Todavía no entiendo por qué de tanto en tanto, al llegar por la mañana no me encuentro con tus grandes ojos azules, esa sonrisa de niño travieso que nunca fuiste, recibiéndonos uno a uno para preparar el día y ponernos a volar juntos.
Cuando te describo, pienso en ti como ese piloto heroico, caballero del aire de otros tiempos, en los que el volar era la última frontera de la aventura. Cuando abro un libro de Historia de la aviación, me imagino que escondido en un capítulo inédito, aparecerá una foto tuya en color sepia, posando orgulloso junto a tu aparato, con un pie de página que cuente tus hazañas en los albores de la aviación.
Ya no vendrás jamás con nosotros, me cuesta aceptarlo; sé que nunca más tomarás los mandos y surcaremos el cielo juntos de nuevo.
Hoy he conocido a tu hijo Daniel, que ha venido a vernos con su madre. Como sabes, ya tiene cinco meses y sus inmensos ojos azules han iluminado todo mi ser. Parece un bebé feliz, bien rollizo, con unos mofletes que invitan a besarlos constantemente. No me he podido resistir, lo he cogido en mis brazos, e incluso me ha sonreído. Le he mirado y por fin lo he entendido, porque al verlo he comprendido que habías vuelto.