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jueves, 20 de noviembre de 2014

Sueños Cumplidos


No soy una persona obsesionada con la colecciomes. Nunca lo he sido. He conocido gente ya adulta y bien adulta, que son grandes y apasionados coleccionistas: de cromos de fútbol (de todos los años y todas las temporadas), coleccionistas de bolígrafos de propaganda de laboratorios médicos, sé de un coleccionista de chapas de corona de cervezas del mundo, de un coleccionista de relojes de pulsera y jarrones, o incluso, lo más original, conozco una curiosa coleccionista de guagüitas de barro hechas a mano, que expone orgullosa en una estantería de su casa.
 
De niño intenté apuntarme a alguna colección en la época del colegio. No era cuestión de ser un bicho raro, así que tal y como hacían los demás, comencé a coleccionar los cromos de Marco, Heidi, Ruy el Pequeño Cid, o cualquiera que te daban con los yogures Danone. En los recreos se producía un mercadeo importante y allí me llevaba mi tocho de cromos, que llamábamos estampas y una lista con números, donde iba tachando los que iba consiguiendo, llevando el control de los que aún me quedaban por completar. Con el tiempo llegó la época en la que te ibas haciendo mayor, confiaban en ti tus padres y así orgullosamente llevabas en tu bolsillo las llaves de casa. De la necesidad, surgió una nueva colección nada singular: ir acaparando llaveros, que al final acabaría regalando porque era una colección que no me aportaba nada especial, salvo el ir variando cada semana mi manojo de llaves, dándole un toque pintoresco y cambiante a mi bolsillo.
 
Un día empecé a ir guardando algo distinto. Supongo que así empiezan las colecciones. Cuando tienes tres o cuatro cosas iguales, es entonces cuando piensas: ¿Y si hago una colección? Y ya estás perdido. Empieza una carrera sin fin, cuya única salida es el abandono. Pues bien, mi colección original era a base de esos cartones plastificados de los aviones donde se reflejan las salidas de emergencia y se explica cómo colocarse las mascarillas en caso de despresurización de la cabina. Me encantaba ser distinto y único, hasta que un buen día descubrí que esa colección ya se le había ocurrido a mucha gente en el mundo, así que de original nada.
 
Aún conservo los cientos de tarjetas de seguridad con las que me he ido haciendo a lo largo de los años. Ya no es tan glamouroso como fue concebida en un principio, pero la colección continúa creciendo exponencialmente, hasta que llegue un día en el que como en los duelos del Oeste, me planteen que en nuestra casa sobramos uno de los dos.
 
Hace unos días he empezado una nueva colección. De la misma manera que siempre se empiezan las colecciones. Me encontré que tenía varias cosas iguales y me he animado a hacer la más bonita y original colección que nadie ha hecho jamás: coleccionar sueños imposibles que se han llegado a cumplir. Ésta es mi colección:
 
Mi primer objeto lo recogí en el año 2000. Era el primer día de clase de mi curso de controlador aéreo. Estaba en un aula donde no conocía absolutamente a nadie. Éramos todos gente de la misma edad, venidos de partes distintas de España, con estudios diferentes, pero con un fin común: llegar a ser controladores de tránsito aéreo.
Aquel día conocí a mi amigo Héctor. Era fácil de deducir su origen viendo la forma como vestía, con esa costumbre tan barcelonesa de llevar las camisas de manga larga, sueltas, por encima de los pantalones. Me hizo gracia su sonrisa de niño travieso acompañada de esa media melena. Con Héctor congenié enseguida y desde el primer momento, me cautivó su humor rápido, inteligente, con gran dominio de los juegos de palabras, que improvisaba a gran velocidad. Desde aquellos primeros días supe que íbamos a ser amigos. 
 
En algún momento de aquel curso, siempre acababa surgiendo la pregunta:
- ¿Cómo es que quieres ser controlador aéreo?
Sin rubores, muchos te confesaban que era porque querían ganar mucho dinero. Otros porque les encantaba la aviación, pero no hubo otra respuesta más curiosa que la que me dio Héctor y que se ajustaba mucho a su forma de ser, como he podido comprobar con el paso de los años:
- La verdad es que yo estoy aquí por casualidad. Estudié Ingeniería en Barcelona, pero en realidad todo esto lo he hecho porque lo que quiero llegar a ser algún día es músico.
 
Esta filosofía de vida probablemente le ha hecho a Héctor darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena para él, que no son otras más que sus sueños.
Casi diez años más tarde me llevé una gran sorpresa. En mi buzón apareció un regalo de Héctor: su primer CD.
Héctor es el fundador de un grupo que toma su nombre, como claro homenaje a su profesión de adopción: My Airport.
Desde entonces voy siguiendo su evolución y sus conciertos en Gran Canaria. Sé que aún tiene mucho recorrido musical por delante, pero lo más importante lo ha conseguido: Héctor ha cumplido su sueño.
 
En mi colección tengo otro objeto muy bonito. Este lo conseguí mucho antes. Me tengo que remontar al año 1991. En la Facultad de Medicina conocí a una persona muy especial. Se llamaba Ana. Tenía un magnetismo que lograba que muchos estuviésemos siempre a su alrededor. Era muy inteligente, divertida, guapa, sensible y alegre. Su vida iba más allá de lo que se supone que es un estudiante de Medicina, que sólo piensa, lee, disfruta y a veces se apasiona con la Medicina. Ana era otra cosa. La Medicina era importante para ella, pero escribir lo era aún más.
 
Un grupo de estudiantes con grandes inquietudes, decidió sacar adelante un periódico para la Facultad. Se llamaba La Fístula. Bajo ese terrible nombre que nunca me gustó, entre otros, estaba Ana como fundadora, redactora y alma máter del proyecto. Yo me dejé arrastrar por la idea, aunque en realidad era ella la que me arrastraba a estar allí. Mi colaboración con La Fístula no fue más allá que unos pequeños artículos sobre erratas en apuntes y poco más. Mi prosa no era ni mucho menos como la suya, siempre elegante en todas las ocasiones y cuando la realidad del momento lo pedía, mordaz e irónica, pero siempre con un fino humor que nunca ha abandonado.
 
Un día Ana me hizo un regalo precioso: me regaló un libro de poemas escrito con su puño y letra. Una carpeta con un montón de folios donde se agolpan versos y versos de una sensibilidad exquisita y una belleza que el tiempo no ha mellado ni un ápice ninguna de sus hermosas aristas.
En aquellos tiempos no dudaba que Ana sería una médico excelente, cariñosa con sus pacientes, preocupada por sus semejantes, estudiosa, responsable, entregada a su profesión... Por supuesto, mucho mejor médico que yo. Pero como lo fueron otros grandes Doctores de tiempo atrás, con una formación más humanista, los Cajal y Marañón que nos precedieron, tenía bien claro que Ana necesitaría algo más para tener todos sus sueños realizados: escribir algún libro.
 
Han pasado todos estos años y Ana es Médico de Familia, Anestesista, esposa, madre de dos niños preciosos y además, feliz, porque es escritora.
Ha sido autora de varios blogs, uno de los cuales ha sido de los más visitados en este país. Fue precisamente tras leer su blog, lo que me inspiró a comenzar éste. Ella me dio los primeros consejos y debo confesar que cuando lanzo un post al aire me da un poco de rubor saber que alguien tan bueno en esto como ella, va a acabar leyendo lo que escribo. 
Pero no todo ha quedado aquí. Seguro que me quedo corto, pero creo que Ana ya ha publicado cinco libros (¿O son seis, Ana?).
Me encanta leer lo que escribe, disfrutar con sus líneas y que me acompañe en el camino de la lectura. Me siento orgulloso de haberla conocido y cuando sea mucho más famosa, mucho más de lo que ya es, diré con gran soberbia y pomposidad, que yo ya sabía desde hace muchos años, que sus sueños de escritora algún día se harían realidad.
 
Hace unos días que he podido completar mi último objeto para mi colección. Para explicarlo me tengo que remontar hasta 1986, hasta mi época del Instituto.
En aquellos años de Secundaria, donde se van formando futuros adultos y vocaciones, volvimos a encontrarnos juntos David Cánovas y yo. Habíamos estado en el mismo colegio y posteriormente, al irnos al Instituto Poeta Viana, volvimos a encontrarnos.
Todos nosotros navegábamos sin rumbo fijo, en cuanto a que no sabíamos apenas a qué dedicaríamos el resto de nuestras vidas. David lo tenía muy claro: Quería ser director de cine.
En aquel tiempo de bachillerato hizo amistad con mi primo José Amaro, el otro gran escritor que he tenido la suerte de conocer en persona a lo largo de mi vida.
Y en aquel momento surgió una colaboración entre ambos, que ha perdurado. José Amaro escribía los guiones y David dirigía. Al principio fueron pequeñas películas caseras rodadas con una cámara de VHS, que poco a poco fueron avanzando en madurez y en recursos técnicos.
José Amaro tomó un camino paralelo, como profesor de Secundaria, porque la vida te lleva por donde quiere y aunque rememos, no dejamos de estar a merced de la corriente.
David insistía en lograr su sueño y tras estudiar en Madrid dirección, sus mayores metas alcanzadas, no eran más que ser realizador de algún programa de televisión de escaso éxito.
De vez en cuando se reunían y las líneas paralelas de los dos amigos, volvían a converger, contagiados de ilusión y tenacidad por lograr algún día ese sueño tan deseado. De su trabajo en común sacaban algún proyecto materializado en un cortometraje, que con suerte, cuando tras mucho esfuerzo era rodado, acababa siendo emitido en alguna sala de proyección de Tenerife.
 
Empezar en el cine es muy difícil; hacerlo en un lugar como Canarias es prácticamente imposible. ¿Cuántos directores de cine canarios somos capaces de recordar? De momento, ninguno. De aquí a unos años, la respuesta será David Cánovas.
 
Fruto de aquellos cortos, el tandem José amaro/David tocó el cielo con la yema de los dedos. En 2005 estuvieron nominados a los Goya por su corto El intruso, que es un soberbio homenaje al Film Noir, pero sobre todo, al propio cine.
Nunca había seguido tan en directo una ceremonia de entrega de premios cinematográficos como aquellos. Y jamás me había sabido tan amarga una derrota en los premios del cine, como aquella noche.
 
La vida no está hecha para los segundos. Nadie recuerda a los que casi ganan y David y José Amaro, no volvieron a alcanzar un éxito igual. Ese casi-casi, ha sido su techo.
Sé que desde al menos 1986 David quiere dedicarse al cine. Probablemente su vocación empezó antes, quizás mientras jugábamos en los patios del Colegio Hispano Inglés y cambiábamos nuestras estampas de Marco o Heidi.
Hace unas semanas obtuve este objeto para mi colección. David ha tenido su premio. Por fin, después de todos estos años, muchos, muchos, muchos, quizá demasiados, por fin, va a rodar su película. Estarán en ella Maribel Verdú, Carmelo Gómez, y con él, como ha sido siempre, su gran amigo, José Amaro, adaptando un guión, de lo que será el primero de muchos largometrajes más: La punta del iceberg.
 
El año que viene iré al cine, me sentaré junto a Lou y compartiremos un enorme cubo de cotufas y cuando se apaguen las luces y comiencen los títulos de crédito, le diré que aunque no se lo crea, yo sabía desde que era pequeño que eso iba a suceder, que el sueño se iba a cumplir...
 
Un buen coleccionista disfruta de sus posesiones, pero no lo hace del todo hasta que consigue atrapar a algún incauto que se acerca y le enseña orgulloso sus piezas. A mí también me sucede lo mismo con esta colección tan personal. Por eso he dejado para el final el mostrarles lo mejor de mi colección de sueños cumplidos. Esta pieza me ha costado mucho tiempo y esfuerzo conseguirla. Casi, diría, una vida entera.
Tengo mucha suerte. La vida me ha dado el mejor regalo que jamás había soñado conseguir:
No debía estar allí, pero la casualidad o el destino, hicieron que allí me encontrara, y que el lugar y el tiempo de ambos coincidiera totalmente. De Madrid no éramos ni ella, ni yo, pero algo o alguien quiso que conociéramos aquel día de diciembre.
Hablamos mucho, pero no me dijo lo que me tenía preparado para el resto de mi vida: la Princesa Marta la Meticulosa, Guille el Caballero Andante y nuestra querida Princesa Clara, cuyo sueño para el futuro es algún día casarse conmigo.
 
Lou es lo mejor de esta colección tan única y especial. Cuando ella decidió compartir su vida conmigo, descubrí que era mucho más de lo que jamás había soñado.

miércoles, 9 de abril de 2014

Mis Malos favoritos
















El gran Hitchcock decía que la receta para que una película saliese redonda no estaba sólamente en saber elegir a unos buenos actores o tener un buen argumento. El secreto estaba en el malo. Cuanto más malévolo y perverso era el malo, más conseguido estaba el personaje y mejor era la película. Y probablemente no andaba desencaminado. ¿Acaso alguien se imagina lo aburridas que serían las historias de Supermán si no existiese la amenaza de un intrigante Lex Luthor? En cinco minutos estarían todos los bandidos del mundo en la cárcel y sanseacabó. ¡Chin-pum! 
¿O qué habría sido del bueno de Elliot Ness sin Al Capone? Nos habría quedado un Chicago lleno de aburridos abstemios... ¿Y los vaqueros sin los indios? Las películas del Oeste parecerían un documental de National Geographic sobre el ganado vacuno en las Grandes Praderas...
En fin, los malos nos dan salsa a nuestras vidas. Aunque cuando me he encontrado malos de verdad, el superarlos me ha supuesto sufrimiento, dolor y esfuerzo, pero al contrario de lo que le pasó a Supermán con la kriptonita, a mí la exposición a estos terribles villanos me ha hecho ser cada vez más fuerte. Por eso muy a su pesar, a esos indeseables les estoy muy agradecido. Mucho más que a todos aquellos que me han llenado de piropos y halagos.
Aquí cuento las pequeñas historias de unos malos con los que tuve que compartir algún momento de mi vida y que en un acto de extrema generosidad que por supuesto no se merecen, les doy unos momentitos de gloria en este mi querido blog.

No diré sus nombres, y no porque les tema, sino porque como villanos que son de su particular película de aventuras, viven por y para hacer sufrir. Éste es el único y último favor que les hago. Si les diera a conocer, descubriría a estos seres malvados y les privaría del sentido que tienen sus tristes vidas: Abusar de su poder y atormentar a todos aquéllos que están bajo su mando y a los que consideran seres inferiores.


La Dama de la Torre.

Hubo un tiempo en el que casi fui controlador aéreo. Y digo casi, porque tras más de un año en Madrid, tuve que hacer un examen a vida o muerte. Era un todo o nada en el que te me jugaba tener mi vida resuelta para siempre con un trabajo que era mi vocación, bien remunerado y que me apasionaba. Todo eso, que no es poco, se decidía en un día, en un instante.
Aquella harpía, tenía fama de ser implacable con todos los alumnos que pasaban por sus manos. Fue jefa de su departamento y la cesaron por la cantidad de alumnos que suspendía y que tuvieron consiguientemente que abandonar la escuela. No hay segundas oportunidades en la escuela de Control Aéreo. Si suspendes te vas a la calle. 
La Dama de la Torre era como un personaje de cuentos infantiles, que podía haber salido perfectamente del bosque más lúgubre y tenebroso. Siempre aparecía vestida de negro, con una sonrisa escondida y malévola, que sólo mostraba cuando se reía de alguien con desprecio.
Cuando nuestras vidas se cruzaron, no se imaginaba o tal ves sí, que tenía delante a alguien que se jugaba tanto, al cabo de unos días. Su lugar de trabajo habitual, cuando no daba clases era la torre de control del aeropuerto de Granada. A pesar de ser un aeropuerto pequeño, cuando la oías en sus clases, se comportaba como si fuese la reeencarnación de uno de los hermanos Wright, o la inventora del radar. 
Me la asignaron como tutora para prepararme el examen práctico de simulador. La idea de estas tutelas es que te ayuden, corrigiendo errores y te preparen para la prueba, pero la verdad es que en los días previos a la evaluación fue minando la confianza que tenía en mí mismo. Lejos de ayudarme, me obsequiaba con frases crueles del tipo: 

- No perdamos el tiempo. Tú y yo sabemos que para esto no sirves... ¡No vas a ser controlador en tu vida!
O la perla que me terminó de hundir, aquella que se guardó para el último ensayo el día antes, cuando le pedí que nos quedáramos un poco más a practicar, para preparar el examen:

- Mira: - dijo ajustándose las gafas a la nariz tal y como haría cualquier otra bruja de su especie. Se acompañó de esa media sonrisa, mezcla de odio y asco hacia alguien que despreciaba y encontraba que era inferior - Podemos estar practicando todas las veces que quieras, pero ya te digo que no va a servir para nada. Te lo voy a decir de esta manera para que lo entiendas: Para que tú apruebes mañana, tendría que aparecerse la Virgen.

Y como bruja que era y además pitonisa, acertó. La Virgen no aparecería por la escuela de controladores aéreos al día siguiente.

Unos años más tarde, cuando todo ya había quedado atrás, me encontré con la llamada de otro profesor de la escuela. Cogí el teléfono intrigado y después de los saludos de rigor, me dijo:
- Mel, no hagas caso de lo que te dijo esa mujer. Yo, que he sido profesor tuyo, puedo decirte que tú sirves para controlador aéreo. Eres un mejor que muchos de tus compañeros de clase que trabajan en las torres de control...

Me costó mucho tiempo superar aquella frustración, pero de todos los malos tragos y fracasos, se puede extraer como el zumo de un limón, algo positivo. Gracias a la Dama de la Torre, no soy el mismo que aquella mañana suspendió el examen, con la moral tocada. Desde aquel día no acepto que nadie me diga lo que puedo o no puedo llegar a conseguir. Por eso odio con todas mis fuerzas todos esos concursos con el formato Operación Triunfo, donde alguien que no te conoce, que no sabe lo que te ha costado llegar hasta allí, o cuáles son tus sueños, se atreve a intentar hundirte, diciéndote si vales mucho o vales poco.
Desde que pasé por todo  aquello, no dejo que nadie me imponga mis límites, ni que me hagan sentir que no puedo lograr lo que quiero llegar a ser. Gracias a la Dama de la Torre no me permito un "no puedo" o un "no soy capaz "  y no he vuelto a pensar nunca "yo no sirvo para esto. No lo voy a conseguir..." 


El Médico Desenfrenado.

Unos años más tarde de la historia anterior, ya había reconducido mi vida hacia el ejercicio de la Medicina y en concreto, hacia la Medicina de Emergencias. Hacía ya dos años que trabajaba en una ambulancia ubicada en un hospital a las afueras de Barcelona. Un lugar precioso, rodeado de praderas y con unos excelentes compañeros que me hacían sentirme feliz por ir a trabajar cada vez que tenía guardia. 
Mi trabajo se había convertido en una maravillosa rutina. Cada miércoles a las 8 le hacía el relevo al jefe de la base. Tras informarme de las novedades, colocaba mis cosas en la habitación del médico, limpiaba los frenazos del retrete que cada día me dejaba de regalo y a continuación nos íbamos a desayunar todo el equipo.
Este Médico Desenfrenado era quien me había contratado.  Era un tipo peculiar. Éstas y otras frivolidades, como que trabajase en chanclas con los dedos al aire, porque no le daba la gana de ponerse el calzado de seguridad reglamentario, o que te apareciera por sistema media hora tarde al relevo, porque como era el jefe, estaba por encima del bien, del mal y de los horarios, eran cuestiones hasta cierto punto incómodas, pero soportables, propias de un elemento que en aquellos momentos me parecía, cuando menos, atípico. A pesar de ello, mantenía una correcta relación con él, hasta el punto de que me propuso que fuese su ayudante para gestionar la base y sustituirle cuando estuviese fuera de vacaciones.
Desde que surgió aquella propuesta nestro idilio duraría unos pocos meses más. 

Ahora ya lo sé, pero en aquellos días no había descubierto que con personajes con esa mentalidad, para no tener problemas con ellos, tan sólo hace falta una cosa: no llevarles la contraria. Yo lo hice en una ocasión en la que me quiso obligar a hacer una guardia que como jefe le tocaba cubrir a él, y a partir de ahí fue mi debacle en aquel lugar, hasta entonces paradisiaco.

Cuando le comenté que no iba a hacerla, a pesar de justificarlo, me dijo:
- ¿Sabes lo que estás haciendo? Olvídate de ser mi ayudante - para continuar, esta vez chillando - ¡Prepárate!, ¡A mí nadie me dice que no; ni en la calle, ni en mi casa, ni en el trabajo...! ¡Me voy a convertir en tu peor enemigo...!

Y como buen malo de película, cumplió su palabra...
Comenzó a desprestigiarme como médico ante todo el mundo y miraba con lupa cada una de mis actuaciones. La última vez que hablé con él para intentar reconducir la situación (que adelanto que con estos personajes psiquiátricos es como detener un tren con las manos), me regaló generosamente las siguientes frases:
- ¿Sabes lo que voy a hacer contigo? Voy a hacer que no puedas volver a trabajar como médico en tu vida. Ya me encargaré de ir llamando a todas partes donde quieras ir a trabajar, para que sepan que eres un asesino...

Después de aquella conversación, me marché voluntariamente de aquella base. Y puedo decir que muy a su pesar, nunca me ha faltado trabajo. También debo decir, que con el Médico Desenfrenado fue la primera persona con quien celebré el día de San Martín, santo patrón de los malos jefes, de incompetentes elegidos a dedo y de otras especies de seres abyectos y despreciables que el destino bromea con nosotros, colocándolos en medio de nuestro camino.

No sé qué ha sido de la Dama de la Torre. No sé si su dorada jubilación la vive sola o acompañada. Si tiene amigos o no. Francamente me trae sin cuidado. Es tanto lo que he aprendido de mí gracias a ella, que hasta incluso le estoy agradecido. Me gustaría encontrármela algún día para decirle que gracias a ella se me apareció La Virgen. Mis éxitos posteriores y la seguridad en mí mismo, tienen mucho que ver con haber conocido a la Dama de la Torre.

El pobre Medico Desenfrenado ha quedado mucho peor parado con el paso del tiempo. Después de que me marché del hospital, siguió con su acoso a otros compañeros durante varios años, hasta que al final, a base de tensar la cuerda y pensar que era impune, acabó siendo despedido de forma fulminante con un expediente disciplinario, sin ningún derecho a indemnización. Su mujer se separó de él, su familia le ha dado la espalda y creo que tiene grandes dificultades para encontrar trabajo, pues las referencias que llegan de su carácter agresivo, de su poca seriedad y su comportamiento desordenado de muchos años atrás, no son garantías como para que lo contrate nadie.


El Pequeño Cacique

Este último villano de mis historias, es un personaje de poca entidad, de inferior categoría y daños causados al héroe principal. Tiene unos superpoderes muy limitados, pero lo traigo aquí porque es el más reciente y porque probablemente ha sido el que me ha inspirado este álbum de malos. También es conocido como el Capitán Liendre, que de todo sabe, pero nada entiende, pero en mi álbum he querido bautizarlo como el Pequeño Cacique.

El Pequeño Cacique es piloto, y como tal, un poco chulito, por decirlo de una forma cariñosa. Pero en su caso un poco más, porque tiene un carguillo en su empresa. Por eso deambula por todos lados hablando por teléfono, dando órdenes o siendo melifluosamente amable, dependiendo si su interlocutor es un trabajador o un cliente. Eso se ve enseguida y se oye...
Él no lo sabe, pero su comportamiento no es espontáneo, aunque crea que su cerebro y su cuerpo son libres. Cada uno de sus exabruptos y acciones están contenidos en algún capítulo de cualquier manual de Psiquiatría. No es casual oirle decir: Mi base, mi helicóptero, mi empresa, mis pilotos... como tampoco es casual que no permita que nadie a quien pueda considerar rival, se interponga delante. Es el jefe bulldózer que arrasa todo.

El Pequeño Cacique  necesita a todas horas hacer demostraciones de poder. En eso ha chocado conmigo. Yo soy más partidario del trabajo en equipo, llamado en Aviación el CRM, así que supongo que harto de que le llevara la contraria o que no demostrara una admiración desmedida hacia su excelsa magnificencia, decidió que nunca más me volvería a subir en su helicóptero. No sé exactamente cuál ha podido ser la razón. Puede que fuera porque no le he hecho suficiente la pelota (ya que a este tipo de jefes les encanta ser adulados y así sentirse importantes), o tal vez creo yo, que pudo ser porque me vio leyendo un libro que se titulaba: Cómo trabajar para un idiota y quizás se pudo sentir aludido. Podtía ser, pero sólo hay un pero: él no es mi jefe. Sólo es un piloto que me lleva a donde esté el paciente.

Y como yo trabajo para una empresa distinta de la suya, se embarcó en la caza del médico Melkarr. Le ha costado un poco, ya que ha tenido que mover unos cuantos hilos, hasta que por fin consiguió su propósito: Melkarr nunca más se volverá a subir en un helicóptero. El Pequeño Cacique por fin, se había salido con la suya.
Esto tuvo que hacer que el ego del Pequeño Cacique se llenara por completo. Me lo imagino sonriendo feliz, suspirando aliviado, como el que tiene la satisfacción del deber cumplido, viendo que aunque no es más que un piloto, ha logrado librarse de un médico que le molestaba. ¡Qué grande...!

Van pasando las semanas y mi enfado inicial se va diluyendo. Pienso a veces en el Pequeño Cacique y la verdad es que no le tengo ningún rencor. Al fin y al cabo, un jefe bulldózer necesita siempre ir destrozando. Es su particular forma de sentirse realizado. Es tan patético que cree que así se gana el respeto de los demás, infundiendo miedo entre los que quedan en pie, cerca de él. De verdad que no le tengo rencor. Un ser así, lo que me da es pena.
Existe una regla no escrita. Una Ley Universal de la Entropía de los Malos que aparecen en nuestras vidas. El Universo tiende hacia el equilibrio. No hay que odiar a nadie, no hay que desearle el mal a quien disfruta intentando hacerte daño. El peor castigo que les podemos inflingir es el desprecio de la indiferencia. No merecen siquiera estar en nuestros pensamientos. Hay que olvidarse de ellos, ignorarlos y apartarlos incluso de nuestra mente y de nuestros recuerdos. Hay que continuar viviendo felices con nuestras vidas y ni siquiera esperar. No hay que desesperarse, no hay que perder la calma, porque no hay que hacer nada en absoluto. Un día, inesperadamente alguien se acordará de ti y te dará la gran noticia: Era cuestión de tiempo.
A cada cochino le llega su San Martín. 

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ecos


















Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me hicieron esa pregunta. Durante una época era casi cada día. Tenía que encontrarme con distintos interlocutores y darles una y otra vez la misma explicación.
"Si eres médico, ¿por qué quieres ser controlador aéreo?”
Ésa era la pregunta. Algunos incluso como subtítulo, añadían:
“Porque se supone que los médicos tenéis una vocación ¿no?”

Al principio me preocupaba por intentar hacer entender que para mí la Medicina no lo es todo y que a un médico bien puede gustarle, incluso apasionarle otras cosas, más incluso que su profesión. Pero no, creo que no llegué a convencer a nadie. Al final, opté por la respuesta más convincente, que no la más sincera: “Porque trabajaré menos y ganaré mucho más dinero”. Me resulta curioso que esto de la vocación, se aplique sólo a la clase médica. ¿No se imaginan un albañil exultante de felicidad, porque ha hecho una mezcla de cemento prodigiosa? ¿Qué llegue a casa contando atropelladamente, embargado por el éxtasis, cómo fue capaz de poner unos azulejos preciosos, perfectamente paralelos uno a otro? ¿O ese carpintero con los ojos empapados de lágrimas de emoción por haber hecho una mesa de noche preciosa? ¿Por qué la vocación es sólo médica? ¿No se puede ser un excelente profesional y no tener vocación? ¿Y tener vocación y no ser buen profesional?

Ese concepto arraigado en la sociedad de la vocación médica, creo que se ha convertido en un lastre en muchos momentos, incluso en un mito. Porque aunque estés motivado y disfrutes con lo que haces, de vocación no se puede vivir, ni pagar la hipoteca, ni compensar esas guardias terribles, en las que poder descansar unas horas es un lujo y comer de un tirón, desde el primer plato hasta el café, un imposible.

Esa maldita supuesta vocación es la que ha permitido que los recién licenciados, que en otras carreras ya serían honorables arquitectos, ingenieros, de estudios concluídos y remuneración adecuada, en el caso de los médicos, no contentos con seis años de carrera, tengan que plegarse ante un examen selectivo llamado MIR. Luego se convierten en residentes, para después tener un salario denigrante, con la promesa casi siempre incumplida, de tener algún día una plaza fija en el hospital en el que se han formado. Eso sí, lo hacen por vocación.

Pero mis motivos para haber querido ser controlador no se deben al resentimiento de creer que la profesión médica está mal valorada y por supuesto, pésimamente remunerada. Mis motivos se resumen todos en uno: La Pasión. Ver un avión surcar el cielo, desde siempre, hasta hoy mismo, me obliga a torcer el cuello y seguir su estela en todo su recorrido. Y sin querer, pienso que si va por ahí o más arriba, es porque se lo ha dicho un controlador.
Se dice que los controladores son pilotos frustrados. Tal vez haya algo de cierto en ello, pero en mi caso, cuando descubrí la profesión de controlador aéreo, el deseo de ser piloto quedó apartado inmediatamente.

Antes de entrar en la escuela de control se ha de pasar un reconocimiento médico en un lugar llamado CIMA. Recuerdo al médico que supervisó todas las pruebas. Viendo mi profesión, arrojó la cartulina sobre su mesa, donde iba anotando todos los resultados y le dijo a un compañero: "¡Qué mal está la Medicina, para que un médico se tenga que hacer controlador...”

Hoy me han vuelto a hacer la misma pregunta. Hacía años que no me pasaba. Esta vez, en lugar de ir a las respuestas tipo, he meditado mi contestación.
No tiene ninguna importancia el hecho de ser médico, ni abogado, ni ingeniero, ni enfermero, ni nada. Cuando descubres algo que de verdad te apasiona, lo sabes. Sientes algo dentro, inexplicable, que sólo quien lo ha vivido, entenderá a qué me refiero. Me recuerda a una escena, que no sé si la vi en el cine, si la leí o simplemente me visitó una noche en mis sueños. En ella un hijo le pregunta a su padre:
- Papá, si algún día me enamoro, ¿cómo sabré si es de verdad?
- No te preocupes. Cuando llegue el momento, lo sabrás.