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domingo, 16 de abril de 2017

Las 3 R's

















Para los más mayores a lo mejor no nos suena demasiado la regla de las 3 R's. Para los más jóvenes es la esencia de la vida urbanita. El paisaje de nuestras calles se ha ido llenando con colores. Los colores de los contenedores de basura: amarillo, azul, verde y marrón. Colores cuya esencia está regida por la regla de las 3 R's: Reutilizar, reciclar y reducir. Ya lo cantaba Jack Johnson, en un tono pegadizo, las excelencias de las 3 R's.

Esta historia me la contaron sus protagonistas. Sus protagonistas secundarios: Mis compañeros de la ambulancia, porque en este mundo nuestro de la emergencia, nosotros no somos nunca los protagonistas principales, porque en la Medicina solo hay un protagonista: el paciente.

El mundo del reciclaje está presente en el primer mundo, en este orden, porque sin duda está precedido de un segundo y un tercero. 
Nuestra sociedad tan moderna y rica, tiene por todas partes gente que vive en la más absoluta de las pobrezas, aunque totalmente rodeadas por riqueza, como una pequeña isla en medio de un inmenso océano.

Así debió sentirse nuestro protagonista. Un joven rumano que se vino a España a buscar fortuna en un país cuyo idioma es parecido al suyo, herencia de esos locos romanos, que entre otras cosas nos legaron el Derecho, las carreteras y los acueductos. Estos romanos sabían Latín...

La tierra de las oportunidades muchas veces las esconde muy profundamente. Pero el primer mundo tiene esas 3 R's para ayudar incluso a los más desfavorecidos. Cada día vemos muchos de esos pobres, modernos traperos, hurgando en los contenedores, pero no buscando comida, sino metales (contenedor amarillo), o papel (contenedor azul), para reusar, reciclar y revender su contenido.

No sé cuál era su especialidad, si el papel o el metal. Supongo que el metal, dado como fue todo. Dicen que aquella noche iba un poco más bebido de la cuenta. ¿Las 3 R's otra vez? Ron miel, ron Bacardí o Ron Malibú... Pero una cosa no debe quitar la otra y como hay que ganarse el sustento, nuestro rumano abrió el contenedor, intentó coger lo que estaba abajo, pero no llegó.
-¡Maldita sea! -exclamaría, insultando en el idioma de los Cárpatos.
Se inclinó un poco más hacia abajo, o como dirían en mi tierra, se alongó demasiado y el pobre, se desequilibró. Cayó dentro y se sospecha que por el impacto de su cabeza contra el fondo o por el impacto del alcohol en su cabeza antes de entrar, ahí quedó dormido, en los brazos de Morfeo.
El primer Mundo es inflexible y no tardaría en llegar el camión que va haciendo la rigurosa ruta del reciclaje. Elevó el contenedor por el aire y descargó el contenido en su interior.
Todavía habría de llevarse un contenedor más, unas calles más arriba.

El camión se detuvo en un semáforo, mientras su prensa iba apretando el material, para hacer hueco y continuar con la carga de piezas de metal.
Una buena mujer sacaba a pasear a su perro y sorteó el camión como pudo. No sé si era de raza, un rottweiller, o un retriever, pero fuese la raza R que fuese, él y su dueña se apercibieron que desde dentro de la máquina estruja-hierros salían gritos humanos que pedían auxilio.
La mujer se apresuró hasta la cabina y con grandes esfuerzos, pudo avisar al conductor antes de que acelerara el camión, deteniendo la prensa.

La ambulancia llegó enseguida, aunque todo el mundo piensa que siempre tardamos mucho.
De ahí pudieron sacar con solo unas magulladuras a nuestro pobre rumano.
Las 3 R's:  El reutilizar, reciclar y reducir, casi matan a aquel pobre. Ahora tiene algo que contar.  Otras R's han aparecido en su vida. El rumano revivió y reapareció entre los vivos. Ha renacido.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El valle verde
















Todavía suelo hacer alguna guardia de vez en cuando en la ambulancia. Como hoy. Y aunque no tienen el glamour de antaño, probablemente porque carecen del ímpetu y el entusiasmo que quizás alguna vez tuve, no dejan de sorprenderme de tanto en tanto.

Esta mañana fuimos a la base de las ambulancias a repostar y en forma de goteo constante fueron apareciendo viejos compañeros que iban a allí a hacer una formación para técnicos. Me siento feliz por ver que algo bueno he podido haber hecho, cuando años después al reencontrarte con antiguos compañeros, Antonio, Carlos, Isma, Edu, Pedro, aún notas su cariño, a pesar del tiempo transcurrido.
Me encantó volver a ver a aquellos con los que compartí tantas y tantas historias de desastres, muertes, vida, alegrías, dolor, noches sin dormir, confidencias y todas esas cosas humanas y divinas, de dimensiones infinitas que caben dentro de un espacio finito como la ambulancia.
Hablamos de los que están, de cómo están y de los que ya no están, que siempre estarán y así quedarán: para siempre entre nosotros.

Los ambulancieros somos gente especial. Ni fuertes, ni blandos, simplemente especiales. Quizás por esas cosas que la profesión nos ha preparado a lo largo de nuestras vidas para encontrarnos con ellas. Esos momentos que hemos vivido y que nos marcan.
Por muchos años que hayamos estado en esto, todos tenemos unos muy pocos casos que nos acompañarán toda la vida, que si los contamos, no llegarían siquiera a sumar 20 en total. Es lo que yo llamo mi cementerio, o Mis Rincones Oscuros, parafraseando el título de la autobiografía de mi admirado James Ellroy. Tengo tantas historias de Terror en mi cabeza, que esos rincones oscuros, prefiero dejarlos así, que permanezcan  de esa manera, sin luz. El resto, hasta llegar al infinito de servicios hechos, han desaparecido de todos mis recuerdos.

Lo que más me ha marcado, supongo que como a todos, es la muerte, que nos acompaña a todas partes. A los ambulancieros más.
Tengo una tradición que nunca había contado y que hoy desvelo aquí: 
Más que una tradición, en realidad es una costumbre. Cuando salgo de un domicilio en el que hemos dejado un paciente fallecido, cerramos la puerta de la casa, remoloneo un poco y dejo que me adelanten mis compañeros. Bajo solo, por las escaleras, no importa cuántos pisos sean. Cuanto más alto sea el edificio, mejor.  Reflexiono sobre los últimos momentos de la vida del ser humano y sobre las casualidades que han hecho que el último instante de alguien, haya tenido que compartirlo con un desconocido. Voy bajando despacio, pisando con firmeza escalón por escalón, hasta llegar al nivel de la calle, hasta incorporarme de nuevo a la vida.

Pero no todos los recuerdos relacionados con la muerte son oscuros. A veces aparece en mi memoria algún pasaje esperanzador, como cuando aquí conté lo que me pasó con aquel túnel. Hoy contaré otra cosa, pero esta vez fue a la luz del día, en un Valle Verde. 

Aquel día me llamaron para ir a ver a uno de tantos y tantos y tantos avisos de dolor torácico.
En el domicilio nos esperaban los compañeros de la ambulancia básica que me explicaron la historia del paciente y me lo presentaron. Mientras me decían lo que le había sucedido, junto a ellos, estaba sentado en el borde de la cama, un señor muy sonriente, de unos 70 años, orondo, que aunque no me acuerdo cómo se llamaba, como este blog es mío, diré que se llamaba Florencio.

Según me explicaban, Don Florencio era un señor de unos 70 años de edad, que ha tenido un dolor torácico, que parece haberse aliviado, con antecedentes de un infarto de miocardio hacía 15 años, que tuvo una parada cardíaca en el hospital que fue remontada gracias a la intervención inmediata de médicos y enfermeras.
Arqueé las cejas, porque estas historias de remontes siempre tiendo a ser bastante escéptico con ellas, ya que son muy infrecuentes, pero en mitad de la historia, Don Florencio me interrumpe mis pensamientos:

-Doctor -me dice con su indeleble sonrisa- Eso fue hace 15 años. Tuve un infarto estando en Urgencias y sufrí una parada. 
-¿Le duele el pecho ahora? -le pregunto, intentando conducir la conversación hacia el problema actual.
-No, parece que se me ha ido después de tomarme la cafinitrina -me responde.
-Buena señal -pienso- Como suele ser habitual, nada grave.
-¿Sabe una cosa? -me dice Florencio- No tengo miedo. Ya sé cómo es todo. 
-¿Sí? ¿El túnel?
-No, el túnel está al principio. Lo que hay después.
Me recliné hacia atrás y continué escuchando la historia:
-Cuando pasas ese túnel de luz, hay gente que te está esperando para ayudarte a cruzar el umbral. Es una sensación de luz y plenitud increíble, pero lo mejor es lo que hay después.
Allí nos espera un valle verde, muy verde.
No sabría cómo explicarlo, pero aunque parece que nadie habla, todas las personas y las cosas que hay en ese valle, se comunican conmigo y son buenas, muy buenas. Transmiten una paz que te llena totalmente. No hay dolor, ni pena, todo es alegría y felicidad. Lo sientes, lo tienes por dentro, como no he sentido nunca.
No tengo ningún miedo, doctor, estoy preparado. 
Ya sé que hoy tal vez no sea, no me entienda mal, soy muy feliz aquí, en Sabadell, con mi mujer, mis hijos y esos nietos tan bonitos que puede ver en esa foto, pero desde hace quince años estoy deseando volver a mi Valle Verde y quedarme allí para siempre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Tres Mundos



















Desde hace muchos años, el gran Escher ha ejercido un gran efecto hipnótico en mí. Aunque no soy nada original, lo sé. Sus obras son muy conocidas y han mantenido absortos a muchos ojos y mentes curiosas durante décadas.
Escher es un gran tramposo. Mucho de su éxito y posterior inmortalidad de su obra es debido a que logra confundir tus ojos cada vez que te asomas a él. Escher, además, es un mago genial con el que a pesar de saberte engañado, siempre disfrutas con que te haga el truco una y otra vez.
Hoy he vuelto a encontrarme con Maurits Cornelis Escher, pero esta vez casi de casualidad, cuando iba buscando en la web una imagen que ilustrase este post. Mi búsqueda se basaba en el título de este post, cuando sorpresivamente surgió ese Tres Mundos de Escher. Aunque tenga una idea de lo que voy a escribir, siempre actúo de la misma manera. Busco la imagen, la pego y bajo ella, comienzo a escribir. Nunca imagino sin una imagen, ni escribo ningún escrito sin tener una ilustración que me inspire. Y como decía, buscando, apareció los Tres Mundos de Escher, me cautivó, me dejé engañar de nuevo y su cuadro me pareció que encajaba muy bien en la historia que quería contar hoy.

Vivimos en un mundo, en el primero, o al menos creemos que lo hacemos, y que no hay ningún otro en donde estamos, pero en realidad existen muchos otros mundos más, coexistiendo con el nuestro. Y no siempre los demás mundos son necesariamente mejores que el que conocemos, ni tenemos que desplazarnos muchos kilómetros para encontrarnos con ellos. De eso sé mucho gracias a mi trabajo. Hay gente que vive muy bien, gente que sobrevive y otros que al verlos no sabes siquiera cómo es posible que vivan.

Cada vez que entras de guardia es una auténtica lotería. O como diría aquel gran filósofo del siglo XX llamado Forrest Gump: "(...)Es como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar..."  Y como suele ser habitual, depende en gran medida de los compañeros temerosos de la Central, que son los que harán que tu guardia se convierta en un trayecto de placer o en un infierno de cansancio, sueño y destrozo mental, que acabas arrastrando varios días.

Hoy estoy de nuevo guardia y esto me hace recordar lo que me sucedió hace unos meses, tal día como hoy. Aquel día la tranquilidad de una jornada sin sobresaltos se vio interrumpida a esas horas en las que el cuerpo te pide descansar y dormir un poco: de madrugada.
Me enviaban para que trasladase a un paciente de 13 años, de nombre y apellidos impronunciables, que tenía una pericarditis aguda. Estaba en un pequeño hospital y había que trasladarlo a otro mayor y por lógica, más preparado. Hasta ahí bien. Sin embargo, tengo que apuntar que una pericarditis no necesita un hospital de primer orden, porque el tratamiento de la pericarditis es a base de antiinflamatorios tipo aspirina y reposo. Nada más. Por tanto, ese traslado urgente con esos medios, como es una UCI móvil, a esa hora, no tenía a mi modo de ver ningún sentido urgente.
Infructuosamente intenté hacerle ver a nuestra central de coordinación todo esto, pero fue imposible. Y a pesar de mis explicaciones médicas, casi siempre el temor o el por si acaso, se impone al razonamiento lógico o científico. Tenía difícil el convencerlos con mis argumentos, y tal y como suelen acabar estas cosas, su criterio jerárquico se impuso al mío y me vi obligado a aceptar lo que ordena el que siempre tiene la última palabra. 

El consuelo del que en estas discusiones siempre tiene las de perder, es que al menos, pensé, sería un traslado fácil, que no traería ninguna complicación. Así que mi particular acto de rebeldía fue coger mi Ipad y llevármelo conmigo, para a falta de ejercer como médico de emergencias, entretener mi viaje con algún tipo de lectura. Si se iba a tratar de un viaje de acompañamiento, no de una asistencia a un paciente crítico, al menos aprovecharía el tiempo para leer algún libro. Así que para allá que nos fuimos, muy a mi pesar, a hacer 45 Km de ida y otros tantos de vuelta, a las dos de la mañana.

Llegamos a nuestro hospital de origen. Tras las habituales presentaciones, nos encontramos con la típica acogida feliz del personal. No es para menos. Gracias a la diligencia del sistema de emergencias, se han librado de un paciente al que hubieran tenido que estar atendiendo durante toda la noche. Ya no queda margen de acción. Por desgracia, por el paso de los años, parece que nos hemos convertido en meros transportistas y nuestra opinión acerca de la conveniencia del traslado o no de nuestros pacientes, ha quedado enterrada en la noche de los tiempos y oculta en la oscuridad de la gruta de los absurdos protocolos.

Así que cuando estás en esa situación, lo mejor es no discutir, no intentar hacer razonar a nadie y no perder más el tiempo. El tiempo corre en nuestra contra. Cuanto antes acabes, antes podrás irte a la cama. Lo importante es mañana. Poder estar fresco y no estar dando cabezadas por todas partes. Así de sencillo.
Entramos en el cubículo de urgencias y allí estaba nuestro paciente. Era nuestro niño de 13 años, de piel de un color ébano intenso, que nos miraba con ojos bien abiertos, probablemente asustado por ver lo que se había organizado por culpa suya.
Mi enfado nunca lo traslado a mis pacientes. Al fin y al cabo ellos no tiene la culpa de nada. Les trato con cariño, con respeto y procuro darles lo mejor de mí. Al fin y al cabo suelen ser unos privilegiados. Tienen una UCI móvil cuando con una ambulancia normal hubiera sido hasta un exceso.

Le explico a la familia de nuestro pequeño paciente que vamos a Barcelona y cómo llegar a nuestro destino. Que no nos sigan, que nosotros podemos saltarnos semáforos, pero ellos no, etc, etc. 
Mi pequeño paciente se despide de todos aquellos familiares, y tras los besos, empujamos nuestra camilla y nos vamos camino a Barcelona.

Voy hablando con él y noto en su voz temblorosa un niño con miedo, que no sabe a dónde vamos y qué va a ser de él.
-No me va a pasar nada, ¿verdad?- me pregunta.
-No, vamos a Barcelona a hacerte unas pruebas que aquí en este hospital no se pueden hacer- le miento, sobretodo por no tener que explicarle que a veces la Sanidad es un continuo balones fuera donde nadie se atreve a decidir y espera que sean otros quienes lo hagan.

Veo que con esto no le doy ninguna tranquilidad. Él me mira con sus profundos ojos oscuros y sigue transmitiéndome miedo por lo desconocido.
De repente me acuerdo de mi Ipad, de mi hijo Guille y de cuánto le gusta pasar sus dedos por la pantalla y le pregunto:

-¿Quieres jugar un poco?
Él se queda sorprendido. Le doy al botoncito y su iluminación le hace abrir aún más sus ojos y además su boca.
-Mira, te voy a poner un juego que le me encanta a mi hijo.
Él coge el Ipad y enseguida se hace con el juego. Su cara cambia y sonríe. 
-Gracias- me dice, y me hace sentir que he acertado y que tendrá un viaje tranquilo y distraído. 

En seguida pilla el truco del juego, va haciendo una y otra partida y aquel rostro de preocupación ha desaparecido por completo.

Casi estábamos en Barcelona, cuando se dirigió de nuevo a mí:
-Señor, ¿le importa que le devuelva su Ipad?
-No, ¿por qué?
-Me duelen un poco los brazos. Estoy cansado. Muchas gracias.
-No te preocupes. Tienes razón. Después de un rato pesa un poco y estás un poco débil.
Le retiré el Ipad y pocos minutos después, estaríamos llegando a nuestro destino.
Entramos en el hospital sin ninguna incidencia.
Al cabo de un rato volvíamos a nuestra base.
Estábamos callados. Casi siempre así a esa hora. Nos puede el cansancio y estamos deseando poder llegar a la base y descansar algo, que la guardia acabe cuanto antes y marcharnos de una vez a casa.
Yo aprovecho ese viaje de vuelta para pensar.

Tenemos la suerte de tener una Medicina de primer orden mundial. Somos unos privilegiados sin saberlo. Esto nos distingue de muchos otros países como los de este pobrecito niño africano que me tocó trasladar aquella noche. Nuestra Sanidad es mejor, pero la base, el sustrato a quien tratamos es exactamente la misma.
Los pacientes, sus enfermedades, sus sufrimientos, sus miedos, son absolutamente universales. Los niños son niños y son exactamente iguales en todas partes, vengan de donde vengan, da igual su raza, su país o el caprichoso destino, que les ha hecho vivir en cualquiera de los Tres Mundos. 


viernes, 3 de octubre de 2014

La isla de enfrente














Parece una característica común a todos los pueblos el tener un enemigo a quien echarle las culpas de todo. Creo que no hay una localidad de cierta envergadura, que no adopte este patrón común; el tener odio hacia el vecino más cercano.
No hace falta poner demasiados ejemplos. Madrid-Barcelona, Betis-Sevilla y tantos y tantos otros...
Desde la distancia que me otorgan estos casi 2000 Km que me separan de mi isla natal, me convierte en un testigo distante de las disputas entre las dos islas mayores del archipiélago canario. Este segundo plano me permite verlo todo desde una perspectiva distinta, quizás más objetiva y menos influenciable. Por eso cuando pienso en las disputas entre Tenerife y Gran Canaria, no puedo evitar recordar aquel anuncio de lavavajillas que enfrentaban a Villa Arriba y Villa Abajo. Sólo que en nuestro caso canario, las diferencias entre los chicharreros (Santa Cruz de Tenerife) y los canariones (Las Palmas), las hemos profesionalizado, institucionalizado, llegando a tener un nombre y apellido desde hace casi un siglo: Este odio filial es conocido como el Pleito Insular.

A menudo, para referirse al enemigo innombrable, los canarios nos dirigimos peyorativamente a la otra, como la isla de enfrente, lo cual es una manera elegante de expresarse y a la vez no meter al mismo diablo en la cocina de casa.
Desde siempre he vivido con esta situación, que se prolonga más allá de los Carnavales, del fútbol, por supuesto de la Política, pero incluso de la misma Geografía.
Mi abuelo José Amaro (nacido en el Puerto de la Cruz, Tenerife) era marino de profesión, llegando a ser el práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. A pesar de su íntima relación con la mar, que es el verdadero vínculo de unión entre las islas, esta vocación marina no pudo impedir su particular visión acerca de la isla de enfrente. Recuerdo haberle escuchado decir en una visita que hicimos al Teide, una frase que no he podido olvidar desde entonces:

- "Si a los canariones les dejan, cogerían el Teide piedra a piedra para llevárselo a su isla..."

Y desde aquel día, en el que tendría unos trece años, no puedo evitar acordarme de la frase y analizarla cada vez que viajo a Tenerife y veo por la ventanilla del avión el pico más alto de España, con sus imponentes 3718 metros de altura sobre el mar. Rememorando la reflexión de mi abuelo, me los imagino en fila como los constructores de las pirámides de Egipto, pero al revés, desmontándolo todo, marchándose de Las Cañadas con una piedrita cada uno, camino de su isla con su trofeo y colocándolas junto al Roque Nublo. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: Mi abuelo estaba equivocado. Por mucho que les dejen, ¡es imposible! ¡No pueden cruzar el mar cargando con las piedras...!

La distancia de tu tierra hace perderte muchas cosas, para bien y para mal, como el tema del Pleito Insular, que se me antoja muy lejano, ya que ese asunto tan vital para el canario de a pie de una y otra isla, francamente fuera del archipiélago no le interesa a nadie. Pero eso no impide que en algún momento, cuando me he podido encontrar con algún canario perdido por Cataluña, no nos cueste rescatar nuestro particular conflicto y sacarlo a relucir inmediatamente. Debe ser que a pesar de haber transcurrido tanto tiempo, indudablemente el Pleito Insular ya debe haberse incrustado profundamente en nuestros genes.

Hace unas semanas, en Barcelona, estando de guardia en la ambulancia nos llamaron para acudir a un domicilio donde al parecer había un joven de unos 20 años que amenazaba con suicidarse. Lo curioso de este caso, es que a diferencia de lo habitual, el suicida en vez de dejar una nota o hacer una llamada, métodos que podríamos denominar, clásicos, escogió un método más moderno e innovador. Tras haber sido abandonado por su novia unos días atrás, preso de una profunda depresión, se puso en contacto con ella por el chat del Facebook y le escribió (supongo que con algún emoticono que otro), que iba a quitarse la vida.

Con esta peculiar alerta, que podría acabar siendo cualquier cosa, nos presentamos en el domicilio y efectivamente, tal y como temía su ex-novia, la alertante cibernética, se cumplieron sus peores pronósticos. Nos encontramos con un joven alto, de complexión fuerte,  tirado en el sofá, inconsciente, tras haber ingerido muchas pastillas con claro intento autolítico, incapaz de responder a ningún tipo de estímulo que le hiciera despertarse.

El pasillo que conducía hacia el comedor de su casa era estrecho, lo que hizo que tuviéramos que ir pasando de uno en uno. Vamos, en fila india. (Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez indios en fila? En las películas del Oeste, al menos, no se colocan así...)
El ir por detrás te permite poder observar la escena, ver todo desde un punto de vista panorámico y dirigir la situación. Éste es un comportamiento típico del Médico-detective, tal y como ya he contado en más de una ocasión. Fueron pasando por delante de mí, el enfermero y el técnico, así como los dos compañeros técnicos de la ambulancia básica. Allí ya estaban unos cuatro agentes de la Policía, que nos explicaron lo que ya sabíamos cuando fuimos alertados. Miré de nuevo al paciente y viendo lo corpulento que era, agradecí que allí estuviese la Policía, por si se ponía agresivo una vez lo despertásemos de su estado de inconsciencia.

Tirado en el sofá, inclinado hacia detrás, emitiendo una especie de ronquido intenso, estaba nuestro paciente y frente a él su portátil, abierto en las características páginas azules y blancas del Facebook.
Un rápido vistazo de la habitación me sirvió para comprobar que era un piso de estudiantes, no demasiado sucio, pero tampoco excesivamente ordenado.
A la entrada del comedor, donde me encontraba observando la escena, había una mesa para cuatro, con sus correspondientes sillas, llena de papeles. Nada extraordinario, hasta que vi una pista fundamental, que a ninguna persona aquella noche podía llamarle la atención más que a mí.
En la pared junto a la mesa, en un lugar solemne, que dominaba toda la estancia, presidía un cuadro que enmarcaba el escudo de la Unión Deportiva Las Palmas.

Por orden mía empezamos a estimular al paciente, pero aunque estaba vivo, se encontraba en un profundo estado comatoso.
No podía apartar la mirada del escudo, mientras me preguntaba si él sería el propietario del mismo (y por tanto, un canarión), o tal vez fuese de un compañero de piso que estuviese ausente. Enseguida supe cómo averiguarlo.
- ¿Sabemos cómo se llama este chico? - pregunté a un agente.
- Sí... Doramas Santana, de 21 años...
- ¡Te pillé, canarión! - pensé mientras sonreía astutamente - ¡El del escudito eres tú!

Y una vez que tuvimos una vía venosa canalizada, comenzamos a ponerle medicación para que revirtiera el efecto de los sedantes que había tomado.
Pusimos varias dosis, pero a pesar de mejorar ligeramente, no conseguimos que abriera los ojos, o que emitiera algo más que unos gruñidos incomprensibles, cuando se le estimulaba mediante el dolor con unos pellizcos. Había mejorado algo, pero no demasiado.
Decidí esperar un poco. A veces este antídoto tarda un poco en hacer efecto. Cinco minutos. Nada.
Decido administrarle una dosis más. Todo sigue igual. Doramas no mejora.
Llegados a este punto, ya no es cuestión de seguir perdiendo el tiempo. Lo mejor será irnos al hospital, donde le harán un lavado de estómago y continuarán con la perfusión continua de estos antídotos.

No va a ser fácil llevarse de allí a Doramas. Habrá que ponerlo en una silla con ruedas que empleamos para evacuar a los pacientes y atarlo con sábanas para evitar que se pueda caer al bajarlo por las escaleras. Por suerte hay bastante gente en su piso y entre todos podremos empezar a moverlo. Yo confío en que con todo el vaivén y las sacudidas al ponerlo en la silla, pueda despertarse un poco más. A Doramas lo ponen en la silla de un salto,  pero no hay suerte. Sigue igual de dormido.
Se acerca hasta mí el enfermero para ver qué vamos a hacer. Le contesto que si no se espabila, tendremos que llevárnoslo nosotros, incluso puede que intubado.
Aprovecho para enseñarle el cuadro de la pared.

- ¿Ves eso? - le digo señalando el escudo de la Unión Deportiva - Es el escudo de Las Palmas. Este elemento es canarión.
Mientras hablamos esto, la silla con Doramas sentado encima, empieza a moverse, acercándose hacia donde estamos, junto a la mesa, cerca del pasillo.

- ¿En qué división está Las Palmas? - me pregunta Albert, el enfermero.
- Las Palmas está en segunda división - le contesto, en el mismo momento que pasan por delante de nosotros con Doramas, aún inconsciente, aún con ese incesante ronquido gutural.

La silla de ruedas va atravesando el pasillo hacia la puerta de entrada y como no creo que Doramas me pueda escuchar en su estado, aprovecho para continuar comentándole a Albert sobre la Unión Deportiva y poner mi grano de arena en el inmenso desierto arenoso del Pleito Insular:

- Sí, está en segunda división, pero debería estar en tercera. No, en tercera no...  - Ahí me fui creciendo y me lancé al lodo del todo - Esa mierda de equipo debería desaparecer... ¡Vamos arriba de ellos! ¡Pío, pío! ¡Vete por ahí...! 

En ese mismo instante, casi en la puerta de la casa, se produjo un milagro. Doramas abrió los ojos y empezó a agitarse en la silla.

- ¿Dónde está ese chicharrero de mierda? ¿Dónde estás, hijo de puta? - empezó a chillar con los ojos ensangrentados, intentando deshacerse de las sábanas que lo mantenían fijo a la silla.

Los técnicos de la ambulancia apenas podían calmarlo y los policías intentaban contenerlo, pero era inútil.

- ¡A mí la Unión Deportiva no me la toca nadie! ¡Yo mato por la Unión Deportiva! ¡Ven paquí, chicharrero, ten huevos de decírmelo otra vez!

- ¡Tranquilo, tranquilo! - le decían, pero el canarión seguía encendido.
- ¿Dónde estás hijo de puta? ¿Quién eres?

Yo me encontraba en el final de la fila india, intentando contener la risa por la caja de Pandora que había abierto.

- Pues sí que os lleváis mal los canarios... - me decía Albert.

Poco a poco se fue tranquilizando, pero no las tenía todas consigo. Quería averiguar quién era el enemigo.

Lo metieron en el ascensor y los demás fuimos bajando por la escalera.

- ¡La que no has montado! - me dijo uno de la ambulancia - A lo mejor nos monta otro pollo durante el trayecto...
Y como me sentía culpable y por si volvía a ponerse agresivo, decidí acompañarlo en mi ambulancia al hospital. Durante el trayecto no hacía más que preguntarnos quién era el chicharrero. Albert le dijo:

- El chicharrero es un mosso. Debe ser que se vino a vivir aquí.
- Seguro que es un mierda que ni en Tenerife lo quieren. - dijo Doramas.
Los dos asentimos.

- Los chicharreros son unos hijos de puta - sentenció Doramas.
- Eso es verdad - dijo Albert, con una mirada socarrona.

Siempre suelo darle conversación a mis pacientes, pero aquella noche me quedé callado todo el trayecto hasta el hospital. Que no fuese que se me pudiera escapar una ese mal pronunciada y mi acento me acabase descubriendo. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

De amanecida












Alguna vez que otra, me toca alguna guardia mala. Y ésa fue la del viernes pasado. Toda la noche dando vueltas, por obra y gracia de mis compañeros de la central de coordinación, esos seres temerosos, que ven más allá de la realidad, con esa ametropía que a los que estamos en la calle, tanto nos perjudica.
Así que, entre paseo y paseo, y en un pequeño receso en el que me pude por fin tumbar un rato, precisamente en ese momento en el que estaba en lo mejor del sueño, nos llaman por una emergencia, que a todas luces parecía ser el caso del año; digno de ser presentado en un congreso nacional de Emergencias: 

- Viernes noche, 05:45 de la mañana. Mujer de 25 años, inconsciente en una discoteca. Salimos con las sirenas a todo trapo, aunque yo ya sé que me dirijo con toda probabilidad a una intoxicación etílica. Los temerosos debe ser que no pinsan lo mismo y ven más allá...

En un momento llegamos a una de esas discotecas de polígono que por fuera, salvo los estridentes colores que anuncian lo que hay en su interior, están rodeadas por un muro sin ventanas, que sella herméticamente su interior.
Nos bajamos de la ambulancia y vienen a nuestro encuentro un par de croissanes, con camisa negra ceñida y con un pinganillo en el oído. 
Nos acompañan hasta el baño de las señoras, donde nos espera en el suelo nuestra paciente. Inconsciente, es verdad, pero también borracha, tal y como suponía. 
Con ella está otra mujer, de pie, en bastante mejor estado y que no hacía más que menear la cabeza y hablar con otro empleado de seguridad, con cara de circunstancias.

Examinamos rápidamente a la joven que está en el suelo, constatando lo que casi todos sabíamos de antemano: tiene un pedal como un piano.

- ¿Ha bebido mucho? - pregunto a la señora, dando por sentado que venía con ella, ya que ambas vestían con trajes parecidos del mismo color. Negro.
- ¡Qué va...! - contesta encogiendo los hombros - Un par de cervezas y dos chupitos...
Probablemente en aquel momento se me elvaría una ceja, en señal de incredulidad, pero antes de que continuara hablando, la señora seguía con su discurso:
- Lo que pasa es que está tan flaca, que con sólo dos cervezas y dos chupitos, mire cómo se ha puesto... - me decía señalándola con el brazo.

Mientras le íbamos tomando la tensión e intentábamos estimularla, la mujer nos contaba:
- ¡Es que no saben beber...! ¡No entiendo que si sabes que te sienta mal, ¿Por qué sigues bebiendo...? 
La mujer separó los brazos de su cuerpo y con ambas manos, como dando un sermón, decía:
- Es que hay que saber cuándo parar... Ahí la tienes... tirada en el suelo...
Yo la escucho, asintiéndo con la cabeza...
- ¡Qué vergüenza! Que la haya visto así todo el mundo. Una tiene que saber dónde está el límite de la compostura... Es que esta generación no sabe beber... Lo que yo digo siempre, puedes salir de marcha, pero tienes que saber dónde tienes que parar para no perder los papeles... Si eres mayor para beber, tienes que saber cuándo empiezas a hacer el ridículo...
- Bueno, señora - le interrumpo - ¿usted la conoce? ¿es amiga suya?
- Claro que la conozco - me dice con la lengua espesa, como de trapo - Es mi hija...

Nos quedamos un momento todos en silencio y le digo:
- Espere un momento fuera, mientras terminamos de verla y ahora la podrá acompañar al hospital...

Cuando salimos, todavía seguía la madre hablando con los dos croissanes:
- ¿Cuándo me has visto a mí que me haya tenido que recoger la ambulancia? Lo que más me duele es que nos ha visto todo el mundo... ¡Que a mí me conoce mucha gente...!

La paciente un poco más despejada, o sea, menos inconsciente, se fue al hospital con una ambulancia básica, mientras la madre aún seguía verborreica en la puerta de la discoteca.
Nos fuimos de allí y pensé:
Madre sólo hay una... y a ésta la encontré en la calle...

sábado, 1 de diciembre de 2012

Ojo al dato


Hace unos días aterricé con mi helicóptero en cualquier rincón de la geografía catalana. Nos alertaban de un camionero que sufría de un dolor torácico.
Tras un corto vuelo, tomamos en el terraplén que se extendía junto a un bar de carretera. Allí, junto al camión del paciente, estaba la ambulancia básica, que había llegado antes que nosotros.

Nos bajamos rápidamente y nos dirigimos a la ambulancia, donde se encontraba nuestro paciente, tal y como nos señalaban los policías que también estaban allí.
Me acerco a la puerta lateral de la ambulancia y toco con los nudillos en la superficie metálica. Inmediatamente se desplaza la puerta de corredera y tras ella, se me muestra el técnico que se encuentra en el interior.
Me sorprende el encontrarme con un muchacho joven, con tal grado de estrabismo, que aparentemente sería capaz de atender con la mirada, a ambos extremos del vehículo a la vez.
No le doy más importancia y entro a asistir al camionero, que afortunadamente no está tan grave como parecía ser la alerta. Intento concentrarme en él, pero mi atención se me escapa de nuevo hacia los ojos del técnico.

Cada uno tiene derecho a tener sus traumas infantiles. Uno de los míos más enconados, tal vez sean los globos, que soy incapaz ni de estallarlos, ni de tirarlos a la basura... Sólo de pensarlo, me dan ganas de llorar... 

Recuerdo que de pequeño me decían que si te ponías bizco y pasaba una mosca, te quedabas así para siempre, pero nunca he podido comprobar que eso fuese cierto. Y la verdad es que tampoco me he atrevido a preguntárselo a ninguno. Por eso, quizás, otra obsesión infantil, sea el vicio de analizar a los estrábicos.


Con ellos me sucede una cosa curiosa: siempre tengo la tentación de intentar averiguar cuál es el ojo bicácaro y cuál el que funciona. Y aquí se complica todo, porque obviamente, no es cosa de preguntar a un desconocido:

- Perdona, ¿Ahora me estás mirando a mí o estás pendiente de otra cosa? Es para saber cuál es tu ojo bueno...

Estas pesquisas intento siempre hacerlas de forma disimulada, pero sé que no lo consigo casi nunca, ya que tengo que poner mucho esfuerzo en la investigación y seguro que me acaban pillando. 
Pero es que es una muy difícil tarea. Porque aunque te miren, e incluso si están hablando contigo, puede ser que es verdad que te mira, o tal vez no, y las cosas no sean como te imaginas y que en realidad está distraido con cualquier otra detalle de alrededor, porque el ojo interesante es el que está por los cerros de Úbeda...
Por eso los miro y los miro, haciendo una especie de quiniela, marcando las victorias y los empates. Pensando: Ahora sí, ahora no...
Pero cuando creo que tengo el resultado, no atiendo nada de lo que me puede estar diciendo el pobre. Eso sí, disimulo a la perfección. Hasta pongo cara de interés, e incluso puede que mueva un poco la cabeza hacia arriba y hacia abajo, sin enterarme de nada de lo que cuenta, claro, porque estoy concentrado escuchando mis palabras en el interior de mi cabeza, que me dicen: Mel, el derecho, es el derecho...

Y ahí estaba yo, en aquella ambulancia, junto a aquel técnico, con su vista de gran angular, abarcando casi 180º. Cuando casi creía que tenía la respuesta al misterio de su ojo, me acercó la tarjeta sanitaria del paciente.
Agacho la cabeza y copio los datos. Para mi sorpresa, veo el apellido del paciente y leo: Vizcarro.
Siento un deseo irrefrenable de preguntarle al técnico:
- ¿Este señor es familia tuya?
Pero me reprimo, aguanto estoicamente las ganas de reirme, termino mi trabajo y me marcho de allí volando.



jueves, 25 de octubre de 2012

El túnel

 
Esta mañana estuve en casa de Lucía. Lucía es una preciosa niña rubia de ojos celestes. Me avisaron porque había hecho unas convulsiones febriles. Como es habitual, una vez que llegas a la casa, las convulsiones han desaparecido.
 
Me recibe en la puerta su padre. Un fornido hombretón de cabellos largos, a modo de rockero, con fiero y serio aspecto, de unos cuarenta y cinco años.
Entramos rápidamente y atiendo a Lucía, que aún tiene fiebre. Unos 38,5º.
Voy escribiendo mi informe médico, para que una ambulancia convencional vaya a trasladar a la niña y mentras voy pensando en lo que escribir, veo la figura del padre, dando vueltas, buscando la tarjeta sanitaria, trayendo paños húmedos para refrescar a su hija, por el fondo de la habitación.
- Esa cara me suena de algo - pienso - Pero no le presto más importancia. Tal vez lo haya visto en algún concurso de la televisión. A lo mejor es un famosillo de poca monta... No sé, agacho la cabeza y continúo con mi informe, pensando que tal vez esté equivocado y lo he confundido con alguien.
 
Termino mi informe, el padre toma en brazos a Lucía y nos dirigimos a la ambulancia.
Entramos en el ascensor, Eva mi enfermera, Lucía, su padre y yo.
Él se gira rápidamente y me dice:
- Yo te conozco.
Pongo cara de incredulidad, probablemente levantando alguna ceja y le respondo:
- Sí, yo llevo un rato mirándote y pensando que tu cara me sonaba también, pero no sé de qué - le respondo.
De pronto abre sus ojos, como poseído, con esa cara que ponen los locos como cuando tienen un delirio y me dice:
- Yo vi la luz y luego vi tu cara.
Aquellos dos pisos se me hicieron interminables, mientras fingía atenderle con una sonrisa condescendiente, como entendiendo lo que me quería decir.
- Yo vi la luz y luego vi tu cara - repitió de nuevo - Fue en el Vinyet.

El ascensor llegó a su destino y salimos todos de él. Mi interlocutor siguió hablando, continuando con su misterioso discurso, sin abandonar aquella cara que daba temor:
- En el ambulatorio del Vinyet ¿No te acuerdas? Fue hace unos seis meses. Me pusieron penicilina y tuve una reacción alérgica que casi me mata.
A partir de aquí, di un paso atrás y empecé a recordar aquella cara.
- Vi el túnel, esa oscuridad y la luz al fondo. Y rápidamente salí de allí y vi tu cara, con esas gafas. Eras tú. El que me trajo de nuevo aquí.
- No fui yo, el tratamiento te lo pusieron en el ambulatorio - le respondí - Pero de todo eso que viviste, no me dijiste nada, ¿verdad?
- No. Se lo comenté a mi médico de cabecera unos días después. He ido también a un psiquiatra para hablarle de esa experiencia que viví. Era precioso.
- Siento haberte devuelto de nuevo, pero aquí tienes trabajo - le digo señalando con la cabeza hacia Lucía.
- Ya lo sé. Y tanto...
- Pero escucha: - le pregunto - ¿Cómo es ese túnel?
- Es una felicidad enorme. Si la muerte es así, no hay que tenerle miedo. Es algo muy dulce. Lo más dulce que he visto en mi vida. Y por vez primera le vi sonreir.
 
Seguimos hablando un poco más y me despedí de ellos, marchando rumbo al hospital para que estuviese Lucía en observación. Yo me quedé en aquella acera unos instantes, como hago cada vez que termino de atender a mis pacientes, reflexionado sobre la vida, las enfermedades y el cruce de caminos que me hace coincidir con ellos. Esta vez me quedé pensando en otra cosa. Pensando en aquel viaje de ida y vuelta. Pensando en ese túnel.

martes, 4 de octubre de 2011

Historias de hospital (Parte 2)


El trabajo en la calle, en la ambulancia o en el helicóptero, te alejan del hospital y de sus historias. Pero a veces, si tenemos suerte, cuando pasamos por allí, si mantenemos los ojos y los oídos abiertos, podemos ser testigos de las historias más interesantes que puede haber: Las historias humanas de los hospitales.

AMC

Para todos aquellos profanos a quienes llegue a sus manos un informe de hospital y se encuentren con misteriosos acrónimos, quiero desvelarles algo. Sé que me gano el descrédito de mis colegas, porque ahora que ya no se escribe a mano, era nuestro último reducto para que la jerga médica fuese ilegible. Que sepan todos que PAC es paciente, un EKG no es un encaje, es un electrocardiograma, AM no es la hora, significa antecedentes médicos. FX, DX y RX no son modelos de citröen, quieren decir fractura, diagnóstico y radiografía. 
Hay muchos más, ya los contaré otro día, pero no quiero dejar de revelar otro más. Desde un tiempo a esta parte, se da gran importancia a tener o no tener AMC, que aquí descubro, como el mago que explica su truco,  que se trata de Alergias Médicas Conocidas.
Preguntar por las alergias de nuestros pacientes, se ha convertido en parada obligada cuando haces una historia clínica, como me pasó con Doña Rosa:

- Dígame, Rosa, ¿es usted alérgica a algún medicamento? - pregunto de forma rutinaria.
Doña Rosa, de L'Hospitalet de toda la vida, me contesta:
- A veces soy alérgica a la penecilina.
-  ¿¿A veces?? - pregunto, levantando mi ceja izquierda - ¿Cómo que es alérgica a veces?
- Pues que cuando me la ponen, me pongo mala, si no, no...

Y en la diminuta casilla del informe donde hay que poner las AMC, escribo obediente: Penicilina, a veces...


Luces, cámara y acción

Como cada tarde, Albert sacó a pasear a su perro Rififí por el paseo junto al mar, en un pequeño pueblo de la Costa Brava gerundense. A un hombre como él, soltero, de 45 años, que todavía vive con su madre, la costumbre y el orden se habían convertido en sus compañeras habituales. Para alguien como Albert, la improvisación y las sorpresas, estaban proscritas en su forma de vida.

Aquella tarde, mientras caminaba con su perrillo insulso, se notó un dolor agudo en el pecho, como un peso. Como ya estaba cerca de casa, dejó a Rififí. Al salir de casa, el dolor había desaparecido por completo, pero para estar más tranquilo, decidió acercarse al ambulatorio, que en Cataluña llaman CAP (centro de atención primaria). En casa no estaba su madre, que probablemente se encontraría en el centro social de Convergència i Unió, jugando al bingo o a lo mejor, incluso al bridge. No importa, en seguida estaría de vuelta.

Albert explica este dolor al médico del CAP, que alarmado, le acuesta rápidamente en la camilla y le hace un EKG (que ya expliqué lo que significa).
El resultado del electro no es concluyente - parece que hay como una elevación - le dice el médico, no muy convencido. Con el pergamino agarrado por ambas manos, y dándole vueltas al papel milimetrado, el médico se marchó con cara preocupada al despacho contiguo.
Al cabo de un momento apareció más relajado y mientras volvía a explicarle el electro, irrumpen en la consulta tres personas vestidas de amarillo fluorescente. El médico del CAP respira más tranquilo. Acaba de llegar la ambulancia medicalizada.

El alivio del médico del CAP, se traduce en un hipotético testigo que ahora le toca recoger al médico de la ambulancia. Tras escuchar las indicaciones de su colega del CAP, vuelve a mirar el pergamino con cara circunspecta.

- No lo tengo claro, pero por si acaso, activamos el código IAM - dice muy serio el médico de la ambulancia. El médico del CAP, está de acuerdo. Su cara parece decir: Mejor pasarse, que quedarse cortos.

A todas éstas, la enfermera le pregunta a Albert si tiene dolor. Él, testigo de excepción de lo que va sucediendo, niega con la cabeza y titubeando, contesta:
- No, no, no me duele nada. Cuando vine al CAP ya no me dolía...

La maquinaria del código IAM es imparable. Sin decirle una palabra, Albert es trasladado a la camilla de la ambulancia y de ahí, a ritmo de sirenas que chillan por Platja d'Aro "A mí no, a mí no...", se dirigen velozmente a un prado cercano.
Cuando se abren las puertas de la ambulancia, a los pies de Albert, él se incorpora y ve un helicóptero amarillo con otro equipo médico esperándolos.

- Oiga - dice Albert - tengo que avisar a mi madre, que no sabe nada...
- ¡No se levante! - le espeta el médico de la ambulancia - ya la llamará después, no se preocupe. Ahora es importante que no se mueva.

Y tras esta breve conversación, casi sin darse cuenta, lo han cambiado a la camilla del helicóptero. La nueva enfermera le explica que le van a poner unos cascos para el ruido y que no va a poder hablar con nadie, pero que levante la mano si durante el trayecto le vuelve el dolor.
- Pero si no me duele nada - replica Albert.
- Mejor - le contesta la enfermera y diciendo esto, le coloca los auriculares.
Con el rabillo del ojo ve al médico del helicóptero estudiar minuciosamente el electro y sacudir la cabeza de un lado a otro.

En seguida se pone en marcha la aeronave y efectivamente, tal y como le habían dicho, el ruido no le permite a Albert poder comunicarse con nadie.
No pasa más de media hora, que llegan a su destino, Barcelona y se repite la operación, pero esta vez a la inversa.
Allí, a pie de helicóptero, una nueva ambulancia con otro equipo sanitario.
Albert no tiene dificultad en escuchar la conversación entre el médico del helicóptero y el de la ambulancia, que va a acercarlo al hospital:

- ...y éste es el electro. Yo no veo nada, a mí no me parece que sea un infarto. Pero ante la duda...
- Yo tampoco veo nada - dice el médico de la ambulancia - pero bueno, ellos sabrán. Vamos, que nos esperan en hemodinamia. Ya dirán los cardiólogos de Bellvitge, que para eso son los sabios...

Una vez dentro de la ambulancia, el médico y la enfermera le vuelven a hacer las mismas preguntas. Él insiste en intentar llamar a su madre, que ya debe estar preocupada. Ellos le dan la misma respuesta: Ya lo harás más tarde.
Durante el corto trayecto le explican que van a ir a hemodinamia, donde le harán un cateterismo, para descartar alguna lesión coronaria. Le pincharán o en el brazo o en la ingle y le introducirán un cable hasta el corazón, para desatascarle las coronarias.
Albert apenas puede reaccionar y se le ponen los pelos de punta, sólo con pensarlo. Ya están dentro del hospital y mientras piensa lo que le acaban de decir, va viendo cómo las luces del pasillo se van desplazando a gran velocidad sobre él.
Por fin, se detiene la camilla. Acaban de llegar a una especie de quirófano.
Dos enfermeras vestidas de verde empiezan a desvestirlo, retirándole los pantalones.
Aparece el cardiólogo vestido de igual color, que le saluda y le pregunta si tiene dolor.
- No, no, doctor, de verdad que no me duele. Yo estaba tan tranquilo en Platja d'Aro paseando a mi perro y antes de que me diese cuenta, aquí estoy, en un quirófano, en Barcelona...
- Vamos a pincharle y a mirarle las coronarias por dentro - le explica el galeno, mientras observa con cara dubitativa el electrocardiograma.
- ¿Puedo llamar a mi madre? - insiste Albert.
- Después la llamará, no se preocupe.
Albert miró hacia abajo y vio cómo le retiraban los calzoncillos.

- Esto no me puede estar pasando a mí - balbuceaba Albert y agarrando firmemente el brazo del cardiólogo, le dijo: Dígame la verdad, doctor. Esto es una película ¿verdad? - mientras, la enfermera le cogía el pene, se lo retiraba hacia un lado y empezaba a afeitarle los genitales.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Historias de hospital (Parte 1)















Yo no trabajo en el hospital, aunque eso no quiere decir que me sea un medio extraño. Nos llaman Medicina extrahospitalaria, lo que viene a querer decir, que nuestra principal actividad está fuera de ellos, aunque esto no impide que los frecuentemos, tanto cuando dejamos nuestros pacientes allí, como cuando han de ser traslados a otro centro más adecuado.
Lo que sucede dentro de los hospitales, las historias que ocurren en ellos, nos las perdemos y soy testigo de pequeños relatos, de pequeños retazos de realidad, que capto casi de casualidad y de los que me impregno rápidamente, como las tiras pegajosas que cuelgan para atrapar moscas.

Soy consciente de que sólo oigo y vivo una pequeña parte, que las enfermeras, médicos y auxiliares de los hospitales, podrían contar cosas más interesantes que las mías, porque yo soy como esos arqueólogos que con el hallazgo de unos restos de un poblado, explican los usos y costumbres de sus moradores, o los palenteólogos, que con una sola vértebra de dinosaurio, reconstruyen un esqueleto entero. Aquí presento unas historias, tal y como las viví o como me imagino que sucedieron.

Cambio de destino

Don Manuel tiene cerca de 90 años. Las arrugas de su cara muestran sin pudor a todos, que su vida, sin ser fácil, se ha caracterizado por un trabajo duro, a la intemperie, con el sol atizando su rostro continuamente.
Su acento le delata. A pesar de llevar viviendo tantos años en Cornellá, no puede ocultar sus orígenes andaluces. Forma parte de aquellas huestes de jóvenes, que buscando trabajo y sustento, abandonaron los campos del sur, se embarcaron en aquel tren lento y oxidado, al que llamaban  El Sevillano y se establecieron en Cataluña. La construcción, el campo, la industria téxtil, o incluso los más afortunados, encontraron trabajo la cadena de montaje de la Seat, fabricando un icono de la España de entonces: el 600.

No sé qué condujo a Don Manuel a estar esa mañana en el pasillo de urgencias de aquel hospital comarcal. No sé si tenía algún tipo de enfermedad profesional, debido a la exposición durante largos años a materiales dañinos, como amianto, sílice, plomo, o que el motivo de encontrarse allí era por los achaques de la edad.

Para una persona de su edad, estar en una camilla, medio desnudo, en medio de un pasillo donde va pasando gente, camilleros, ambulancieros y familiares, debe ser una falta de intimidad que no debió resultarle nada reconfortante.

Don Manuel no estaba solo. Le acompañaba Doña María, su esposa. Su pareja de toda la vida. Se conocieron muy jóvenes en el pueblo y toda la aventura de la vida la han vivido juntos, los buenos y los no tan buenos momentos. La salud y la enfermedad, lo malo y lo bueno.
Don Manuel está hecho de aquella manera que les hace a los hombres de otros tiempos, no quejarse de nada, ni del dolor ni de las adversidades. Por eso en tono muy bajo, que sólo pudo oir un médico de ambulancia que pasó a su lado, llamó a Doña María para pedirle algo.
En el breve instante que hay entre su primera palabra y el fin de su frase, mi mente pensó en lo que querría decir a su mujer. Estando como se encontraba, en un pasillo de un hospital que llamamos de nivel dos, no me costó imaginar cuál sería su deseo.

- María, llévame a Bellvitge. Allí están los especialistas, porque aquí no me harán nada.
Y pisando mis pensamientos, mientras iba frenando la velocidad de mis pasos, para no perderme nada, la realidad de sus palabras, me descubría su preocupación de verdad:

- María, de aquí me llevas al crematorio. ¿Me oíste?
Doña María, vestida íntegramente de negro, habiendo visto marchar a tanta gente en su vida, cogió a su marido y como quien reprende a un hijo por una travesura, le dijo en tono airado:
- Manuel, cállate, mira que llegas a decir tonterías...

martes, 26 de octubre de 2010

El enfermero y yo

Aquella mañana el enfermero se presentó sin dudarlo, como un freaky. El enfermero, al que llamaremos JT, se declaraba ferviente seguidor de la lucha libre (aquel Pressing Catch de la tele), de la saga del Señor de los Anillos y amante de la ciencia ficción. Orgulloso de ser un personaje distinto, me vaticinó por conjunción planetaria entre su peculiar manera de ver la vida y por estar la luna con lleno absoluto, unas guardias de sábado y domingo, plagadas de personajes pintorescos y situaciones curiosas, que no me dejarían indiferente. No andaba desencaminado.
De todo lo hecho ese fin de semana, por tanto, de todo lo vivido, me quedo con tres capítulos, tres salidas con la ambulancia, tres pacientes que compartieron su particular forma de vida, con tres personas: el técnico, un médico y su enfermero.

Capítulo 1: Mierda al cubo
Como he relatado en alguna otra ocasión, el inconsciente nos persigue por todas partes. No hay alerta que se precie, que no venga con la etiqueta de que se trata de un inconsciente. Y este caso, no iba a ser menos.
El pobre paciente, que por supuesto no estaba inconsciente, tenía unos 70 años y vivía hacinado en un piso, plagado de inmundicias. El olor que se podía percibir desde el portal, debía habernos advertido de lo que nos esperaba en aquel inmueble nauseabundo.
Entramos en aquel habitáculo infecto. La puerta cerrada no fue ningún impedimento para que mi enfermero, en el más puro estilo Hulk Hogan, tirara abajo la cerradura de una contundente patada.
Ante nosotros yacía aquel hombre en el suelo, quejándose de un dolor en la cadera. Una contusión que se produjo al caerse del sofá. El aterrizaje fue suave, probablemente amortiguado por la inmensa cantidad de excrementos que cubría gran parte del suelo, a modo de moqueta. Dispersos por todos lados, algún cubo y alguna que otra palangana, repletos de contenido fecaloideo, que habían servido de alivio a aquel hombre, probablemente en esos momentos de apurados retortijones, en los que la distancia se vuelve insalvable y no te da tiempo de llegar al retrete.

Capítulo 2: El Samurai
La alerta en esta ocasión, era por un señor de 90 años, que estaba agresivo y había realizado un intento de autolisis, intentando cortarse las venas de la muñeca. Algo de cierto había.
En aquel domicilio se encontraba, efectivamente, un paciente de 90 años, desnudo, muy delgadito, con cara inocente. Sentado en la cama-nido de su dormitorio, se podría cortar y pegar y colocarlo en un banco, dando de comer a las palomas. Con un vendaje hecho con un pañuelo, atado en su muñeca izquierda, se evitaba la hemorragia de una importante herida abierta. El buen hombre estaba bastante tranquilo y me comentó que su único deseo era morirse de una vez. Mientras cambiábamos ese vendaje improvisado por uno que justificase nuestra presencia allí, iba escribiendo el informe. A poco de comenzar, me interrumpen para enseñarme el arma homicida, mejor dicho, el arma suicida. Era una navajilla de bolsillo, manchada de sangre, de esas que vienen con palillo, lima y cuchillo, perfectas para dar un repasito a las uñas negras, antes de entrar en una importante entrevista de trabajo, o escarbar los dientes en pos de ese trozo de comida rebelde, que se resiste a ser tragado.
Continúo con mi informe y dos palabras más tarde, me interrumpen de nuevo. - No, no, ésta sí que es el arma con la que se ha cortado... - me decían, mientras me enseñaban una navaja de unos 20cm, con su tremenda hoja ensangrentada, cuyas dimensiones ya eran palabras mayores y que de por sí, daba un poco de repelús.
Vuelvo al duro quehacer de dejar plasmado en papel lo que observo, cuando por tercera vez, me traen otra arma, con la que el buen señor, que ya deja de parecerme tan angelical, también ha intentado hacerse daño. Un hacha, o mejor dicho, una piqueta, también manchada de sangre, que venía a demostrar la tenacidad de ese individuo por dejar este mundo terrenal.
Escribo con mayor velocidad, entrego el informe a la policía y nos marchamos corriendo. Seguro que si nos quedamos remoloneando un rato más, aparece por allí un sable o una katana.

Capítulo 3: Tempus Fugit
Y por fin, el inconsciente de verdad. Un paciente varón de 60 años, que vivía solo y es encontrado por su familia que va a visitarlo. Al parecer ha sufrido una parada cardiaca en el salón de su casa. Tras estar haciendo las maniobras de reanimación, se acaban suspendiendo al no obtener respuesta alguna. Llega el momento de dar la noticia a la familia. Afuera, en el recibidor de la casa está su hermana y su cuñado, que reciben con lógica tristeza la noticia del fallecimiento. Les explico que tendremos que esperar a la policía, ya que se trata de un paciente joven y es el procedimiento habitual. Ellos me advierten de que su pareja está a punto de llegar, que es una persona muy nerviosa y que le atienda cuando llegue, porque seguro no encajará bien la inesperada noticia.
Me vuelvo al salón con mis compañeros y les comento lo que me han dicho.
Van pasando los minutos, mientras esperamos a los agentes y como se suele hacer en estos casos, me entretengo observando el entorno.
- Ya verás cuando llegue la mujer - me dice el enfermero - ésta nos monta un numerito.
Querrás decir, él - le corregí.
- ¿Por qué supones que es un hombre y no una mujer? - me preguntó.
- Elemental, querido diplomado - podría haber dicho. Pero en realidad le contesté: Mira a tu alrededor. El paciente vive solo. Ésta es su casa. Ahí hay dos figuras de Lladró. Y aquella otra es una reproducción del David de Miguel Ángel. Si esto no te parece suficiente, mira los DVD que están bajo la tele. Brokeback Mountain, Bollywood, y un episodio de la serie Queer as folk. No hay duda.

Oímos que abrían la puerta, pocos minutos más tarde. Una voz masculina que grita de forma desgarradora la incredulidad por la muerte de un ser querido, llega hasta nosotros. El cuñado asoma la cabeza por la puerta del salón, como justificándose o para requerir nuestra ayuda y nos dice con voz lacónica: Es su pareja...
Yo miro a JT con cara de suficiencia y satisfacción por haber ganado nuestro particular envite. Nunca se debe subestimar la capacidad del médico-detective, como he contado en otras ocasiones. Ese inteligente detective que es capaz de ver donde otros miran de pasada, captando detalles imperceptibles para la mayoría.
En ese momento, tras analizar mi comportamiento y el posterior razonamiento, pienso que estos días he sido injusto con JT. Tal vez yo, sin saberlo, sea incluso más freaky que él.

Cuando salíamos del salón, JT me detuvo y me señaló el reloj de madera que colgaba en la pared. En su esfera, rezaba una leyenda: Tempus Fugit. En el otro extremo de la habitación, en el suelo, yacía el pobre paciente, cubierto por una sábana. Él y su reloj, nos sacudían por los hombros, recordándonos a todos, por si lo habíamos olvidado, que El tiempo se escapa, el tiempo vuela...