisa una nota a mano en su idioma. Le deseó que fuese tan feliz como él lo había sido allí con mi querida tía Piluca. Ahora ya entiendo todo lo que quería decir.


En mi casa de Guamasa viví una etapa importante de mi vida. Estudié mi carrera de Medicina, corrí mi primera carrera popular, o incluso aprendí a hacerme el nudo de la corbata, pensando que así ligaría más al salir los sábados por la noche. En esas habitaciones cambiamos los pañales de cada uno de mis hijos y les hemos visto crecer. Hasta a alguno se le cayó un diente y fueron visitados por el ratoncito Pérez. Pero este no fue el único visitante ilustre. También vinieron Papá Noel y hasta los Reyes Magos con sus regalos, dejándolos junto a la chimenea. Allí compartí mi vida con mi perro Phil, que se fue tan pronto y que tanto he echado de menos. Chicho, Bruno, y el bueno de Blas, hace mucho que también dejaron de corretear y ladrar por ese jardín y ese huerto, donde comí fresas, limones, naranjas, jugosos melocotones y esos deliciosos aguacates que recogíamos cada día y que me cuesta pensar que nunca más volveré a probar. En ese jardín planté mi primer árbol, del que colgué mi primera hamaca cuando esa palmera creció lo suficiente y que aún desafía al cielo con tocarlo algún día y encontrarse allí con mi padre.


Tal vez haga lo que hizo mi tío Pepe. Quizás les escriba algunas líneas a los nuevos dueños y se las deje a la vista, como hizo él. Y eso será lo último que haga en mi casa. Entonces me daré la vuelta y me iré, y sin mirar atrás para no llorar más, cerraré la puerta de mi casa… por última vez.


jueves, 25 de noviembre de 2021

Las palabras mudas



Nunca es tarde para encontrarse, para retomar viejas costumbres, o iniciar nuevas.
Esto es lo que me pasa de un tiempo a esta parte.
Desde hace unos meses hemos instaurado una buena costumbre. Hablar y hablar...

Hablamos y hablamos. Pero me doy cuenta que en nuestras charlas, en realidad soy yo el que habla, porque soy quien más necesita hacerlo. Y esto es algo novedoso, porque siempre he pensado que era algo que nos faltaba. 
-¡Cada uno es como es!- Como sueles decir siempre para justificarte y de paso, cuando te refieres a los demás, para no juzgar a nadie... 
Pero a decir verdad, muchas veces he echado de menos que estas conversaciones hubieran sido más frecuentes. Por eso guardo en un cofre del tesoro de mi memoria, aquellas que fueron especiales, en las que casi siempre los sentimientos estaban en una segunda capa, más profunda, pero casi asomando a la superficie. Tanto, que el Amor se podía apreciar bien desde fuera.

Has estado durante muchos meses acompañándome en mis sueños, cada noche. De madrugada, me he despertado excitado, con el corazón latiendo fuerte y los ojos llenos de lágrimas, porque en ellos yo solo quería una y otra vez, tocarte, acariciarte de nuevo, besarte por todas las veces que quise y no lo hice y hablar, hablar... Pero tú solo escuchas, sin decir nada. Esperando oírte, tus palabras para mí es como si fueran inertes, mudas. Pero ya no estás. Esos sueños se han acabado de repente. Algo ha pasado. Yo lo sé y por supuesto tú también.

Ahora te escribo desde fuera de nuestros sueños compartidos. En este blog, que como siempre, desde el primer día, sé que lo tienes marcado como favorito en tu navegador, para ser el primero en leerlo, aunque nunca me lo dijiste.

Quiero que sepas que me he dado cuenta. Me he dado cuenta de todo.
Aquel fin de semana en que cambié, muchas personas, entonces desconocidas para mí, me preguntaron que quién me había invitado. No es que no supiera la respuesta, pero me era muy difícil explicar que creía que me había traído mi padre, ése que hace casi un año que ha muerto.
Ese fin de semana he pensado mucho en ti, en nosotros. He llorado con mucha pena, con inmenso dolor, sin entender por qué te tuviste que marchar tan pronto, dejándome solo, como aquellas noches de tristes sueños de conversaciones con palabras mudas, en las que tu recuerdo era tan doloroso como intenso.

Todo esto que ha pasado es difícil de explicar para alguien tan racional como yo, que ha disfrutado tanto intentando cuestionarlo todo, buscando alternativas lógicas a todo. Recuerdo que mis intentos de razonar de una forma científica te exasperaban y apartabas mis agnósticas explicaciones, como retirabas del fuego una de tus deliciosas tortillas de papas cuando se estaba quemando. 
-No me hagas dudar, Mel. Yo creo. Y para mí, no le veo sino ventajas. Sé que cuando muera, habrá algo más allá. Y si no es así, no tengo nada que perder-. Dicho esto, la conversación no fue más allá.

Y no hemos vuelto a hablar del tema en muchos años, ni siquiera en nuestras recientes conversaciones nocturnas. No hacía falta, porque poco a poco me has ido llevando hasta aquí, casi sin darme cuenta. Desde el primer instante he notado tu presencia junto a mí, cómo me abrazabas y me acompañabas en el camino que querías que hiciera contigo. Ese fin de semana nos hemos vuelto a encontrar y sin dejarme hablar, ni decir nada, me mostraste la Verdad. 
-¿Ves, Mel? -me decías-, Tu padre siempre quiere lo mejor para ti y nunca te va a engañar. ¡Déjate querer! ¡Deja que Él entre en ti! ¡Abre tu corazón! Lleva tanto tiempo esperando este momento... 
Noté un golpe en el pecho y mis lágrimas, que no dejaron de salir, se volvieron esta vez, lágrimas de alegría. ¡Tenías razón! ¡Tienes razón, papá! ¿Cómo no me había dado cuenta...?
He aprendido a querer, pero también a no creer en casualidades. Todo esto tenía que ser así. ¡Claro! ¿Cómo pude ser tan ciego y no haberlo visto?
Miro dentro de mí y pienso: ¡Soy tan fuerte ahora! ¡Soy indestructible! No tengo ya miedo a nada, porque Él está conmigo. Mis lágrimas de dolor han quedado muy atrás. ¡Soy muy feliz...!

Ahora te tengo aún más cerca, más que cuando te podía tocar y abrazar y escuchar tu voz. Ahora sé por qué te fuiste y tus palabras, que en un tiempo fueron mudas, ahora están llenas y rebosantes de alegría y Amor.  Ahora, que Dios ha entrado en mi vida, por fin lo entiendo todo.

jueves, 21 de enero de 2021

El reflejo en el espejo



Tenía muchas ganas de volver por aquí, pero no tenía ganas de hacerlo. Quería estar de nuevo escribiendo, pero hubiera preferido no tener nada que contar y no tener un motivo para haber vuelto. 
Esta será la primera vez, la primera ocasión, en la que no leas una entrada de este blog, aunque no me llegaste a decir nunca que lo hacías. Lo leías, callabas, pero yo lo sabía. Tú lo sabes, yo lo sé, pero no nos lo decimos. Es el juego cuyas reglas, al final, acabé aceptando. Disfrutabas con las cosas que escribía tu hijo y lo sé... te sentías orgulloso de él.

Ahora todo sigue. Pero, ¿qué hacer cuando lo que era realidad entonces, ahora ya para siempre no serán más que recuerdos? ¿Qué hacer con el vacío? El de dentro y el de fuera...

Te has ido. Así, sin más, sin un simple adiós. Y aquí quedo yo, escribiendo, escribiendo, líneas que no leerás nunca.
Te vas, pero no te vas. Siempre se dice que cuando alguien muere, viven sus recuerdos. Contigo pasan más cosas.

Cada mañana empieza mi día, haga lo que haga, llevándote a todas partes.
A lo largo del día, como he hecho siempre, cojo el teléfono para llamarte, pero ya no tiene sentido. 
Me encantaría que una vez más descolgaras mi llamada y así contarte cosas, saber de ti, de cuándo volveremos a vernos, explicarte que Clara ha aprendido una nueva pirueta más, que sigue siendo la dulzura en persona, emborrachándonos con sus abrazos y besos a todas horas. Que Marta está enorme, creciendo cada día... Te asombraría ver el estirón que está dando cómo se ha vuelto una persona mayor casi sin darnos cuenta... Te gustaría saber que Guille sigue siendo ese niño especial que tanto nos pedías que cuidáramos. Un caballero que se rebela ante las injusticias y que como tú, sin tener que decirlo, demuestra a su manera que tiene un corazón enorme. Por eso sufre en silencio lo que te echa de menos...

De mí, querría poderte decir que he encontrado un trabajo que me apasiona, como el que tenía antes, pero no es así. En cambio, puedes estar contento porque he vuelto a ver pacientes y me he llevado una sorpresa. No pensé que disfrutaría tanto volviendo a mis orígenes, ayudando a los demás, en esta época tan difícil.

Estoy triste, pero no estoy solo. Lourdes está siempre conmigo. Me agarra la mano un segundo antes de que necesite que lo haga y me abraza justo antes de que sienta que sus abrazos van a ser mi consuelo.

No podemos hablar ya, tu teléfono no puede responderse, pero para mitigar el dolor, lo hago cada día con María. A veces estamos tristes, otras, un poco más. Para qué te voy a engañar...
Tere y Paco, los padres de Lourdes han decidido ejercer de padres adoptivos, así que con ellos y mi madre, puedes estar tranquilo, que cariño tengo por todos lados.

Me miro en el espejo cada mañana. Tal vez mis enormes e inútiles ganas de verte me confundan, pero sin poder evitarlo, en mi reflejo, te veo a ti. Mis recuerdos afloran al momento. Eres mi padre cuando tenías mi edad, aunque la imagen no es exacta. Ese hombre que veo, no es tan guapo como tú, lo sé. Sí, tal vez también con ojos azules, pero sin comparación con esos otros que decías bromeando, creyéndolo de verdad, que eran únicos y que enamorarían a cualquiera, por muy exigente que fuera. 

El espejo me devuelve a ti, pero a la vez soy yo. Solo es un reflejo y recuerdos, pero ocupan y pesan mucho. Es una carga difícil de soportar.

Ahora he pasado a ocupar tu lugar en este mundo. Te veo en mis sueños, en mis pensamientos y en cada espejo en el que me miro.  No te has ido, pero ya no estás. Y duele.

jueves, 23 de abril de 2020

Memories of Green



















Hoy es un día importante.
Hoy además es el día del libro y prometo que no lo he hecho coincidir. Pura casualidad. Escribo cuando puedo y cuando me apetece. Por este orden. Por eso he tardado mucho más de lo que a bien seguro se merece el resultado. Pero no es cuestión de criticar a un nuevo hijo literario. No me debería tocar a mí juzgarlo. Hoy, después de casi cuatro años, ha sido el día en el que he terminado Memories of Green, mi último libro.

Es un día especial, alegre y triste al mismo tiempo.
Escribir las tres letras de FIN es el telón a un esfuerzo de mucho tiempo, de soñar despierto y de dormir cada noche con mis personajes, sus problemas, sus miedos, sus aventuras, cuyo destino solo está en mí, en mi cabeza, en la imaginación. Pero también es el momento del adiós del autor, la triste despedida de unas criaturas que formaban parte de ti y que ahora de forma generosa, das a los demás, a sabiendas de que no volverán nunca más. Sus vidas, sus ambientes y escenarios que una vez imaginé, ya no serán de nuevo como los había concebido. A partir de ahora pertenecerán a cada uno que se atreva adentrarse en la historia. Entonces revivirán todo en su cabeza y se producirá una maravillosa e inevitable transformación, volviéndose todo de manera diferente a como yo lo imaginé.

Quien se atreva a leerlo, vivirá en su imaginación la llegada de los seres de Nueva Generación, que en un gran avance de la Tecnología, ya poseen la capacidad de tener sentimientos. Al ir pasando los capítulos, seguro se preguntará entonces por qué son distintos de los humanos, si tienen sentimientos como nosotros  Se planteará si  tenemos derecho a emplearlos para las tareas peligrosas que no queremos para nosotros. ¿Debemos por tanto limitar sus sentimientos? ¿Podemos enamorarnos de ellos? ¿Pueden llegar a odiarnos? ¿A querernos? ¿A tenernos envidia? ¿A querer matarnos?
Descubrirá que son seres inteligentes, que no dejan rastros de ADN, ni tienen huellas dactilares, o cometen errores. Llegará a la conclusión de que esto les convierte en potenciales criminales perfectos. ¿Debemos por eso tenerles miedo, precisamente porque ahora nuestros robots son más humanos?

Al pasar las páginas de Memories of Green descubrirá un mundo sin esperanza, donde ha surgido una nueva raza de seres mejores que nosotros y pensará, al igual que lo hice yo, que si hubieran llegado antes, a lo mejor los bosques no habrían desaparecido y el verde no estaría solo en nuestros recuerdos.

lunes, 6 de abril de 2020

El valor de un abrazo












Aquí estoy, sentado en mi ordenador, empezando una guardia más en la ambulancia. De la misma manera que lo hice cientos y miles de veces desde hace tanto y tanto tiempo. Parece que el tiempo no ha pasado, ahora que he vuelto. La ambulancia es la misma, sus colores, los uniformes, el material, pero muchas cosas ya no son como las dejé hace dos años.

Ahí fuera tenemos un enemigo que espera atacarnos. Nos tiene desconcertados. Es muy peligroso, porque se oculta para sorprendernos. Pero es astuto. Quiere hacernos pensar que está escondido, pero a lo mejor resulta que en realidad está presente, acechando por todas partes. 
Son momentos difíciles y por eso todo el mundo sabe lo complicado que es esta guerra. Quizás por eso ahora nos tratan como héroes. Por hacer las mismas cosas que siempre hemos hecho. Nos aplauden cada día a las ocho de la tarde, nos felicitan a todas horas por la calle y nos desean lo mejor.
Soy un privilegiado por estar viviendo estos tiempos de crisis. Me hace sentirme muy orgulloso de mi profesión, me emocionan esos gestos, aunque no creo que ahora nos lo merezcamos más que antes.

Todo es felicidad, pero no lo es.
Nos quitamos el traje de superhéroe y volvemos a ser el tímido Clark Kent, oculto tras sus gafas de pasta negra. Sin uniforme somos ciudadanos normales. Hacemos lo mismo que ellos. Vivimos recluidos. Aislados por dentro y por fuera.

Tengo un amigo que siempre rebosa optimismo. Es el autor de las frases improvisadas más bonitas y reconfortantes. Este amigo está en otra nave espacial como la mía, separado del resto. En otra isla, a la que hace semanas que no van barcos. Es uno de esos amigos, de los pocos, que está cuando no lo llamas, porque siempre sabe cuándo es el momento en el que le necesitas. 
Es alguien a quien quieres, hasta cuando tiene momentos insoportables, porque es auténtico y no hay nada más valioso que ser así. Único. 
Tengo un amigo que ama los abrazos. Los abrazos que ahora no tiene y que tanto le gusta dar.

Bajo esta reclusión no puedo más que acordarme de ellos y echarlos de menos.
Como la gente que nos aplaude, ahora que no están sus abrazos y no puedo notar la presión de su pecho, es cuando me doy cuenta de lo importante que eran y de todas las veces que no les di el valor que realmente tenían.

Vendrán otra vez los buenos tiempos, los encuentros con la familia, los amigos, las tertulias, los partidos de pádel, las cañas en una terraza a la luz del radiante sol y las cenas improvisadas bajo la luz de la luna. Todo volverá a la normalidad, como si nada hubiera pasado, pero muchas cosas ya no serán iguales.

Ahora que se ve la luz, somos conscientes que hemos estado a punto de perderlo todo. Podemos decir que hemos salido ganando, porque sabemos el valor de las cosas. Porque gracias a todo esto, ya no somos los mismos. 
En cuanto se pueda, saldremos del cautiverio y nos encontraremos. Recuperaremos el tiempo perdido, todos aquellos buenos momentos que nos ha robado ese virus.
Nos abrazaremos de nuevo con fuerza, sintiendo nuestra amistad y celebraremos que somos más fuertes que antes y que nadie, ni nada, puede con nosotros.



domingo, 22 de marzo de 2020

El astronauta














Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, muchas veces decía que quería ser médico, cuando en realidad quería ser astronauta y otras veces decía que astronauta, cuando lo que de verdad quería era ayudar a los demás y librarles de enfermedades y sufrimiento. 
Ahora que soy un poco mayor cuando ya nadie me lo pregunta, tengo la gran suerte de poder ejercitar ambas disciplinas, con lo que unos años más tarde, sin esperarlo, he conseguido cerrar el círculo.

Hace nueve días que empezó esta misión. Aquí estoy recluido en la Estación Espacial. No es muy grande, pero tiene todo lo que necesita una tripulación como la nuestra para sobrevivir, protegidos del peligroso mundo exterior.
Ser astronauta no es nada fácil. Esto de estar encerrado entre ocho paredes puede llegar a ser muy duro. Por suerte, nuestro Centro de Control de Misión nos ha establecido una serie de rutinas que hacen que nos sintamos como si estuviésemos en la Tierra, disfrutando de  nuestra vida normal. La tripulación actual que ocupa la Estación, la componemos cinco astronautas, todos parecidos, pero todos distintos. Lou es la comandante de la misión, que nos va marcando el ritmo y asignando los quehaceres diarios. Ella se encarga con mano férrea de repartirnos las tareas, que vamos alternando cada día para que no sea tan monótono y así mantener alto el ánimo de la tropa. Los otros astronautas, Guille, Marta, Clara y yo, obedecemos sin rechistar sus indicaciones. Hay quien lo lleva mejor, como Marta y yo y otros no tanto. Creo que Guille es a quien más difícil se le hace, pero aunque a veces pueda parecer un poco indisciplinado, en el fondo es un buen astronauta, consciente de la importante misión que estamos llevando a cabo y del valor que tiene todo lo que estamos haciendo aquí. Marta aprovecha su tiempo para estudiarse todos los manuales de funcionamiento de la Estación. Acabará sabiendo más que los propios ingenieros que la construyeron. Clara alivia su tensión haciendo gimnasia y colgándose de cualquier barra para hacer flexiones. Espero que no acabe fisurando la nave. No tenemos muchos repuestos.

Pero no todo es reclusión permanente en una Estación. Aunque Lou pasa la mayoría del tiempo aquí, se suele vestir el traje EVA para hacer algún paseo espacial y de esta manera asegurar el correcto ensamblaje de los transbordadores que nos traen víveres y combustible de forma periódica. Sus salidas son cortas, porque es a mí a quien le toca hacer los paseos espaciales más arriesgados y prolongados, sometiéndome al peligro de una posible catástrofe si un día el traje se descose y pierde su protección.

Lo singular de esta misión es que no nos han dicho con claridad lo que va a durar. Eso nos pone un poco nerviosos, pero para eso nos han entrenado. Para ser capaces de estar aquí todo lo que sea necesario. Los otros cuatro tienen la gran ventaja de que han sido scouts. Somos un gran equipo.

Un buen astronauta tiene la cabeza ocupada y nunca piensa que esto es un encierro. Al contrario, lo considera una gran oportunidad para darle el valor real a las cosas que nos esperan cuando entremos de nuevo en la atmósfera y toquemos tierra.

Entre aspiradora, lavadora, paño, comida, Pilates, ejercicios físicos, lectura y sesiones de Stranger Things, siempre hay un momento de descanso para la tripulación de la Estación. Es el momento en el que nos asomamos a la ventana y observamos a nuestro querido planeta Tierra. Ahí están, como parte de nuestros recuerdos todas las cosas que ahora echamos tanto de menos: un encuentro con los amigos, unas bravas sentados en una terraza, la brisa del mar en un chiringuito, jugar al pádel, sentir la espuma salada lamiéndonos los tobillos,  poder tocar a nuestros padres, a nuestros hermanos, nuestros sobrinos. Correr hasta extenuarnos por la Diagonal, durante kilómetros y kilómetros, ir a ver a las niñas jugar al baloncesto y chillar como energúmenos para que tiren a canasta, o portarnos como caballeros, aplaudiendo al contrario en los partidos de rugby... Dar una mano, abrazarnos, acariciarnos, en definitiva, querernos sin desconfiar de nadie. Todas esas cosas que antes eran deliciosamente cotidianas, pero que aquí, en una órbita a 400 Km de distancia, se han vuelto extraordinarias y difícil de creer que pronto puedan volver a ser una realidad.

Soy médico y soy astronauta, pero por encima de todo soy una persona afortunada. Como tantos y tantos astronautas como yo, que ahora tienen la oportunidad de poder ver el valor real de las cosas. 

Dicen que los astronautas cuando vuelven a la Tierra sufren muchos cambios en su cuerpo, que son incluso más altos. A nosotros nos sucederá igual. Cuando llegue el día en el que podamos abandonar la Estación, hacer la reentrada en la atmósfera y aterricemos suavemente en la Tierra, ya no seremos los mismos que antes de encerrarnos en la Estación Espacial Internacional. Seremos otras personas, mucho mejores, más generosos, cariñosos y felices, orgullosos de haber superado esta época difícil, disfrutando y valorando como nunca lo habíamos hecho, de la preciosa e increíble vida que nos ha tocado vivir.

viernes, 17 de enero de 2020

Mi otra familia















Tengo delante de mí una cerveza de una marca desconocida. Una cerveza del país. De aquí.
Yo soy el de fuera.
Como lo era hace tantos años, con un sentimiento de ¿Por qué mis padres me han hecho esto? y que se transformó en ¡Qué suerte tengo porque mis padres me hayan mandado aquí!

Al fin y al cabo, la adolescencia no es más que una contradicción de un montón de cosas. Eres hombre, pero quieres ser niño, pero ers un niño que quiere hacerse un hombre pronto. Odias, amas, te quejas, te alegras, crees que te lo mereces todo, pero el mundo no vale la pena porque es injusto.

Mi primer gran viaje, al que no me preguntaron siquiera si quería ir, pero que se volvería inolvidable. Aquel verano de 1984 salí por vez primera de mis islas a pasar cuatro semanas con una familia inglesa completamente desconocida. La verdad es que el plan no pintaba demasiado apetecible, teniendo en cuenta que tenía trece años y que mis conocimientos de inglés no eran muy amplios como para tener conversaciones muy profundas y extensas.

Mis miedos desaparecieron desde la primera noche. Sentí que me trataban y me cuidaban como uno más de la familia. Tanto fue así, que sin duda repetiría el verano siguiente sin dudarlo. Unas cuantas felicitaciones de Navidad y todo quedo allí.

Hace años que perdimos el contacto, pero siempre siguieron en ese lugar tan especial del cerebro donde se guardan los recuerdos más bonitos.
Sin duda, me he vuelto mayor y con todo seguridad, nostálgico. Un buen día inicié la búsqueda, esperando que todos estuvieran bien y sin saber muy bien qué iba a hacer continuación.
Solo encontré a la niña de la foto, a Laura, que ahora tiene alrededor de cuarenta años.

Ella fue la que me puso en contacto con Pam, su madre, que tan bien se portó conmigo a quien mucho le debo haber aprendido su idioma y haber aprendido a amar su país.
Mañana lo completaremos y cerraremos ese círculo que lleva abierto demasiado tiempo.
Ahora ya no soy yo, es mi hija Marta la que tiene trece años, como tenía aquel niño que lloró la primera noche que se vio solo en un país desconocido y que no dejó de sonreír el resto del tiempo que estuvo con aquella familia maravillosa.

Mañana me levanto, hago la salida del hotel y tomo un tren que me llevará a mi querido pueblo de Ware, bañado por el río Lea, lleno de preciosas barquichuelas y rodeado de prados verdes.
Llevo soñando mucho tiempo con volverlos a ver. Tocar su puerta y ver sus caras de nuevo.
Seguro que como yo, se alegran de que su hijo haya vuelto.

sábado, 9 de marzo de 2019

La carrera más larga















Ya es de noche. Estoy en la cama esperando que llegue por fin la mañana. Esa mañana tan esperada desde hace casi un año. Estoy intranquilo, pensando en cómo va a ir todo.

Un día quise imitar a un amigo, a quien conocemos como Naiaro, que sin pretenderlo, se convirtió en gurú. Solo porque había decidido correr una maratón. Creo que él tiene la culpa de todo. Estoy convencido que cualquiera que escuche su historia, saldría rápidamente para ponerse a correr de inmediato. Nunca he corrido ni jamás me planteé semejante proeza. Nunca hasta ahora.
Han sido once meses de salir a correr cuando no te apetecía, mañanas de verano, noches de invierno y equinoccios que veían como kilómetro tras kilómetro, mis pies iban golpeteando el suelo de Barcelona, de Málaga, de Inglaterra o donde me pillara el entrenamiento. Mil veces salí y dos mil quise volver a casa, preguntándome qué estaba haciendo. 

Me da igual las modas. Eso de ser Runner, que es por lo que les da a la gente de mi edad, tal y como he escuchado desde que me metí en esto, me trae francamente sin cuidado. Lo hago no porque esté más cerca de los cincuenta que los cuarenta. No, en absoluto. Lo hago porque tengo envidia. Envidia de querer sentir lo que sintió Naiaro, cuando lleno de dolor aparecieron sus hijas que le acompañaron los últimos metros hasta la meta. Envidia porque sus ojos aún se humedecen un año más tarde si le pides que una vez más te cuente su historia.

Lou se ha quedado dormida junto a mí. Pero antes de caer rendida me ha preguntado qué pensaré en esos momento que traspase la meta. 
--¿Qué deseo pedirías? --me preguntó.
--Uno bien sencillo --contesté--. Que la vida que tengo ahora, hoy mismo, esta noche, no cambie nunca porque es perfecta.

Mañana voy a hacer algo que jamás había hecho antes. Me adentraré en una selva espesa, rompiendo la maleza con un machete de hoja roma, sin saber qué paisajes o qué secretos me voy a encontrar más allá.

Lo hago, como he dicho, por envidia, pero la verdad es que no solo por eso. Mi carrera de mañana, cada una de mis zancadas, de mis jadeos y de mis latidos durante 42 kilómetros y esos 195 interminables metros, serán como un mensaje en una botella lanzado al mar. Estará flotando años y años, hasta que un día inesperado, de repente unas manos que ya no serán las de un niño, la encontrarán, la abrirán y al darse cuenta de lo que pasó aquella mañana, se sentirán orgullosos de lo que hizo su padre y entonces comprenderán el mensaje.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Mi medicina















Los fármacos cualquiera que sea su presentación, tienen un excipiente, que es donde nada el principio activo. Los excipientes son lo que hacen que un jarabe sea nauseabundo o que te relamas con su sabor. El principio activo es la medicina de verdad, la que no tiene efecto, la que mitiga, la que alivia, o la que cura la enfermedad.
La vida es como la propia Medicina. Hay enfermedades, como el amor, que se tienen una vez en la vida y que dejan recuerdo. Hay otras que por nuestro cuerpo pasaron una vez, pero éste un día decidió olvidarlas por completo.
Hay también enfermedades que no se curan. Porque no hay tratamiento, o porque no queremos que se vayan jamás. Pocas cosas se pueden hacer si los pacientes no quieren curarse.

En esta consulta médica improvisada, debo confesar que estoy enfermo. Padezco una dolencia que presumo no me va a abandonar. Todo empezó hace ya muchos años, cuando apenas había cumplido los treinta. Como todas las enfermedades, cuando se presentan, se adquieren casi por descuido. Nadie te avisa de lo que te va a pasar. El sistema inmune estaría de vacaciones. A mí me entró por la vista, luego por el oído y finalmente por todos los poros de mi piel. Para cuando me di cuenta de mis síntomas, ya la infección era generalizada.

Tengo una enfermedad crónica. De esas que son difíciles de tratar. Se llama Lourdes. Ella es mi enfermedad, pero a la vez es mi medicina. 
Desde que entró en mi vida puedo decir que la cambió por completo. Se llevó lo peor y a cambio me hizo feliz, me hizo amante, me hizo padre y con el paso del tiempo me di cuenta que me hizo ser una mejor persona. 
Ya hace tiempo que me tomo puntualmente mi medicina, sin olvidar ninguna toma. Mi medicina la necesito. Cada vez más y a mayor dosis. Ya no puedo irme lejos sin tenerla junto a mí. Siempre me la llevo conmigo.
Hay cápsulas, grageas, inhaladores, comprimidos, pero ella viene en una presentación única, que jamás había visto antes.
El jarabe de sus besos es delicioso y la suavidad de sus caricias aún me sigue estremeciendo. La miro cuando está despierta y la observo cuando duerme. Pienso en ella y sé que cada vez la quiero más y más. A estas alturas no puedo esconderme ya. Sé que estoy enfermo de ella, como sé que de esta enfermedad no quiero curarme nunca.

viernes, 31 de agosto de 2018

Una noche de verano























Una noche de verano. Una de esas que se alargan hasta horas que jamás soñaríamos estar despiertos durante el invierno. Así son las vacaciones. Esa laxitud te permite ser permisivo con tus gastos, con tus horarios y con la relación con tus hijos.
Aún hace calor, porque las noches de verano son así, de sonidos de grillos y de calor que no se quiere marchar. Llega la hora de irse a dormir. Porque aunque parezca mentira, ese momento existe.
Besos a todos, en varias sesiones repetidas, como no podía ser de otra manera en una familia en la que me ha tocado estar, donde los besos son como el oxígeno que se respira, o los pasos al andar. Rondas y más rondas de besos. Todos se van a sus habitaciones, pero cuando parece que ya comienza la calma, uno de ellos se da media vuelta y viene hacia mí. Estamos solos. Parece que lo sabe, porque nadie más nos escucha.
--Papá… —me dice.
--¿Qué pasa?
--Nada…
--Cuéntame.
--No, nada… Era una tontería —mientras amaga con volverse.
--Dímelo. Seguro que no.
--No sé… —duda, pero le ayudo con mi mano en su hombro.
--¿Sí?
--Es que… Solo quería decirte que te quiero. Que te quiero mucho.
Le abrazo. Se me adelanta y me abraza él.
--Yo también, Guille.
--…Y que me encanta que seas mi padre.

Aquella noche de agosto parece que la brisa quiere hacerse notar. Entra despacio por entre las ventanas entreabiertas. Nosotros le hacemos sitio.

miércoles, 18 de abril de 2018

La Luz de la Noche













-¿Qué es lo que ha pasado, Guille?
-Cuéntaselo a Papá, no tengas miedo- dijo su madre.
-¿El qué?
-Lo del cole, lo de esta mañana en clase... Explícaselo a Papá.
-No he hecho la presentación de mi poema.
-¿Por qué? Si ese poema para los Juegos Florales que has escrito sobre la Luna era precioso. Seguro que te eligen para representarlo en el teatro a todo el colegio. A mí me gustó mucho. ¿Verdad, Lourdes?

Ella asintió, mientras Guille comenzó a hablar y su explicación se llenó de sollozos:
-Estaba muy nervioso. Me puse a crujirme las manos y a temblar y todos se pusieron a reír. Entonces me callé, no continué y me senté en mi mesa.
-Pero si te lo sabías muy bien.
-¿Qué te dijo Silvia, tu profesora? --pregunté.
-Me dijo que no me preocupara y que volviera a salir a contarlo.
-¿Y saliste otra vez?
-No. Dije que no iba a salir más. Entonces me dijo que lo dejara para mañana.
-Pues mañana lo intentas otra vez.
-No, Papi. Me da mucha vergüenza. Seguro que lo hago fatal. Me da igual que no me elija nadie.
-Guille: no te tiene que dar vergüenza hablar delante de todos. Tú lo haces muy bien.
-No, Papá. No lo voy a hacer. Se van a volver a reír de mí.
-Escucha, Guille: -dijo su madre-. Con esa timidez no consigues nada. Piensa que es como un jugador de rugby, uno de esos que se escapa por la banda, vas corriendo a por él y lo placas con fuerza, como tú sabes hacer. Tienes que ganar a la timidez. Tú tienes que ser más fuerte.
-Con la timidez siempre perdemos cosas, Guille. Nunca, nunca, ganamos nada.
-Papa: tú me has dicho que cuando eras niño eras muy tímido. 
-Por eso te lo digo, Guille. En mi vida me he quedado sin poder hacer muchas cosas por mi timidez. Y eran cosas que me apetecían mucho.
-No quiero hacerlo. Me da igual. No puedo.
-Escucha una cosa, Guille. Nadie sabe tu poema. Si te equivocas, no se dará cuenta nadie. 

Se quedó mirándome, como cómplice de una estratagema que empezaba a gustarle.
-Te voy a dar unos trucos y verás cómo todo irá muy bien mañana.
-¿El qué?
-Cuando salgas, no te cojas las manos. Piensa que nadie se lo sabe mejor que tú. Es tu poema. Lo escribiste tú. Nadie puede decirlo mejor que tú. Empieza a hablar fuerte, para que te oigan los de la última fila. No mires a los que tienes delante. Mira la pared del fondo, luego despacio, mientras sigues recitando, miras la esquina del fondo a la izquierda, luego la de la derecha. Vas hablando despacio y entonces miras a la gente de la derecha, luego al frente y luego a la izquierda, y vuelves a empezar. Todos pensarán que les estás hablando a cada uno de ellos, pero en realidad tú estás dando vueltas con tu mirada por la clase sin fijarte en nadie. Así parecerás muy seguro. Ya verás que así te saldrá súper bien.
-Pero no voy a ganar.
-Da igual, Guille -dijo Lourdes-. Le ganarás a la timidez. Lo demás no importa. Tú eres más fuerte y podrás con ella.
Después de un rato, Guille se fue a acostar. Le di un beso de buenas noches. 
-No te preocupes por nada -le dije-. Todo irá muy bien. Te quiero.
Apagó su luz, cerró sus ojos, y en seguida se quedó dormido.

Se hace de día. Hoy estoy de guardia en la ambulancia. Van pasando las horas y llega la hora de comer. Llamo a Lourdes. Estoy impaciente por saber de él.
-Espera -me dice, casi sin saludarme- Guille tiene algo que decirte.
-¿Cómo ha ido, Guille?
-Muy bien, Papi. He dicho mi poema.
-Me alegro mucho. ¿Qué tal?
-¿Sabes una cosa? Me han votado los niños y he quedado tercero.
-¡Muy bien! Estoy muy contento, Guille. 
-Espera, que es el que ha quedado segundo dice que le da mucha vergüenza y que no quiere ir al teatro, así que iré yo.
-¡Qué bien! ¡Me alegro un montón!
-¿Sabes una cosa?
-¿Qué?
-Que me equivoqué en una palabra, pero como nadie sabía mi poema, no se dieron cuenta.
-¡Te lo dije!
-Ya...
-Guille: 
-Dime, Papi.
-Que estoy muy orgulloso de ti. Te quiero mucho.
-Yo también, Papi.